Un paradigma en la escena cubana

Yanisbel Victoria Martínez • Granada, España
Fotos: Cortesía de Teatro de Las Estaciones
 

Fue en el teatro del Museo de Arte Colonial que vi el primer espectáculo de Teatro de Las Estaciones. Entonces era una joven aprendiz del arte teatral interesada por los títeres, y descubría en Un gato con botas una savia diferente en el teatro de títeres que solía programarse en las salas habaneras. Percibía otro ritmo, otra factura en las realizaciones, una forma fresca y nueva de contar el consabido cuento de Perrault. Este hallazgo resultó para mí un flechazo. Y el flechazo creció al escuchar hablar a Rubén Darío Salazar—en el encuentro teórico del Yorick, evento de la AHS que enmarcaba estas presentaciones— con su vehemencia y agudeza características, escucharle argumentar lo que para él significaba, como joven, hacer teatro de títeres en la Cuba de 1996.

Imagen: La Jiribilla
La niña que riega la albahaca, 1996
 

A partir de ahí estar cerca de Teatro de Las Estaciones fue uno de mis principales propósitos. Seguía sus espectáculos en La Habana y Matanzas y un día osé, muerta de vergüenza, pedirles que me dejaran integrar el grupo. Yo quería aprender a hacer teatro de títeres, y entre las propuestas nacionales que conocía, ellos eran para mí la mejor pauta a seguir.

Entre 1997 y 1999 fui parte de la agrupación que aún no era un “proyecto oficial” del Consejo de las Artes Escénicas, sino un equipo que bajo la tutela del Teatro Sauto ensayaba y actuaba aquí y allá, donde se podía, donde nos dejaban un huequito, compartiendo el tiempo con otros trabajos y compañías. En aquellos años se crearon los espectáculos El guiñol de los Matamoros y El sueño de Pelusín; se continuaron haciendo funciones de otros títulos ya estrenados, se comenzó el trabajo de recuperación desde la compañía en torno a la figura y repertorio del personaje de Dora Alonso, Pelusín del Monte; e iniciamos Rubén y yo la fascinante e imprescindible investigación que años después concluiría con Norge Espinosa, en torno a la obra fundacional de los hermanos Camejo y Pepe Carril [1] en el Teatro Nacional de Guiñol ; entre otras muchísimas labores…

Imagen: La Jiribilla
El Guiñol de los Matamoros, 1998
 

Teatro de Las Estaciones fue para mí ese laboratorio titiritero que anhelaba: podía aprender manipulación, puesta en escena, colaborar en el taller, indagar en la historia, empaparme de información sobre la actualidad internacional de nuestro oficio, equivocarme y hacerme preguntas. Fue ese foro que me permitió entender la fuerza e integridad del títere, que me hizo aumentar mi respeto y pasión hacia este arte. Agradezco a sus directores Rubén Darío Salazar y Zenén Calero haber sido mis primeros guías titiriteros. Con los maestros no solo aprendes técnicas, sino otras esencias de un lenguaje, un fondo, una manera de pensar y filosofar en torno a nuestro arte, un sentido de la ética y del rigor.

Ese es, sin duda, el pozo mayor que yo conservo de aquellos años de aprendizaje y trabajo en Teatro de Las Estaciones; pozo que, como una semilla, contiene información que porto y transmito donde quiera que esté. Desde entonces he seguido de cerca el trabajo de esta compañía ejemplar, y gozo, como propios, sus éxitos, siento los momentos de desdicha, colaboro —como me lo permite la distancia— en sus nuevas producciones…

Pienso que Teatro de las Estaciones desarrolla una obra paradigmática dentro del teatro de títeres en Cuba y en el conjunto de la escena nacional. ¿Qué los distingue? ¿Qué configura su talante tan sobresaliente? El rigor, el compromiso intelectual, la pujanza y la capacidad de trabajo inquebrantable de Calero y Salazar, secundados por un equipo de actores y colaboradores certeros. En sus creaciones hay compendiadas largas horas de búsqueda y reflexión. Nos puede gustar más o menos el resultado, pero lo cierto es que todo está “bien hecho”, que los elementos que componen el tejido escénico no están ahí por mero azar, sino como el acto creativo voluntario de sus hacedores. Hay un savoir-faire, un oficio consolidado, una artesanía refinada, una razón detrás de cada objeto o acción.

Imagen: La Jiribilla
El gorro color de cielo, 2000
 

Teatro de Las Estaciones tiene además la conciencia de no trabajar exclusivamente para sí, sino para el conjunto de la profesión; y es un motor potente que dinamiza la actividad titiritera en la Isla. La labor investigadora y divulgativa que del teatro de títeres hace Rubén Darío Salazar, por ejemplo, es algo que beneficia al gremio mucho más que a su persona o compañía. La vorágine de trabajo en la que está siempre inmersa esta agrupación es también muestra de su inquietud, de su afán de no conformarse con lo adquirido, sino de ir siempre más allá, apostando por empresas más altas, por metas que obligan a aprender y superarse continuamente.

Pocas compañías en el mundo realizan una labor tan integral —pensemos en la variedad de sus espectáculos, mas también en sus investigaciones, artículos, exposiciones, publicaciones, convocatorias a eventos, la organización del Taller de Títeres de Matanzas, la labor docente, la gestión de un teatro, etc.— y de forma tan generosa como lo hace Teatro de Las Estaciones. El equipo de actores titiriteros, desde los pioneros como Fara Madrigal, Migdalía Seguí o Freddy Maragotto, hasta los más recientes como Iván García, Karen Sotolongo o María Laura Germán, han sabido ser esa cara visible de Teatro de Las Estaciones, y defendido meritoriamente su lugar de vanguardia en la escena titiritera cubana. Lo mismo ha de decirse de esos fieles colaboradores como Liliam Padrón, Maricusa Menéndez, Irma Medina, Hilda Elvira Santiago, Norge Espinosa, Yamina Gibert, Raúl Valdés, entre otros, cuyas aportaciones han permitido que el brillante que es este colectivo, alcance todo su fulgor.

Imagen: La Jiribilla
La caja de los juguetes, 2003
 

El equipo creativo que lideran Zenén Calero y Rubén Darío Salazar trabaja sin descanso y con una enorme libertad creativa: abordan espectáculos para niños, jóvenes o adultos, con o sin textos, provenientes de fuentes literarias muy diversas, y en diálogo con muchas otras disciplinas y artistas. En eso creo que también se distinguen: en su franco rechazo a la pereza intelectual y al ostracismo; en su apertura de miras; en su capacidad de riesgo; en su voluntad de seguir apostando por un teatro de títeres de arte. Como los sabemos incansables, batalladores y pujantes estoy segura que hoy solo celebramos los primeros 20 años de esta paradigmática agrupación. Muchos nuevos aniversarios vendrán y nos valdrán para continuar admirando su compromiso, su pasión, su obra toda.

 

[1] El resultado de este ingente trabajo está publicado en Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, Rubén Darío Salazar, Norge Espinosa Mendoza, Ediciones Unión, 2012.

Comentarios

Opino que nombrar las figuras nuevas y además apasionadas sin mirar dejar atrás a los de ellos es importante, asi lo creo, muchas gracias.

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