Por el camino de los títeres

Yudd Favier • La Habana, Cuba

Esta historia comienza con acuarela y cartón, y música y juegos… y niños, pero eso fue hace nada, 20 años, como dijo un ser inmortal; aunque a los habitantes del planeta azul nos parezca un tiempo significativo.

Pues bien, en el año 94 —no hace tanto— cuando salir del Período Especial parecía una utopía, Rubén Darío Salazar y Zenén Calero dejaban el nido para crear su propia empresa. No estaban saliendo de una compañía mediocre y moribunda, eso habría sido muy fácil, estaban dejando una institución teatral: Teatro Papalote. Rubén había tenido los más importantes roles en una creciente carrera como actor, y Zenén había patentizado una estética por más de 15 años. Ellos estaban dejando ese nido.

Imagen: La Jiribilla
La caja de los juguetes, 2003
 

Pensar en Teatro de Las Estaciones hoy no puede limitarse al repertorio de más de 30 espectáculos que han creado, ese que ha obtenido consecutivamente los premios más importantes del país, otorgados por la crítica y el público. El mismo que los ha convertido en la compañía de provincia que más llena las salas capitalinas con sus estrenos, incluso, muchas veces, han tenido que duplicar funciones por la alta demanda. No se puede recluir este grupo a ese muestrario que lo ubica hoy en la vanguardia teatral de la Isla. No es suficiente.

Hoy hay que pensar al Teatro de Las Estaciones como una institución cultural que genera, desde la iniciativa de sus líderes fundadores, múltiples acciones más allá de su repertorio: dígase festivales, clases magistrales, publicaciones, investigaciones que retribuyen a la historia del títere, ponencias, la promoción del teatro que se genera en la Isla, todo el trabajo en pos del títere y los titiriteros que hacen a través de la UNIMA, las exposiciones, las incursiones editoriales, los talleres de formación (cuyos egresados hoy son parte de su staff) y todo eso mientras deambulaban de un lugar a otro, porque su sede no la tuvieron hasta hace dos años.

De Teatro de Las Estaciones siempre se escriben pingües artículos tras cada estreno, releer estas  páginas tan solo lo confirmaría. Sin embargo, podríamos decir, en retrospectiva, que es un teatro que para los seres visuales se constituye como consecutivas puestas en imágenes. Los diseños de Zenén no pueden definirse según un único calificativo. Con un director que en cuanto a las técnicas titiriteras ha explorado todas las posibilidades y las ha puesto a confluir en un mismo espectáculo: títeres volumétricos, planos, sombras, proyecciones, títeres que se van componiendo en escena, mucho queda al artista plástico para experimentar en torno a la proyección de estas figuras y su mecanotecnia.

Con respecto a la fisonomía ya bien hace títeres muy amuñecados (La Caja de los juguetes) o grotescos con fuertes caricaturas (Burundanga) o simplemente activa réplicas de diseños históricos (personajes como Pelusín del Monte, Pirula, Mascuello, Libélula) o se apropia del estilo de pintores reconocidos (La caperucita roja, con la inspiración de Pablo Picasso, y Pedro y el lobo, con la figuración plástica de Sosabravo); en su tránsito por un repertorio tan plural, ha creado excelentes fenotipos negroides a partir de los rasgos del rostro sin asentarse en los estereotipos concebidos, (Burundanga, Por el monte Carulé, La virgencita de bronce, El guiñol de los Matamoros) ha individualizado a través del traje, maquillaje y peinado, a muñecas plásticas con rostros similares (Los zapaticos de rosa).

Imagen: La Jiribilla
Los zapaticos de rosa, 2007
 

El uso del color también es multifacético: podemos encontrar una puesta pletórica en colores primarios y otra aparcada en grises con elementos rojos para crear énfasis (Por el Monte Carulé); obras en azul (El gorro color del cielo, Federico de noche); en colores ocres y telúricos (La virgencita de bronce); retablos sepias en contraste con títeres multicoloridos (El guiñol de los Matamoros) o incólumes aforados blancos (Los zapaticos de rosa).

Con los espacios tampoco ha tenido restricciones: de la misma manera se instala en pequeños y ajustados teatrinos que en grandes retablos permanentes y tradicionales, o va componiendo escenografías al sumar elementos, —fijos o móviles; puede utilizar cortinas ya sea para crear sensación de inmovilidad y perdurabilidad (los zapaticos guardados en un rosal) o para la ilusión de caer por un agujero (Alicia cayendo).

Para quienes son seres musicales entonces Teatro de Las Estaciones podrá ser recordado a través de Prokofiev, Debussy, Los Matamoros, Bola de Nieve, Celia Cruz, Lola Flores, Bárbara Llanes y tantos otros. Y para los que disfrutan de un teatro de conexiones históricas y puramente nacional también se ha hecho materia al revisitar el repertorio de la época dorada del Teatro Nacional de Guiñol, no como estrategia publicitaria, no desde la imitación honorífica, sino desde un contrapunteo con los textos que más que una réplica se convierten en una confluencia o a través de la legitimación de un personaje, Pelusín del Monte, que realmente tomaría carácter nacional por la exposición escénica de esa generación que ellos lideran. Todo esto gracias al liderazgo comprometido de Rubén Darío.

Esta historia empezó con acuarela y cartón, en otro caluroso agosto, pero los espectadores de aquel entonces niegan que aquel ¡Viva el Verano!, que aquellas imágenes que ellos recuerdan, hayan emergido de materiales tan modestos. Bajo el signo del león según los astros, rey de la selva, de esta selva oscura, Teatro de Las Estaciones ruge fuerte. Nunca estacionario, sino diverso y activo en cada estación. ¡Feliz cumpleaños! Que 20 años, bien vividos, sí que es mucho.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato