In memoriam: Robin Williams

Ernesto Filardi
Miércoles, 13 de Agosto y 2014 (12:48 pm)

Imagen: La Jiribilla

Ha vuelto a suceder. Otro de los actores que marcaron nuestra vida se marcha inesperadamente y no sabemos qué decir, cómo reaccionar. La muerte de Robin Williams es una de esas muertes, porque estamos acostumbrados a asociar su nombre con una sonrisa y no con un mazazo semejante. Quizá el lector estime que mazazo es una palabra demasiado grande para describir otra muerte más que en unos días olvidaremos. Pero a veces sucede que necesitamos que alguien se marche para darnos cuenta de lo importante que era en nuestras vidas. Algunas personas son parte de nosotros porque en su momento dijeron una frase o nos miraron de un modo especial, pero no somos conscientes de ello porque su huella permanece escondida tras capas y capas de recuerdos más serios y trascendentes. En el caso de Williams, si echamos la vista atrás nos veremos a nosotros mismos, rabiosamente jóvenes, frente a esa pantalla de cine con aquel amigo a quien hace años que no llamamos o junto a aquella chica de cuyo nombre no sabemos acordarnos. Eran aquellos benditos tiempos en que aún nos daba vergüenza pensar que algún día nos daría vergüenza reconocer que nosotros también éramos de los que se desgañitaban entonando el Oh Capitán, mi Capitán, y que nuestro grito de guerra era, por supuesto, Nuwanda.

Muchas voces se alzarán estos días intentando atenuar la luz que nos legó nuestro bufón favorito. Habrá quien nos echará en cara sus muecas o su histrionismo. Habrá quienes digan que no era un actor de los de verdad porque es en el drama y no en el melodrama de telefilm donde se ve el talento. Habrá incluso algún despiadado que nos restregará sus últimos trabajos, tan comerciales como evitables. Pero no conseguirán su objetivo, no lograrán empañar su recuerdo. Porque todos aquellos que en los noventa empezábamos a sospechar que no nos iba a ser tan fácil comernos el mundo podremos ahora mostrar orgullosos aquellas películas suyas que nos enseñaron que siempre hay lugar para la sonrisa: Good morning, Vietnam, El club de los poetas muertos, El rey pescador o Más allá de los sueños. Películas todas ellas edulcoradas y de lágrima fácil, sí, pero con un común denominador que hoy sigue vigente: la necesidad de recordar que la risa y la ilusión nos mantienen a flote incluso en los peores momentos.

En el momento de escribir estas líneas, la policía sigue barajando el suicidio como motivo de su muerte. De ser así, nos encontraríamos con una terrible paradoja: la pérdida de esperanza de alguien que invirtió sus mejores risas en mostrarnos que nunca hay que perder la esperanza. Esa melancolía desesperada es la maldición que siempre han arrastrado los payasos, los bufones, los cómicos. Ese dolor terrible que tan bien supo reflejar Leoncavallo en su ópera Pagliacci.

Todo adulto tiene dentro un niño que está más o menos escondido. El de Robin Williams estuvo siempre a flor de piel, y de eso se supo aprovechar Spielberg en aquella divertida rareza llamada Hook. Hoy, en cambio, el niño que llevamos dentro está un poco más oculto porque se ha vuelto a topar con la cruda realidad que prohíbe jugar a la pelota en la calle y manda a los mejores al arroyo. La noticia de su muerte ha cerrado de un portazo un rincón más de nuestra memoria, de nuestra infancia, y hoy somos un poco más mayores. Ahora somos nosotros ese niño que ha crecido a la fuerza, y quizá deberíamos ser también nosotros mismos quienes recogiéramos su testigo y sonreír y hacer sonreír y recordar que, pese a todo, este mundo sigue siendo una fiesta de la que no queremos marcharnos.

Podemos intentar, por supuesto, esbozar unas torpes palabras como estas para resumir su trayectoria, o rememorar algún momento célebre de su filmografía, o glosar sus cualidades actorales poniendo como ejemplo alguno de sus personajes más carismáticos. Todo eso está muy bien, claro. Porque nos permitiría poner algo de orden en la confusión que siempre hay después de una muerte precipitada. Pero hoy la ocasión merece buscar otra salida a nuestro dolor, porque al profesor John Keating no le hubiera gustado un funeral tan respetable.

Se marcha Robin Williams y el único homenaje posible, si de verdad hemos aprendido algo de él, sería dejar las palabras a un lado y disfrutar rompiendo las páginas que han sido escritas por gente seria con palabras más serias aún. Rasgar sin piedad los informes, las noticias, los balances, los diccionarios, las estadísticas, los sumarios, las tesis doctorales, los artículos documentados y los análisis rigurosos. Subirnos de un salto encima de nuestras mesas de oficina, nuestros escritorios o nuestros pupitres para recordar siempre, siempre, siempre, que debemos ver las cosas de un modo diferente. Entregarnos de lleno a la certeza de que las palabras son mucho más que palabras, porque también sirven para reír y para ligar y para argumentar y para bailar y para conversar y para saludar y para desear al prójimo buenos días aunque no lo sean.

Cuando John Keating se subió a aquella mesa dijo a sus estudiantes que la vista allí arriba era excelente y que, si no le creían, podían subir ellos mismos para comprobarlo. No sabemos dónde se encuentra ahora, ni tampoco si la panorámica desde allí merece la pena. Y, por supuesto, no tenemos la menor intención de ir allí para comprobarlo. Lo justo entonces es que nosotros sigamos divirtiéndonos por él para agradecerle los buenos ratos que nos hizo pasar. Y así darle la mejor vista posible de este mundo que ahora deja y que sin él se queda un poco más triste y más oscuro. Porque si no lo hacemos es posible que el niño que llevamos dentro termine creyéndose lo que le digan los mayores. Y quién sabe, quizá llegará un día en que no sepa disfrutar de la poesía si no es con esquemas, diagramas y todas esas cosas tan importantes que, gracias a Robin Williams, sabemos que no sirven para nada.

Fuente: Jot Down Magazine

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