Carlos García de la Nuez entre dos islas

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba

Al observar los cuadros de la exposición Mis dos islas, en la Galería Habana, de la calle Línea, descubrí que la firma al pie de las obras respondía al nombre de Carlos García de la Nuez, a quien dos décadas atrás habíamos conocido como Carlos Alberto García. Instalado desde mediados de los años 90 en México, este pintor cubano recuperó el apellido materno para la carrera internacional que desde allá, y con un indeclinable sentido de su identidad insular, ha emprendido. Para nuestra alegría, este creador de hoy hace justicia también al Carlos Alberto que emergió de las aulas de San Alejandro, integró las primeras promociones del Instituto Superior de Arte en los 80, y mostró fuerza y carácter cuando a lo largo de esa década compartió en 4 x 4, la experiencia de exponer junto a Pepe Franco, Gustavo Acosta y Moisés Finalé.

Imagen: La Jiribilla

Desde la muestra personal que colgó en la propia Galería Habana en 1991 hasta la actualidad, García de la Nuez ha protagonizado una progresión concatenada en la intensidad de su pintura y la depuración estilística. Varios especialistas coinciden en destacar como hitos en ese crecimiento las exposiciones Naturaleza muerta (Casa LAMM, México DF, 1998), Signo vital (La Acacia, La Habana, 2001), Desde una isla (Galería Sisal, San Miguel de Allende, México, 2004), El jardín (Galería El Talento, México DF, 2012) y El lugar donde crecen las cosas (Museo de Arte Contemporáneo, Mérida, México, 2014).

Ante El Jardín, su colega Flavio Garciandía expresó: “Estoy aquí frente a los cuadros de Carlos García y una descarga íntima se me agolpa en los ojos. No sé en cuál detenerme. No sé en cuál anclar. Me gusta la circularidad confluente de su obra de más de 30 años de pasmos y sorpresas”.

Idéntica reacción podría ser compartida por quienes recorran Mis dos islas. Porque cualquiera de las composiciones ejerce sobre la retina una seducción hipnótica inicial que luego induce a una lectura reflexiva de muy honda perspectiva. Eso sí, una lectura que discurre desde lo sensorial —el uso de los planos cromáticos, la economía de elementos desplegados en la superficie de los cuadros, la interrelación entre las piezas—, sin que haya que apelar a subterfugios intelectuales para recibir sus efluvios.

Decididamente las propuestas de García de la Nuez apuntan al enriquecimiento de la subjetividad del espectador. El cuadro que da título a la exposición deja entrever en sus dos mitades la presencia fantasmagórica de elementos de contornos parecidos (¿edificios, máscaras, islas?) que se incrustan en un texturado fondo amarillento sobre el cual frases y palabras débilmente dibujadas imprimen una carga memorial a la representación.

Imagen: La Jiribilla

Ese mismo principio encuentra una variación en las esferas excéntricas de El juego y hallan una contundente concreción en La semilla, obras estas enmarcadas en proporciones rectangulares y trabajadas en técnica mixta sobre tela.

Los significados hay que entenderlos al margen de cualquier narración literal. El artista parte de los presupuestos de la abstracción, pero en lugar de encaminarse hacia la conceptualización o el simbolismo, deja al receptor un margen suficiente para la interpretación. En realidad nos convida a desechar las especulaciones hermenéuticas en favor de respuestas que solo encuentran validez en el propio valor del gesto pictórico.

En virtud de ese estado de gracia que se desprende de sus obras, el poeta mexicano Raúl Ortega Alfonso escribió: “La poética conceptualista de Carlos está más cerca de la música que produce el aguacero sobre el techo de zinc, que del quejido melancólico de ver caer la nieve. (…) El abstraccionismo como un animal que se despide mientras lo vemos alejarse hasta que sentimos que nos pasa la mano por encima del hombro; un bumerán que regresa a traernos la luz que nos quitaron…”

Comentarios

Me encanta conocer de las nuevas artes plásticas cubanas!

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