Literatura

Bendito sea el vecino de los bajos

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Noventa y nueve crónicas escritas entre 1987 y 2002, nunca antes reunidas en un libro, aunque sí recordadas en su mayoría por el público fiel que cultivó Enrique Núñez Rodríguez, nos llegan de la mano de Ediciones UNIÓN, en su colección El Bobo. Como se sabe, Enrique, ese polifacético creador de la cultura cubana (periodista, narrador, dramaturgo, guionista), que alcanzó altísimas distinciones, entre las que sobresalen los Premios Nacionales de Humor y de la Radio, mantuvo durante más de diez años una columna dominical en el periódico Juventud Rebelde. De esos textos nacieron varios de sus libros (Yo vendí mi bicicleta, Mi vida al desnudo, Oyee como lo cogieron, Gente que yo quise), así como ¡A Guasa a garsín! (2000) y el que ahora nos ocupa, El vecino de los bajos (2014).

Con palabras introductorias del compilador Tupac Pinilla (“Al lector”) y prólogo de Abel Prieto (“Reencuentro con Enrique”), El vecino de los bajos no solo constituye un conjunto de deliciosas estampas de una época, sino que su autor, según palabras de su amigo personal Abel, “el último de nuestros grandes costumbristas”, despliega un modo particular, único, de reseñar la cotidianidad con constantes alusiones a un pasado que, sin embargo, no elogia. Pero tampoco niega. Como si fuera elegido para ofrecer lecciones de Historia de Cuba, Enrique Núñez Rodríguez repasa su pasado con dos propósitos: Explicar nuestro presente, y regalarnos, a través de la mirada tierna del niño de provincia que nunca dejó de ser, el panorama (sobre todo cultural) que llegamos a tener. De estos aspectos me ocuparé más adelante, porque antes, es justo que señale la defensa de la labor intelectual del costumbrista, que hizo este hombre raigalmente cubano, desde una modestia que raya en la humildad: “Mucha gente cree que, en nuestro país, el oficio de humorista no requiere grandes esfuerzos. Que basta recoger de la calle las manifestaciones populares: este es un pueblo muy gracioso, cualquiera hace un chiste. Y aunque es así, efectivamente, las cosas no resultan tan sencillas como parecen. Es cierto que los humoristas, como cualquier creador, basan su trabajo en la realidad que los rodea, pero la labor de convertir esa realidad en un material literario es cosa complicada, compleja” (p.22) ―nos dice, para más adelante acotar: “No asumo, en mi trabajo periodístico, el papel de historiador, sino el de simple testigo ocular o de referencia. […] No soy un investigador. Soy, sencillamente un cronista”. (p.56)

Casi se diría que el autor pide perdón por el regalo que nos hace, a pesar de que el público no solo lo reconoció como alguien cercano (es proverbial la fama que llegó a alcanzar Enrique con sus crónicas semanales), sino que participaba activamente proporcionándole anécdotas, vivencias, cuentos de vidas ajenas para que él las convirtiera en pasajes periodísticos. Creo que no es disparatado afirmar que así como Secades fue quien retrató hábitos cubanos con mayor comicidad, Behemaras el que más utilizó conceptos extraídos de manuales políticos en sus chistes, y Zumbado el más culto de los representantes del costumbrismo, a Enrique le corresponde el sitial de mayor interacción con los lectores. Si ofrece explicaciones que avalen su función de cronista, lejos de ser una muestra de vanidad, es un rasgo de la profunda modestia que lo acompañó toda la vida.

Las estampas reunidas en El vecino de los bajos son dignas de recordación, pero hay, al menos 15, que deberán incluirse en la que algún día será llamada “Antología cubana de las mejores páginas costumbristas de todos los tiempos”. Ofrezco los títulos, para destacarlas del resto: “El cuento de la buena pipa” y “¿Tú también, Brutus?” de 1987; “Gajes del oficio” (1988); “Historia del más allá”, de 1989; “Había una vez un cuentero”, “Bolero de oro” y “Marcole”, de 1990; “Telefoneando” (1991); “El cornetín de Los Arabos”, “Saber escuchar” y “El arte de conversar”, de 1996; “En el nombre del padre” (1997); “Oye la confesión de mi secreto”, de 1998; “Los reyes magos del 2000”, y “Los embajadores también cantan”, del 2002.

No resulta pedante el viaje al pasado que el autor realiza frecuentemente, sino todo lo contrario. Cuenta sus orígenes para que entendamos no solo su posicionamiento ideológico, sino el del país. En admirable síntesis (que debería estudiarse en las escuelas de Periodismo y de Historia, como ejemplos de escrupulosidad en breves cuartillas), Enrique repasa los principales eventos de Cuba, con lo cual ofrece un minipanorama de la Isla sin dejar nada fuera: “Surgió Batista, y yo admiré a Guiteras. Surgió Grau, y yo admiré a Chibás. […] El pueblo confiaba en Grau. Grau cantinfleaba. Robo. Corrupción. Gansterismo. Guiteras asesinado por Batista. Chibás se enfrentó a Grau. Vergüenza contra dinero. Jesús Menéndez fue asesinado en Manzanillo. Carlos Prío justificó el crimen. Y sustituyó a Grau. Traicionó a Trejo y a Pablo de la Torriente Brau. Trejo resultó muerto; Pablo, herido; Prío, presidente. Robo. Corrupción. Drogas. (p.161).

Esta apretada imagen de cómo fuimos, insta al escritor a otra página donde utiliza el mismo recurso, alcanzando un vuelo aún mayor, hasta que convierte un sencillo relato en una verdadera obra monumental de pequeño formato literario: En apenas 56 líneas, en la crónica titulada Historia elemental (p.210), Núñez Rodríguez narra, a través del crecimiento de su familia más inmediata, el curso de los acontecimientos cubanos, desde la guerra contra España hasta la política norteamericana de 1999. Concluye así: “Bill Clinton anuncia nuevas «medidas humanitarias». Eso estaba bien para cuando mi abuelo era niño, pero ya yo estoy muy mayorcito para creer en cuentos de camino”.

La nostalgia, otro rasgo sobresaliente en El vecino de los bajos, no es plasmada como símbolo de añoranza estéril, sino como homenaje al mundo cultural que ya no existe, a los protagonistas de un universo a quienes el autor rinde tributo, emocionado. Así, figuras ya desaparecidas como intérpretes y hacedores de música, peloteros, médicos, teatristas, cocineros, vendedores ambulantes, maestras de primaria, trabajadores de la radio, de la televisión, actores y actrices, escritores, todos vuelven por un instante a la vida, para recibir los aplausos que ya han dejado de escuchar, esta vez prodigados por quien fuera cómplice, amigo y admirador de ellos y de ellas. Para finalizar, solo me queda la observación del tratamiento benévolo gracias al cual Enrique evitó introducirse en el momento terrible de la crisis de los 90. Debe haberle sido difícil bordear el camino de aquellos difíciles años, sin mostrar la comprensible incertidumbre que nos envolvió. En las 73 crónicas escritas entre 1990 y 2002, aparece una sola vez, en “Sábanas blancas”, (p.172) alusión al Periodo Especial. Obviamente el escritor pretendió (y vaya si lo logró) alegrarnos la vida en momentos en que nos preguntábamos qué sería de nosotros, de nuestros hijos, y del futuro del país.

Su canto permanente a la felicidad, su entusiasmo a prueba de fuego, merecen hoy el justo reconocimiento a la obra que nos dejó, porque sigue entre nosotros, con esa sonrisa que bien captó el extraordinario Fabelo para ilustrar El vecino de los bajos, un libro que será tan bien acogido como todos los que brotaron de la mano pícara y auténtica de nuestro Enrique Núñez Rodríguez, el hijo del telegrafista de Quemado de Güines.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato