La guerrita de agosto

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

La historia aún tendrá que escarbar en los vericuetos del pasado nacional. Y tendrá que poner en su sitio leyendas y verdades. Y sobre todo deberá accionar el difícil ejercicio de juzgar los avatares contradictorios por los que transita un ser humano, hasta poner virtudes y menoscabos en la balanza.

Por estos días se cumplen 108 años del estallido de lo que unos cuantos llamaron con demasiado menosprecio como la guerrita de agosto, una revuelta ocurrida en Cuba, a mediados de 1906, según afirman los despectivos, instigada por el Partido Liberal deseoso de tomar el poder.

Imagen: La Jiribilla
Suntuosa y bien situada la tumba de Estrada Palma contrasta con su fama de  ahorrativo

Pero haya sido guerrita, rebelión, revuelta, asonada, motín o disturbio, lo cierto es que como consecuencia, aquel hecho era solo colofón de una tragedia nacional de larga data, en donde la naturaleza humana hacía gala de sus despropósitos incongruentes.

En su libro La Revolución de Agosto de 1906, el General Enrique Collazo escribía: “el 17 de agosto de 1906, surge una revolución sin recursos pecuniarios, sin apoyo extraño; y en quince días se reúne un ejército sin pagas, que se arma espontáneamente y en ese período de tiempo tiene en los alrededores de la capital 15000 hombres y obliga al gobierno a declararse vencido e impotente”.

El gobierno era nada más y nada menos que el de Tomás Estrada Palma —en su período de reelección—, que en su impotencia ante la inminente derrota, implora lo que se conoce como la Segunda Intervención Norteamericana, acción que según admiten muchos estudiosos, ni los propios norteamericanos, por cálculo un tanto cínico, deseaban.

A don Tomás, la historia aún le debe un estudio profundo. Sus muchas virtudes y sus enormes errores lo mantienen en un limbo que es necesario deshacer.

De sus méritos se deberá hablar; de sus inconsecuencias también, porque tal vez pesen demasiado, sobre todo por haber tenido como labranza las enseñanzas directas de José Martí y haberlas desconocido luego.Capítulo aparte merece la cobarde aceptación de la Enmienda Platt. Y naturalmente la disolución de “forma unilateral, irresponsable, inconsulta e impune” del Partido Revolucionario Cubano1, fundado por Martí.

Sin embargo, atengámonos a los hechos que desembocaron en la infeliz “guerrita”.

Estrada Palma, como gobernante de la República de Cuba —1902—tuvo fama de «buen gobierno», fama que alimentó la clase conservadora de entonces, a quien representó en su gestión como primer magistrado, y a quien se alió tres años después para la fatal decisión de reelegirse.

A comienzos del verano de 1906, los conservadores aupadores del presidente “bueno”, eran un ala de políticos y empresarios conocidos como el "gabinete de combate", que en medio de violencia, fraudes y actos de terrorismo pugnaban por mantener el statu quo. Y para hacerlo se nuclearon en una formación política —de gobierno— llamada Partido Moderado.

¿Cuándo comenzó la llama que desencadenó el pandemónium? Algunos creen que el homicidio contra Enrique Villuenda, el 22 de septiembre de 1905, polarizó la vida política nacional. Calificado como un escandaloso y trascendental asesinato político, ocurrido en la ciudad de Cienfuegos, fue en verdad un acto hostil contra el Partido Liberal, que tuvo resonancia nacional, pero en realidad no era más que un acontecimiento —mediático se diría ahora— dentro de los muchos que venían sucediéndose.

La mano se cargó de ambos bandos.

Todo el que no fuera “moderado” era cesanteado, procesado o apartado de la vida pública e incluso de la vida terrenal. Los liberales, facción en la que no todos eran impolutos, eran la fuerza a derrotar.

En la noche del 24 de febrero siguiente un grupo de adversarios políticos de Estrada Palma asaltaban el cuartel de la guardia rural de la localidad de Guanabacoa, acción en la que murieron varios alistados, sin que pudiera apresarse a los atacantes.

Varios alzamientos armados fueron apareciendo en el panorama.

El viejo generalísimo Máximo Gómez, a quien ya no le era simpático Estrada Palma2, mirándolo todo en perspectiva, declaraba entonces: "La situación es gravísima. Se sienten ya latidos de revolución…”.

La guerra era ya un hecho. Los alzamientos, las batallas, y las escaramuzas se sucedían por todo el país. Uno de los muertos que se cobró aquella beligerancia fue el viejo guerrero Quintín Bandera, quien apartado de la vida política, se negó, sin embargo, a admitir el rejuego moderado y se unió a los liberales en sus alzamientos. En la noche del 22 de agosto, enfermo y agotado después de un combate, fue sorprendido y muerto en el acto. Cuentan que el cadáver, arrojado al piso de un necrocomio, como un vulgar malhechor, presentaba siete heridas de arma blanca y cuatro de fuego.

En septiembre, el día 8, Estrada Palma negociaba —en estricto secreto— con el cónsul norteamericano Frank Steinhart, la petición de intervención. El 13 de octubre tomaba posesión como gobernador provisional el funesto político norteamericano Charles Magoon.

La guerrita de agosto poco pudo hacer por el concierto nacional.

Estrada Palma moriría después en medio de penurias y fue su deseo expreso ser inhumado en el cementerio Santa Ifigenia, cerca de la tumba de José Martí. Quiso la coincidencia que también fuera a pocos metros del panteón de Carlos Manuel de Céspedes, el primer Presidente de la República en Armas y de quien era enemigo encarnizado.

Cuentan que en carta a un amigo, Estrada Palma había confesado “cuando la crítica histórica se encargue de fijar el carácter y las condiciones de los hombres del 68, la leyenda de Carlos Manuel quedará reducida a muy diminutas proporciones en medio de las grandes figuras de aquella época gloriosa”.

Notas
1. El 18 de septiembre de 1906 el conserje del Palacio Presidencial, por orden de Estrada Palma, entregaba a un ordenanza del Archivo Nacional 16 cajas, cinco baúles y 11 libros sueltos, sin inventario alguno. Se trataba del archivo de la Delegación del Partido Revolucionario Cubano, documentación que se salvaría gracias a la acción de Joaquín Llavería.
2. Se afirma que Estrada Palma en su momento le había recomendado a Gómez la disolución inmediata y sin compensación monetaria del Ejército Libertador. Al viejo caudillo casi le da una alferecía semejante bajeza.

 

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