Evocando a La Molinet

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

María Elena Molinet: diseño de una vida, es el título de un nuevo libro que, en estos momentos, está en fase final de edición por Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, y que intenta hacer un breve recorrido por la vida de esa diseñadora cubana que nació en Chaparra, Holguín, en 1919 y falleció en La Habana en octubre de 2013.

El 30 de septiembre de 2010, esta reportera fue al encuentro con La Molinet porque, justamente ese día, cumplía 91 años: el objetivo era entrevistarla. Ella me habló de su estirpe mambisa, de su padre —el general de la guerra de independencia, Eugenio Molinet, quien combatió bajo las órdenes de Máximo Gómez y Calixto García—; de la responsabilidad de haber sido distinguida con el Premio Nacional de Diseño; de la “Imagen del hombre”, teoría que desarrollaba desde hacía algunos años. Sin calcular la responsabilidad que asumía le dije: “¿qué le parece si entre ambas hacemos sus `Memorias´ porque es una lástima que, con el paso el tiempo, no quede testimonio de lo que ha vivido? Rápida me respondió: “¿Cuándo empezamos?”

Imagen: La Jiribilla
Entremeses japoneses

Días después, el 15 de octubre, comenzamos a grabar con una frecuencia de dos veces por semana (martes y viernes) durante dos horas aproximadamente. Nueve meses después —en julio de 2011— terminamos esas reveladoras jornadas en las que María Elena iba hilvanando y develando su vida y que yo, en paralelo, transcribía y redactaba. Esa “metodología”, que también puede interpretarse como un ejercicio de paciente labor, sirvió para ir armando, recomponiendo y evocando momentos que marcaron su andar que estuvo estrechamente ligado a los sucesos culturales más importantes de las últimas cinco décadas en nuestro país.

Mientras hablaba, recordaba: volvió a emocionarse, a llorar, a estremecerse, a reír, a gozar, pero sobre todo se mostró tal cual fue —con defectos y virtudes, con aciertos y erratas— lo que hace de estas páginas un ejemplo de honestidad. Si de algo se preocupó fue de que yo, por intentar depurar lo dicho, no transformara su forma de expresarse: “Estas memorias se tienen que parecer a mí”, repetía insistentemente. Eso he tratado. 

Abrió sus archivos fotográficos —de inestimable valor—, mostró cartas íntimas, premios, reconocimientos y bocetos originales que atesoró a lo largo de su intensa vida y que son reveladores de su crecimiento como diseñadora de larga data; enjuició con valentía errores propios y ajenos.

Discutimos sobre el momento de poner el punto final a estas “Memorias” —que no son una biografía—, y acordamos que lo más recomendable era detenernos en Baraguá, película que fue su último trabajo de vestuario para el cine y que, como ella misma expresó, le dio “la oportunidad de poder cerrar un ciclo creativo, con un trabajo que tenía un gran significado en mi vida”.

Imagen: La Jiribilla
Diseño II cuento de Lucía para Eslinda Núñez

Esos meses de complicidad con María Elena me develaron una mujer fascinante que, sin dejar de soñar y de amar, vivió con los pies muy bien puestos en la tierra, en esta tierra que la vio nacer y morir y que tanto amó.

Y como adelanto del libro María Elena Molinet: diseño de una vida, comparto con los lectores de La Jiribilla, una de las muchas anécdotas que me contó —esta ocurrió a mediados de los convulsos años 70— y en la que se manifiesta su vocación de pedagoga porque, “enseñar es una adicción: cuando impartí mi primera clase me volví adicta”, tal y como me dijo en otro momento de nuestras conversaciones.

“Recuerdo una anécdota que ocurrió años después y que tiene que ver con Alfredo Guevara. Resulta que viene a Cuba el Ballet Belga Siglo XX que hace ballet de puntas —casi siempre moderno— y trajeron un espectáculo sensacional a partir de unos versos de San Juan de la Cruz —uno de los grandes poetas del Siglo de Oro español—. En el espectáculo, el baile era acompañado por los versos, dichos magistralmente, por una actriz muy famosa, llamada María Cásares. Ella era hija de un general español republicano, Cásares, que yo había conocido —gracias a mi padre— aquí, en Cuba, durante una visita realizada a la Isla luego de la Guerra Civil Española. Mientras se bailaba, ella —con aquella hermosa y potente voz— iba declamando unos versos y, recuerdo, que se puso un traje muy fastuoso con una cola que recorría todo el escenario. Alfredo Guevara ofrece un cóctel en su honor —era una actriz muy importante y de reconocimiento internacional— y soy invitada y también Gilda Hernández.

Imagen: La Jiribilla
Obra María Antonia. Diseño para la actriz Hilda Oates

“En ese momento, la mujer empieza a ponerse pantalones para momentos de gala, es decir, como ropa de vestir; también por aquellos días viene de visita a La Habana el pintor chileno Roberto Matta y su esposa que, para la noche de gala, se puso un short de seda ¡preciso y ancho a mitad de muslo! María Cásares se había  puesto para el cóctel en su homenaje una blusa y pantalón blancos, de tela muy hermosa y con muy buen corte, y zapatos de tacón alto. Al día siguiente, ella iba a dictar una conferencia a actores y actrices cubanos y Alfredo nos pide a Gilda y a mí que la acompañáramos hasta el Hotel Habana Riviera, que era donde estaba alojada, para darle algunos datos que le sirvieran para su conferencia. La acompañamos y fuimos a cenar juntas en el mismo hotel: las tres con ropa de vestir —nosotros en falda, pero ella en pantalones—.

“Nos sentamos y viene el camarero con mucha pena y nos dice que la señora que estaba en pantalones no podía quedarse en el restaurante porque aquello era un `restaurante de lujo igual que los de New York,  Roma o París´ y que en ellos `las mujeres no pueden entrar en pantalones por la noche´. Yo, que sí conocía los cambios profundos que se habían operado desde la década del 60, me enfurecí  y le dije: ` ¡Ay compañero, cuánto lo siento,  pero usted está muy alejado de la realidad y atrasado en cuestiones de moda. La Moda ha cambiado radicalmente, ya sí se puede utilizar el pantalón como ropa de  gala y, además, me ha citado tres ciudades maravillosas, pero del campo capitalista, no socialista. Le  aseguro que en cualquiera de esos lugares capitalistas, las mujeres ya pueden utilizar los pantalones como ropa de gala y estar absolutamente elegantes y a la moda´.

Imagen: La Jiribilla
Diseño de vestuario Máximo Gómez

“Acto seguido, le explico quién era la Cáceres y quién era yo y le pido hablar con el capitán, quien me repite lo mismo. Vuelvo con mi discurso y solicito ver al administrador del hotel… telefónicamente hablo con el hombre quien, muy respetuoso, me repite lo mismito y yo, también respetuosamente, vuelvo con toda la descarga. Mientras tanto, Gilda y María Cásares, estaban muertas de la risa y esta última me decía  bajito: `yo traigo un traje de gala de pailleté y me lo puedo poner´. El pailleté es una tela que se hace en el telar completamente con lentejuelas. Por fin nos dejan tranquilas y pudimos cenar en paz. Años después, estaba en la entrada de la cafetería del Riviera, por Malecón, conversando con alguien que menciona mi nombre y se acerca un hombre y me dice: ` ¿Usted es María Elena Molinet, la diseñadora?´. Le digo que sí y me comenta: ` ¡Soy el administrador del Hotel y recuerdo que hace unos años usted me dio una clase sobre el vestuario y la moda y, con el tiempo, comprendí que tenía toda la razón!´”

Fotos: Archivos de María Elena Molinet

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