Moda, modo, modus

Eduardo Morales • La Habana, Cuba

“(…) la moda es la última moda, la última diferencia”. 

Pierre Bourdieu1

 

La aproximación teórica que intento abrir aquí en torno al manido tema de la Moda (M), no irá más allá de la consabida idea de la M como vestir y adornos corporales. Por ello, dejo fuera aristas tan apremiantes y complejas como la M en arte, por ejemplo, que precisamente por su complejidad teórica, ideoestética, societal, etc., no cabría en una aproximación como la que estoy proponiendo. Por otra parte, se sabe que hay modos (culturales) de vestir que no constituyen modas, como el vestuario y el adorno que tipifican ciertas tradiciones, figuras del folklore, eventos y rituales, etc.

Imagen: La Jiribilla

Mario Perniola [2] define la M como “estrategia de las apariencias”. Yo no me atrevería a correr semejante riesgo epistemológico, aunque beneficiándome de él, precisaría que se trata, más bien, del aprovechamiento de estrategias estéticas y culturales con el que el sujeto “modable” (o de la M) se hace sentir en su entorno cultural. Sin obviar la paradoja de que la moda uniformiza en su frenesí exhibitivo, con lo que neutraliza, empareja, despersonaliza.

Para mí, una de las pertinencias más significativas de la M, como fenómeno estético, es la de simplificar (no sintetizar) al máximo: abrevia el asunto del formalismo estético reduciéndolo a la experimentación-vivenciación; reducción de tal manera inclusiva y supraordinadora, que para la M “vale todo” (con lo que se adelanta al arte actual). Luego, la expresión, la experiencia y sentidos estéticos, cualquier material axiológico, (aun las veladuras hermenéutica y gnoseológica) como cualquier otra retórica inmanentista, todo, o casi todo, se reduce a la “ilusión”; o sea a la percepción-consumo como declaración [3], deslumbramiento y fascinación (claro está, entendiendo este sentido de ilusión, incluso, como creación).

La M, sí, también es un campo de acción y lucha entre que está vigente y otra que emerge. Visto así, este es un campo de acción y lucha permanente que de alguna manera simbólica reproduce, traduce y representa (“sincroniza”, diría P. Bourdieu en Alta costura y alta cultura) a escala parcial y local, la acción y la lucha en el campo todo de la cultura (incluida la cultura económica, la ética, la religiosa, la político-ideológica, etc.). En dicha disputa, si la hegemonía cultural vigente se siente en riesgo o, simplemente, si aspira utópicamente a perpetuarse, apela al recurso de la moda ―ya no solo del vestir y del adorno personales― como espacio de entretenimiento, de diversión, de neutralización, para alejar cualquier malestar cultural. Esto se puede corroborar en cualquier elemental historiografía de la moda.

La ideología de la M es una ideología presentista. La discursividad de la M, en sentido de su devenir, no ocurre ―digo yo― en el sentido lineal e histórico con que se dan otros fenómenos y prácticas culturales. Ese compromiso y concepción lineal del tiempo y su devenir en la M no le son compatibles porque ocurre ―aunque sus apariencias engañen― unas veces en sentido aleatorio, de reciclaje, de paralaje, de adelanto o de inéditos. Quizá este ahistoricismo, estas posturas a-evolucionistas acerquen, en su comunidad, la M y el Arte. Aunque tampoco hay que preguntarse si es arte de masa; en todo caso, M como “consumo de masas”. Puede que al centro de la cuestión esté la relatividad paradigmática y temporal del modelo de la M. Entonces esta se exhibe como aparencialidad significativa, esencializante. Sus artificios, su glamour, su seducción y encantamiento son estéticamente instantáneos. Su publicación presentista (show estético) apela a la máscara; emerge como hipocresía, como simulacro, como superficie, y hasta como aval, etc., donde el individuo se realiza mágicamente, como “reina por un día” (a veces, por una noche). Hipnotismo y necrosis de la M, o sea, se constituye en un espacio donde muere el pensar; donde se necrosa toda impugnación y todo especular.

Muchas veces la divulgación y aceptación-rechazo de la M están sujetos a prejuicios estéticos (también sociales, éticos, ideológicos, etc.); tanto, que se siente la intolerancia de la M ―algo propio de su discurso― respecto a otros patrones de gusto, respecto a otras preferencias, respecto a otras necesidades y funcionalidades de pautas y modelos de M que se suponen periféricos. Hay locaciones socioculturales en que esto no ocurre así, donde la tolerancia y la interconvivencia de modelos y patrones de M se dan a un mismo tiempo. Claro está, este fenómeno está motivado no solo por el desarrollo social, económico y cultural sino por determinaciones de tipo ideoestético y, sobre todo, de mercado (observando que hoy, cuando se habla del mercado, no solo se habla del mercado de artefactos sino también del mercadeo con ideas, símbolos, imaginarios, etc.).

El fenómeno de la M, para mí, es uno de los eventos y canales más expeditos y significativos de representación (societal y artístico-estético). La moda socializa y, en ocasiones, prestigia. Modar, entonces, ahora a la reversa, socializa en el anonimato y gregarismo de sus actos y consumos, de sus agentes. Desde esta perspectiva, también es una representación-traducción. Tanto me parece así, que también veo en esto uno de los fundamentos más claros y menos tratados teóricamente, que hacen de la M una manifestación artística.

Entre nosotros, creo que la Moda (del vestir, insisto) tiene tanto de funcional como de banalidad (cuando casi siempre este último componente está inflacionado). Desde un enfoque estrictamente estético, la banalidad de la moda, nos marca como cultura. Eso no supone en absoluto una valoración peyorativa ni marginal ni disminuida de nuestra conducta y preferencias estéticas en el campo de la moda.

Imagen: La Jiribilla

Casi siempre una muestra morfológica o clasificatoria de nuestra M se declara híbrida: vanguardista, conservadora (rezagada, negligente), contestataria, etaria, etc. Sea como sea, sin embargo, siempre constituye para mí un enclave culturalmente semiótico o revelador de grandísima semanticidad sociocultural e ideoestética. También sabemos que el fenómeno estético de la M entre nosotros no precisa en absoluto, por lo pronto, del mercado; aunque haya casos de individuos y hasta grupos de individuos (jóvenes, artistas, figuras públicas, etc.) que “moden” en lineamiento con el “mercado” (extranjero, o hegemónico endógeno). Eso no quiere decir que la M en Cuba esté regida por el mercado, entre otras razones, porque el consabido mercado no existe para nosotros; y si existe, es aún incipiente.

Puede ser necio, en tiempos de interconexión como estos, aferrar la M a presupuestos, orientaciones y expectativas identitarias. Un imperativo ideo-estético (¿apriorismo kantiano?) de este tipo resulta inevitablemente un sinsentido lugareño, un anacronismo no solo inútil sino pernicioso. Ello no quiere decir ni mucho menos que ―también estéticamente hablando― haya que tolerar unas actitudes miméticas (ideoestéticas) y peor, acríticas, de los reflujos foráneos y mundialistas de la M (en el vestir, en el decir, en el sentir, en el pensar…).

Por demás, si la M entre nosotros implica obligatoriamente la presencia y participación del “cuerpo”, eso no puede ser postergado o minimizado cuando estemos repensándonos en cuestiones de este tipo. Si como reitera Adolfo Colombrés [4] el protagonismo y el privilegio del cuerpo como multidinámica de expresión, ¿cómo puede ocurrir la M en un cuerpo en sí mismo dinámico, ondulante, gesticulante, bullanguero, frenética y constantemente semiótico (social, sexual, estéticamente estridente) como el de los cubanos? Si “mostrar” el cuerpo para la M francesa de mediados del XX era una cuestión generacional entre “viejos” y “jóvenes”, para nosotros esa exhibición siempre estuvo ―de alguna manera descarada— entre nuestras tendencias ostentativas. Luego, desde la perspectiva que he declarado inicialmente, la idea de la M me parece consustancial a la idea de cuerpo. Y vivir significa en nosotros “vivir” en y desde y para el cuerpo ―por qué no, también parafraseando a Simón Marchán Fiz [5]―, la M tiene que ver, entonces, con esa actitud permanentemente proclive de lo cubano a lo empírico, a lo fáctico; en cualquier caso, a practicar y gozar cierto gusto (personal, epocal, societal, etc.); como en hacernos notar o en compartir con otros gustos parecidos en tanto prácticas, experiencias y preferencias estéticas.

Cuando también las inmanencias de la M se avienen a nuestra idiosincrasia en su apelación y realización a la fugacidad, a lo temporal, al repentismo que también nos tipifican. Una lógica y dinámica de esta naturaleza supone afortunadamente la presencia productiva de paradojas como fijeza / movilidad, identidad / otredad, acato / desacato, etc.

Por último, en la actualidad de nuestro panorama cultural, si habláramos de la M a lo grande tendríamos que convocar un debate teórico en el que se incluyeran algunos de sus últimos componentes frankfurtianamente negativos en tanto polaridades del tipo: cuentapropismo / consignismo, camiseta / guayabera-zafari-traje, consenso / unanimismo, señor-socio / compañero, cliente / receptor, copia / original, “dale” / adiós, etc.

Ahora sí quisiera terminar, y ojalá estas ideas de Eugenio Barba [6]sirvan para resumirme:

“Hay experiencias que sólo se viven a través de nuestro cuerpo, que están enraizadas en nuestros sentidos, que son únicas en su irrevocable materialidad de tiempo y espacio, de historias, circunstancias, anécdotas.”

Notas
     1. Pierre Bourdieu. Alta costura, alta cultura.
     2. Cf. Jorge LOZANO “Simmel: La moda. El atractivo del límite”, trabajo publicado en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, nº 89, Enero-marzo 2000, pp.237-250.
     3. "(...) en la declaración no sólo se trata de que alguien tenga algo que decirnos, que le pertenece, sino que él pertenece con lo que dice a aquello que ambos se dicen y en lo que quedan dichos ´para mayor gloria de lo que se dice´." H. G. Gadamer, Estética y Hermenéutica. Madrid: Tecnos, 2006, p.28
4. Colombres, Adolfo (2011) Teoría transcultural de las artes visuales. La Habana: ICAIC.
5. MarchánFiz, Simón: (1982) La estética en la cultura moderna. Barcelona: Gustavo Gili, p.69
    6. Barba, Eugenio. (2003) Obras escogidas. Vol. I. La Habana: Alarcos, p.128

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