Pienso, luego visto

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
Fotos: Kike

En medio del cada vez más abrumador verano insular, alguien,  movido por la curiosidad, no resistió la tentación de preguntar a una figura del mundo de los espectáculos que suele arroparse con una acolchada piel atigrada y unos calzones de hule cómo era posible que vistiera del tal modo. Este contestó: “Me gusta y no le hago daño a nadie”.

Ciertamente, vestir de invierno cuando la temperatura ambiente se eleva sobre los 30 grados centígrados no le hace daño a nadie. En todo caso,  solo se daña el cuerpo del que decide vestir contracorriente. Pero también es cierto que vestir es una acción reveladora de rasgos sicológicos, valores sociales y contextos económicos. La gente se viste de acuerdo con sus aspiraciones y posibilidades, coordenadas determinadas tanto por factores subjetivos como por realidades que van más allá del individuo. Y, a la vez, la gente, desde su propia subjetividad o haciéndose eco de subjetividades colectivas, se forma juicios acerca de lo que visten los demás. 

Imagen: La Jiribilla

En Cuba hemos ido aligerando nuestros atuendos a medida que pasan los años. Salvo muy contados casos de requerimientos profesionales o sociales, el hombre evita enfundarse en un saco, con cuello y corbata, y la mujer llevar un traje sastre. Para él, la guayabera ha sido una bendición; para ella, un sencillo blazer de algodón o lino.

Pero en la brega diaria se han impuesto confecciones que muchas veces nada tienen que ver con el clima ni con la elegancia ni con la tradición.

Hay prendas universalizadas por la globalización. Una de ellas, el jean, que hacia la mitad del siglo pasado solía asociarse con el oficio de la mecánica. Se instaló para siempre en nuestro ropero y resulta funcional para quien con uno o dos ejemplares a lo sumo tenga la posibilidad de combinar su uso con otras prendas, ya sea para trabajar o para salir de paseo.

Pero si seguimos la ruta del jean, tanto para el hombre como para la mujer, se nos harán evidentes unas cuantas realidades. Generalmente, en las piezas enterizas los tejidos son pesados y calientes, lo cual hemos aprendido a sobrellevar. Las piezas recortadas se adecuan más a nuestro clima, pero resulta de muy mal gusto portarlas en ciertos lugares públicos o convocatorias sociales, como es cada vez más frecuente. Ni le quedan bien a todo tipo de cuerpo ni a toda edad, como también hemos observado. Si a eso se añade la procedencia de una buena parte de las manufacturas (el triángulo entre Ipiales, Miami y La Habana no es precisamente el triángulo de las Bermudas y no le echemos la culpa a envíos familiares ni al tráfico de mulas, pues en el comercio estatal socialista se promueve lo mismo), tendremos por resultado la proliferación escandalosa de brillantinas y remaches.

Algo por el estilo sucede con camisas y pulóveres. Hombres y mujeres, muchachas y muchachos, personas maduras y adultos mayores no pocas veces parecen anuncios publicitarios ambulantes. He preguntado a algunos si saben lo que rezan las inscripciones que exhiben y no han podido dar una respuesta.

Imagen: La Jiribilla

Si alguna vez nos llamó la atención la tendencia a la uniformidad en la época de las camisas Yumurí y los prelavados, ahora casi se puede hablar de una uniformidad de otra naturaleza, en la que la falta de una orientación doméstica sobre la cultura del vestir de acuerdo con la época, el ambiente y las tradiciones se conjuga con la precariedad de nuestra industria de confecciones, las restricciones y distorsiones del mercado interno y las referencias seudoculturales que nos llegan por diversas vías.

Ante esta problemática no valen decretos ni imposiciones. Pero la respuesta no solo pasa por el desarrollo de la industria ni por la ampliación y diversificación del mercado, sino también por la cultura.

Comentarios

Muy bueno el comentario y muy informativo sobre como es la cosa en Cuba. Acá unicamente nos enteramos solamente de un armados muy sofisticado y para minorias muy pudientes. Con la firma de Pedro no se podía esperar otra cosa que un texto inteligente

Buenisimooooo!!! Me gustaria que siguieran ahondando en este tema, que nos concierne a todos, pues nos están etiqueteando en el mundo entero como los reyes del mal vestir a los cubanos, y no son todos!

La uniformidad fue negativa, pues estábamos cayendo en la trampa del igualitarismo, al igual que en la unanimidad, como si fuéramos una roca monolítica en el pensar y el hacer, también en el vestir. Hasta se criticaba al que usaba algún atuendo Snow, extranjerizante para mayor de los males ideologizantes. Pero esa etapa pasó, sin lugar a dudas, para una ganancia para la diversidad que éramos, somos y seremos. Los gustos son variados en los grupos sociales e individuales. Pero ahora... nos está inundando una moda que no tiene orientación cultural y más que todo estética. Las guayaberas cubanas están a un precio de espanto. Y la gente de nuestro Verde Caimán socialista, que no ha dejado de ser patriótica, no se percatan de ese uso fuera de contexto climático y de idiosincrasia del país. No llamo a la onda retro, ni a volver al pasado, pero tampoco que nos volvamos consumistas desmedidos de ropas y otros insumos que nos sobrepasan a las costumbres. No todos podemos tener acceso a los precios de alguna de esos atuendos que están hecho al gusto de otras latitudes y estatus fashion, y esa penetración cultural sutil está presente en todo el país. No se trata de establecer cánones al vestir, pero si establecer una política cultural -hoy parece que existen descoordinaciones hasta de como impartir una asignatura de ciencias sociales, humanísticas y filosóficas- que enseñe, que persuada y sepa dialogar -el debate en este terreno debe ser fértil sin conclusiones lapidarias, pues somos un pueblo libre- con la gente y trazar una estrategia que oriente en muchas banalidades y gustos seudoculturales que se han dio introduciendo en este sistema-mundo capitalista mundializado. Estoy seguro que las apariencias no denotan lo que una persona piensa críticamente. Pero estoy de acuerdo con mi viejo compañero de la Universidad de La Habana, "no valen decretos ni imposiciones", pero si un trabajo de educación cultural que abarque el vestir, la televisión, la radio y hasta la forma de comportarnos. Estoy de acuerdo con este artículo de Pedro de la Hoz, en la UNEAC, el sabe que andamos en eso.

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