Breve nota contra el olvido y a favor de la vida

Eduardo Di Mauro, un titiritero
para siempre

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
Fotos: Cortesía del autor*
 

¿Quién del  universo titiritero no conoce la historia ejemplar de vida de los mellizos Di Mauro, nacidos en Córdoba, Argentina, en abril de 1928? Nadie medianamente enterado de la trayectoria del arte del retablo en el continente latinoamericano, puede obviar el oficio o profesión, que de manera intensa y apasionada, practicaron Héctor, quien viajó primero al infinito, también un día 12, pero de abril de 2008, y Eduardo, fallecido el pasado 12 de agosto del presente año. Por tanto no escribiré una nota de carácter biográfico; seguramente podrán encontrar muchos datos en algún libro (la editorial del Teatro Arbolé, de Zaragoza, España, publicó un estupendo compendio de ambas vidas, en forma de memoria) o en las carreteras insondables de internet. Hablaré de lo que para mí, teatrista cubano, significa esta nueva despedida, en el marco de un siglo que se traga los grandes referentes vivos de la titerería internacional, que nos deja huérfanos de ejemplos que hemos palpado en vivo, mediante intercambios, diálogos, espectáculos artísticos o a través de algún material audiovisual necesario y aclaratorio, sobre todo para conocer quiénes somos y que influencias y linajes marcan el camino de nuestra manifestación escénica.

Imagen: La Jiribilla
Eduardo Di Mauro y su esposa Maritza Peña
 

A los Di Mauro los conocí primero a través de las voces de Armando Morales y Xiomara Palacio, integrantes del Teatro Nacional de Guiñol. Fueron amigos personales de ambos y los cubanos pioneros en compartir con ellos festivales y encuentros, celebrados en Venezuela (Eduardo se radicó en ese país desde 1976) o Argentina. Alumnos directos del maese trotamundos Javier Villafañe, los gemelos no solo eran magníficos creadores, sino personas de carácter comunicativo y afable. Los colegas del aragonés Teatro de Títeres Arbolé, fueron muy pródigos en difundir información sobre ellos, no solo los admiraban, sino que los apreciaban profundamente.

¿Cómo no invitarlos, conociendo de su existencia y labor fundacional en Latinoamérica,  a nivel pedagógico, social y artístico, a nuestros primeros talleres internacionales de títeres, en Matanzas? El año 1996, rompió el mito de saber de ellos solo de oídas o mediante lecturas. Primero vino Eduardo. Ceremonioso, distinguido, seguro y afable. Sus conferencias ofrecieron a todos los que tuvimos el inmenso privilegio de escucharlo en la ciudad de los puentes, una dimensión otra del teatro de figuras, un empeño que saltaba del consabido montaje y estreno a la entrega absoluta que salvaguarda la historia y continuidad del títere en la región. Héctor vino un par de años después, informal, directo, afectivo y seductor. Dos caras de una misma moneda, con puntos comunes en cuanto a la consagración, respeto y promoción de los muñecos.

Eduardo fue quien recogió simbólicamente el Gallo honorífico, entregado ese año por Casa de las Américas a Javier Villafañe, premio que solo la muerte le impidió al gran titiritero venir a recoger. Tiempo después, al frente de su compañía, emprendió una gira por toda la Isla con su repertorio más clásico y aplaudido, conformado por obras para niños y para adultos. Todos pudimos constatar la excelente y limpia animación de los títeres de guante de su venezolano Teatro Tempo (Teatro Estable de Muñecos de Portuguesa). Matanzas, capital titiritera de Cuba, lo agasajó con espectáculos y regalos, entre ellos la entrega de una réplica del títere nacional Pelusín del Monte, que Eduardo emocionado se enfundó de inmediato, para hacerlo hablar con los aires de su decir sureño, cálido y musical.

Grande fue nuestra sorpresa en 2005, al ser seleccionado Teatro de Las Estaciones, para presentarse en el Festival Internacional de Teatro de Muñecos (FITEM), en Caracas,  y tener la posibilidad de trasladarnos hasta la ciudad de Guanare, en el estado Portuguesa, para visitar la sede del Tempo, de Di Mauro, reconocida por su confortabilidad, solidaridad e información acumulada, puesta en función de los demás. El propio maestro en persona nos abrió las puertas de su oficina. Nunca he visto otro espacio titiritero similar tan hermoso, limpio,  y organizado. Volverlo a escuchar fue una fiesta, ahora de manera más pausada. Los años entre 1996 y 2005, le fueron encima de forma lenta, pero indetenible. Lo que sí no cambiaba era su mirada luminosa. Si la temática de la conversación era relativa a los títeres, su semblante se tornaba joven e impetuoso como en los años 40.

Imagen: La Jiribilla
Sede del Teatro Tempo
 

Tuve una nueva y última oportunidad de encontrarlo. En 2008 le fue entregado el Premio Gorgorito que otorga UNIMA España. Yo estuve allí, en el poblado de Torrelaguna, pues junto al diseñador Zenén Calero impartimos un curso de verano para profesionales del retablo. Su discurso de agradecimiento fue sabio y humilde. No he podido olvidar sus manos y el tono evocativo de sus palabras. Textos dramáticos, teóricos, prácticos e históricos son parte de un legado que siento todavía no reconocido en su verdadera dimensión. La renovación artística de Eduardo y Héctor pasaba por una posición ética ante la vida, el trabajo y la familia. Iba mucho más allá de cualquier intento intelectual de epatar o sobresalir de forma superficial.

Inocente de la terrible noticia, aunque ya sabía de su estado delicado de salud, celebré el día 12 de agosto, junto a mis amigos y colegas, los primeros 20 años de Teatro de Las Estaciones, en Matanzas. En Venezuela, partía el gran maestro, oscureciendo los corazones de quienes sí conocían la información de su deceso. Alegría y dolor son como los gemelos, dos caras de una misma moneda, por eso, anido un sentimiento raro de tristeza y felicidad en el alma. Mis encuentros con Eduardo Di Mauro no volverán a suceder jamás, pero su magisterio se ha hecho más potente e imprescindible para todos. Esa es una forma de seguirlo encontrando, para siempre.
 

*Fotos tomadas del artículo de Natalia Moya, “Falleció Eduardo Di Mauro: Pasión Titiritera”.

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