Anonimato

Rolando Ávalos Díaz • La Habana, Cuba

Recién cumplidos los 80 años se preguntará por la mujer de su vida. Ya será uno de los grandes escritores del planeta. La candidatura al Nobel lo habrá convertido en personaje célebre casi de la noche a la mañana. Ahora la podré encontrar, se dirá ante el espejo del baño, ajustándose la  dentadura postiza y la corbata, ahora soy una figura pública. Ahora sí, coño, ahora sí. En dos semanas se adaptará a la lógica y repentina aparición de enemigos, exesposas, examantes, exhijos incluso. Como si hubiese esperado esos instantes toda la vida, sobreactuará una pose de anciano feliz para las cámaras de una rueda de prensa internacional. Más tarde las muchachas periodistas le brindarán tragos y adulaciones. De repente una de ellas sacará de su bolso el The New York Times. Él no comprenderá ni una de las palabras en inglés, pero sí la ridícula foto de la primera plana. 

   —¿Y esto? —preguntará nervioso, mirándolas. 

   Ellas congelarán la risa y no sabrán qué responderle. Entonces él recordará que nunca le preguntó el nombre a la señora del parque. Pero esto ocurrirá después.

    La mujer de su vida lo había descubierto antes que la Academia Sueca. De adolescente ocultó sus libros como si estuviesen censurados.  Después se acostumbró a leerlo en cualquier sitio; en inmensas colas a la entrada de los cines; bajo apagones, a la luz de una vela; caminando; de pie entre miles de cuerpos sudorosos dentro de cientos de guaguas; en el trabajo; embarazada, luego de acostar a la niña. 

   El viejo autor, solo en casa, en calzoncillos y chancletas, cuando escuchó la sigilosa noticia radial, de las manos se le resbaló el vaso de agua con azúcar. Se sintió rodeado de gente que aplaudía su desnudez, sorprendido in fraganti. Respirando la humedad de un cuarto sin teléfono, televisor o computadora con acceso a redes, arrastró los pies hasta la sala, preguntándose al unísono por amigos, parientes, mujeres hartas del Dúo Literatura y Pobreza, y pensó en el hijo, su hijo único, y en la última vez que se dirigieron la palabra. Entonces, derrumbados los huesos sobre un sofá de más de un siglo, se dedicó a marearse oyendo cómo la onda lejana de una voz, algo escéptica, leía sin énfasis, un largo currículo.

El viejo autor no entendía cómo, si nunca montó un avión ni gozaba de agente literario, y se encogió de hombros hasta vestirse y salir de la casa.
Cruzó muchas calles, apurándose, aunque sin rumbo, con la mirada fija en ningún sitio, como en shock. Lo detuvo el cansancio y la conciencia de no saber dónde estaba. Enfrente tenía un parque rodeado de flores rojas. Una niña que armaba su propio ramillete y cantaba una canción, hizo silencio al verlo, después corrió hacia un árbol. Recostada al tronco, sentada sobre la tierra, una mujer lloraba delante de algo. El viejo, al acercarse, se dio cuenta de que era un libro abierto al que le bastaban pocas hojeadas para volverse pedazos.

   —Perdone, señora, ¿puedo ayudarla?, ¿le pasa algo?

   La señora rió negando con la cabeza. A primera vista su rostro no tenía una edad clara.

   Podía tener treinta, cuarenta o cincuenta años, cuando más. Dejó caer el libro sobre la saya y se secó ambas mejillas.

   —No se preocupe, señor, es que me emociono… El riesgo de ser una lectora empedernida, ¿no?

   —¿Y es tan bueno…?

   —¿El libro?

   La niña le dio una de sus flores a la madre.

    —Gracias, mi cielo. Muy bueno, señor.

    Una llovizna sirvió para que se protegieran bajo el techo de una parada inhóspita. La niña bañó las flores robadas. Cuando se sentaron, la señora declamó un párrafo que hablaba de la lluvia.

    —¿Lo ha leído? —se interrumpió.

   El viejo se encogió de hombros.

   —Empiece ya —ordenó y le puso, con un recelo exagerado, el libro sobre el pantalón—. Es genial, genial… único. Lea la primera oración.

   El viejo hojeó con pánico. Halló páginas amarillentas, gastadas y sucias en los bordes, líneas y párrafos subrayados.

    —Al menos sirven para aforismos.

   —¿Cómo?

   —Nada, nada, leía en alta voz.

   Había esquivado una sensación de pena. Temió no haberse mirado al espejo antes de salir. Sintió que si se comportaba amable y sonreía, su cara iba a semejar un cúmulo arrugas sonrientes.

   —¿Sabe qué? —dijo ella, de nuevo con los ojos humedecidos—. Solo me queda un sueño: conocer a este hombre extraordinario.

   —¿Quién?

   —¿Quién va a ser?, el autor.

   —Ah.

   Cuando escampó, la niña hundió la nariz en las flores.

   —¿Sabe cómo lo imagino? —continuó ella.

   —¿Cómo?

   Con una mano se cubrió la risa.

    —Un poco mayor, claro, pero tan… Estoy segura de que me encantaré cuando lo vea. Porque algún día lo voy a ver, sí, ya verá.

   —¿No lo conoce?

   —En la contraportada de este libro hubo una foto, pero la niña… sabe como son los niños, la rompió.

   —¿Lo ha visto?

   —En vivo no. Ni una vez. Es que ni lo ponen en televisión. Le juro que no sé ni qué cara tiene, pero no me importa. Amo todos sus libros. Eso me basta.

    El viejo no sabía qué decir.

   —No lo conozco, pero debe ser hermoso.

   —¿Cómo lo sabe?

   —Lo siento aquí —se tocó el pecho y le fijó una mirada tan convincente que parecía irreal—. Sin pensarlo me casaría con él.

   —¿En serio?

   La señora se mordió los labios antes de echar otra lágrima y asentir con rapidez.

   —Me lo leo sin descanso desde el Pre, hasta mi niña se sorprende.

   El viejo comprendió que probablemente estaba hablando con la mujer de su vida.

   —A lo mejor no lo conozca nunca —dijo ella.

   —¿Por qué?

   Suspiró.

   —Sueño tanto con tenerlo así, como a usted, cerca, aunque sea unos minutos… quizá es un hombre ocupado, serio… no sabría ni qué decirle… supongo que tontería más tontería… jaja… es sólo un sueño incurable.

   La niña avisó que venía la guagua. La señora le tendió una mano al viejo y al abrazarlo le soltó:

   —Fue un placer conocerlo, mil gracias por haberme oído un rato.

   Él respiró profundo.

   —El placer fue mío. 

   —El libro —advirtió la niña.

   —¿Cómo se me va a olvidar?

   El viejo pensó que la mujer de su vida estaba loca. « ¿Por qué no escogió a Gabo, a Vargas Llosa, por ejemplo, o a Hemingway?»

   La guagua dio un frenazo antipoético. Minutos después la niña bajó corriendo del vehículo, le entregó su ramillete de flores y le dio la espalda sin oír gracias.

   Luego del motor y el humo, regresó el silencio. El viejo cerró los ojos imaginando una historia de amor inverosímil. Debió permanecer allí sentado un par de horas, antes de la publicidad, las cámaras, las ovaciones, las entrevistas, los paparazzi extranjeros, las primeras planas, los dossiers, la enjundia de los homenajes, las demasiadas loas. No le importó tanto el futuro. No quiso saber si sus gestos ahora tendrían valor fotográfico.

Hundió la nariz en las flores rojas y alguien, con medio cuerpo escondido detrás de un árbol, le disparó varios flashes. Al viejo le dio gracia el susto. Su corazón era un indocumentado adolescente con ganas de comerse al mundo. Oscurecía. 


Rolando Ávalos Díaz (La Habana, 1988) Poeta, narrador y repentista. Ha recibido varios reconocimientos por su obra narrativa y poética. Es miembro de la AHS y graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Ha publicado poemas y cuentos en revistas nacionales e internacionales. Desde niño ha venido ejerciendo el repentismo con gran talento y como parte de una tradición familiar. Con el relato “Anonimato” obtuvo el premio Literatura del Arte (Colombia, 2013).

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