Veinte estaciones

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

El martes 12 de agosto, Teatro de Las Estaciones convocó a un grupo de amigos, en su gran mayoría gente de teatro, a visitar Matanzas para participar en el jubileo por sus dos décadas de vida. Era curiosa la composición de los viajeros. Entre esos amigos invitados estaban, por supuesto, personas que los han acompañado desde su fundación, y también jóvenes, algunos exintegrantes del colectivo, y, otros, muchachos que han sido seducidos, en corto plazo, por el encanto del equipo liderado por Rubén Darío Salazar y Zenén Calero.

Imagen: La Jiribilla

Si hay una ciudad donde sin esfuerzo alguno te hacen sentir bien, a gusto, como si uno fuera parte de la familia, es Matanzas y sus teatristas. Creo que es una tradición local combinada con el estilo de trabajo que por más de dos décadas cultivó la actriz Mercedes Fernández al frente, hasta hace pocos meses, del Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Cuando asistimos a una celebración allí, confiamos en que no solo nos sentiremos bien, sino en que será un momento de buen gusto, con una fineza típica del que todo entrega, no importa si tiene mucho o poco que dar. Uno sabe que va a confirmar afectos, a encontrar nuevos.

Y este pasado martes no fue menos. Teatro de Las Estaciones, con el mismo cuidado particular en los detalles, con igual afán con que bordan un espectáculo en el que quedamos admirados por la belleza de las imágenes, por el gesto preciso y seductor de la animación y actuación; pues, de esa misma manera, el grupo concibió un espectáculo hermosísimo y emotivo por sus 20 años. Casi nada escapó al recuento de vivencias y anécdotas de los protagonistas de estas dos décadas, compartidas con muchos de los que estábamos sentados en la confortable y recién estrenada sala Pepe Camejo, a un costado de la galería El Retablo.

Imagen: La Jiribilla

La ronda de historias, moderada por el dramaturgo Norge Espinosa, uno más de la plantilla permanente de trabajo del colectivo, colocó en proscenio al núcleo duro de aquel inicio: Mercedes Fernández, Rubén Darío Salazar, Freddy Maragotto, Migdalia Seguí, Fara Madrigal y Zenén Calero. Fueron ellos, junto a Cecilia Sodis, directora del Teatro Sauto y a quien se le echó de menos esa tarde, los responsables primeros de aquel parto en el aciago verano del 94, cuando reinaban la desazón y la desesperanza y casi todo se trataba de la supervivencia corpórea y espiritual. Más tarde se sumarían otros colaboradores permanentes, como Lilita Padrón, directora de la compañía Danza Espiral, la soprano Bárbara Llanes, los músicos Raúl Valdés y los Montalvo, escritores, artistas plásticos y el más reciente amigo del grupo, el trovador William Vivanco, con quien Las Estaciones prepara su próximo estreno.

Imagen: La Jiribilla

La nómina de los actores se ha renovado con el ingreso de muchachos para quienes estar en Teatro de Las Estaciones ha sido un sueño, una especie de lugar donde querer estar. Son rostros que ya hemos visto en recientes montajes y que continúan y enriquecen, con inteligencia, sensibilidad y compromiso, el sello distintivo del grupo: Karen Sotolongo, María Laura Germán, Luis Toledo e Iván García.

Imagen: La Jiribilla

Ser testigo del paso del tiempo además de traernos la obvia confirmación de que, en efecto, ya nos somos los mismos —justamente me di cuenta que ayer estaba rodeada de gente a la que conocí hace 20 años cuando comencé a trabajar en el teatro—; por otro lado nos ofrece el privilegio de haber asistido al nacimiento de un proceso que no se ha detenido desde entonces y que del tiempo no toma el desgaste y el confort, sino la energía y la vitalidad para renovarse y buscar nuevas preguntas.

Al final, cuando Vivanco tomó la guitarra y los actores subieron a escena a bailar en un acto espontáneo de festividad y gozo, Rubén Darío condensaba con una sola frase lo que ha sido para muchos de ellos Teatro de Las Estaciones: ha sido vivir, sencillamente vivir. Y como él mismo apuntaba, vivir en dos décadas muy complejas y duras de nuestro país. En el tránsito de estos años, el grupo ha concebido bellísimos espectáculos, muchos de ellos no solo lo mejor del teatro de títeres en Cuba, sino del teatro cubano, como aclarara también Espinosa. Han forjado cultura y saber, si ellas pudieran ser excluyentes. Han producido ideas a través de publicaciones, eventos, confrontaciones, en permanente diálogo con el movimiento teatral de la Isla y en escenarios internacionales. Han recuperado, he ahí uno de sus más grandes méritos, una zona importantísima de la historia titiritera cubana, han revitalizado tradiciones, han revalorizado nombres apenas antes mencionados en nuestras escuelas; han contribuido a fundar, también con el magisterio recibido en primer término de René Fernández, pater de esa tradición compartida, de Armando Morales, Dora Alonso y muchos otros, un espacio exclusivo para la creación titiritera como es el Taller Internacional de Títeres de Matanzas y la saga de inspiración para muchos que ha legado. Han creado alianzas con teatristas e instituciones, han dado razones suficientes para el intercambio franco, para el estímulo de la conspiración creativa, fértil, beneficiosa al arte.

Imagen: La Jiribilla

Mientras esperábamos la guagua para el retorno, Rubén Darío le recordó a Carlos Díaz su compromiso de hacer alguna vez Don Perlimplín…, el desafío de llegar hasta Matanzas para dirigirlo, en un espectáculo que, sin duda, gozaría de una larga y exitosa temporada. Carlos le sonreía, callado, mirando bajito, como hacen los buenos amigos cuando se dicen cosas serias. Ojalá así sea.

Teatro de Las Estaciones es también parte de mi vida familiar, como una vez dije en su celebración número 15. Mis hijos han saboreado sus espectáculos desde mis brazos, cuando apenas gorjeaban, identifican los diseños de Zenén y señalan a Rubén como amigo.

Con los 20 años de Teatro de Las Estaciones también recorremos un tramo difícil y fecundo de nuestra no tan reciente historia teatral.

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