El agujero negro en la cultura del vestir

Carmen Gómez Pozo • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

La cultura del vestir no es algo que se forma de un día para otro, bebe de los comportamientos sociales y los juicios de selección que se trasladan y consolidan de generación en generación, en los fundamentos que esgrimimos para seleccionar nuestros atuendos, desde los cotidianos hasta los más exclusivos. Apreciar el fenómeno solo desde la acumulación de experiencias y conocimientos que arrastran las tradiciones y las costumbres hace que percibamos solo una dimensión del tema; mutilada estará la intención de fomentar cultura en tanto no se promueva y atienda la construcción de ese entorno material que favorezca la conformación de “el vestir”.

Imagen: La Jiribilla

Concepciones de superficialidad y artificialidad respecto a lo relativo a la vestimenta han limitado los caminos, la realidad es que el espacio que no ocupemos lo ocuparán siempre otros y no siempre serán los más idóneos y favorecedores para nuestro proyecto social.

Las limitaciones de ofertas nacionales que ha enfrentado nuestro mercado o la introducción de opciones foráneas con paradigmas importados para nada estimulan la sedimentación de conductas y proyecciones propias.

Hablar de moda con la visión circunscrita al fenómeno consumista ha resultado un freno, no es menos cierto que toda moda debe constituirse en un fenómeno colectivo y pasajero, pero el interés de aceptación “a la tribu” es inherente a los jóvenes, como también es inevitable que experimenten una y otra vez con su imagen conformando un segmento de vanguardia.

La ausencia de propuestas intencionadamente auténticas solo ha promovido el gran hoyo negro en la búsqueda de referentes y una ruptura en la compacidad del discurso para el que esmeradamente trabajamos.

Imagen: La Jiribilla

La trayectoria en este campo ha demostrado que han existido proyectos felices en los que con gusto se refugiaba la población para satisfacer sus expectativas; decorar nuestros hogares o sacar de las manos de una costurera una elegante bata de playa se lo debemos a TELARTE. Esta idea se materializó con referencias de tejidos nacionales e impresiones resueltas con la tecnología de la industria cubana de los 90 y devino en vivo exponente de lo idóneo que resulta el empleo de la gráfica como testimonio de identidad y sentido de pertenencia.

El Taller Escuela Experimental de la Moda, en la céntrica Rampa de la capital, también fue acogido, desde su fundación en 1966, como referente para jóvenes y adultos al ofertar tejidos exclusivos impresos de forma artesanal y diseños que reflexionaban acerca de cómo debemos vestirnos para bien de las contribuciones de una imagen del hombre en Cuba. El concepto se ampliaba desde el momento en punto que no se atendía a la vestimenta solo como la ropa que portamos, se estudiaban nuestros biotipos y se tenía en cuenta la gestualidad como expresión en el acto de comunicación.

Imagen: La Jiribilla

Estos dos casos demuestran que el fenómeno de “el vestir” no se circunscribe a la gran escala industrial, los gustos y demandas suelen ser tan diversos como diversas pueden ser las ofertas que productivamente impulsemos. La materia prima es quien demanda los grandes volúmenes, los modos de transformarla en ropa pueden y se enriquecen con la amplitud de opciones.

Las alternativas pueden proyectarse y el escenario asevera que existe talento para asumir el reto; por un lado una industria avocada inminentemente a la sustitución de importaciones y por otro, una masa de profesionales, con dominio de las tecnologías y los procesos, ávidos por fomentar esa afiliación indumentaria tan necesaria.

Téngase en cuenta que vestir no es solo el mero acto de cubrir nuestros cuerpos y homologar una u otra tendencia, en la medida que seamos conscientes de toda la carga sociológica e ideológica que encierra el genuino acto de comunicación en que se inscribe, podremos ser certeros con las “ropas” que se propongan.

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