El olor de los fulanos

A Keily

Odiaba los martes. No por capricho, como la gente cuando dice: «No me gusta el número siete o el dieciocho, no me gusta el color violeta o el amarillo» y no tienen razones para odiarlos. Yo sí las tengo.

Despertaba los martes y la mañana olía a él, se veía como él: gris, repugnante. Entonces me iba a la calle para librarme de él que llegaba al mediodía pegando en las paredes el rancio de sus pies y su otra esencia, la que trajo consigo aquel martes que mi madre lo llevó a la casa y dijo: «Se llama Fulano, nos queremos y viene a vivir con nosotros».

Todavía no comprendo cómo ella no percibió el olor. Tal vez quiso pensar que era algo de ese momento, pero han pasado dos años y el olor es el mismo, no desaparece. Y si no lo nombro peste, fetidez, tufo, es por consideración a mi madre que tiene que soportarlo, dormir con él todas las noches. A veces la he sentido toser, levantarse, tomar agua y sé que es porque no lo aguanta; se ahoga con el aliento de sus poros, de su boca. Yo desde mi cuarto, que está alejado de él, lo siento y quiero morirme cuando me avispo en la noche y tengo que lidiar con su olor hasta que vuelva el sueño.

Odiaba los martes. Ahora odio todos los días. Mi único momento de paz es cuando se va al trabajo. Aunque regresa en las tardes, me alivia no asimilarlo de forma directa por más de ocho horas. También lo mandan a trabajar fuera de la ciudad por algunos días y cuando ya he logrado que, con la influencia de ambientadores, casi se elimine el olor, él regresa y vuelve a pegarlo en el aire.

Ya no puedo salir a la calle. Creo que tengo su olor en la piel, que la gente lo va a notar como yo se lo noto y en ocasiones a mi madre, que pasa horas en el baño y él se molesta, le grita: «Qué estás haciendo, mujer». Yo lo miro, sonrío de saberlo inocente, sufro al imaginar a mi madre con la cuarta esponja de un paquete de seis que compró hace dos semanas, limándose la piel, sacudiéndose su olor en vano: cuando sale, él está esperando y la abraza, le dice cuánto la quiere y le devuelve lo que se había empeñado en liberar de su cuerpo.

Esos son los peores días, en los que el olor no es tan fuerte. Se pone a caminar por toda la casa, a exigir que esté bien hecha la comida, a adoptar esa pose de gladiador enorgullecido de su acto, a decirme que tengo que trabajar, ser como él, que le da por besar a mi madre y a la vez censurarla por si el arroz está duro o si no hay vianda frita. Son esos momentos en los que debo controlarme para no romperle la cara y gritarle apestoso, mofeta, en los que deseo cargarlo sobre mi espalda y tirarlo al mar, ahogarle el olor.

Prefiero los días en que es insoportable: desde que viene por la esquina lo siento. Entonces llega y sentado en la butaca su propia esencia lo domina y se queda dormido, con la cabeza como avestruz. Mi madre dice: «Se le va a partir el cuello» y siente lástima; quiere acercársele pero lo deja allí, para ahorrar una de las veces de tenerlo cerca y no poder respirar.

Algunas de esas noches me armo de coraje y voy a casa de una vecina. Ella me mira, siente el tufito que traigo. No le he contado pero sabe, to- dos los vecinos saben, lo ven llegar con su olor, dando tumbos.

En casa de la vecina intento concentrarme en el juego de cartas, en la novela, pero la imagen de mi madre es más fuerte. La vecina pregunta: «¿Te pasa algo?» y contesto: «Nada», no quiero decirle que estoy pensando en mi madre sentada frente al televisor, cerca del fulano inconsciente que la asfixia y la obliga a salir al balcón varias veces para respirar otro aire y no ese que le impone.

Siento pena de ella al oírla decir que lo quiere, que él es bueno, que trae comida para la casa. Ella lo justifica, sin embargo hay momentos en los que no puede disimular y lo esquiva, cuando él se acerca con su babeo. Entonces me pongo nervioso porque el olor lo pone violento; le grita: «¿Qué te pasa, acaso tienes otro hombre? Si me entero te moriste». Y yo pienso: «El que va a morirse eres tú, si la tocas, cabrón», pero no se lo digo por ella, ella que no le dice, cuando se pone a criticar el mal gusto de la comida, que el olor también lo tienen los alimentos, ella que no sabe qué excusa decirle para evitarnos el daño en el estómago a mitad de la noche, cuando él se antoja de cocinar.

Hace unos días llegó su hijo de Estados Unidos. La exesposa del fulano lo mandó para que le pusieran un tratamiento, el muchacho padece lo mismo y yo pienso: «¿Cómo no va a padecer si el padre se lo trasmitió, en los genes?» No sé por dónde, pero ahora el hijo tiene que pagar por lo que no es culpable. El muchacho aceptó. Eso ha tenido de bueno, que conoce su problema.

El fulano no se da cuenta. Da gracia oírlo hablar de su hijo, de criticarlo, escucharle las historias de cuando era el mejor expediente de la escuela, que no se explica cómo pudo llegar a esto. Da risa que no se dé cuenta de que el caso suyo es peor y mucho más para nosotros que tenemos pocas esperanzas de quedar libres de él, de su olor al que reconoce- ría aún dejándolo de percibir por años: si un día se marcha su aroma permanecerá en esta casa, en los calderos, adornos y en mi nariz, sobre todo en mi nariz.

A veces se pone melancólico: me dice que soy como su hijo, que si es duro conmigo es por mi bien, me dice: «Tienes que dejar la bobería y salir a buscar trabajo, una mujer, tu madre no va ser eterna». Yo le digo: «Sí, pronto, ya estoy en eso» y trato de zafarme rápido porque un día voy a tener que gritarle que todo es por su culpa; si me acercara a un director para hablar de trabajo, el tipo no se concentraría tratando de descubrir de dónde viene el olor inmundo y lo peor será cuando descubra que soy yo, me mirará compasivo y dirá que todas las plazas están cubiertas.

Igual será con las mujeres; aun atreviéndome a salir a la calle y logrando que alguna se enamore de mí, cuando la lleve a la casa se dará cuenta de que su amor no es tan grande, como para soportar al fulano y sus muestras de cariño todos los días, si le da por apretarla para decirle que es de la familia, que puede contar con él, y ella, la pobre, que no tiene que ver con esta historia, intentará aguantar por mí, pero no podrá.

Hoy es martes. El fulano está en la sala con un grupo de amigos, otros fulanos. Juegan dominó, hacen ruido con las fichas, hablan alto, escuchan a Pimpinela: Si hay amores que matan… pero sobre todo se pasan el olor una y otra vez. Sí, hoy supe que no son él y su hijo los únicos que tienen la epidemia. Hay otros, como estos que trajo a la casa. Seguro hay muchos más, cientos, miles, y yo no lo sé por estar encerrado en este cuarto, con este pomo de perfume en mi nariz, sufriendo por mi madre que no puede oler sino ese aire infectado del olor de los fulanos, y de la manteca mientras fríe chicharritas para ellos que no se percatan de que está sudando, que no respira, que va a morirse de la cocina al balcón, como la veo por la rendija de mi puerta. Ellos no se sabrán nunca culpables de este encierro, de que me quedaré solo y haré sufrir más a mi madre. Ellos no descubrirán que el pomo de perfume no basta, que a veces tengo ganas de empinármelo para limpiarme el olor desde adentro. Ellos no saben que no es suficiente Pimpinela y su Hay olores que matan… ¿o es amores? No sé, ya no entiendo, no escucho, nada.

 

Liany Vento García (Santa Clara, 1982) Joven poeta y narradora. Por el libro Olor de los fulanos, obtuvo el premio Pinos Nuevos del 2012.  Recibió el premio Ciudad del Che de poesía, en el 2011, y tiene publicado, además, el libro de cuentos Close up (Editorial Sed de belleza 2010).

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