Literatura

Nota sobre A Puerto Blanco no llegan las lluvias

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba
Foto: Cortesía de la autora
 

Ediciones Matanzas (con el esmero editorial y la belleza en el diseño habituales en esa casa, dirigida por el poeta Alfredo Zaldívar), pone a nuestra disposición A Puerto Blanco no llegan las lluvias, noveleta con la cual Carlos Zamora obtuviera el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas en 2012. El libro, que puede adquirirse en la librería de Bernaza y Obispo, donde además, están otras novedades de las Editoriales Territoriales, consta de 17 capítulos, narrados de forma alternante por una niña (Mariana) y su hermano, Ernesto, cuando el matrimonio que les dio vida a ambos está a punto de desmoronarse. El pueblo llamado Puerto Blanco cobra particular importancia —hasta el punto de asumir rol principalísimo—, según la forma en que estos infantes cuentan no solo viejas historias (transmitidas por el padre, historiador o “archivero”), sino por el afán de describir la actualidad, la belleza y las peculiaridades de esa zona, situada en un extremo de la Isla.

Imagen: La Jiribilla

El conflicto que ha causado el rompimiento de la pareja integrada por los padres de Mariana y Ernesto, nunca llega a ser explícito, lo cual es comprensible, ya que la suerte de diario que leemos, tiene la perspectiva de la infancia. Esto es fundamental para la verosimilitud que transmite el libro: el respeto hacia el lenguaje y el punto de vista de los niños. No se trata de una impostura ni de un falso prisma, sino del pensamiento inmaduro, ingenuo y hermoso que suele poseerse a esa edad.

En la medida en que avanzamos en la lectura (con mucha facilidad, debo añadir, porque es un ejercicio ameno, cautivante), además de interesarnos por la geografía del lugar, nos impacta lo que se conoce como juego de roles. Tanto la niña como su hermano acuden a los estereotipos naturales que corresponden a cada género. El varón se considera superior en conocimientos, juega a la pelota, acude solo al zoológico, mientras su hermana es menor, se preocupa más por las desavenencias de sus padres, siente temor hacia los perros, se disgusta cuando a su amiguita los varones le llaman “marimacho” por cortarse el cabello, etc. La madre de ambos es mostrada como una persona siempre al borde de la angustia, siempre urgida de tiempo, siempre brusca y disgustada, en contraste con la figura paterna, a quien los niños observan como el ser divertido, sonriente y dulce que cada noche les narra cuentos atractivos. A pesar de que estamos en presencia de lo que se ha dado en llamar “una familia funcional, orgánica”, con abuelos amorosos, padres responsables y trabajadores, que inculcan en sus hijos hábitos higiénicos y de conducta moral, algo ha sucedido que ha roto la armonía. Los niños perciben la tragedia que se avecina, pero se resisten a aceptarla, como defensa ante lo que no logran entender. Mariana siente predilección por el padre (quien la llama Princesa), y este, a su vez, muestra la delicadeza, el amor, la sabiduría que no posee su esposa. De forma sutil, el lector, la lectora, terminan por colocarse al lado del hombre. Sin conocer un detalle de lo que ha fulminado a la pareja, no queda más opción que sentir simpatía hacia la figura paterna. Incluso en un momento de gran tensión, es un amigo del padre (y no una amiga de la madre) quien acude al hogar, para cuidar de los muchachos. La admiración de Mariana y de su hermano hacia el papá de ambos, es tan descomunal, que Ernesto la justifica así: “Prefiero que sea papá quien nos lea los cuentos porque él ni siquiera tiene que leerlos. Muchas veces solo nos enseña el libro, para que lo reconozcamos en el librero, y enseguida se pone a contar, sin mirar las páginas”. Cabría preguntarse las razones por las cuales la madre aparece constantemente en disgusto. Pero no es ese el objetivo de esta hermosa narración, sino el universo infantil. Otro detalle significativo es la diferencia que se establece entre los protagonistas y sus primos, que son citadinos. Los niños de Puerto Blanco adoptan posición defensiva cuando los familiares de la ciudad van a visitarlos. “Antes, a Ernesto le encantaba que vinieran los primos; jugaban horas a la pelota o al fútbol y a mí ni me miraban, pero ahora dice que los primos se han vuelto muy aburridos, solo hablan de ropas y de músicas raras. Incluso no quieren jugar a la pelota para no ensuciarse los pantalones que les trajo su padre del último viaje. […] A los primos les molesta que en Puerto Blanco tengamos zoológico y playa y que en la ciudad, con todos sus carros y semáforos, no haya lugares tan bonitos como los nuestros. […] Ellos son unos burlones y todo lo de Puerto Blanco les parece más chiquito y más feo”. Dice Mariana, dejando clara la mezcla de cariño hacia su lugar natal, y su rebeldía ante lo que imagina despreciativo, para más adelante añadir: “Cada vez que vamos al malecón nos llegamos hasta el pocito de agua dulce que está en la orilla del mar. Eso, según mi papá, es una curiosidad muy rara y ni siquiera en la ciudad lo tienen. Aunque dicen mis primos que a ellos no les hace falta, que incluso no necesitan el mar. Pero mis primos son unos envidiosos, seguro que les encantaría tener playas y malecón como nosotros y no quieren reconocerlo”.

A Puerto Blanco no llegan las lluvias (ni tampoco trenes, pero sí ballenas y enormes cangrejos que se cuelan en las casas), es un libro muy bien cuidado en cuanto al lenguaje, y seguramente despertará empatía en el público lector. Sin que exista un ápice de rudeza, sino todo lo contrario, gran dulzura expresiva, nos recuerda no solo al niño (o niña) que llevamos dentro, sino que moviliza la poca ternura que nos queda, en estos tiempos de grandes brusquedades generalizadas.

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