Hieroscopia, el cine en Nuevitas

Carlos Melián • Santiago de Cuba, Cuba

Esta crónica comienza en la polvorienta carretera que conecta a Manatí con Nuevitas, una hora completa saltando sobre el asiento, entrando y saliendo de baches, preguntándome seriamente si una carretera interminable y en esas condiciones nos dejaría llegar a alguna parte. La remendada yutong en que viajábamos invirtió probablemente un cuarto del tiempo que toma el trayecto desde Santiago en este dificilísimo tramo bordeado a ambos lados de un marabú de tres metros de altura, oasis de palmas de guano y trillos hacia sitios inciertos e infames, a donde un hombre solo puede ir a llorar o a morir sin dolientes.

Íbamos rumbo al IV Hieroscopia, que podría ser uno más de esos pequeños “festivales” del audiovisual que pululan a lo largo de toda la Isla sino fuera por dos o tres razones que son el plato fuerte de este texto. Viajaba en el último asiento y corriendo la cortina miraba la carretera que dejábamos detrás preguntándome ¿cómo diablos la producción de audiovisuales ha podido calar espontáneamente en ese pueblo, como en ninguna otra parte de Cuba?

Mi padre estuvo en Nuevitas en los años 70, y una de las historias que más he oído de él transcurre aquí. Él está sentado en un bar, se da un trago, se vuelve y le dice a un amigo.

  • ¿Sabes qué? En Nuevitas no hay mujeres bonitas.
  • No es cierto, aquella mujer, por ejemplo, es bonita.
  • Si es bonita entonces no es de Nuevitas, vamos a preguntarle.

Ambos dejaron la barra y fueron hacia la mujer.

  • Buenas noches, preciosa, aquí a mi amigo le estoy diciendo que una mujer tan bella como tú no puede ser de Nuevitas.

La mujer se echó a reír, en efecto, no era de Nuevitas sino de Manzanillo. Nunca creí en la veracidad de esa historia, siempre supuse que a él le gustaba contarla porque tenía ese toque absurdo, pero algo me interesaba en ella: los inmigrantes. Era la época de los inmigrantes, le llegaban hombres y mujeres de toda Cuba, Santiago, Guantánamo, Las Villas. En una parte de su cuento mi padre hacía referencia a que el puerto, la fábrica de cemento, la termoeléctrica, atraían personas de toda la Isla, y yo imaginaba el rostro triste y secreto de aquel que inmigraba o permanecía por un salario, calificado, incompleto, pero distante de su familia y amigos. El bar donde mi papá hablaba de mujeres era obscuro, polvoriento, lleno de obreros sombríos frente a jarras de cerveza. 

Recordaba todo esto mirando a lo lejos las enormes chimeneas que bordean esta pequeña ciudad, que puede atravesarse a pie, de espaciosos portales, parques vacíos y jardines enyerbados. Todas las chimeneas echaban humo, buena señal, oportunidades de empleo, mano de obra más o menos calificada, y un nivel cultural quizá por encima de otros pueblos que dependen de tareas más primitivas. Mirándolas me preguntaba si el secreto estaba en ellas.

En el evento había realizadores de La Habana, Ciego de Ávila, Santiago de Cuba, Holguín y Camagüey, la mayoría hacíamos ficción y uno solo, René, dibujos animados. René encajaba como animador: silencioso, nerd, solitario y con limpieza para contar historias.

Durante la mañana y la tarde los conversatorios eran intercalados con la proyección de audiovisuales. Dormíamos en el albergue de una Escuela Especial bien conservada y construida seguramente durante las inversiones de la Batalla de Ideas. El calor intenso del día era compensado por una exquisita brisa marina, más caliente que fría, con olor a cangrejos y sardinas hervidas, que subía desde una bahía muerta y amplia, que por el día dejaba ver, cuando la atmósfera era transparente, en una especie de espejismo, la costa del otro lado de la gran bolsa. 

A saber por lo que vimos y oímos durante todo ese fin de semana del 8 al 11 de agosto, no sucede mucho en Nuevitas. A diferencia de ciudades como Holguín y Santiago donde adultos y jóvenes salen los fines de semana a lucirse, ligar o a hacer vida social a sus parques, en Nuevitas el parque principal (el único que he visto vertiginosamente inclinado hacia el mar) donde otrora las muchachas se paseaban en una dirección y los jóvenes en otras, permanece como un nonagenario en silla de ruedas que mira al vacío.

Pero digamos que el nonagenario dejó el diamante en el aire, y los jóvenes se lo robaron. Todo empeño de conocer la deriva audiovisual de este movimiento de creadores no puede dejar de lado que la mayoría de sus miembros son egresados de las Escuelas de Instructores de Arte, específicamente de aquellas primeras graduaciones que salieron a las calles con ganas de desayunarse al universo. No solo en Nuevitas estos muchachos son realmente inquietos, en toda Cuba sucedió lo mismo, luego de recibir unos planes de clases desmesurados, a algunos se le sembró para siempre la semilla indómita del arte y con el tiempo comprendieron que su vocación artística no estaba tan cerca del magisterio, o no era tan reconciliable con él como ellos creían.

Javier por ejemplo, a quien el arte ha metastasiado, hace, además de audiovisuales, música, pintura y artesanías con una calidad indiscutible. Regresó luego de una temporada en La Habana, saturado de la urbe donde la falta de tiempo y el pago del alquiler, le asfixiaban y no le daban más que para hacer “sopa”.

Otros creadores de este movimiento son Geordanis, Pedro, Eider, Hugo, Yadier, y la muchachas Nailén, Yaima, Inés, Yoandra, Saraí (muy guapas por cierto), no todos dirigen, pero sí son capaces de prestarse para actuar y hacer otras labores en los cortos. Hugo es uno de los que más genera obras, y su cabeza parece estar siempre en otra parte. Según me contó, para él es muy fácil ponerse a filmar cuando ya tiene la idea en la mente. Por la manera en que camina, solo y mirando hacia un horizonte invisible, una ciudad invisible, parece que está siempre fuera de su entorno.

Para Pedro, (hermano de Hugo) y organizador del evento, sin embargo, no es tan fácil ir de la idea al hecho: “tengo algunas ideas pero prefiero tener las condiciones creadas”, dice con cierta amargura, acotando que antes de ir a la Muestra Joven que organiza el ICAIC, era tan productivo como los otros. La Muestra le abrió los ojos, la tecnología, el acabado de los materiales, las historias, las ideas que escuchó allí, eran prolijas, diferentes a las que manejaban sus compañeros.

Pedro actualmente procesa un conflicto que sus coterráneos no parecen tener tan agudizado: hacen audiovisuales sin otra ambición que la de expresarse y ver en imágenes lo que arman en su cabeza. Pedro ha pensado en hacer filmes que toda Cuba pueda ver con más acabado en cuanto a técnica y drama, pero eso conlleva tiempo y angustia, y trae la sensación de que es un sueño imposible o una de esas pesadillas en las que uno corre y corre pero no avanza. Pedro es trabajador, diplomático, locuaz, prudente y ha pensado en vivir del cine, mordió la manzana, y por la manera en que también se queda quieto, observando su ciudad, probablemente para él no haya camino de regreso. Pedro, si no se va, podría portar el germen de la evolución del movimiento hacia alguna parte: la fácil desaparición, o su consolidación que es, evidentemente, más difícil e incierta.

Pero el conflicto de Pedro no es solo el conflicto latente en la evolución de esa comunidad artística, sino el de todo artista del cine. Llega el momento en que todo realizador mira al horizonte y se pregunta si solo quiso pasarla bien un rato. Sea lo que sea para lograrlo en serio, tendrá que andar un largo trecho, convencer a muchas personas, quizá ceder, contaminar o reforzar algunos principios, pero, sobre todo, tendrá que convencerse a sí mismo de qué es lo que quiere hacer el resto de su vida. Hacer esto implica un desgarramiento pero también una dirección, un plan de vida que es una suerte poseer y que en comparación con los que no tienen la más mínima meta, que son muchos, es una especie de gran privilegio, un tesoro capaz de generar ambición, éxito, envidias, y sensación de que te la has bailado en grande.  

Un correlato de esta historia lo porta el Grupo de Creación Audiovisual de Mayarí, Holguín, invitados al Hieroscopia. Este colectivo también es comunitario, espontáneo, y sin institucionalizar. En el debate sobre cómo encontrar apoyo para filmar se hablaba básicamente de cortometrajes, sin embargo, ellos tienen producidas dos series con temporadas de diez capítulos de 50 minutos cada una. ¿Como lo hacen? Pues pasando por alto casi todo lo que discutíamos. Zona franca y Rumbo al norte se han hecho con recursos propios y de las comunidades donde se filma. Ruedan con una cámara de fotos que hace videos, sin luces en exteriores ni dispositivos de sonido directo y cuando no se puede escuchar lo que dicen los personajes, simplemente se subtitula en postproducción. Son contenidos pensados para entretener a la audiencia, y es la audiencia la que, al parecer, tiene la última palabra. 

La primera, con dos temporadas e inspirada en las series colombianas y mejicanas, está repleta de pistoleros y narra las consecuencias del narcotráfico; la segunda, ya más anclada en la realidad cubana (fue incluso un propósito deliberado), las vicisitudes de un ratero buscado por la policía, que en su fuga ilegal del país, cae en una larga espiral de crímenes. La serie, en su tráiler y en cada capítulo, comienza con un largo Dolly In —sacado de una serie gringa— hacia los rascacielos de la ciudad de Miami, por lo que en su puesta en escena se vale el collage, el uso de imágenes de filmes y series industriales. Aunque es muy rudimentaria y no toma en cuenta técnicas de valores de planos, ni la eficacia dramática que estos podrían ofrecer, están construidas sobre grandes temas como el amor y la muerte, y tienen un enfoque positivo, constructivo y moral, que le da unidad y sentido a todo. El reparto, seleccionado entre una multitud de jóvenes y adultos mayariceros interesados en actuar y hacer carrera, es tan orgánico como cualquier dramatizado de la televisión, y sus gestores, que son al mismo tiempo los propios tres actores principales, no solo son reconocidos en las calles, también beneficiados en las colas, como lo que son "estrellas del vidrio". Estas series, que se distribuyen de memoria en memoria han generado una audiencia en Mayarí, que ellos llaman “el público”, o la “gente en la calle” que solicita más capítulos.

Tanto ellos como el movimiento audiovisual Nuevitero son un ente artístico vivo y en estado puro. Su nacimiento y existencia es autónomo y espontáneo y convoca a un regreso a las raíces; sin intención de sobrevalorarlos creo que todo el movimiento audiovisual cubano tiene mucho que aprender de ellos, del respeto que se tienen, y de la forma en que han podido lidiar con sus diferencias. Si no fuera porque sería una decisión demasiado tiránica, a uno realmente le dan ganas de hacer un pase de magia y detenerlos en el tiempo, y hacer que se queden para siempre en ese estadio. Hacer por amor al arte y no por amor a premios y concursos, los hace sagrados, un cisne salvaje, la lejana fotografía de una generación en su mejor momento, y es la razón que les permite producir trabajos durante todo el año. Cuando comiencen a pensar en beneficios externos y no en el inmediato que les reporta hacer lo que les venga en gana, con un celular, con una cámara prestada, dejarán de producir contenidos como lo hacen ahora. Y ya veremos.

A nuestra llegada no podíamos dejar de evocar a Gibara, por su condición de pueblo con mar y el típico paisaje de barquitas meciéndose sobre las aguas tranquilas de un fondeadero, las paredes corroídas por el salitre, y porque estábamos allí para asistir a un evento de cine y tal, pero más tarde —pudo ser cuando la Banda Municipal de Nuevitas, (todas son subestimadas) comenzó a tocar un popurrí con las composiciones para filmes westerns de Ennio Morricone, bajo la batuta del Maestro Sigfredo que nos pareció perfecta hasta conmovernos— tuve la corazonada de que la conexión con Gibara y con algún otro festival, podría ser un error.

Todavía en ese entonces no había caído en la cuenta de que Hieroscopia no nació como Gibara, ni como la mayoría de los festivales que se hacen por toda Cuba, como evento cinematográfico para promover la apreciación del cine, nació a posteriori, como satélite y agregado de la producción misma, de la necesidad de un grupo de jóvenes por mostrar sus cortometrajes al público. Sus gestores no son funcionarios ajenos, sino los propios realizadores locales con ánimo de fomentar en Nuevitas un movimiento que sobrepasara los límites del municipio, y que los ubicara, como creemos que está sucediendo, en el foco de ese impulso creativo.

Al llegar a esta conclusión, ver en ellos una cadena evolutiva coherente y autónoma, comencé a pensar que quizá mi actitud de observador era fatua. Nosotros, y es lo que sucede siempre, quizá éramos los observados. Lo cual, para mí, es una buenísima noticia y una lección de humildad.

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