Testimonio de un deudor

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

No voy a hablarles de la autora, sino de su obra, pero no se alarmen: sólo quiero compartir con ustedes una experiencia con la que ya están familiarizados. Porque me  atrevería a decir que la mayoría de los presentes no somos únicamente amigos sino también deudores de la obra de Cira, unos como investigadores y críticos, otros como estudiantes o simples aficionados a la literatura cubana. Y añadiría que todos tenemos otra cosa en común: la convicción de que, en lo que va siglo, con sus sorpresivas incursiones en zonas apenas exploradas de la producción intelectual cubana, Cira Romero ha contribuido decisivamente al rescate y revalorización de nuestra memoria cultural.

Imagen: La Jiribilla

En un lapso de apenas 15 años, Cira ha dado voz al silencio de los archivos entregándonos el testimonio íntimo de tres epistolarios —el de Portuondo, el de Hernández Catá y el de Novás Calvo—, y tres volúmenes en los que nos devuelve, analiza y reconstruye la obra de Novás nunca antes recogida en libros: los cuentos de Angusola y los cuchillos, las piezas de su estudio biográfico-crítico —ese insólito collage titulado Fragmento de interior—, y los artículos incluidos en España estremecida. Añádase a eso el medio millar de páginas que componen la Órbita dedicada al autor, y tendremos la más espléndida operación de rescate cultural que haya realizado un crítico en nuestra historia desde que Fernando Ortiz, flamante editor, comenzara a publicar la Colección de Libros Cubanos allá por la tercera década del pasado siglo.

El volumen Severo Sarduy en Cuba (1953-1961), que Cira publica en 2007, sorprendió a muchos como una revelación por la precocidad que mostraban aquellos textos de un autor de quien y sobre quien sólo se habían publicado aquí la novela De donde son los cantantesy una colección de ensayos de sus coterráneos, recogidos por Oneyda González bajo el título Severo Sarduy. Escrito sobre un rostro (la compiladora deslizó hábilmente allí un ensayo de Cira, otorgándole así jerarquía camagüeyana). Están asimismo sus análisis sobre la obra de Loveira, de Ballagas, de Varona, de la Avellaneda, que por supuesto forman parte de la deuda de todos;pero si he de dar un testimonio personal, como anuncié, entonces tendré que subrayar lo que ha representado para mí el trabajo de Cira centrado en Novás Calvo y en una obra en la que tuve el privilegio de colaborar, como miembro de la Academia Cubana de la Lengua: la edición crítica de dos textos fundacionales de nuestra narrativa, la novela Una pascua en San Marcos, de Ramón de Palma, y el relato El ranchador, de Pedro J. Morillas. Para no mezclar demasiado las cosas me abstendré de referirme a la visión que sobre mi propia labor me ha dado Cira al reseñar y comentar en más de una ocasión la monografía El libro en Cuba.

En la edición crítica de Palma y Morillas comprobé que Cira poseía, como profesional, dos cualidades que no siempre logran coexistir, el rigor intelectual y la sensibilidad literaria. Sobre lo primero, nadie que haya hojeado el volumen tendrá la menor duda: la introducción, las notas, los anexos, las bibliografías y la cronología forman un corpus absolutamente indispensable para conocer a fondo lo que a todo especialista le interesa saber, más allá de los textos mismos y sus autores. Cira se las arregló inclusive para conseguir e incluir aquí la primera versión de El ranchador, nunca antes publicada en Cuba. Se trata, como ven, de una tarea que sólo puede llevarse a cabo con éxito si a la erudición se suman la pasión y un alto nivel de exigencia profesional. En cuanto a la sensibilidad, me limito a mostrarles un chispazo que me sorprendió al ver tan sutilmente asociadas la fisiología y la sintaxis. Aunque admite haber modernizado o modificado en algunos casos la ortografía del texto original, Cira decidió respetar el uso arbitrario que hace Palma de los dos puntos, por ejemplo, porque esa costumbre, dice, por incómoda que pueda resultar, le permite al lector “entrar en contacto con la respiración que todo escritor traspasa a sus obras”. Esta aguda observación nos incita a añadir, al viejo “escribo como hablo”, de Juan de Valdés, un “redacto como respiro” —que atribuiremos a Cira—, lo que no por casualidad, sino por estricta asociación de ideas, nos devuelve al tema de la cuentística novariana y al carácter rítmico de gran parte de la misma.

Ya Jesús Díaz había observado —en el prólogo a la primera antología de textos de Novás realizada después de la Revolución, en 1990—, que entre nosotros nunca antes, como en aquellos textos, se había reducido tanto la distancia entre el ritmo del habla y el ritmo de la escritura. La impresionante labor de arqueología crítica emprendida por Cira, su minucioso rastreo de textos desconocidos u olvidados —cuentos, cartas, crónicas, artículos periodísticos…— nos permite descubrir los estímulos y las pautas, la dinámica interna de ese arduo proceso gracias al cual la literatura cubana terminó adquiriendo, Novás mediante, una de sus más significativas señas de identidad. Podríamos definir esas señas engolando la voz y diciendo que se basan en la dialéctica de lo local y lo universal —la vieja idea de que el universo empieza bajo la suela de nuestros zapatos—, pero en este caso prefiero simplificar apelando a la sabiduría de Cira cuando dice que para Novás “la expresión estaba ligada al soplo emocional de la palabra” y que lo que prima en sus personajes es lo humano. “No lo regional, ni lo típico, ni lo pintoresco —subraya—, sino lo humano”. Ahora bien, se trata de lo humano en su estado de máxima tensión, porque hasta en aquellos espacios marcados por lo cotidiano, los personajes  de Novás “se debaten entre la fatalidad y la muerte”, convirtiéndose así —dice Cira—, en “paradigmas trágicos”.

Podría añadir otros ejemplos de hallazgos críticos, pero tanto ustedes como yo estamos deseosos de escuchar a mis colegas del panel. Envidio a los jóvenes críticos que pueden permitirse el lujo no sólo de disfrutar de esos hallazgos, sino hasta de seguir algunas de las pistas que Cira ha ido dejando en el camino durante su impecable rastreo de la obra de Novás; piensen ustedes en la de Pedro Blanco como una muestra anticipada del realismo mágico, en la del  autor como “un minorista más”, en los indicios de una dramaturgia compartida entre su discurso ficcional y su discurso periodístico… ¿Y qué decir de Fragmentos de interior, de esa Voz polifónica, siempre vibrando entre otras Voces?  Que es —por decir lo  menos— un golpe magistral a las tendencias rutinarias y académicas del oficio y que siempre será un estímulo para quienes, entre nosotros, se empeñen en demostrar que erudición e imaginación no son categorías excluyentes.

Esta incansable exploradora nos ha devuelto parte de la memoria cultural de la nación y la ha enriquecido con sus puntos de vista. Es por eso que a nosotros, sus deudores, este homenaje nos parece tan merecido.
 

Texto leído por el autor en el panel compuesto por Zaida Capote, Marta Lesmes y Reynaldo González, en la biblioteca Rubén Martínez Villena, La Habana, 20 de agosto de 2014.

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