Encuentro con… Nelda Castillo

Cinegética para apresar a un ciervo

Foto: Tomada del blog de El Ciervo Encantado
 

La aventura fue la inspiración desde muy niña para que Nelda Castillo, quien contó no haber tenido una crianza sexista, se conectara inconscientemente con el teatro. Así la actriz, directora, dramaturga y pedagoga, corría el velo de su intimidad en Encuentro con…, espacio que auspicia todos los jueves de julio y agosto la Asociación Hermanos Saíz, con la conducción de Magda Resik

Imagen: La Jiribilla

No fue difícil pedirle que trasladara su templo de sabiduría a estos predios y menos, convirtiera en ritual de la memoria, así como hace de sus puestas, el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, que aglutinó un público fiel como heterogéneo. Ello muy a pesar de ser una creadora caracterizada en algún momento de su adolescencia por el encierro y recogimiento —según manifiesta—, y curada por el germen del teatro.

El contacto más frontal con el arte, sin embargo, se verifica en el canto. Cuenta que a los 15 meses de edad sufre ingreso por quemaduras, y el “trueque” pactado por sus enfermeras de cabecera, a fin de recibir tratamiento, era que les cantase un tema de La Aragón, de usanza en aquellos años, “Vacilón, qué rico vacilón”. Esta inmersión en el canto le traería consecuencias más serias para su vida. La transversalidad. Las migraciones humanas y artísticas: no había teatro en Cárdenas, su suelo natal, y el canto no lograba apresar El Aleph borgiano. Hablaba del pasado con visos de presente y sin dejar de pensar en el futuro. Quería tres tiempos en un ahora.

Aparece entonces La Habana como imán y brújula de la vocación para Nelda. La carrera pedagógica de Historia emergía como pretexto, y el conocimiento extraído de ella combinó con la apertura de la especialidad de Teatro en el ISA, que sí clasificaba como real inspiración, en la configuración de una actriz con profundas inquietudes historiográficas, puestas en función de otro medio de expresividad.

Su preocupación in crescendo por penetrar los intersticios desde los cuales se construye lo/el cubano, la haría recuperar —o sintetizar— en el teatro todo y cuanto hay en una cazadora de memorias, pues de las historias y de su diversidad se retracta, como Esteban Borrero. Por eso prefiere hurgar en los inagotables saberes populares y hacer de la calle y sus símbolos, tema de investigación. Dolor y bálsamo.

Es su teatro replanteo escénico de muchos pensadores cubanos, reconocidos por ella en este mismo acto: Esteban Borrero, Virgilio Piñera, Martí… Y en la investigación, precisamente, halló los iconos de su tropa —El Ciervo Encantado— que iguala y eleva a libertad porque el teatro es amarras sueltas. Presa de una suerte de “autofagia” confesó que, a pesar de iniciar como actriz, fue cayendo de a poco en la dirección, pero se compensa desde allí: “actuando a través del actor” en la compleja dualidad que la resume. Y con la misma fuerza logra defender su principal obra, el actor, de depredaciones y manquedades imputables a una inadecuada dirección. “El actor no es una marioneta del director”.

No reconoció Nelda ser propietaria de un método de actuación renovador, pero sí de un sistema de trabajo que la reta y sigue poniendo en resistencia con la quietud. Por ello insiste en darle moldura al cuerpo del actor, que es también el de la nación, pero desde sus sedimentos. Desde infinitos contrapuntos que reconocen la vascularización de nuestras raíces y, sobre todo, su singularidad.

Esa misma tarde nuestra mujer-teatro desnudó su polifonía, su vocación para ser arcana unas veces, otras, legible, toda vez perceptual. Su obra y su testimonio confirman la misión avivadora de sentidos que tiene el arte y la facilidad que habita en ella para despertarlos, aun los más mutilados y dormidos.

Difícil fue pedirle a Nelda, a nuestra Maestro de Juventudes 2012, que renunciara a la caza del ciervo. El personaje parece siempre reservado para la artemiseña diosa, pero de un panteón criollo.

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