La mujer en el arte de los títeres

Armando Morales • Cuba
Viernes, 22 de Agosto y 2014 (2:50 pm)

El arte de los títeres; su impronta, heredada de ancestrales ritos animistas, han estado, generalmente, expresadas a través de manos masculinas. Construir títeres; armar el tinglado; arrastrar o guiar las andariegas carretas tiradas por bestias no siempre dóciles y establecer el afortunado diálogo entre el actor de madera y el alborotado jolgorio de viandantes y mercaderes en las plazas del mercado ha sido, tradicionalmente, labor de hombres.

Los personajes populares de la tradición del arte de la figura animada como el napolitano Poli­chinela, aplaudido al empuñar a diestra y siniestra sus sonoros y rítmicos porrazos; el irritable Míster Punch de los retablos ingleses, aporreando a su infeliz esposa Judy; el turco Karagoz, dominando desde su sombría pantalla; el francés Guiñol conocido como el proletario de los retablos o el aberrante Ubú; al igual que el castizo don Cristobita o el ruso Petrushka, entre algunos de los variados perfiles nacionales europeos, expresan, a partir de la condición genérica de su animador, una actitud extremadamente varonil.

Sin embargo, en nuestros días, las manos femeninas han beneficiado la expresión creadora de “hacer títeres” gracias a facetas particulares generadas desde la condición humana de la mujer. El fuerte sentido de la ternura, el poder inclaudicable del aliento maternal, entre otras expresivas facetas, han implantado aristas novedosas a los retablos y a los seres que los pueblan. Aristas un tanto desconocidas o marginadas por el titerismo.

En Cuba, la presencia de la mujer ha favorecido el arte de los títeres al descubrirnos características de ennoblecida amplitud expresiva. En el ámbito de la dramaturgia, nombres como los de Dora Alonso, creadora de la saga protagonizada por nuestro títere nacional, Pelusín del Monte, construye, además, una importante dramaturgia. Entre las más representadas se cuentan Mandamás; Quico Quirico; Tin Tín Pirulero; Como el trompo apren­dió a bailar; Saltarín, entre otros títu­los. Dania García, adentrada en temas y personajes de la cultura popular erige piezas memorables. Nokán y el maíz, Cómo atrapar un güije, entre otros títulos de obligada referencia en la historia de la literatura dramática titiritera, abren cauce a nuevas escritoras que, como Esther Suárez Durán amplía temas y personajes casi inexplorados como el personaje Muelle del premiado título Para subir al cielo o el compositor W. Amadeus Mozart en Mi amigo Mozart.

La dirección artística o “puesta en retablo de títeres” es disciplina de importante jerarquía escénica. Los nombres de Carucha Camejo, fundadora del Teatro Nacional de Guiñol con trabajos cardinales como el premiado Don Juan Tenorio es acompañada, desde antes de la clarinada de los años sesenta, por Beba Farías y su grupo Titirilandia, Nancy Delbert y María Antonia Fariñas directoras e intérpretes marionetistas de agrupaciones fundacionales del títere en Cuba.

En la actualidad la compañía Guiñol Guan­tánamo mantiene el liderazgo de la inagotable Maribel López, sostenedora y guía de la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa. En el Guiñol de Holguín, Dania Agüero recibe el legado de Miguel Santiesteban, respetando y acrecentando el repertorio histórico de la agrupación. El teatro de muñecos Okantomí, muestra la sabia ternura de la directora Rirri; la incansable Margarita Díaz resume en sus manos el festivo arsenal de La Tintalla. Entre la más nueva generación de creadoras se encuentran Carmela Núñez dirigiendo su teatro Viajero; Malawi Capote continuando la artesanía escénica del afanoso grupo Los Cuenteros, Liliana Pérez-Recio, desde el Museo El Arca, espera por convertir las exhibiciones de títeres en sitio de admirada referencia del patrimonio titeril; en tanto Nueva Línea cosecha soberanos éxitos de la mano de la joven titiritera y directora Yaqui Sáez.

La interpretación y animación de figuras atendidas por manos femeninas ha estado presente en el repertorio de las compañías titiriteras cubanas.

Nombres que en justicia debieran permanecer, no tras los retablos de la memoria, sino en el presente real de la historia del teatro en Cuba, revelan la presencia de la creatividad de la mujer cubana otorgando amorosa vida a los títeres. Miriam Sánchez, reverdecida en cada presentación; las jimaguas Mayda y Migdalia Seguí, insustituibles en los retablos matanceros, María Elena Tomás, dirigiendo y formando desde el Teatro de La Villa de Guana­bacoa nuevas talentos, Idania García, brillante actriz-titiritera del Mejunje; la titiritera Olga Ji­ménez actual directora del Guiñol de Santa Clara, Emelia González desde el tunero Los Zahories, agrupación que tiene en su nómina a Grechen González, diseñadora y constructora de figura con trabajos de alta relevancia. En la programación de la televisión Gladys Gil, Cary Vera, Rigel González, entre otras intérpretes de maestría probada, rescatan la presencia televisiva del títere.

Los últimos estrenos en nuestras carteleras anuncian el estreno de Montemar y otros chocolates, a partir de textos de Nersys Felipe y de la musicalidad de Celia Torriente en las fascinantes manos de Migdalia Reyes. Otros nombres engrandecen e iluminan los retablos titiriteros de la nación. Baste señalar el Premio Internacional Mariona Masgrau 2014, otorgada a la inmensa Xiomara Palacio, por el Centro de Documentación de Títeres de Bilbao, dirigido por Concha de La Casa, para establecer el alcance luminoso y el vital aporte de la mujer al arte de los títeres.
 

Fuente: Granma

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