Julio Cortázar, mago del tiempo y del espacio

Arturo Dávila • La Habana, Cuba
Martes, 26 de Agosto y 2014 (12:04 pm)

Rayuela ha sabido destruir un espacio para construir un espacio, decapitar el tiempo para que el tiempo salga con otra cabeza.
​José Lezama Lima

​I

La constelación Julio Cortázar sigue siendo luminosa. A 51 años –luz– de suaparición, Rayuela (1963) resplandece como un cometa cuya cauda no deja de deslumbrar. Se le puede (se le debe) seguir leyendo, en orden o en desorden, dependiendo del caos personal de cada lector. Cortázar, centenario autor estelar, suave como el crepúsculo, cosmonanta del boom, nos devolverá el equilibrio. O, mejor aún, nos hará justificar ese desequilibrio primitivo y primordial que es fuente de toda verdadera sanidad.

Imagen: La Jiribilla

Desde su aparición meteórica, la crítica recibió a Rayuela con emoción y entusiasmo. Monsiváis invitaba a abrir las puertas del universo Cortázar, olvidarse del lector lineal, y perderse en "los juegos de la sinrazón" y la algarabía del lenguaje. Carlos Fuentes la saludó como el equivalente, en español, del Ulises joyceano. Lezama Lima la ubicó en la hisotria de los laberintos y de "la novela que medita sobre la novela". Por su parte, Borges, en un prólogo a sus cuentos, señaló que la aparente trivialidad de los personajes y anécdotas de Cortázar, culminaba con el mágico deslumbramiento paulatino del lector frente a una minuciosa y secreta elaboración. Más recientemente, Jaime Alazraki estudió la estructura aleatoria de Rayuela, su técnica narrativa al modo Zen, y las posibilidades de considerarla texto y metatexto. Es decir, Rayuela nació bajo la generosa estrella de los libros que se vuelven clásicos y que perduran. Cristina Peri Rossi llamó a Cortázar "el gran cronopio", e inició su biografia literaria con un título envidiable: "Quermos tanto a Julio". Hoy, quienquiera que abra las páginas de su obra, puede constatar el porqué de tan efusivos elogios.

​II

Rayuela forma parte de la memoria de una generación de latinoamericanos que escogió el exilio –voluntario o involuntario-- para sentir más profundamente la tierra. O que se quedó en su tierra, en definitiva, para sentirse terriblemente exiliada. La distancia, al fin, acaba por acercar: "¿No te parece en verdad paradójico –cita Monsiváis a Cortázar, en una carta que le dirigió a Roberto Fernández Retamar-- que un argentino casi enteramente volcado hacia Europa en su juventud, al punto de quemar las naves y venirse a Francia sin una idea precisa de su destino, haya descubierto aquí, después de una década, su verdadera condición de latinoamericano?". Se anuncia, aquí, al ser transnacional, el sujeto ubicuo, en diáspora, exiliado en los grandes centros urbanos, y en busca de sí mismo, de su unidad.

En Rayuela se dibuja el viaje exterior e interior que todos llevamos por ser contemporáneos de la velocidad supersónica y de satelites vigilantes, del avión, de teléfonos celulares, del cine, del saxofón y de la era global que empezó por aquellos años sesenta y que hoy se ha multiplicado en e-mails, i-pods, pantallas digitales, proyectores mágicos y toda suerte de aparatos que nos han convertido en seres más virtuales que reales. Registra la épica de un flanneur que se desliza entre semáforos y metáforas, asolado y asoleado en el asfalto, cantando baladas de Hugo Wolf –mal-- o tarareando tonadas de jazz junto al Sena –con su luz de ceniza y olivo--, tratando de dinamitar la razón de la civilización occidental con mandalas de aire y piorreas mentales y que, a la vez, intenta encontrar (descorazonado) a su media naranja, a la mujer perdida desde los lejanos tiempos de Platón.​

Al emprender la relectura de Rayuela, esa caja de Pandora ineludible, saltarán, de nuevo, entre sus páginas, Horacio Oliveira, sentado en su cama, fumando, o flaneando por callejones y pensamientos solitarios; la Maga, flotando a diez centímeros de la realidad, planteando preguntas Zen, y recorriendo los caminos del Tao entre flores y puentes, para poder vigilar mejor la paz de Rocamadour (bebé entrañable que no queremos que nunca se nos muera); Roland, Perico, Etienne, Gregorovius, Babs "pastora de sombras", el Club de la Serpiente y el jazz cool (que nos persigue y nos araña la cara); la solidaridad que da la distancia; la amistad que borra las nacionalidades; el beso del capítulo siete que deja la boca "llena de flores o de peces"; el ovillo París; la obsesión del doble; Montevideo; el libro mallarmeneano de Morelli: el escorpión de la conciencia; Buenos Aires; el vértigo de la escena del tablón y el precipicio, Traveler y Talita, como estatuas de piedra que esperan; y los piolines entretejidos que nos ayudan, junto con otras muchas escenas memorables de la novela, hoy como hace 51 años, a sobrellevar la locura cotidiana, del lado de acá, de allá y de otros lados.

​III

Ahora centenario, Julio Cortázar, abuelo mágico de la literatura latinoamericana, cronopio mayor, jefe de sueños tan reales que parecen ensueños, vuelve hacia nosotros cada vez que nos atrevemos a saltar entre los intersticios y las intertextalidades de Rayuela. Y, desde ahí, en la arcada que conecta a París con Buenos Aires, a la vuelta de cualquier esquina surreal en forma de octaedro, donde brotan irremediablemente los conejos, parado en toda su altura de 1.94 metros sobre el nivel de la tierra, en la línea ecuatorial de los jamases, revive, y vuelve a incendiarnos con todos los fuegos de su fuego, con sus armas secretas, con nuevas ceremonias, con una maestría siempre fiel a sí misma, que inunda de magia sin fin la madera de nuestra biblioteca.​

​*​*​*

En una coversación con Ernesto García Bermejo, le preguntó a Cortázar si Rayuela era un gran exorcismo. A lo que contestó:

--El súper exorcismo; si yo no hubiera escrito Rayuela probablemente me hubiera tirado al Sena.

Agradezcamos a la vida que escribió el libro, y que se ha convertido en un clásico de aquella época en que se creía que se podía cambiar al mundo con música y flores en el pelo, en que abundaban las novelas comprehensivas, y se buscaba el amor total y definitivo. Celebremos hoy, que todo tiende a negar esas creeencias, los 100 años del natalicio del cronopio mayor, con un enorme Happy Birthday, pero a la manera de los Beatles en el Álbum Blanco, para ponernos a tono con la nostalgia del tiempo que se va.

PS. Acompañemos la celebración con esa foto del Che –la de Alberto Korda— autografiada con letras de aire por todos sus lectores, al ritmo de "Hasta Siempre" de Carlos Puebla y sus Tradicionales, por aquello de ser siempre fiel a sí mismo.

 

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Obras Consultadas
Alazraki, Jaime. Hacia Cortázar: Aproximaciones hacia su obra. Barcelona: Editorial Anthropos, 1994.
Borges, Jorge Luis. "Preface to Julio Cortázar's Cuentos". En Critical Essays on Julio Cortázar. Editado por Jaime Alazraki. New York: G.K. Hall and Co. 1999, pp. 21-22.
González Bermejo, Ernesto. Conversaciones con Julio Cortázar. Barcelona: EDHASA, 1978.
Julio Cortázar. Edición de Pedro Lastra. Madrid: Taurus Ediciones, 1981 [Serie El Escritor y la Crítica].
Lezama Lima, José. "Cortázar y el comienzo de la otra novela". Casa de las Américas. La Habana, Cuba. Año VIII, número 49, julio-agosto, 1968, pp. 51-62.
Monsiváis, Carlos. "Bienvenidos al universo Cortázar". Revista de la Universidad de México. México: D.F., Vol. XXII, número 9, mayo de 1968, pp. 1-10.
Peri Rossi, Cristina. Julio Cortázar. Barcelona: Ediciones Omega, ​2001. Colección Vidas Literarias.
Fuente: La Ventana

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