Chinolope, Lezama, Cortázar:
algo más que un triángulo

Jorge R. Bermúdez • La Habana, Cuba

La arremetida final que para la divulgación e internacionalización de la obra lezamiana representan los 60, tendrá en la fotografía y la caricatura su correspondiente respuesta. En estas manifestaciones sobresalen los nombres del fotógrafo Fernando López Junqué (Chinolope) y el caricaturista Juan David. Todo el que se hace notorio, pareciera ser asunto de la fotografía y de la caricatura. En uno y otro caso, ya es «el Gordo» el biotipo que refrenda esta notoriedad. 

Imagen: La Jiribilla

Los antecedentes están a la vista: una nueva pléyade de fotógrafos asume la inédita realidad del proceso revolucionario cubano, cuya dinámica y dramática contribuyen a la creación de un lenguaje fotográfico igual de novedoso. La imagen a aprehender está en la calle, en el diario acontecer de un proceso transformador que, continuamente, la renueva y reedita como hecho histórico; los rostros, el de las mujeres y hombres del pueblo, y los de sus dirigentes, hacen del retrato colectivo e individual asunto de la fotografía de este tiempo.

Chinolope no será ajeno a esta realidad y su constante cualidad cambiante. Como la mayoría de sus contemporáneos en este arte, él ya trae cierta formación del periodo precedente. Sabe que la fotografía es una oportunidad de tiempo y lugar, y no la desaprovecha. Entre las primeras personalidades de la cultura cubana aprehendidas por su lente están los pintores Fidelio Ponce, Antonio Gattorno y Víctor Manuel; les siguen el músico Sindo Garay y el comandante Ernesto Che Guevara. Pero en relación con la persona que nos ocupa, el escritor José Lezama Lima, estará más alerta que otros. Se conocen de antes… Quizá, a fuerza de buscar otros sujetos, otras intimidades identitarias en relación con la realidad menos aparencial, acuda a su encuentro y se acerque a la huella que, definitivamente, lo convertirá en el primer fotógrafo profesional en hacer del autor de La expresión americana su más emblemática expresión.

Lezama, por su parte, sigue sus progresos, hasta vislumbrar en sus fotos un concepto del retrato propio de un pintor renacentista. Se ve lo que se sabe. Finalmente, acepta que lo retrate. La identidad del escritor queda así expuesta tanto en relación consigo mismo y el entorno que lo delimita —y, a veces, lo amplía—, como con los personajes que le acompañan en las poses, igual que en los tiempos de Orígenes, inmersos en su estirpe de creadores.

Imagen: La Jiribilla

De esta línea son reveladoras dos fotos de Chinolope: la que le hace en compañía de Julio Cortázar, y en la que posa al lado de Virgilio Piñera. En la primera, el fotógrafo ha buscado la paridad, y la ha encontrado en el restaurante El Patio, delante de una mesa circular de mármol y sillas vienesas, características de los cafetines habaneros de la época. La corpulencia del cubano parece allegarse a la solvencia intelectual del argentino, de físico más espigado. Los dos se saben narradores consumados. No tienen nada que esconderse. Cortázar lo reconoce en lo que es, un gran novelista-poeta; Lezama se siente finalmente reconocido por lo que es y, sobre todo, estimulado, cuasi ahíto, por quien lo es. Chinolope los capta en el sosiego de un mediodía habanero, luego de un recorrido por callejuelas coloniales plagadas de baches e irregulares adoquines. Están de frente a la lente, a la eternidad, sin chistar. El brazo izquierdo de Lezama a medio levantar, no solo hace más breve la pausa de llevarse el habano a los labios, sino que denota algo de la tensión que se autoexige, con el propósito de que de su rostro quede la expresión de la realidad menos tangible. Cortázar, por su parte, con el puño sobre la pierna, devuelve la cualidad de una casualidad… Mejor, de un azar, cuando, días antes, en Línea y Paseo, al indagar por una dirección, es Chinolope quien lo orienta. Nunca antes se habían visto. Días después, al visitar el fotógrafo la casa de Lezama, quien le abre la puerta es Cortázar; ambos, de manera espontánea, se abrazan. Lezama, sin salir de su asombro, pregunta: «¡¿De dónde se conocen?!» Y el gran Julio Florencio le responde: «Sin la realidad lo fantástico no tendría sentido».

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