El nombre de la fosa

Gina Picart • La Habana, Cuba
Imagen: La Jiribilla
 
 
A la memoria de Julio Cortázar, quien, estoy segura, habría disfrutado participar de una incursión como esta al país de Fantasia.

DONDE TRES FRANCISCANOS LLEGAN A UNA ABADÍA

 Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres centímetros de espesor. A oscuras, enseguida después de laúdes, Jorge, Edgar y yo habíamos oído misa en una aldea del valle. Luego, al despuntar el sol, nos habíamos puesto en camino hacia las montañas. Mientras trepábamos por la abrupta vereda que serpenteaba alrededor del monte, vi la abadía. No me impresionó la muralla que la rodeaba, similar a otras que había contemplado en todo el mundo cristiano, sino la mole que los monjes llamaban el Edificio. De lejos parecía un tetrágono, figura perfectísima que expresa la solidez e invulnerabilidad de la Ciudad de Dios. Pero a pesar de esta semejanza tan sacra, no me atraía para nada la idea de verme obligado a permanecer en ella por un plazo de tiempo que llegaría a su fin el día en que consiguiéramos desentrañar el misterioso asesinato ocurrido en los sombríos e inextricables recintos abaciales gobernados por el prior Abbone.

     En un recodo del camino surgió un grupo agitado de monjes y servidores. Uno de ellos vino a nuestro encuentro y se dirigió a Jorge con gran cortesía:

     —Bienvenido, señor. No os asombréis si imagino quién sois, porque nos han avisado de vuestra visita. Yo soy Remigio de Varagine, el cillerero del monasterio. Si sois, como creo, fray Guillermo de Baskerville, entonces, por favor…

     Jorge se bajó la capucha de su hábito franciscano y fue a negar lo que se le imputaba, pero como conozco bien su excéntrico sentido de lo pertinente me anticipé a sus palabras, porque por muy apegado que uno se sienta a la verdad, cuando se está dentro de un sueño se deben seguir los hilos de la trama onírica, pues lo contrario suele acarrear grandes desastres. Así que respondí  cautamente:

     —Dios sea contigo, hermano Remigio. Fray Guillermo no ha podido aceptar la invitación de vuestro abad por encontrarse muy enfermo, y el Superior de nuestra Orden ha enviado en su lugar al hermano Jorge acompañado por nosotros, sus asistentes. Este es el hermano Edgar —señalé a Edgar, quien sonreía con un pertinaz airecito canallesco—, y yo, tu muy humilde servidor —me incliné—, soy el hermano Julio.

     El cillerero miraba a Jorge fijamente y sus ojos se iban dilatando por un asombro creciente:

     —¡No puede ser…! —exclamó perturbado sin desclavar su mirada de mi Maestro.

     —¿A qué te refieres? —le interrogué desafiante.

     —¡Ahí dentro tenemos al hermano Jorge de Burgos, un anciano en todo semejante a este hombre…!

      —Es posible, hermano —respondí aún con mayor cautela—. Dios, en su infinita sapiencia, tendrá alguna razón para duplicar sus creaciones. Y aún para multiplicarlas si fuera necesario.

     El cillerero, prudentemente, no respondió y se apuró en introducirnos a la presencia del abad Abbone, grueso como un cerdo y enjoyado pretenciosamente. El prior, tras examinarnos con sus ojillos acuciosos y sin hacer comentario alguno entre parecidos y semejanzas, se limitó a enterarnos brevemente de la historia del crimen ocurrido en la abadía, auténtico repositorio del saber humano. Lo escuchamos lo mejor que pudimos, aunque su latín, tan espantosamente antiguo, solo resultaba más o menos comprensible para el erudito Jorge, y luego fuimos conducidos a nuestra celda. Al cruzar el claustro divisé a pocos metros un pequeño cementerio erizado de lápidas sin nombres. Ante su vista se me encogió el corazón.

     —¿Por qué esos muertos son anónimos? —le pregunté al cillerero.

     —En esta abadía —me respondió con los ojos bajos— consideramos que pretender tener un nombre que nos trascienda más allá de la muerte es un acto de soberbia. Por eso tampoco grabamos las fechas en que llegamos y nos hemos ido. Practicamos la humildad en la disolución de toda memoria.

     El resto del camino lo hicimos en absoluto silencio.

     —No pienso perder el tiempo en aclarar asesinatos —rezongó Jorge cuando nos quedamos solos—; eso se lo dejo a Edgar, lo disfrutará muchísimo. Yo voy a aprovechar esta oportunidad ¡única! de viajar al pasado para revisar la Biblioteca de esta abadía.

     —Si piensas llevarte algún manuscrito de regreso al mundo de la vigilia, como si fuera la flor de Coleridge… te recuerdo que podría convertirse en algo muy peligroso, lo sabes. Si, como se comenta, la teletransportación de objetos está prohibida en los desplazamientos espaciotemporales, tu osadía podría costarnos permanecer aquí para siempre.

     Jorge se encogió de hombros, retador:

     —¿Te molestaría reposar en alguna de esas tumbas sin nombre que vimos a la vera del camino? Es una hermosa muerte yacer sin nombre en la Eternidad.

     Estuve a punto de soltar un exabrupto, pero el respeto que siempre le tuve a Jorge se impuso a mi indignación, y atemperé mi respuesta:

     —Tú ya debes estar familiarizado con la idea de La Muerte, Maestro, pero yo quiero despertar, volver al mundo de lo real. Es allí a donde pertenezco. Porque tengo muy claro que esta abadía con sus monjes, sus crímenes y su Biblioteca es solo el sueño de alguien que nos ha involucrado en su delirio.

     Mi Maestro me preguntó con cierto sarcasmo a cuál de mis realidades yo deseaba volver, pero no le contesté, para no verme atrapado en las redes de su perenne razonamiento especulador. El viaje me había cansado y hubiera agradecido un poco de silencio, pero él siguió ejerciendo su habitual verbosidad:

     —No temas, Julio, que no pienso llevarme ningún manuscrito como prueba de que he estado aquí. Solo quiero buscar las Vindicaciones, esos libros de apología y de profecía que para siempre vindican los actos de cada hombre ante el universo y guardan arcanos prodigiosos para su porvenir. Se dice que los escribió la mano misma de Dios inmediatamente después que arrojó a Adán y Eva del Paraíso.

   —No sé cómo conseguirás leerlos —suspiré pensando en su ceguera.

     —No te apures —respondió muy tranquilo—, recuerda que el sueño y la muerte despojan al cuerpo de ciertas condiciones dolorosas propias de la vida. Si encuentro tu Vindicación en la biblioteca, ¿quieres que te la traiga?

     Me encogí de hombros. No era que no me interesara el porvenir, pero de momento necesitaba  resolver algo más urgente: ¿cómo saber quién estaba soñando la pesadilla en la que nos encontrábamos prisioneros? Este detalle podría parecer trivial, pero en realidad era la clave del arco. Si yo lograba descubrir quién nos estaba soñando, bastaría con despertarlo para que todo volviera a la rutina normal de nuestras vidas.

     A pocos pasos de mí, sentado sobre su lecho, Jorge tarareaba un himno de Hildegarde von Bingen a ritmo de milonga, mientras Edgar, taciturno, se estaba quieto en su jergón examinando el techo. Un segundo antes yo lo había visto guardar en su bolsa de limosnas un primoroso frasco de plata labrada. En el aire, a su alrededor, flotaba un inconfundible olor a opio.

DONDE EL TERCER FRANCISCANO COMIENZA LA INDAGACIÓN

     A la mañana siguiente, para mi asombro, Edgar, quien no había dormido ni un instante, se acercó a mi jergón y me comentó al oído que ya tenía elaborada su propia teoría sobre el asesinato de uno de los copistas de la abadía.

     —Nadie ha podido arrojar al monje asesinado por las ventanas del scriptorium; ¿no viste, Julio?, son demasiado altas. El joven Adelmo se suicidó, y luego alguien arrastró su cuerpo hasta el despeñadero de basuras. Dicen que estaba sodomizado.

     —Pues si hayamos al sodomizador, caso resuelto —respondí con indiferencia.

     Edgar encendió su pipa y aspiró extasiado el fuerte  aroma de la manzanilla:

     —Resuelto este caso, Julio, pero y a los demás, ¿quién los matará? Porque habrá más crímenes, no lo dudes.

     Le aseguré que se dejaba llevar por su amor a las intrigas policíacas. Nos enfrascamos en una insidiosa discusión sobre asesinos seriales y pude comprobar que Edgar no estaba muy actualizado en el tópico. Me cansé, y para cambiar de tema le conté que Jorge se proponía buscar nuestras Vindicaciones en la biblioteca de la abadía. Dijo que para él ya era un poco tarde, porque no había entre cielo y tierra nada capaz de redimirlo de sus muchos pecados, y sonrió burlón. Recordé la fecha de su muerte —1849, en Baltimore, tirado en el arroyo, vestido con ropas de mendigo que no le pertenecían...— y sentí cierta incomodidad ante la evidencia: él ya no era como yo. Enseguida pensé que Jorge, quien ya tampoco era como yo y sí como Edgar, se mantenía, sin embargo, vivamente interesado por su Vindicación. Cual si adivinara mis escrúpulos, Edgar me advirtió blandamente que como la abadía era un juego que alguien nos estaba obligando a jugar, nos gustara o no, todo se resolvería mejor si entre los tres nos manteníamos en buenos términos a pesar de nuestras diferencias intelectuales y personales (el subrayado fue suyo).

     —...y quizá no seamos tan distintos como crees —recalcó—. Tócame, si quieres convencerte —e inclinándose hacia mí, me ofreció su mejilla en un gesto que me recordó a Jesucristo.  

     Como hipnotizado, extendí mis dedos para palpársela y él separó sus brazos para entregarse a mi inspección. En ese instante su hábito sacerdotal se entreabrió, y un rayo de luna iluminó unos objetos metálicos que sobresalían del bolsillo del chaleco inglés que llevaba debajo de su sotana: era un juego completo de instrumentos de exodoncia. Parpadeé, me estremecí:

     —¡Entonces… era cierto! —exclamé al recordar aquel singular fragmento de Berenice.

     —Nunca he mentido en mi literatura —admitió Edgar con la serenidad del hombre que no se ufana de su alma satánica, pero tampoco la niega.

     Para avisarnos del servicio nocturno vino a la celda un hermano que se alumbraba con una lámpara de aceite de oliva. Sus facciones, semiocultas bajo la capucha del hábito, me parecieron decididamente familiares. Él se percató:

      —Sí, soy el hermano Wells —admitió displicente. Yo asentí en silencio. De repente se me ocurrió una idea:

     —¿Serás tú acaso quien está soñando este sueño, hermano Wells?

     —Que me haya interesado alguna vez por los mecanismos del Tiempo no te da derecho a incriminarme, hermano Julio —contestó con un empaque bien inglés.

     Dio media vuelta y se alejó muy digno portando su lámpara. Lo seguí en silencio.

     Ya en el coro y mientras entonábamos el Miserere, me dediqué a observar los semblantes de los monjes, y pronto confirmé mi sospecha de que en aquella abadía se hallaban reunidos casi todos los hombres de letras que habían influido en mi vida desde el Más Allá. Andaban agrupados por clanes. Entre los anglos reconocí a muchos grandes poetas a quienes  Jorge y yo habíamos leído con reverencia; eran ellos quienes cantaban más alto y claro bajo las cúpulas profundas. Entre los franceses, Lautreamont, Rimbaud y Baudelaire movían los labios sin cantar, saboteando perversamente el servicio, y entre los italianos, Alighieri sobresalía por su inmensa y afilada nariz, ahora temblorosa por las fuertes vibraciones de las notas gregorianas. Solitario en un rincón, un monje flaco, de rostro alargado y triste, seguía el compás moviendo la cabeza de un lado a otro, pero se le notaba absorto en sus pensamientos. El prior Abbone lo requirió duramente llamándolo hermano Lovecraft, y recordándole con acritud que por haberle sido encomendada la arquitectura de la abadía, debía mostrar mayor fervor que los demás monjes en los oficios sacros. Yo estaba deslumbrado. Aprovechando el momento de cambio entre dos himnos le pregunté al oído a mi maestro Jorge si acaso la abadía, con todos nosotros dentro, no la estaría soñando el propio Dios.

     —¡Ah! —susurró Jorge con acento enigmático— la respuesta depende de si tú crees en Él. Pero no es necesario picar tan alto, recuerda que la mente del Hombre puede cambiar la conformación de casi cualquier cosa, inclusive del Tiempo y  los Límites.

      Cuando el servicio terminó, todos los monjes salimos en fila a la noche y atravesamos en silencio los patios del claustro de regreso a nuestras celdas. Nevaba. Fue entonces cuando Jorge se me acercó y susurró en mi oído aquella invitación para acompañarlo en su primera, secreta incursión a la Biblioteca. De momento vacilé, pues debido a la semejanza existente entre mi Maestro y el hermano Jorge de Burgos, habitante de la abadía, yo no estaba seguro de  a cuál de los dos ciegos tenía en ese instante frente a mí, pero una rápida mención a cierto jardín de senderos que se bifurcan me aclaró la identidad de mi interlocutor. Jorge me decía que además de las Vindicaciones, le interesaba la Biblioteca porque un novicio le había contado que desde una de sus ventanas se divisaba el laberinto de sus obsesiones, y él estaba seguro de que alguna bifurcación de sus senderos le conduciría a la Ciudad de los Inmortales. Pero a mí nada ni nadie era capaz de hacerme sentir optimista.

     —Despertaremos de esta pesadilla antes de que hayas encontrado el camino al laberinto —le advertí—, y en cuanto a la Biblioteca, he oído que la cierran  herméticamente cada noche. Nunca podremos entrar.

     Jorge me guiñó un ojo con picardía:

     —Me he traído el Aleph —cuchicheó insistente—, y ya sabes que mirando a través de él se pueden encontrar todos los caminos. Alguno habrá del que los monjes se hayan olvidado.

     No me sentí capaz de contrariar al anciano (por otra parte, aunque muchos lo dudaran, yo nunca descreí que poseyera en realidad todos los objetos mágicos que menciona en sus cuentos)  y le conduje de la mano nuevamente hasta el coro.

     —Me he fijado —comentó Jorge mientras andaba con dificultad— en que el Bibliotecario, aquel a quien llaman Malaquías —¡of course, un alemán!—, ha aparecido de repente en el coro como salido de la nada, a pocos centímetros de un relieve con muchas calaveras. Le he visto hundir sus dedos en las órbitas de una de ellas…

     Le recordé que era ciego y le hice ver lo absurdo de sus palabras. Jorge me reiteró que en los sueños la única ley es, precisamente, el Absurdo. Obedecí sus indicaciones, y al hundir mi dedo índice en la órbita de la calavera que él me señalaba, giró en la piedra una loza que daba acceso a un túnel. Lo seguimos con cuidado y nos condujo al pie de una escalera, a donde llegamos asfixiados por el hedor a excrementos que reinaba en aquel aire enclaustrado. Era obvio que los monjes transgresores llevaban siglos defecándose allí, trastornados por la excitación de la aventura.

     —¿Crees —pregunté a Jorge— que el hermano Edgar se enfade con nosotros por no haberle invitado a esta excursión?

     —Esta parte del sueño, la Biblioteca, quiero decir, le tiene sin cuidado a Edgar.  Lo único que le interesa es atrapar al criminal.

     En la escalera, inmensa, descubrimos con asombro que cada uno de los peldaños tenía la altura de un sillar de muralla, y para subirlos hubiésemos precisado ser gigantes. Se lo dije a Jorge, al tiempo que maldecía al hermano Lovecraft por ser el arquitecto de aquella geografía demencial, pero mi Maestro esbozó su enigmática sonrisa de ciego (cejas enarcadas, párpados inmóviles, boca blandamente plegada), juntó sus palmas y moviendo despacio sus labios oró con fervor: “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”, al tiempo que dirigía hacia lo alto su faz impasible. Entonces vi cómo brotaban poco a poco de sus hombros unas pequeñas alas membranosas, y yo empezaba a sentir en los míos un ligero escozor. No tuve que palparme para saber que en mis esternocleidos también se había obrado el milagro. Contamos hasta tres y agitamos las alas que esparcieron, al tremar, un refrescante olor a lavanda inglesa.  

     Ascendimos un peldaño y luego otro, para encontrarnos de improviso con un espectáculo que no habíamos imaginado: en el segundo peldaño miles de codiciosos monjes alados se lanzaban escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar cada uno su respectiva Vindicación. Disputaban entre sí ante cada anaquel profiriendo oscuras maldiciones, y hasta pudimos ver cómo uno, en quien reconocí al hermano Coleridge, asía por el cuello de la sotana a otro que resultó ser el hermano Schelley, con evidente intención de estrangularlo. Si en medio del tumulto alguno caía, era rápidamente vapuleado por los que volaban detrás, y aún así tenía suerte de escapar a alguna cosa peor, pues al menos dos monjes fueron arrojados al abismo por sus perseguidores, quienes previamente les habían despojado de sus alas por el sencillo procedimiento de arrancárselas. Observé que en lugar de un crucifijo, los hermanos británicos llevaban todos sobre el pecho un botón con la imagen de John Milton esmaltada sobre laca.

     —¡Pero qué vida nocturna tan animada reina en esta abadía! —comenté admirado. Jorge asintió en silencio, y la expresión de su rostro me resultó inescrutable.

DONDE LOS SENDEROS SE BIFURCAN Y APARECE EL ODIO

    Con mucho esfuerzo conseguimos acceder a la Biblioteca, empujados por aquella horda embravecida. Omitiré describir el interior del recinto, porque ningún espacio diseñado por alguien tan enajenado como el hermano Lovecarft podría ser descrito con fidelidad. Solo diré que era extensa como el universo; sus secciones estaban señalizadas por combinaciones de letras y números y separadas entre sí por tabiques especulares, lo cual hacía que las galerías repletas de estantes se replicaran una y otra vez hasta el infinito, sin que pudiera saberse de cierto cuáles de aquellas rutas eran las verdaderas. Como el asunto de las Vindicaciones seguía sin interesarme del todo, decidí ser egoísta y abandoné a Jorge en medio del tumulto para buscar aquella ventana desde la cual, según me había dicho mi Maestro, se divisaba el misterioso jardín cuyos senderos que se bifurcan podían conducir a la Ciudad de los Inmortales. Aún hoy no comprendo cómo el bueno de Jorge manifestó aquella primera noche menos interés por la Inmortalidad que por conseguir la justificación de todas sus acciones. Estaba obsedido por la posibilidad de reivindicarse ante el mundo. A mí nunca me ha importado para nada el juicio de la posteridad sobre mi comportamiento, y en cambio, me importa absolutamente la posibilidad de convertirme en Inmortal.

     Sin dejar de volar ni un instante, fui recorriendo todas las ventanas ojivales que se alzaban a muchos metros del piso de madera recubierto de juncos. Pegaba la nariz al vidrio de cada una, pero no tuve éxito, pues del otro lado no se atisbaba ningún paisaje: ni bosque, ni camino en lontananza, ni mucho menos laberinto. La transparencia de los vidrios solo exhibía ante mis ojos, ardientes de curiosidad, la misma superficie plana color de humo ceniciento y polvo secular. A punto estuve de creer que la abadía se hallaba aprisionada por un denso banco de niebla. Desconcertado, ya me encontraba a punto de abandonar la empresa cuando reparé en un enorme atril que soportaba un no menos enorme manuscrito iluminado. Abierto y colocado justo entre dos ventanas, mostraba sobre sus dos páginas centrales la imagen de una ventana exactamente igual a las del scriptorium. Suspendido en el aire me detuve a contemplar aquel prodigio de iluminadores, y disfruté largamente la habilidad para el detalle con que había sido ejecutada la pintura. Pero mientras observaba la obra magnífica, una idea intranquila giró dentro de mi mente. Un segundo después ya sabía de qué se trataba: mientras todas las mesas y atriles del scriptorium, ahora vacío, dejaban ver muy bien cerrados y guardados los libros donde los copistas habían trabajado durante el día, solo aquel manuscrito estaba abierto y la enorme pintura permanecía dispuesta para ser trabajada de inmediato. Afiné más la atención y comprendí que tras aquella falsa ventana de vitela, aparecían pintados un umbral y un camino que partía de él para perderse en lo profundo del bosque. ¿Y si —me pregunté—  ese senderito condujera ante las majestuosas puertas de la ciudad amurallada a la que tanto yo deseaba arribar?

    Ya no dudé más: yo había descubierto la verdadera y única vía que conducía a la Ciudad de los Inmortales, donde los hombres superiores viven felices para siempre, ocupados por toda la Eternidad en realizar lo que les gusta y saben hacer mejor que nadie. Me arrojé contra la pintura agitando frenéticamente mis alas, y no sentí ningún asombro al comprobar que mi cuerpo atravesaba con suavidad el impedimento del pergamino. Simplemente crucé al otro lado, y al hacerlo mis alas se metamorfosearon en un paracaídas. Muerto de miedo ante la gran altura que me separaba de aquella tierra cubierta de helechos, jalé la argolla, pero no ocurrió nada. Seguro de que iba a estrellarme contra aquella geografía de pesadilla que divisaba más allá del umbral, cerré los ojos para no ver mi fin. Sentí cómo el viento me arrastraba lejos. Entonces se abrió el paracaídas, y sobre mi cabeza se desplegó una inmensa flor de gasa roja, que me fue depositando lentamente sobre el césped recién cortado de un caminito flanqueado por diminutos faroles chinos. A la entrada del jardín un Cerbero de jade verde me presentó sus fauces irascibles, y si no retrocedí ante el impacto de su ferocidad fue solo por el mucho interés que tenía en hallar el camino hacia la Ciudad ambicionada. Pude apreciar que bajo los helechos que crecían a ambos lados del camino, yacían montones de osamentas cubiertas por una frondosa población de líquenes. Tuve un pensamiento piadoso para los muchos buscadores que habían muerto en el empeño sin conseguir jamás el triunfo.

     Yo sabía que a la entrada del sendero que debía conducirme a la Ciudad de los Inmortales está siempre aguardando un troglodita de barba enmarañada y tórpidas pupilas. Mas en vano le busqué con afán para que me sirviera de guía. No le vi por parte alguna.

     Otras monstruosidades me aguardaban para disuadirme de mi búsqueda. Al inicio de los muchos caminos que esa noche recorrí —llegué a contar hasta treinta y seis— hallé atrocidades aún peores que un montón de osamentas insepultas. Al doblar un recodo vi una hembra lujuriosa, desnuda y descarnada, roída por sapos inmundos, chupada por serpientes, que copulaba con un sátiro de vientre hinchado y piernas de grifo cubiertas de pelos erizados y una garganta obscena que vociferaba su propia condenación; y todavía encontré otras criaturas  con cabezas de macho cabrío, melenas de león y fauces de pantera, presas en una selva de llamas cuyo ardiente soplo casi me quemaba.

     Si yo no hubiera sabido que los sabios del pasado cifraban el Conocimiento secreto en jardines maravillosos poblados de estatuas, relieves y fuentes de mármol, me hubiera sentido muy desconcertado por el hallazgo de semejante grupo escultórico. Así pues, al instante decidí enrumbar por el camino donde la lujuriosa mujer de mármol era atormentada por demonios, mientras pensaba: “¿No es acaso del vientre de mujer de donde brota incesantemente la vida? ¿No es la vagina burla sempiterna de la muerte? Aquel grupo maligno me pareció metáfora suficiente de la Inmortalidad, y eché a andar, no sin antes lamentar la ausencia del prodigioso Aleph de Jorge, con el que me hubiera ahorrado muchos malos momentos en la persecución de mi meta.

     La noche era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Llegué así a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda y una especie de pabellón.  Empujé la puerta, que cedió silenciosa, y avancé unos pasos.

     Me encontré en el interior de una inmensa cocina llena de humo, en la que rápidamente reconocí la mismísima cocina del monasterio. En el centro de una gran mesa, en medio de un enorme pastel de verduras cercado por pescados, nabos, berros y rabanitos, yacía en espléndida desnudes la criatura más hermosa que ojos de macho hayan visto sobre la Tierra. No tenía más de doce años. Su piel, embadurnada de hidromiel desde la frente hasta los pies, brillaba al resplandor del horno como ámbar refulgente. Su larga cabellera la envolvía como un manto de seda, y bajo ella sus senos globulosos culminaban en pezones cimbrantes como los plectros de un arpa monumental. Llevaba escrito sobre su frente un nombre: Virginia, Dama de Shallot, y sostenía en su diestra un orbe de marfil y en su siniestra una sierpe de oro. Al verme sonrió, y sus ojos anclaron en mí como pequeñas ventosas succionantes. Lentamente separó sus piernas y me ofreció una vagina pulposa, pero tan gratuita seducción obró en mi eros un efecto contrario al esperado. Mi verga, que en un primer instante se agitó con vigor inusitado, no tardó en sucumbir a los susurros de mi sexto sentido, advirtiéndome oportunamente que no estábamos solos. El hermano Edgar, ataviado con un flamante gorro de cocinero, emergió de las sombras como una sustancia incorpórea que se materializa bajo el efecto de un soplo insuflador. Cuando me habló, le rondaba la boca su característica sonrisita asquerosa:

     —Por poco sucumbes a mi súcubo, hermano Julio —comentó con su habitual cinismo—. Por una uña has escapado de pecar.

     —¿Qué estás haciendo aquí? —le espeté sin poder refrenar mi creciente hostilidad.

     —Lo mismo que tú: coincidiendo. A estas alturas, si has reflexionado, habrás descubierto que el tiempo, al menos el tiempo lineal de lo que llamamos realidad, no existe. Lo que existe es una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existes tú y no yo; en otros yo y no tú; y en otros, los dos. En este, que un favorable azar me ha deparado, tú has llegado a mi casa; en otro yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma…

     —¿Y para qué se supone que he venido hasta aquí? —inquirí, envidioso por el dominio que Edgar mostraba sobre la situación, y muy molesto porque se apropiaba sin pudor de un fragmento del cuento de Jorge, cosa que yo jamás me había atrevido a hacer, aunque mil veces sentí la tentación.

     —¡Oh!, estás aquí solo para que yo te muestre que hay infinitos modos de poseer a una mujer. Ya ibas a tener una erección vulgar; quizás hasta te hubieras atrevido a penetrarla y eyacular dentro de ella… Pero te voy a enseñar algo mejor. Te gusta el sexo oral, ¿verdad?

     Había una extraña autoridad en Edgar que anulaba mi voluntad, y asentí en silencio. Él, entonces, extrajo de su sotana su instrumental de sacamuelas, y tomando a la mujer por su espesa cabellera le echó hacia atrás la cabeza dejando ante mi vista su garganta. Le abrió las mandíbulas, y empuñando sus herramientas con la seguridad de un experto, le extrajo una por una todas las piezas con la rapidez de un ladrón, sin que ella hiciera el menor intento por impedir tan horrible tortura. Yo contemplaba el espectáculo paralizado por la fascinación del espanto. Edgar fue insertando con cuidado exquisito cada diente y cada muela entre los labios menores de la vulva, hasta simular una segunda boca, y luego clavó en mí sus pupilas enrojecidas como carbunclos:

     —¡Aquí tienes! —dijo mostrándome las encías sangrantes y vacías de la hembra—: el perfecto remanso para la inquietud de tus ingles. Pruébalo, ¡es tan tibio…!

     No pude soportar su sonrisita de calamar sinuoso. A punto ya de perder el sentido ante la dantesca escena, recordé súbitamente que, en ocasiones, las leyes del sueño permiten revertir o transformar determinadas situaciones de peligro. Resignado a no entrar, al menos por el momento, en la Ciudad de los Inmortales, apreté los puños y los párpados y grité con toda la fuerza de mis pulmones:

     —¡Pues yo decido que en este tiempo no existamos ninguno de los dos!

     Desperté en mi celda, en el regazo cálido de Jorge, llorando con desesperación y estremecido por la fuerza de mi reciente pesadilla, que me apresuré a relatarle. Mi ciego maestro me escuchó con su habitual expresión impenetrable:

     —Se me olvidó advertirte —dijo cuando acabé— que las lámparas de la Biblioteca están preparadas para provocar visiones. Los monjes untan la mecha con una mixtura hecha con grasa de oreja de perro, ojos de murciélago y de dos peces que no recuerdo,  hiel de lobo y cola de lagarto, la grasa de una serpiente negra y un trozo de mortaja. Lo hacen para neutralizar quienes consigan penetrar en la Biblioteca. A veces ponen también polvo de mumia, ya sabes…

     Llorando todavía, le dije a Jorge que el hermano Edgar era un ente perverso, y que yo sospechaba que era él quien estaba soñando el sueño de la abadía y nos había aprisionado en su orbe. Poseído por una rabia rayana en la locura juré que me vengaría. Jorge no hizo comentarios. Había dejado de escucharme.

DONDE MUERE VENANCIO Y EL HERMANO JULIO MAQUINA SU VENGANZA

    A la mañana siguiente los monjes encontraron el cuerpo del monje Venancio de Salvemec dentro de una tina de sangre de cerdo. Edgar se presentó en la escena del crimen y, tras saludarnos asegurando que había dormido espléndidamente, se entregó a sus tareas detectivescas interrogando a todos y siguiendo unas huellas que habían aparecido sobre la nieve. Jorge me susurró con frialdad que aunque Edgar consiguiera aclarar aquellas dos muertes, no lograría evitar la tercera. Le pregunté por qué pensaba que ocurriría una tercera, y me respondió que porque aquellas muertes obedecían a un esquema triangular, como un caso que había ocurrido tiempo atrás en una quinta llamada Triste-le-Roy, allá en Buenos Aires. Yo conocía sobradamente el suceso al que se refería, pero me pareció extraño el modo como Jorge hablaba del hecho, cual si fuera algo completamente ajeno a su persona. Me dije que quizás su distanciamiento se debiera a que había escrito sobre aquellos sucesos cuando aún podía ver, y la ceguera había sido para él como un morir en el mundo de la luz para resucitar a otra vida en el de las tinieblas. Ahora que ya se había instalado completamente en la oscuridad, los episodios de su existencia anterior se hallaban tan alejados de su sensibilidad como barcas que escapan de un puerto inseguro para nunca volver.

     Yo maquinaba mi venganza, pero mientras, lo que más me atormentaba era la sospecha de que si lograba llegar a la Ciudad de los Inmortales podría encontrarme allí con mi enemigo (no sé por qué, pero yo había decidido que en este sueño Edgar era mi enemigo), viéndome obligado a convivir junto a él hasta el fin de los tiempos, soportando sus deleznables lecciones eróticas, sus abominaciones y su locura.

     En un raptus de sinceridad, Jorge me reveló algo que hasta entonces no me había dicho: las Vindicaciones personales eran imprescindibles para conseguir carte de sejour tras los ansiados muros de la Ciudad; sin ellas tal vez fuera posible entrar, pero jamás se podría obtener la residencia. Por ese motivo tantos hombres vivos y muertos, e incluso algunos nonatos, se afanaban por allanar la Biblioteca y recorrer su laberinto en busca del tan necesario libro. Por razones que no escapaban a mi comprensión  (o quizás sí), el texto estaba muy bien guardado desde el principio del mundo, y se decía que nadie lo había visto hasta hoy, aunque en todo el planeta se conocía su existencia y su ubicación en la Biblioteca de aquella abadía, que por ese motivo se había convertido en un constante sitio de peregrinación. Comprendí que mi ansiada venganza, y el mejor castigo que yo podría infligir a Edgar, sería impedir a toda costa que Jorge le consiguiera su Vindicación. Con eso no lo privaría a Edgar de la Inmortalidad, que ya se había ganado largamente, pero lo obligaría a seguir siendo por los siglos de los siglos el hombre que desposó a su prima-niña, un aberrado a los ojos de muchos, un vicioso, pues para infinidad de personas su costumbre de consumir opio y alcohol a raudales lo ubica en la reprobable especie de  los drogadictos, y aunque todos lean sus historias con fruición y admiren su inteligencia y su sensibilidad, como individuo  miles lo desprecian y posiblemente escupirían a su paso.    

     Pero Jorge, tiempo ha colocado más allá del Bien y del Mal, no entraría en mi mezquina maniobra por nada del mundo, no solo porque era honesto y jamás tendería trampas a un colega (lo educaron así, solemne caballero finisecular), sino porque aún sentía muy vivo el dolor de cuando a él mismo le negaron en vida muchos premios y reconocimientos absolutamente merecidos, a veces por razones tan ridículas que hubieran hecho reventar de risa a un ratón. Jorge era un fanático de aquella terrible frase de Cristo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El estilo de Eton deja una marca indeleble en sus víctimas. Si él llegara a encontrar nuestras Vindicaciones en esa Biblioteca infernal, Edgar tendría la suya con toda seguridad. Como yo no podía contar con la complicidad de mi Maestro para vengarme, decidí tomar el asunto en mis manos de  inmediato. Viendo que yo jamás conseguiría secuestrar las Vindicaciones, enfoqué mi atención sobre el único objeto que sí estaba a mi alcance, es decir, el propio  Edgar.

     En unas horas di ochenta vueltas al asunto, hasta que recordé un relato de Jorge donde un aparente crimen triangular es, en realidad, cúbico. Siguiendo la imprevisible lógica de los sueños (y suponiendo que el asesino misterioso se propusiera imitar el argumento del relato), ello podría significar que cuando ocurriera el tercer asesinato entre los monjes de la abadía, aún faltaría un cuarto cadáver para que el enigma se ajustara a la figura de un Tetragranmaton. De repente todo se me presentó tan claro como si la llama de una vela incidiera sobre el tema: Edgar iba a ser el cuarto muerto. Tenía gracia: el detective resultaría, a su vez, asesinado. Y debía matarlo yo, el lazarillo, el discípulo del profeta ciego. Eliminarlo de este sueño quizá no fuera suficiente para hacerme despertar, en especial si no era Edgar el soñante misterioso, como yo andaba sospechando, pero al menos nos libraría a todos de su inquietante presencia. Ya había observado que los otros monjes tampoco se sentían cómodos en su compañía; y es que su expresión siempre tenía un no sé qué francamente desagradable. Quizás su nariz era demasiado larga, acaballada sobre el mentón breve que le daba cierto aire de violador de vírgenes; o su mirada resultaba demasiado lánguida… Basta, Julio —me dije—, no seas el juez de tu hermano. Estaba inmerso en la duda. Por si acaso, como soy precavido y pienso mucho en todas las variantes posibles de cualquier postulado, aquella madrugada caminé sigiloso bajo la nieve hasta el cementerio de las lápidas sin nombre, y alejándome de ellas unos metros cavé una fosa, anónima y abierta, en espera del momento en que el cuerpo de mi ilustre enemigo yaciera apaciblemente en su interior.

    Pero yo aún seguía prisionero de la duda: ¿Y si Edgar no fuera el soñante y yo tuviera que eliminar a un quinto hombre? Tal evento se saldría escandalosamente del Plan cuadrangular. Cuatro son las letras del Nombre de Dios. No existe un Tetragranmaton de cinco letras. ¿No sería preferible olvidar mi venganza personal y averiguar quién era el verdadero soñador de tanta iniquidad? Si tenía que convertirme en asesino, que fuera entonces con auténtico provecho y no para satisfacer vanas pasiones (la envidia, por ejemplo: envidio un poco a Edgar, porque le debo mucho, lo reconozco).

      La duda continuaba atosigándome, mas la ocasión se presentó inexorable cuando el cillerero, deseoso de escaparse un ratito a la aldea para fornicar con las aldeanas —quienes se le entregaban a cambio de un paquete de vísceras sustraídas de la cocina—, delegó en mí la responsabilidad de bajar a las bodegas del monasterio en busca de un tonel de amontillado para la cena en el refectorium. Aquello me pareció un fatum. Y tal vez lo era. Tal vez dentro de aquel sueño mi misión era asesinar a Edgar, o la de Edgar hacerse asesinar por mí. Pero de ser así, ello significaría que él no era el soñante, pues mi enemigo no iba a desear morir de mala muerte por mi mano, la misma que había traducido sus cuentos tantas veces… ¿O acaso se encerraba aquí una oscura simbología?  ¡Traduttore, traditore!

     Dejándome llevar por los turbios designios de la Conciencia Desconocida que conducía el sueño, invité a Edgar a bajar conmigo a esas bodegas que, en esta pesadilla, todavía él no había explorado. Quizá podríamos hallar allí alguna pista de los asesinatos, le sugerí sibilino. Aceptó entusiasmado, y mientras descendíamos por una escalera de piedra resbaladiza me contó que había soñado conmigo durante la siesta. En su sueño me había visto con un extraño artefacto zumbante de dos ruedas entre mis piernas, sobre el cual me desplazaba a gran velocidad por una amplia avenida. Dijo que yo parecía muy feliz; tanto, que no vi a tiempo una mujer parada en la esquina que se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, y de repente fue tarde para las soluciones fáciles. Dijo que yo frené con el pie y la mano y me desvié hacia la izquierda; se oyó el grito de la mujer, y junto con el choque yo perdí la visión.

     —Como Jorge— acoté.

     —Sí, igual; fue  como si te durmieras de golpe —me explicó.

     Cuando terminó de hablar yo temblaba: era insultante que Edgar intuyera un fragmento de mi texto La noche bocarriba sin haberlo leído jamás; mucho más insultante que sus descaradas apropiaciones de los párrafos de Jorge. Si se mira bien, ambas situaciones eran la misma, pero ahora se trataba de mí, y en esta ocasión esa anticipación le otorgaba, en cierta forma, derecho de pernada sobre mi propia creación. Justo ahí fue cuando decidí que ahora más que nunca tenía que matarlo. Cuestión de derecho de autor.

     Edgar se colgó de mi brazo confiadamente, y muy juntos, casi como dos amantes, nos dirigimos hacia las bodegas. De buena gana me hubiera cubierto el rostro con un antifaz de seda negra como los que se llevan en carnaval, pero no tenía a mano nada parecido.

     Al llegar a la escalera que descendía hasta la cripta, saqué dos antorchas de sus anillas; retuve una para mí y le entregué otra al infortunado, y lo seguí. Empezamos a descender otra larga escalera, esta de caracol, y yo le recomendé falaz que bajara con precaución. Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors. Reinaba una densa penumbra. Edgar caminaba tambaleándose y al hacerlo tintineaban los cascabeles de su gorro (hasta entonces yo no había reparado en que él llevaba un bonito gorro de arlequín orlado de cascabeles áureos). Se admiró de que hubiera salitre por todas partes y comenzó a toser. Rompí el cuello de un frasco de De Grave y se lo alcancé. Él lo vació de un largo trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba y gesticuló en una forma que no entendí. Enseguida repitió complacido su grotesco movimiento y se quedó contemplándome en silencio a ver qué hacía yo, hasta que pareció aburrido.

     —Tú no eres de la hermandad, Julio —me espetó con desprecio.

     —¿Cómo? —pregunté confundido.

     —No eres un masón.

     —¡Oh, sí! —exclamé recordando el bocadillo—. ¡Sí lo soy!

     —¿Tú un masón? ¡Imposible!

     —Un masón —insistí.

     —Un signo —exigió él—. Un signo.

     —Mira —dije mientras extraía de entre los pliegues de mi sotana una pala de albañil que no recordaba haber puesto allí. Edgar me contempló lleno de asombro.

     Por primera vez me cuestioné el hecho de que él no recordara para nada aquellas escenas que estábamos viviendo, y asistiera a ellas con tanta inocencia como si nunca las hubiera escrito. Pero me tranquilicé pensando que a lo mejor la muerte nos roba la memoria. Agarré la pala con mis manos y la esgrimí con violencia sobre su cráneo, dispuesto a aplastárselo de un golpe. Él se protegió como César, envolviéndose en su capa, y nos quedamos inmóviles como una estampa congelada, como un stop motion, porque entonces una fortísima luz rompió la oscuridad y un coro de aplausos estalló en el silencio del recinto. Alcé los ojos con espanto y vi ante mí a la comunidad en pleno de los monjes vibrando de entusiasmo entre sus asientos de platea. Alguien alzó una pancarta en la que se leía:

¡APLAUSOS!

 —¡La commedia e finita! —gritó el prior Abbone, y todos subieron al escenario para felicitarnos. Edgar se deshizo en reverencias mientras sonreía plenamente colmado. Y comprendí que una vez más yo había sido víctima de aquel demonio de la perversidad. Contra toda lógica me había utilizado como partenaire en aquella representación, fingiendo una hipócrita ignorancia  —para abrillantar su imagen pública, desde luego.

     De nuevo me desperté sollozando en el regazo de Jorge, pero en esta ocasión no atiné a contarle lo que había soñado,  porque él también estaba llorando y parecía  muy angustiado.

     —He visto a mi doble —me confesó con voz temblorosa—. ¡Lo he visto y me ha mirado! ¡Hoy creo en Dios!

     Le anuncié que necesitaba confesarme con él, y Jorge fue lo suficientemente generoso como para abandonar su cuita personal y escucharme, aunque me recordó que a pesar de nuestros hábitos monacales no éramos verdaderos sacerdotes, sino solo fantasmas insertados en el sueño de alguien o en una de las tantas realidades posibles. Le conté entonces lo que me había sucedido. Él me aconsejó que olvidara a Edgar, rebis transitorio al que me unían el amnios, cordón y placenta del lenguaje por obra y gracia de mis traducciones de sus textos, y que olvidara también a la mujer Virginia Dama de Shallot, con su doble vagina tentadora, pues en realidad se trataba de una mera alegoría de Sophia. Dijo que con ella Edgar solo había querido mostrarme una ruta de acceso menos convencional a la Sabiduría. Me reveló que la Ciudad de los Inmortales es, en realidad, un laberinto sin otro objetivo que el de guardar el Árbol de la Vida, brotado en su mismo centro; de sus raíces nacen los cuatro ríos del Paraíso y sus frutos encierran todo el Conocimiento; y el Árbol es el modelo del universo al par que lo contiene.

     —Es por eso —afirmó Jorge—, que tantos hombres buscan la ruta que conduce a la Ciudad. No van en pos de la Inmortalidad, pues muchos de los que peregrinan hacia allí ya gozan de ella, sino en busca del Árbol, con sus frutos que contienen la Gnosis.

     Le confesé a Jorge cuánto me horrorizaba descubrir que el sueño de la abadía era como un útero metafísico donde se gestaban a su vez otros sueños, y  yo empezaba a sospechar que se trataba de una materia onírica permutable, puesto que Edgar podía soñar mis historias, que murió sin conocer. Jorge admitió que yo estaba en lo cierto, solo que no debía llamar sueño a todo lo que adoptara ante mis ojos la apariencia de serlo, porque podría tratarse de bifurcaciones de la realidad o, para ser más exactos, de realidades múltiples, infinitas, entretejidas por una red de laberintos en ocasiones transitables. En cuanto a Edgar, mi Maestro me aseguró que no debía sentirme agobiado por mis deudas para con su genio, aunque en verdad se acumularan en mí, puesto que eran recíprocas, pues así como el poema Fears and Scruples, de Browning, prefigura la obra de Kafka, la lectura posterior de Kafka incide y modifica el poema de Browning.

     —El escritor futuro vuelve a crear a su antecesor —terminó diciéndome—, pues como nos enseña la Cábala, el Logos es el inspirador de toda palabra escrita y todo sueño; por tanto, no existe la paternidad sobre ninguno de los dos, porque todos los que creamos somos Uno y el mismo.

     —Pero ¿por qué me persigue ese loco? —indagué desesperado—. ¿Por qué me atormenta?

    —Quizá cometiste algún error al traducirlo. ¿No añadiste ni una palabrita de tu cosecha? —la mirada de sus pupilas ciegas taladró mi osamenta y callé, porque lo esencial es invisible a los ojos.

     En la ventana iba encendiéndose el sol.

DONDE EL HERMANO EDGAR HALLA EL CADAVER DE BERENGARIO

      Bajamos a desayunar al refectorium, y allí nos encontramos con los otros monjes ya sentados a la larga mesa. El prior había acomodado a Edgar a  su vera, lo que constituía un inmenso honor. Al vernos llegar, el gordo Abbone nos reprendió con duras frases por nuestra tardanza, y enseguida anunció con voz solemne a la comunidad que Dios había obrado nuevamente un milagro en la persona del hermano Edgar, al permitirle encontrar el cadáver de Berengario, buscado infructuosamente durante días por toda la abadía. Nos miró directamente a Jorge y a mí, como queriéndonos decir que mientras todos trabajaban para desentrañar el misterio de los crímenes, nosotros dos holgazaneábamos sin pudor, entregados a empresas de carácter privado. En realidad quería que supiéramos que nos vigilaba.

     Pero pensándolo bien, la naturaleza del asunto no había sido tan complicada. Edgar se había estado guiando por las profecías del libro del Apocalipsis. La idea debió dársela algún monje, pues Edgar jamás fue tan pío lector de las Escrituras. Luego, siguió esta deducción: Adelmo muere entre la nieve, o sea, el granizo de la primera trompeta; Venancio muere en la tina de las morcillas, o sea, la sangre de la segunda trompeta. Edgar era lo suficientemente sagaz como para relacionar la historia de la tercera trompeta —donde una estrella ardiente cae sobre la tercera parte de los ríos y fuentes de la Tierra— con los baños de la abadía. Lo demás se reducía a una simple operación matemática, casi como los crímenes de la calle Morgue. Yo también hubiera podido descubrirlo de no haber estado tan confundido por sus malas artes y por mis propias expectativas sobre mi estancia en aquellos lugares. El aborrecible Abbone le sirvió ostentosamente un pollo entero a mi enemigo. Los demás desayunaban pescado y vino. A Jorge y a mí, por retardados, solo nos dieron un mazo de habas secas remojado en agua de manantial.

     Edgar, luego de masticar los primeros bocados, fue arrastrado por su ego y comenzó a narrar ante su cándido auditorio cómo al amanecer se fue derecho a los baños, donde una serie de bañeras permanecían ocultas entre sí por amplias cortinas. Los monjes las usaban para su higiene los días que fijaba la regla. Edgar contó que vio en un rincón una chimenea que permitía calentar el agua sin dificultad. Observó que estaba sucia de cenizas recientes y ante ella había un gran caldero volcado. Miró en las primeras bañeras, que estaban vacías. Solo la última, oculta tras una cortina, estaba llena, y junto a ella se veían unas ropas en desorden. A la luz de su lámpara distinguió al principio la superficie calma del líquido. Pero cuando la alumbró desde arriba vislumbró en el fondo, exánime, un cuerpo humano desnudo. Era Berengario. Sus facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas. Edgar se ruborizó y después tuvo un estremecimiento. Se persignó y bendijo el cadáver.

     Otra vez alguien a quien no pude identificar esgrimió la maldita pancarta:

¡APLAUSOS!

   ¡Dio mío, Edgar, come ti odio

OTROS  ASESINATOS Y EL CUARTO VÉRTICE DEL TRIÁNGULO

Parecía como si un viento enloquecedor no cesara de soplar sobre la abadía. El cillerero y su asistente, el bufonesco Salvatore, durante una de sus subrepticias escapadas a la aldea en busca de alivio para el incendio de sus ijares, fueron perseguidos por un grupo de mujeres enloquecidas (quizás habían tenido un pequeño banquete de amanitas), quienes se apoderaron de ellos y casi los descuartizaron como ménades furiosas. El trabajo que aquellas dementes habían comenzado fue terminado por la llegada de unos inquisidores, atraídos por el rumor de que el Diablo se había apoderado de la abadía. Se llevaron a los monjes pecadores encerrados en una jaula de barrotes y cargados de cadenas, porque confesaron abiertamente (y con gran valor, hay que reconocerlo) que habían sido ardorosos seguidores de frate Dolcino, aquel quemador de curas y monjas que fue en su siglo el terror de Occidente. También se llevaron a una joven aldeana que toda ella se asemejaba a la Virginia Dama de Shallot que entreví en el jardín de los senderos que se bifurcan; iba convicta de brujería, aunque su verdadero pecado consistiera en venderse a los monjes de la cocina a cambio de algunas vísceras de buey. Aún asustada y atormentada, parecía una rosa en medio de su pánico y su miseria.

     Malaquías, el bibliotecario alemán, fue hallado agonizante en el scriptorium y murió en brazos de Jorge. También fue asesinado Severino el herbolario, y en todos los cadáveres encontró Edgar los dedos y la lengua manchados de una sustancia negruzca, de donde dedujo que todos habían hojeado un libro misteriosísimo cuyas páginas están impregnadas de un veneno mortal. Sospeché enseguida que se trataba de las Vindicaciones, el mismo manuscrito que Jorge andaba buscando con tanto ahínco. Si llegara a encontrarlo, no sé cómo se las ingeniaría para leerlo sin morir, a no ser que buscara un lector. No sería yo, claro, porque no leo el griego, y todos los que han muerto con los dedos manchados conocían sobradamente esta lengua.

     Pero nada de eso me interesaba, porque yo seguía buscando la manera de huir de la abadía y de aquel sueño, ya fuera despertándome o escapando a otro sueño que me sirviera de puente para alcanzar la realidad. Por eso regresé aquella misma madrugada al jardín de los senderos que se bifurcan. Había descubierto que para llegar hasta allí no era necesario atravesar el enorme pergamino sobre su atril de la Biblioteca: un sendero invisible cruzaba entre las tumbas anónimas del cementerio y conducía hasta la verja que rodeaba el jardín. Una gigantesca mano misteriosa, surgida del cielo en medio de la noche, me había revelado aquélla ruta señalándomela con un dedo lleno de tofos gotosos. Seguí su señal y otra vez me encontré recorriendo el senderito de los faroles chinos: otra vez empujé la puerta de la casa, y ahora entré a una salita donde un gramófono inundaba la noche con una sonatina de lejanos arpegios orientales.

     En la estancia, cerca de una ventana, un hombre leía un diario hundido en una butaca de cuero verde. Me daba la espalda y no pareció escuchar mis pasos que se le acercaban lentamente. Cuando puse mi mano sobre su hombro, la butaca giró ofreciendo ante mi vista un maniquí de yeso. También apareció entre mis dedos una pistola. Era antigua, con cachas de oro. Disparé mecánicamente, como si otra mano gobernara mi mano. No escuché el estampido. Del cañón brotó un chorrito de sangre humeante que al caer sobre el muñeco transformó la pálida escayola en carne viva. El asiento giró, y he aquí que delante de mí vi en el lugar del maniquí a Virginia Dama de Shallot con su incitante desnudez sin decorados, y tan real como yo mismo. Otra vez abrió despacio su entrepierna para mostrarme un conjunto de vulva y vagina semejante a una guayaba madura recién hendida. Moviéndome en cámara lenta me abrí la bragueta, extraje de su interior mi miembro hipóstilo y avancé sobre ella como un fragmento atraído a su imán. Mientras  entraba a su gruta descubrí que nuestra imagen bicéfala se reproducía en un espejo que ella tenía a su vera, antiguo, con armas heráldicas en su marco de bronce labrado. Era esta imagen nuestra replicada la que Virginia, apartando sus ojos de los míos, contemplaba absorta. Pertenece a la especie vil de las que disfrutan el sexo grupal, me dije con ira mientras la veía gozar intensamente con las hazañas de nuestra muda proyección sobre el cristal. Decidí secundarla en su placer especular y miré yo también la superficie, pero el azogue no me devolvió a un hombre y una mujer que se gozan, sino a un ridículo binomio donde yo abrazaba no a la hermosa Virginia, sino a un Edgar priápico, quien, aferrado a mis caderas, me  penetraba con telúrico empuje. Hice un esfuerzo desesperado por separarme del humillante abrazo, y lo conseguí justo en el momento en que su satánico estallido seminal impactaba mi carne con un chorro de  semen helado.

     Estrujé el cuello de Edgar entre mis manos crispadas, pero en lugar de morir asfixiado como era mi propósito, él comenzó a contarme con voz pausada —y aliento etílico— que había vuelto a soñar conmigo, y en su sueño me veía huir a través de una selva tupida, perseguido por un bando de antorchas refulgentes; y luego me veía yacer desnudo sobre una piedra de sacrificios, manos y pies atados con gruesos nudos, mientras un sacerdote enmascarado y cubierto de sangre seca blandía muy cerca de mi pecho un cuchillo de obsidiana. Dijo que luego la escena se transformaba y yo aparecía tendido en un quirófano, y un cirujano sostenía su escalpelo sobre mi pecho, justo encima del corazón. Comprendí que tenía que matarlo de inmediato a Edgar, o él acabaría verbalizando mi propia muerte antes que yo lograra salir del sueño. Golpeé su cabeza contra la pared infinitas veces, pero aunque sus sesos se derramaban por las grietas del cráneo aplastado y teñían las paredes con su masa, Edgar reía, reía sin sufrir:

    —No tengas tanto miedo de un sueño, Julio —me dijo entre dos de sus odiosas carcajadas—. Un sueño es una escritura, y hay muchas escrituras que solo son sueños. Cuando salgas al jardín, hallarás en uno de los senderos un vehículo que te espera para llevarte a donde tanto quieres ir. Al fin podrás escapar de mí…

     Salí corriendo al jardín, esperando hallar un agujero en el tiempo que me permitiera volver a la realidad. Cierto que Edgar no había dicho exactamente eso, pero era lo que yo deseaba escuchar y lo creí. En medio del césped no había ningún agujero, solo un cupé con un cochero irreconocible tras su máscara de oso. Algo me dijo que si intentaba arrancársela encontraría debajo nuevamente la faz de mi enemigo. Dentro del vehículo vislumbré dos arlequines que ya se estaban apeando para venir a mi encuentro. Supe exactamente lo que pretendían, y sin caer en la trampa huí por una bifurcación del sendero. Corrí, corrí con desesperación y los perdí de vista.

LA PUERTA CONDENADA

    En mi loca carrera de regreso a la abadía pasé por la Biblioteca, donde me detuve a presenciar una extraña escena: mi buen Jorge, mi Maestro y mi amigo, sujetando fuertemente contra su pecho un libro muy antiguo, discutía violentamente con su imagen proyectada sobre un espejo inmenso que antes no estuvo allí (la imagen sostenía en su diestra una afilada daga toledana). Es verdad que el ciego del espejo no correspondía a Jorge con exactitud, aunque el parecido era innegable; y tampoco coincidían los gestos y ademanes del supuesto enantiomorfo, pues mientras Jorge hablaba, su reflejo callaba y viceversa:

     —¡Sí! —sostenía mi Maestro con énfasis viril—, ¡yo estuve en la Ciudad de los Inmortales! Me sumergí en sus ríos, comí del Árbol del Conocimiento y encontré el escondite de las Vindicaciones. Tú me engañaste haciéndome creer que tenías el libro oculto aquí, en la Biblioteca, pero yo te he vencido. Ahora que al fin tengo mi Vindicación, iré a lavar mi nombre de ignominia y yaceré en la Eternidad amortajado en nítida blancura. Todos los juicios errados que algún día salieron de mi boca serán borrados magnánimamente por esas páginas, y en el espacio sonoro o escrito que una vez ocuparon quedará a partir de ahora un inocente silencio. Y así, quienes me amen ya no tendrán que avergonzarse de su amor.

     El otro ciego clamó a su vez:

     —Antes contemplábamos el cielo otorgando una mirada de disgusto al barro de la materia. Ahora miramos la tierra y solo creemos en el cielo por el testimonio de la tierra. ¡Las palabras han trastocado la imagen del mundo! ¡Pero aún no han trastocado la imagen de Dios! Si las Vindicaciones de todos los hombres llegaran a ser objeto de pública interpretación, habríamos dado ese último paso, porque entonces los hombres no necesitarán de Dios para ser perdonados, sino que alcanzarán el poder de salvarse a sí mismos y ya no habrá temor que los contenga en su salvaje albedrío. ¡Por eso yo jamás permitiré que esas páginas salgan a la luz!

     Y mientras yo, interesado en la escolástica, aguardaba a que el ciego Jorge de Burgos continuara su alegato, este hundió veloz la daga en el pecho de mi Maestro, quien cayó a tierra sutilmente, y allí enseguida se transformó en una tortuga que llevaba pintada sobre su caparazón la imagen de una golondrina. Yo nada pude hacer para impedirlo. Jorge de Burgos se apoderó del libro y desapareció renqueando de mi vista. Cuando quise lanzarme en su persecución para vengar a Jorge, la fría superficie del espejo me destrozó la nariz.

     El tiempo apremiaba y reanudé mi carrera en otra dirección. Quizá Edgar estuviera siguiéndome los pasos, aunque si el muy iluso creyó que me subí a aquel cupé, entonces yo estaba momentáneamente a salvo. En el fondo el gran Edgar era un tonto que ni siquiera había podido identificar al asesino de los monjes. ¿Cómo osó creer que me subiría a aquel carruaje alevoso para terminar metamorfoseado en Erik Lönnrot, víctima sin salvación muriendo a manos de un patético rufián? Aunque seguía preguntándome cómo Edgar era capaz de conocer con tanto tino todo lo que mi Maestro y yo hemos escrito, todo lo que soñamos tanto tiempo después de su muerte. El fenómeno solo podría explicarse si realmente, como dice Jorge, todos fuéramos Uno y el mismo; si en verdad yo hubiera emanado de Jorge y él, a su vez, de Edgar, y este de otros que le precedieron, como los vasos comunicantes por donde se derrama de lo alto a lo bajo la savia del Árbol de la Vida. Si así fuera, si en verdad el tiempo poseyera una naturaleza circular, circunvalando a Ouroboros yo llegaría a ser Edgar, y también el primer ser humano del cuaternario y el último del futuro. De ello se desprendería que todo este tiempo, mientras creí estar vivo luchando contra mi enemigo, me enfrentaba en realidad a mí mismo. Yo sería, entonces, mi propio verdugo. Es más: yo sería mi propia muerte, que ya habría ocurrido.

     Aún no había descubierto quién soñaba este sueño en el que dábamos vueltas como en el fondo de un caleidoscopio, pero después de la revelación que acababa de tener ya no me importó develar ese enigma. Fuera quien fuera el soñador del sueño, fuera cual fuera el motivo por el que yo estaba en él, ahora sabía que mi deseo de regresar a mi realidad había sido oído en el Lugar Donde Todo se Cumple. Tenía razón Jorge de Burgos: aún no hemos podido confundir a Dios.

   DONDE...

     Afuera reina la noche. Una luna inexorable confunde su luz con el brillo de la nieve sobre las tumbas del cementerio. Percibo hogueras encendidas entre ellas. Busco a su luz la fosa abierta donde yo no he grabado todavía mi nombre y ya nunca lo haré, pues si todos somos Uno y el mismo, ¿qué significa, qué valor tiene entonces la identidad? Me tiendo en su interior, y convencido de que solo existe la Rueda infinita, ahora solo me queda callar. Dentro de poco me reuniré con mi principio, me hundiré en una unión inefable y en ese abismo mi espíritu se perderá a sí mismo; ya no conocerá lo igual ni lo desigual ni ninguna otra cosa: y se olvidarán todas las diferencias, estaré en el fundamento simple, en el desierto silencioso donde nunca ha existido la diversidad, en la intimidad donde nadie se encuentra en su propio sitio. Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.

     Cierro los párpados con suavidad y me entrego al sueño. Puedo oler ya la muerte, y cuando los vuelvo a abrir veo la figura ensangrentada del sacrificador que viene hacia mí con el cuchillo de pedernal en su mano. No es Edgar, y tampoco soy yo. Alcanzo a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora ya sé que no me voy a despertar, que estoy despierto, que el sueño maravilloso ha sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo mis piernas. En la mentira infinita de ese sueño también estoy tendido boca arriba, como ahora, con los ojos cerrados entre las hogueras.

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