El respeto a la dieta ajena es la paz

Frank Padrón • La Habana, Cuba

Con Omega 3 (2014), su más reciente filme, el cineasta Eduardo del Llano (Moscú, 1962) se inserta en una tradición y se desmarca de otra. Integra de este modo la abultada agenda de un cine que pudiéramos llamar “digestivo” y que —de modo pretextual, literal o metafórico— tiene a la comida como motivo dramático fundamental.

Imagen: La Jiribilla

A lo que ya habría que ir denominando como todo un canon, o al menos una línea genérica significativa, el cine cubano[1] también ha entregado su peculiar aporte mediante títulos como, por ejemplo, La última cena (1976) y Los sobrevivientes (1978 ), de Tomás G. Alea, Fresa y chocolate (1993), del  propio Titón junto a Juan Carlos Tabío, y El viajero inmóvil (2008 ), dirigida por Tomás Piard, algo retomado por las nuevas hornadas que se agrupan en torno a la Muestra Joven ICAIC, mediante títulos como el segundo cuento de Gozar, comer, partir (2006) de Arturo Infante; Por amor al arte (2008), de Serguei Svoboda ; A la hora de la sopa (2008), de Gretel Medina, y más recientemente, Miénteme bien, Jackie Chan (2014), de la anterior realizadora junto a Adolfo Mena. 

Pero decía que del Llano se aparta radicalmente de otra tendencia del cine cubano, sobre todo en las última décadas: el abordar, fundamentalmente en sus ficciones, tan solo la realidad inmediata, desde el drama o la comedia pero siempre apegándose a la contemporaneidad social como único macro-asunto.

El director y guionista de cortos tan exitosos y realmente notables como Intermezzo (2008), Brainstorm (2009) o Exit (2011) y del largo Vinci (2012), quien ha prestado su escritura a títulos imprescindibles del cine cubano, entre ellos, Alicia en el pueblo de maravillas (1989), o La película de Ana (2012), ambos de Daniel D. Torres; La vida es silbar (1998), de Fernando Pérez…) y ha publicado decenas de cuentos y varias novelas, además de integrar la nómina del inolvidable grupo humorístico Nos y Otros, se acerca al “cine de género”, concretamente a la ciencia ficción, convencido de que nuestra cinematografía puede y debe también ser eso o que, al menos, no tiene por qué renunciar a ello.

Con su más reciente título, Omega 3 presenta un mundo futuro, 100 años después del ahora y en un espacio indefinido, donde grupos de militantes en diversos y opuestos “partidos gastronómicos” se enfrentan en una guerra… con cuartel.

Imagen: La Jiribilla

Los vegs (vegetarianos), los macs (macrobióticos) y los ollies (ovolácteos) pugnan tratando de imponer sus regímenes dietéticos como los únicos legítimos y por tanto, absolutos; con tal objetivo descalifican a los otros, los enfrentan o —siguiendo la anécdota— unos caen prisioneros de quien entonces experimenta y trata de “convertir” a los reos por la fuerza a su grupo, o sea, a su manera de concebir la alimentación.

Está clara la transferencia metafórica: del Llano impugna con esta parábola los totalitarismos, las dictaduras, los fundamentalismos de cualquier signo —políticos, ideológicos, religiosos— que tanto daño han hecho durante toda la historia de la humanidad, generando constantes guerras (desde las intestinas hasta las mundiales) junto a las intolerancias cotidianas y personales que no generan daños menores.

Los miembros de los diferentes sistemas nutricionales aquí, defienden y tratan de imponerlos como únicos, indiscutibles e infalibles, como lo han hecho y hacen constantemente políticos, credos religiosos y filosóficos de todo tipo, generando monstruos tales como el fascismo o las más retrógradas iglesias.

La idea, como se aprecia a simple vista, es muy sugestiva y de una solidez sicosocial y filosófica apreciable; sin embargo, al plasmarla mediante un relato cuyo significante es la ciencia-ficción, Eduardo del Llano no ha salido airoso.

Válido el abrazo al “cine de género”, concretamente a esta modalidad que él mismo ha empleado en alguno de sus cortos, y que entre nosotros apenas tiene precedentes[2], pero lo que sí no admite discusión es que la obra resultante debe poseer, entonces, un ritmo y una dinámica de la que Omega 3 carece en casi todo su desarrollo.

Imagen: La Jiribilla

La cinta, que maneja decorosamente los pocos recursos de que disponía a nivel de producción (magros, si se comparan con las superproducciones hollywoodenses para este tipo de filmes) y consigue mediante ellos notables efectos especiales, se estanca desde su arrancada, demora en presentar el conflicto y después no lo desarrolla adecuadamente, extraviándose en frases y gestos que resultan elocuentes, sí, pero que no logran movilizar las cadenas de acción, y las esperadas peripecias que todo cine de ciencia ficción que se respete, debe echar a andar.

Hay aislados chistes y diálogos con el filo acostumbrado del escritor, mas no consiguen integrarse en un todo coherente y convincente; la estructura cronológica, que incluye anticipaciones y retrospectivas —la fábula se proyecta al futuro, no obstante ofrece remembranzas del pasado— acusa una satisfactoria morfología, incluyendo la inserción de un segmento animado (precisamente del pretérito respecto al tiempo en que transcurre la historia).

Y, por supuesto, hay otros valores también innegables que avalan una vez más a los respetables profesionales que trabajaron en los diferentes rubros; habría que encomiar la fotografía , atenta a esa atmósfera asfixiante que diseña la trama, para lo cual José Manuel Riera trabajó las manchas, la penumbra, —a veces el claroscuro— con verdadero preciosismo, contrastando con pasajes de una luminosidad también muy expresiva (los falsos resplandores de civilización que aparenta el supermercado, en los momentos de la animación) o puntualizando los adelantos digitales y técnicos paradójicos en un mundo donde impera el comportamiento de las cavernas.

También la dirección de arte (Jorge R. Zarza) con esos escenarios futuristas donde contrastan civilización y barbarie, y que refuerzan el ambiente beligerante que se respira desde los minutos iniciales; el vestuario (Vladimir Cuenca y Celia Ledón), muy en concordancia con los perfiles de los personajes[3], o la música, del avezado argentino Osvaldo Montes (El lado oscuro del corazón), quien ya trabajara con del Llano en Vinci, y que repite la hazaña mediante una partitura donde suenan lo mismo retazos de ese “tango sinfónico” tan caro al porteño, como un tipo de sonido electroacústico, muy sintonizado con las coordenadas del relato según sus modulaciones diegéticas.    

Por otro lado están las actuaciones; entre varios desempeños de esos que siempre se rubrican como “especiales” —Omar Franco, Edith Mazola…— y algún debut para seguir (Yernadi Basart) sobresalen los protagónicos: Carlos Gonzalvo —el popular Mentepollo— reafirma una vez más que su solidez histriónica le permite asumir roles no solo cómicos (como demostró en sus anteriores labores en El premio flaco (2009), de Juan Carlos Cremata o el propio Vinci); Héctor Noas borda las transiciones que requiere su papel, apoyado en la ductilidad y la abundancia de matices que lo caracterizan; Dialenys Fuentes se revela ajustada a su rol, alternando la energía y la ternura que lo informan.

Imagen: La Jiribilla

Omega 3 no es una experiencia que haya cristalizado del todo pero exhibe méritos parciales que la validan. De cualquier manera, se agradece a del Llano y sus colaboradores, que se sumen a la noble empresa de continuar procurando nuevos senderos y ensanchando los horizontes al cine cubano.


[1] Para una mayor profundización en este tema, Cf. mi libro Co-cine. El discurso culinario en la pantalla grande (Ed. ICAIC, 2011).
[2] En cierto sentido, pudieran considerarse los filmes La vida en rosa (1989, Rolando Díaz) y las reciente Juan de los muertos (2011, Alejandro Brugués) si bien esta se alinea más al subgénero “zombis” , o Los desastres de la guerra (2012), de Tomás Piard, que se mueve dentro de un escenario postapocalíptico. 
[3] Estos acápites técnico-expresivos en concreto, hacen lo suyo porque nos lleguen nítidamente ciertos guiños al propio cine, a referencias que gravitan en la formación del autor muy incidentes en su nuevo filme —sobre todo en la ambientación— y que van desde Tarkovski y el cine soviético de guerra, hasta clásicos de la ciencia-ficción, principalmente con sello Ridley Scott.

 

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