Julio Cortázar, transgresor y amigo

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo Fotográfico de Casa de las Américas
 

Supe por primera vez de Julio Cortázar hacia 1969, cuando mi madre me obsequió un ejemplar de la edición Huracán de sus Cuentos. En los días que siguieron tuve que batallar con aquel volumen en el que cuando se pasaba una página se desprendían dos, de modo que era necesario interrumpir muy seguido la lectura para recoger los folios que el aire o cualquier descuido hacían caer al suelo. En medio de esta especie de juego que hubiera complacido muchísimo a un escritor de talante tan lúdicro pude descubrir un puñado de relatos sabrosos, inquietantes, que me mostraron un lado de la literatura hasta entonces desconocido: “Casa tomada”, “Final del juego”, “Circe”, “La noche boca arriba”. Yo tenía apenas 11 años pero mi noción de la escritura y hasta de la realidad fueron diferentes cuando tomé contacto con aquellas Historias de cronopios y famas, sin saber que algo semejante estaba ocurriendo fuera de mi cuarto, en el resto de Cuba y el mundo.

Imagen: La Jiribilla

Si este autor se hubiera limitado a ser “un fama” de las letras argentinas, le hubiera bastado con escribir su poema dramático “Los Reyes”, la novela Los premios y quizá los volúmenes de cuento Bestiario y Final del juego. Julio había aprendido todo lo necesario de los autores de la revista Sur, su habilidad narrativa era semejante o superior a la de Bioy Casares o Bianco y su rara cultura podía emular con la de Borges. Pero Cortázar no tenía vocación de gloria local. Se fue a París, a trabajar de traductor en la UNESCO, allí se apasionó con el jazz, el vino y los atardeceres de Montparnasse, descubrió a Lezama y la revista Orígenes a través de Ricardo Vigón. Rayuela no fue una novela más del llamado boom latinoamericano, sino un estallido en sí misma. Obra marcada por el juego del azar, las sesiones de jazz, la filosofía porteña, el humor de todas partes más la fragmentación propia del intelectual latinoamericano que quiere abrirse al mundo sin perder su rincón propio. Todo ello sazonado por una fantasía y una libertad para narrar no demasiado superadas de entonces acá.

Años después, en el prólogo a la edición cubana de la novela, Lezama escribía:

Rayuela ha sabido destruir un espacio para construir un espacio, decapitar el tiempo para que el tiempo salga con otra cabeza Es una novela muy americana que no depende de un espacio tiempo americano. París o Montevideo, la hora de la salida del concierto o la hora del amanecer, giran, ruedan y aseguran la igual concurrencia del azar. Evapora la tierra un espacio americano que no depende de una ubicación cruzada de estacas en nuestro continente. Por lo estelar desciende una cantidad que es lo temporal, océano final donde todo concurre a una cita.

Rayuela y las ya citadas Historias de cronopios y famas tuvieron una recepción singular para los lectores de aquella generación, superaron las limitaciones genéricas de la novela y el cuento para convertirse en libros oraculares, escrituras sagradas. No era extraño encontrar individuos que acarrearan uno de ellos en sus mochilas o bajo el brazo y, lo mismo para buscar sentido a un suceso doméstico que para hacer propicia la jornada, leyeran en voz alta el fragmento que lo explicaba todo.

Se ha insistido muchísimo en la renovación formal que trajo la literatura de Cortázar, desde el “tablero de instrucciones” de Rayuela hasta la ruptura genérica que significaba La vuelta al día en ochenta mundos, esa especie de álbum en el que cabían el ensayo, el artículo deportivo, el recorte, el grabado, sin embargo, se recuerda menos que tras esos vistosos juegos artificiales había una fuerte capacidad para la reflexión existencial, un realismo nada convencional y sobre todo la obsesión de evitar todo encartonamiento y ofrecer una visión humanista auténtica. Baste con repasar uno de sus cuentos antológicos: “El perseguidor” en el que el virtuosismo con que es contado está en función de comunicarnos una particular forma de piedad hacia ese músico que va destruyéndose.

Imagen: La Jiribilla
Visita de Cortázar a Trinidad en 1967
 

Hasta el final de su existencia quiso ser Julio el caballero de las buenas causas: lo mismo batalló contra la carrera armamentista que a favor de las revoluciones cubana y nicaragüense. No se prodigó en discursos encendidos, ni en un periodismo de barricada, sus armas eran el poema, el cuento y las formas novedosas que no dejó de buscar, como el empleo de la historieta ilustrada en función literaria. Tuvo en alta estima el concepto de servicio, en tanto se ofrecía sin necesidad de recibir nada a cambio. Tenía la sencillez de los buenos maestros. En Cuba habrá que agradecerle su defensa de Lezama y Paradiso en días difíciles para la cultura.

En 1966 había aparecido Paradiso, Lezama puso una apasionada dedicatoria en el ejemplar de su amigo:

Para mi querido amigo Julio Cortázar, el mismo día que recibí su magnífica Rayuela, le envío mi Paradiso. Entre Ud. y yo hay un cariño muy grande, sin habernos casi tratado, a veces se lo atribuyo al común ancestro vasco, pero otras me parece como si los dos hubiéramos estudiado en el mismo colegio, o vivido en el mismo barrio, o a que cuando uno de nosotros dos duerme, el otro vela y lee en la buena estrella.

Pronto le escribo sobre su novela. Venga otra vez por La Habana, todos nosotros lo recordamos y lo admiramos. Y lo esperamos siempre.

Mi mejor abrazo es para J. Cortázar. Suyo, J. Lezama Lima

Cortázar, lleno de entusiasmo, publicó en la habanera revista Unión su ensayo “Para llegar a Lezama Lima”, una de las mejores introducciones que se han escrito a la obra del cubano, donde, entre citas de Julio Verne y referencias al jazz, muestra con desenfado, el alcance continental de esa escritura que algunos ignoran o rechazan con una actitud propia del subdesarrollo intelectual. El texto sirvió para apoyar al poeta en su país frente al recelo o la ignorancia de ciertos colegas y funcionarios y, a la vez, contribuyó a divulgar en el mundo la monumental obra lezamiana. Al año siguiente, el autor ubicó el ensayo en La vuelta al día en ochenta mundos.

No satisfecho con esto, el argentino dedicó tiempo a intentar corregir las múltiples erratas de la edición príncipe de Paradiso y junto a Carlos Monsiváis, apoyó e hizo posible la edición mexicana de la novela, en la editorial Era.

Siempre que Cortázar pasaba por La Habana, llegaba a la calle Trocadero para compartir el café y la conversación, o invitaba a Lezama a cenar en el 1830 o en La Arboleda. Se encargó además de enviarle, desde cualquier punto del mundo, el medicamento que aliviaba su asma y cumplía sin reparos con las búsquedas de libros que el amigo reclamaba desde La Habana. Procuró, inclusive, que Lezama viajara a París, invitado por la UNESCO, con el pretexto de asistir a un evento dedicado a Gandhi. La invitación llegó puntualmente, pero Lezama no quiso o no pudo viajar…

Solo una vez pude ver a Cortázar. Fue en la Sala Che Guevara de la Casa de las Américas, con cierta seguridad podría afirmar que ocurrió en 1983, durante su última visita a Cuba para participar en la reunión del Comité Permanente de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos. Presenciaba una presentación de libro o un recital y en algún momento volví la cabeza y lo vi sentado en la última fila. Me pareció altísimo y muy pálido, con un rostro que me resultó muy infantil, tanto que me pregunté si eso era natural en alguien que hacía 20 años había publicado Rayuela. En modo alguno me atreví a acercarme. ¿Qué iba a decirle que no fuera redundante o ridículo? He seguido leyéndolo hasta hoy, es una forma de poseerlo siempre vivo.

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