Dos fotógrafos, dos miradas, un amigo

Aline Marie Rodríguez • La Habana, Cuba

Algunos quizá no imaginaron que, a partir de aquel día inicial de enero de 1959, se transformarían los destinos de Cuba y también los de Nuestra América. El nuevo proceso social que se construiría en la Isla haría realidad el precepto martiano de unir a los pueblos del continente desde el Río Bravo hasta la Patagonia.

La mayor de Las Antillas se convertía en el país de los utópicos, de los idealistas, de los románticos, de quienes creían en un mundo mejor. Para la mayoría de aquellos políticos, intelectuales, artistas, Cuba se convirtió también en su patria.

Imagen: La Jiribilla
Premio Casa de las Américas 1967.
Foto del Archivo fotográfico de esta institución
 

Uno de esos soñadores fue Julio Cortázar. Para él, la Isla y sus habitantes resultaron ingredientes imprescindibles de su historia personal. Durante sus viajes al país, como jurado del Premio Casa de las Américas, afirmaría que aunque había nacido por azar en Bruselas, era por supuesto argentino; y desde 1959 tuvo también otro país: Cuba.

Su apoyo a las ideas de izquierda y a los postulados de la joven Revolución Cubana fue irrevocable. En su primera estancia en la Isla, en los salones de Casa de las Américas, el fotógrafo Ernesto Fernández, quien entones laboraba para las páginas de la revista Cuba, lo conocería.

“Conversamos muchísimo —afirma—. Una de las cosas que más me llamó la atención fue la humanidad tan grande que tenía. Era un tipo alto y de un hablar pausado. Establecía rápidamente, por esa calidad humana que poseía, una empatía muy grande con la gente”.

“La primera vez que vino a Cuba, al Premio Casa, estuvimos hablado horas sobre su trabajo en las Naciones Unidas. Me explicó, detalladamente, de lo orgulloso que él se sentía de los exámenes de oposición que habían hecho él y su esposa para lograr trabajar en esta organización”.

Lejos de los cánones de intelectual de la época, Cortázar fue y se sintió como un cubano más. Ernesto no logra recordar cuántas fotos le tomó, pero como si fuera hoy puede asegurar que “Cortázar era un tipo fácil de retratar porque era una gente muy suave, muy pausada”.

La amistad, aunque corta, se mantuvo allende los mares. El fotorreportero recibió, en dos ocasiones, misivas del escritor. Cartas que han desaparecido con el tiempo. Su esencia solo se conserva en la memoria del fotógrafo.

“La primera vez que recibí correspondencia suya me sorprendí. Junto con la carta me mandó unas cajas de papel fotográfico y unos rollos. Realmente sentí mucha pena porque me había enviado esos materiales”.

A pesar de la pequeña correspondencia cruzada, Ernesto afirma que él casi no conoció al autor de Rayuela. Las circunstancias no permitían establecer una fecunda amistad con todos los intelectuales que visitaban la Casa, la Isla. La Habana era centro de encuentro de reconocidos artistas y escritores.  

Imagen: La Jiribilla
Foto de Chinolope tomada de Internet
 

Entre los grandes amigos cubanos del intelectual se encontraba un sui géneris fotógrafo. “El Chino —comenta Ernesto— fue su gran amigo y, además, conserva muy buenas fotos de sus visitas a Cuba”.

Guillermo Fernando López Junqué, bautizado por el Che como Chinolope, hace mucho tiempo que no concede entrevistas y su obra, a pesar de que es fiel testimonio de la historia de una nación, no se exhibe en las galerías. Sucesos que lo convierten en un personaje enigmático, casi olvidado.     

Pero, apenas le mencionan a Cortázar es como si regresara en el tiempo. En una conversación telefónica, de tan solo media hora, habla sin cesar de su entrañable amigo. Las fotos, la literatura y sus propios haiku se convierten en protagonistas de la historia. Por momentos olvida sus 82 años y rememora aquel primer encuentro.  

“Tropezamos en la calle Línea llegando a Paseo y me preguntó por alguien de Casa de las Américas que vivía por allí. Ese mismo día hablo por teléfono con Lezama Lima y me anuncia una gran sorpresa. Cuando llego a su casa, en Trocadero 162, a las cuatro de la tarde, es Cortázar quien me abre la puerta. Esa era la sorpresa de Lezama. Lo que él no sabía es que ya había conocido a Julio en la calle”.

Juntos, Lezama, Cortázar y Chinolope, protagonizaron una imagen —que ya es todo un símbolo—, sentados en el restaurante El Patio, en La Habana Vieja. Corría el año 1963, pero Chinolope recuerda, como si fuera hoy, que la tomó con su cámara Rollex en automático. De aquellos días también existen otras instantáneas de ambos escritores transitando por las calles empedradas de la antigua ciudad. En esos recorridos “Cortázar me decía: «Vamos a caminar con Lezama a ver si tira alguna foto»”.

Chinolope atesora, en su memoria, cientos de historias sobre ese hombre, que según refieren las palabras de Lezama “tenía una memoria elefantina”. Otra de las fotografías que le tomó fue en el Malecón. Esa imagen, reproducida en infinidad de ocasiones, muestra la esencia de un ser humano universal.

“El muchacho pescando salió corriendo, como si saliera del cuerpo de Cortázar. La imagen del Malecón es lo que pudiéramos llamar una situación kafkiana”, confiesa Chinolope intentado hacerse comprender, conociendo quizá, de antemano, las historias que se tejen en torno a su personalidad creativa, mágica, asombrosa.

Imagen: La Jiribilla
Foto de Chinolope tomada de Internet
 

Los recuerdos se agolpan en su memoria. En cada frase intenta reconstruir las vivencias junto a su amigo. Es como si el tiempo no le alcanzara para contar tantas historias. “Él decía que vivía siempre acorralado”. Hace una pausa y lee una frase del propio Cortázar: “acorralado lo fantástico por lo real realizado”.

“Era muy humilde, agrega. Tenía una humildad aplastante. Un muchacho grande. Era un gran conversador, pero no conversaba con todo el mundo. Una gente extraordinaria. Estaba constantemente pensando. Era una máquina de pensar. Podías creer que estabas hablando con él y él estaba completamente abstraído”.

En esos momentos de enajenación Cortázar se sumergía en el mágico universo que devela su literatura. Además de su pasión por las letras, el autor de La vuelta al día en ochenta mundos amaba la fotografía y quizá, por ello, en cada visita a la Isla le traía un equipo y materiales nuevos a Chinolope.     

“En aquella época tenía una Rolleiflex de negativo más grande y él me trajo una Contax de 35 mm. Era el mismo modelo que él usaba. Era tremendo fotógrafo. Tiraba fotos de todo, de la vida real.

“Lo extraordinario de Cortázar es que la fotografía le servía de posibilidad en el cuento. Ahí estaba la historia que él iba a contar. Las imágenes se la sugerían. Eso se ve en Las babas del diablo”.

Es precisamente el protagonista de ese cuento, el franco-chileno traductor y fotógrafo aficionado, Roberto Michel, un personaje inspirado en Chinolope. Él, con una extraña mezcla de orgullo y modestia a la vez, confiesa que “Lezama me dijo una vez que Cortázar narraba la vida de un fotógrafo y ese fotógrafo era yo”.

En las breves páginas de ese relato dejó escrito Cortázar el mejor alegato que pudo dedicar a los artistas del lente. “El fotógrafo opera siempre —confirman sus palabras— como una permutación de su manera personal de ver el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa (…) [porque] cuando se anda con la cámara hay como el deber de estar atento, de no perder ese brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla que vuelve con un pan o una botella de leche (…)”.

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