Cortázar forrado con papel alba

Nara Mansur Cao • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo fotográfico de Casa de las Américas
 

He leído a Julio Cortázar de forma intermitente, como casi todo, “una lectura que se interrumpe y prosigue cada cierto tiempo de manera reiterada”. Recuerdo a mi hermano Ulises trayendo a la casa El perseguidor y otros relatos, que su profesor de Electrotecnia, Félix Bonne Carcassés, le regaló con una hermosa dedicatoria. Mi hermano estudió Ingeniería mecánica con especialización en Refrigeración y climatización en la CUJAE y es un gran lector. Recuerdo esa lectura de El perseguidor… antes de los 20 años y creo que el contacto con Cortázar para mí ha sido siempre igual: la maravilla, la sorpresa, no parar de leer sus textos hasta el final, sentir al libro como algo de uno, algo propio (mi hermano lo había forrado con papel alba, el de hacer los dibujos o proyectos, que transparentaba la portada; sentía que los libros eran como otras libretas, con algo, con todo muy personal de uno puesto adentro).

Siempre leí las ediciones cubanas, recuerdo también textos como Historias de cronopios y famas, Bestiario y Rayuela. Cortázar es un escritor que te ofrece los mundos que habita y te lleva a vivir a esos lugares. Él es un mito como míticos son sus recorridos, sus ciudades, sus personajes, sus formas de observar y nombrar, de construir una idea de temporalidad, una idea de libro de gran solidez y belleza, una idea de lector. Y también están las fotos que le hicieron. Uno lo siente mito y persona frágil a un mismo tiempo y cada día siento que es más grande su provocación, su pertenencia al mundo. Porque el mundo de la literatura no le bastaba, no se refugiaba en él sino que lo tomaba como una casa más de su gran ruta de viajero y ciudadano del mundo. Recordemos que fue maestro normalista; hace poco descubrí Esencia y misión del maestro, que escribió a los 25 años, y me permito citar un fragmento:

Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo “cultura” ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era —y es, para muchos— llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre […] no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.

Para los que estudiamos dramaturgia y para todos los que nos interesamos en el modo de construir los textos y hemos ejercido la docencia, sus tesis y reflexiones sobre el cuento han sido fundamentales. Como su terminología sencilla, y a un mismo tiempo, metafórica, que establece un contacto tan directo y eficaz con el lector, con el tallerista, con el escritor en ciernes. Su voz es una de las voces que más recuerdo, es una voz familiar, cercana, enfática, más bien lenta, que arrastra la r, un poco afrancesada.

Empecé a escribir “¿Por qué hablamos de amor siempre?” ese sábado de 2012 en que llegaron a cortar los árboles enfrente del edificio donde vivo. Era un pequeño terreno muy estrecho lleno de un tipo de árboles que se llaman gomeros, y estuvo durante décadas sin construirse nada allí… en verdad nunca hubo nada construido ahí, quedaba como un espacio verde entre dos edificaciones. Esto es pleno centro de Buenos Aires, calle Perón al 2000 o como decimos los cubanos entre Junín y Ayacucho. En esta cuadra hay muchas casas antiguas que fueron demolidas para construir garajes (estacionamientos) que es una manera muy rápida y barata de sacarle dinero a un terreno; yo lo veo como lo más grosero del mercado inmobiliario. No se conservan fachadas, no hay leyes que obliguen a seguir determinadas patrones urbanísticos, entonces ese pequeño bosquecillo resulta que es comprado por el estacionamiento de al lado que quiso expandirse. Ahora lo que tenemos es un gran paredón con una pancarta publicitaria que va cambiando regularmente, por estos días hay una gran publicidad de culeros Huggies. Ese fue el disparador, tiré fotos con el celular mientras lloraba a moco tendido y llamaba por teléfono a mi marido que ya se había ido a Palomar a dar clases de batería. En verdad no sé si “cuento” algo en el texto. Me interesa cada vez menos leer un libro, ir al teatro, al cine, a ver una historia, no soy de las apasionadas por la hipnosis del relato —para decirlo en términos de Cortázar—, por el armado de sucesos y peripecias; creo que casi “me ofende” ese tipo de vínculo con “la obra” (risas), me hace sentir bastante estúpida convertirme en el lector o espectador detective que trata de descubrir qué va a pasar —casi siempre lo adivino enseguida además, un verdadero horror— … debe ser por tanta telenovela que consumí desde niña, y en las condiciones que la vemos en Cuba: sentada toda la familia frente a un único televisor, y después vienen “los foros” más desopilantes que se puedan imaginar: en la bodega, la escuela, las oficinas, la parada de la guagua… todos opinando, adivinando sobre cómo seguiría la historia, qué debería hacer cada uno de los personajes, uno de verdad atravesaba la pantalla y vivía dentro de esas ficciones… pienso que las telenovelas nos han convocado a los cubanos como a los griegos la tragedia… algo así.

Me gusta pensar en una idea de escritura o textualidad más que en literatura. En un tejido, una urdimbre, en que uno es un escritor multitareas y se puede aproximar a formatos diferentes, a crear vínculos distintos. Pero esto viene del teatro, de la dramaturgia. En “¿Por qué hablamos de amor siempre?” aparece una sucesión de preguntas que recorren el cuento y si hay una estructura o bastidor son las preguntas: quién soy, cómo hablar de las cosas que me importan, cómo hablar para crear determinados efectos, cómo armar los vínculos que me interesan, qué escribir para crear una participación del otro y no un quedarse quieto, cómo no bajar línea si uno está convencido de determinadas cosas, de algunas pocas al menos, cómo lidiar con los dogmas que nos han poseído —que nos han violado casi—, qué somos hoy capaces de exigir como ciudadanos, qué somos capaces de ver, podemos constituirnos de un modo suficientemente artístico en nuestras vidas, “qué cosas me motivan, qué cosas me empobrecen”. Uno y sus despojos.

¿Cuándo comencé a pensar en la reparación total de todo lo que tengo a mi alrededor? ¿Cuándo la restauración del comportamiento —el amor a toda prueba, la entrega total— fue el objetivo más importante de mi vida?

Que nada se eche a perder / que sea posible devolverles una segunda vida, quién sabe si más interesante, más hermosa / Nosotros los cubanos vamos a tener una segunda oportunidad.

Creo que en estos tiempos de seudo-comunicación necesitamos recrear nuestras relaciones con la vida y con el lenguaje. Las palabras han sido vaciadas y están por llenarse y cargarse en cualquier momento. Lo poético cada vez tiene que ver menos con la literatura, las fuerzas de su redención, de su eficacia, de su organicidad no se las confiere la literatura sino que están dadas por el vínculo que pueden establecer —físico, mental—, un vínculo libertario que nos permita imaginar y reflexionar. Introduzco en “¿Por qué hablamos de amor siempre?” fragmentos de “El saber curioso y el saber cruel”, un texto maravilloso del psicoanalista argentino Fernando Ulloa que entiendo complejiza lo que he ido exponiendo en el cuento.[1]

Pienso mucho en Cortázar y en otros artistas argentinos viviendo en Buenos Aires (por estos días me inspira Juana Bignozzi y desde hace un tiempo, Gonzalo Córdoba, el diseñador argentino-cubano, que dirigió la EMPROVA); la percepción varía cuando nos mudamos y estamos viviendo en sus predios. ¿Por dónde caminaría? ¿Qué pensaría de esto que está pasando ahora?

Él es un tipo de escritor que provoca en uno imitarlo como se imita a los héroes, a los grandes aventureros, a los que descubren mundos nuevos, a los que reinventan el amor. Por otro lado, está Delia preparando sus bombones de cucarachas, así que estamos rodeados, perseguidos por su imaginación infinita, sus zonas fantásticas y por el deseo de que la ideología sea una forma de la creación humana.

En estos años que he vivido en Argentina oigo a algunos escritores decir que Cortázar es una lectura de juventud y a otros no les gusta su posicionamiento político, ese poner el cuerpo y mostrar las contradicciones propias. Cada lugar tiene sus propios dogmas y prejuicios, su herencia de sangre y violencias. Es muy violento todo lo relacionado con la voz política del artista, del intelectual en estos tiempos, sigue siéndolo. Es un debate cada vez más encendido y necesario. Julio Cortázar no dejó dudas de quién era: su vida aparece claramente junto a sus ficciones. Su vida aparece claramente, se muestra, participa; escribir muy bien no es lo único que le interesa de la vida y lo dice. No fue ambiguo en cuanto a esto, no temió mostrarse, equivocarse, preguntar, exigir… eso me gusta mucho de él. Me siento absolutamente identificada con eso.
 

[1] Fragmento del texto que la autora escribiera especialmente para La Ventana, portal informativo de la Casa de las Américas, luego de ganar en el 2014 el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar con el relato “¿Por qué hablamos de amor siempre?”

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato