Mi tía la radio

Jorge Sariol • La Habana, Cuba
Foto del Autor
“¡Cómo cambian los tiempos, Venancio!
¿Qué te parece?
¿Qué te parece, Venancio?
¡Cómo cambian los tiempos!”

 

 

La radio formó parte de mi niñez.

Cada mañana al llegar a casa de mi abuela, al entrar por la puerta del comedor oía en la radio sonando una canción de Carlos Puebla…”De Cuba traigo un cantar...cantar de la nueva vida y del trabajo creador”a la vez que sonaba el pitazo del central Dos Ríos. La escena, diaria y cronometrada se completaba con mi abuelo parado bajo el dintel en el acto de mirar su reloj de bolsillo, como si el momento fuera la cosa más trascendental del mundo a esa ahora de la mañana.

Siempre tuve la duda de que lo que mi abuelo comprobaba no era la exactitud de su Morris, sino la puntualidad del pitazo del central, el rigor del horario del programa radial que tenía aquella canción de Puebla como portada.

No puedo recordar el nombre del programa ni de la emisora. Solo me queda de entonces los acordes de “…traigo un cantar de mi Cuba...de mi Cuba traigo un cantar…” y la nostalgia por aquellos años y el amor por la radio.

Imagen: La Jiribilla

Mi generación puede recordar etapas de su vida según la programación de las emisoras. Así como existe otro grupo etario que identifica momentos de su existencia por los muñequitos rusos y habrá quienes los relacione por los niveles superados con los juegos del PlayStation. Muchos pudiéramos recordar la primera pelea del quinto grado el mismo día que el guerrillero vietnamita Nguyen Sung derribó un helicóptero cobra de los yanquis, disparándole un flechazo al piloto al momento del despegue.

Así pasó con Tía Tata Cuenta Cuento hasta mi adolescencia con Tridimensional 70 de la juventud, un programa de pop-rock que trasmitía al mediodía CMKC Radio Revolución, en Santiago de Cuba y que podía competir con Nocturno de Progreso, Festival o Sorpresa por Radio Liberación.

De modo personal puedo recordar que gracias a la radio supe que había un escritor llamado Ramón Mesa, autor de una novela llamada Mi tío, el empleado.

Entonces, todas las noches —tampoco puedo recordar la fecha, la hora, la emisora o el nombre de los actores— escuchaba un dramatizado de la novela que tenía como opening del programa los acordes de la guaracha “¡Cómo cambian los tiempos!”, por Los Compadres, en la que el popular dúo relataban la vida de alguien que había “llegado a Cuba en alpargatas y con pantalones de pana”. Recuerdo una audición divertida y aleccionadora que me hizo luego buscar la novela y leerla —sin la presión y el desgano con que luego tuve que hacerlo en la universidad— y comparar la versión radial con la literaria y hallar más similitudes que diferencias.

Aprendí gracias a la lectura motivada por la radio. Todo sencillamente, porque lo disfrutaba. La radio era como alguien de la familia, como una tía buena que regalaba sueños sin costo alguno. 

Desconocía entonces quién era Luis Casas Romero, el músico cubano que con una modestísima planta con el indicativo 2LC fue el primero en Cuba en difundir música y lo que se considera como el primer boletín de noticias.

Hoy, como gente de radio y también como muchos cubanos prefiero celebrar cada 22 de agosto, fecha de la feliz iniciativa de Casas Romero, como el Día de la Radio Cubana y no la del 10 de octubre de ese año 1922, es decir 50 días después de la 2LC y que los anales de la radio mundial reconocen como el del estreno oficial. Ese día una planta con todos los hierros, propiedad de la Cuban Telephon Company, entre otras primicias radió en vivo y en directo un discurso, primero en español y luego en inglés del entonces presidente de la república mediatizada Alfredo Zayas.

La radio sigue siendo el mismo objeto mágico al que no todos le dan el valor que tiene, que se parece mucho a aquella 2LC de Casas Romero, aunque ya haya llegado el mundo digital y ahora… casi todo lo resuelva con un click.

Pero para sustos no se gana cada vez que la modernidad simbolizada por la computadora se marea y entonces ahí está el equipo de realización para salvar el bache.

Los oyentes no saben la cantidad de potenciales infartos que se frustran en cada emisión por la habilidad, el sentido práctico, la agilidad mental y el trabajo en colectivo.

Pero la audiencia no tiene porqué saberlo, y de hecho el quid de la cuestión, el triunfo de los verdaderos radialistas  es que el oyente nunca sepa qué hay detrás de este invento maravilloso que es la radio y de todas las circunstancias por las que atraviesa un grupo de seres humanos en la materialización de sus sueños y a pesar del Blu-ray.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato