Buscándote

Sheyla Valladares • La Habana, Cuba
Fotos: Archivo fotográfico de Casa de las Américas
 
(…)Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos (…)

¿Encontraría a Cortázar? Con esta interrogante como guiño a la búsqueda que propone el autor desde la primera línea de Rayuela, sus lectores convocamos, no ya al azar concurrente, sino al cúmulo de pistas que nos permitan rencontrarlo una y otra vez a la medida de nuestras necesidades. Con el deseo de que su hallazgo nos deje verificar las coordenadas vitales que demarcan nuestro territorio personal y nos identifica.

Desde el papel puede salir despierto uno que suponían muerto. Desde el mapa que dejó bosquejado con el recuento que de sí mismo pudo dar y el que otros fundaron sobre él puede levantarse su estatura enérgica y acompañarnos para siempre. Esta debiera ser la misión con que se confeccione todo el arsenal bibliográfico que queda detrás de un escritor como el creador del glíglico.

Imagen: La Jiribilla
Durante los días del Premio Casa en 1967
 

En la Casa de las Américas de La Habana se le dio la bienvenida a Cortázar cuando su nombre no había alcanzado las connotaciones que posteriormente suscitaría, cuando Rayuela era un parto reciente y la revolución cubana un suceso que todavía no alcanzaba su justo lugar en la cosmovisión del argentino. Pero desde ese primer reconocimiento se intuyó que todo lo que girara en torno a esta persona singularísima habría de ser atesorado con celo.

De ahí que entre toda la papelería reunida y organizada por los trabajadores de la biblioteca José Antonio Echevarría, nos cuenta su directora Arien González, se conserve la primera carta cruzada con Julio, cuando Manuel Galich, presidente de la Casa en 1963, lo invita a venir a Cuba como parte del jurado del Premio literario de ese año. Y bajo esta misma fórmula quedaron preservadas después  las que intercambiaría con otros presidentes como Haydée Santamaría y Roberto Retamar y varios trabajadores de la institución, entre ellos, Chiki Salsamendi y Marcia Leiseca. 

Una correspondencia cuyo contenido descubre los costados del escritor centenario, cuya silueta diluida en el tiempo recobra su forma,  pieza a pieza, y se le siente respirar como si volviéramos a escuchar su r afrancesada, como si lo hubiéramos escuchado ciertamente y no fuera solo el espejismo que provoca las facilidades de rescate y difusión que permiten las nuevas tecnologías de la información. 

Imagen: La Jiribilla
Con Chiki Salsamendi en el malecón habanero
Foto de Ernesto Fernández
 

La revista Casa de las Américas, de la que formó parte de su Consejo Editorial, también dio acogida a muchos textos originales de Julio, tanto sus misivas como sus trabajos sobre los temas que le preocupaban dentro del contexto universal y latinoamericano, esa zona del mundo a la que pertenecía por nacimiento pero de la que se reapropió con posterioridad tras su encuentro con el proceso revolucionario cubano.

Todo ello igualmente integra ese bagaje informativo, otra manera de aprehenderlo a partir de las posiciones que asume frente  a los desafíos de su tiempo, tanto literarios como sociales, de su actitud consecuente respecto a lo que creía justo y necesario, coordenadas que nos permiten ir situándolo en la memoria de lo que somos.

Otro componente esencial en la recuperación bibliográfica de la vida de Cortázar, lo que nos permite después convertirlo en carne, huesos y latidos, es la propia atención que él prestó en cuanto a dejar claras sus huellas  para no dar pie a posibles malentendidos o tergiversaciones.

En el caso cubano y ante la situación tan particular que vivía (vive) la Isla,  asediada por el bloqueo estadounidense cuyo impacto también afectaba el normal flujo editorial entre Cuba y otros países del mundo, se propuso hacer llegar a Casa ejemplares de sus libros y de otros autores que aquí se conocieran poco o le fueran solicitados; y al mismo tiempo servir de embajador de la literatura cubana en otros lugares del mundo, pues en sus maletas viajaron no pocos títulos de autores nacionales.

De esta manera ayudó a gestar su patrimonio, a hacerse presencia entre los lectores de esta Isla desde el primer día y para siempre, por lo que constantemente se interesó por la manera cómo eran leídos sus libros, por enviar los recortes de periódicos, cables, artículos de revistas;  todo ello material efímero y destinado a desaparecer  para que aquí se conservaran y él quedara resguardado del  probable olvido ante el que perecen tantos  hombres y sus afanes.

Una labor que Arien González no duda en calificar de inapreciable  pues ayudó a enriquecer el propio trabajo que en la biblioteca de Casa de las Américas se hacía desde los inicios de su relación con la institución y que hoy solo en lo referente a artículos de revistas se registran más de 600 documentos.  

Con esta misma idea donó a la Universidad de Poitiers su archivo personal, un material de inestimable valor al que se puede acceder libremente de manera digital y cuyo catálogo se busca integrar en estos momentos con el que se posee en los archivos cubanos de Casa de las Américas, en proceso de digitalización a su vez, y cuyo término será el más propicio homenaje que pueda hacérsele por sus cien años de sobrevida.

A la labor paciente de ubicación y organización de esta información se suma la digitalización de las referencias, una colección que consta de de centenares de documentos, gran parte de ellos maltratados por el tiempo, pero que son imprescindibles para completar el paisaje Cortázar.

Julio construyó una literatura a la medida de sus urgencias y de lo que él entendía que debía ser la búsqueda vital del hombre, ofreció pocas fórmulas, no así interrogantes. Nunca estuvo quieto en el lugar donde quizá pensábamos hallarlo, pero jugó limpio y dejó abiertos los extremos de su laberinto.

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