Alicia Perea

El piano y el magisterio, la vida

María Carla Gárciga • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Las llamadas telefónicas a Alicia se suceden una tras otra. Cerca de cuatro veces vimos interrumpida nuestra extensa conversación en su casa, donde se respira la música en cada rincón. Desde que se dio a conocer la noticia de su reconocimiento como Premio Nacional de Enseñanza Artística 2013, amigos, colegas, compañeros, pero sobre todo alumnos y exalumnos de cualquier rincón del país, evocan a la pedagoga y pianista. Los medios de comunicación y las redes sociales también se hacen eco. A través de Facebook, le transmiten comentarios de felicitación y agradecimiento miles de estudiantes y profesionales formados por ella, algunos de los cuales el paso del tiempo le impide recordar.

“Traté siempre de fomentar no solo la enseñanza musical sino también la ideológica y los valores humanos. Estoy muy conmovida, porque no he dejado de recibir llamadas de mis alumnos, que me propuse ayudar y hoy me lo agradecen desde todas partes del país. El mayor reconocimiento es ese: que los estudiantes se acuerden de mí y consideren que mi labor con ellos ha tenido frutos”.

La música y la pedagogía forman parte indisoluble de su existencia misma, y aunque no lo exprese directamente, ambas pueden notarse en la dulzura que transmite con su plática, en la melodía y cadencia de su voz, en cada consejo que regala desde su experiencia, y en el movimiento inconsciente de sus dedos, como si hablara a través del sonido de un piano.

“Yo no concibo la vida sin música, es parte de mí, no pudiera vivir sin ella. Además, no solo disfruto la música clásica sino toda la que tenga un sentido, un mensaje, calidad. Silvio Rodríguez es un genio que admiro y respeto extraordinariamente, y Chucho Valdés es otro de los grandes. En lo que respecta a la pedagogía, considero que un ser humano no está completo si no transmite lo que sabe. La enseñanza, más que una necesidad, es un deber de la especie humana. Creo que los mayores maestros que tenemos son José Martí y Fidel Castro”.

El piano: herencia y vocación

La vocación pianística estuvo presente en casa de Alicia desde sus ancestros. Su abuela la practicaba y se la inculcó a su mamá, quien, además de ejercer la enseñanza general, tenía un aula en la casa donde ofrecía clases de piano y solfeo. “Empecé a estudiar piano con siete años, y cuando cumplí 14 le propuse a mi mamá ayudarla, dando yo estas clases y ella las de solfeo”.

Dos años después, realizó su recital de graduación en el Conservatorio Peyrellade, al que asistieron Olga de Blanck y Gisela Hernández, directora y subdirectora respectivamente del conservatorio Hubert de Blanck. Tanto les impresionó la interpretación de la joven, que ambas gestionaron su incorporación al claustro de profesores de la escuela: “Ella domina la técnica del piano —apuntaron las directivas—, y además, no está permeada por métodos obsoletos o arcaicos, y nosotros queremos una persona así, que podamos formar como creadora con una serie de metodologías nuevas”.

De esa etapa en la que estuvo impartiendo clases en el conservatorio, Alicia recuerda que muchas familias adineradas preferían que el profesor fuera directamente a la casa a darles clases a sus hijos. “A mí me tocó una familia muy rica, cuya casa era lo que ahora es el centro cultural Dos gardenias. Las dos niñas me decían: ‘Profe, usted toca muy bien el piano, pero a nosotros lo que nos gusta es montar a caballo’. Y yo, con mis 18 años, me dije: ‘El mundo está al revés; el que tiene un piano y dinero para pagar las clases no tiene vocación, y cuánta gente hay con talento y sin dinero’. Esa injusticia social me golpeó desde muy jovencita”.

Con esos sucesos que marcaron sus primeros años de pedagoga, se mantuvo trabajando en el conservatorio Hubert de Blanck, hasta que, en 1959, se abre paso la Revolución Cubana.

La Escuela Nacional de Arte

El triunfo revolucionario cambió la vida laboral de Alicia. Recuerda que Fidel se le reveló tal cual, primero con la Campaña de Alfabetización, y luego a través de la creación de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en 1962, de la que fue fundadora y directora durante 16 años. “Lo más grande que he visto desde que nací es la creación de la ENA. Para mí fue la expresión de la justicia que ingresara a una enseñanza tan cara el que tuviera talento, fuera blanco o negro, rico o pobre, de cualquier lugar de Cuba. Nunca pensé que eso pudiera suceder. La ENA tiene una significación histórica, revolucionaria y cultural, porque se instituyó como la primera escuela nacional, el germen de lo que después sería el sistema de enseñanza artística.

Fidel dijo: ‘¡Que no se quede un talento sin desarrollar!’. Sentí un privilegio y un placer, y más que eso, el deber de contribuir como profesora de piano de la escuela. En esos momentos fundacionales, teníamos un reto: ¿quién ingresa?, entonces creamos una prueba por imitación de sonidos para apreciar no el conocimiento sino el oído melódico, rítmico y armónico de las personas. Fuimos por todo el país, creo que hice más de mil pruebas.

“Luego me convertí en miliciana, porque en el 62, durante la Crisis de Octubre, ya veía a los americanos entrando por la playa de Marianao y me dije: ‘Cojo una ametralladora y por lo menos mato tres o cuatro’. Me sentía la gallina con los pollos, porque los padres de esos niños no podían venir. Afortunadamente no pasó nada, pero fue un momento muy difícil”.

En 1966 promueven a Alicia como directora de la ENA, una labor que según confiesa, fue muy difícil, teniendo en cuenta la amplia matrícula de todo el país, la estancia permanente de los estudiantes en la escuela durante casi todo el año, la atención de la alimentación, la infraestructura y la seguridad, además de la labor propiamente docente. Pero, más allá de estos factores, lo más complicado fue abandonar casi por completo su carrera como pianista. “No me considero frustrada, aunque el piano es un amante celoso, porque cobra las infidelidades. A la larga te afecta cuando no estás de tres a cinco horas diarias tocándolo, como un profesional debe hacer”.

De esos años en los que estuvo dirigiendo la ENA, Alicia no quiere dejar escapar el reconocimiento de la ayuda del campo socialista, materializada en la cantidad y calidad de profesores que no solamente recibieron alumnos cubanos en los conservatorios de sus países sino que acudieron ellos mismos a enseñar en toda Cuba. “Fueron factores muy importantes para elevar la calidad y hacer que la enseñanza cubana se reconociera como una de las mejores del mundo. Tú caminabas por la ENA y te encontrabas con las grandes figuras de Cuba, que eran los profesores, más los extranjeros que vinieron y se unieron a la escuela por su cuenta”.

El piano una vez más: presente y futuro

El reencuentro con su amante, el piano, se produjo en 2001, cuando cesa su labor en la presidencia del Instituto Cubano de la Música, cargo que había ocupado por 11 años. Paradójicamente, fueron adversas las circunstancias que provocarían el retorno a la pianística. Producto de un glaucoma, Alicia perdió la visión del ojo izquierdo, y su mayor terror radicaba en que le sucediera también en el derecho. “Yo amo mucho la vida, pero ciega no quisiera vivir. Entonces, dije que no podía seguir frente al instituto, ya que aun con los dos ojos sanos y toda la salud del mundo, era un reto muy grande”.

Así, volvió a poner sus manos en el teclado musical. Trabaja hoy como pianista en el Centro Nacional de la Música de Concierto y ha grabado tres discos que reivindican clásicos de compositores cubanos, muchos de ellos relegados al olvido.

Esta labor de rescate la patentiza también con la música de concierto latinoamericana a través del espacio Nuestra América, los cuartos domingos de cada mes, a las 5:00 p.m., en la Casa del ALBA. “Allí se tocan las piezas de Villa-Lobos, de Brasil; Ponce, de México; Ginastera, de Argentina, Brouwer y Cervantes de Cuba, para que se difundan esos grandes valores latinoamericanos. No es solo Mozart, Beethoven, Haydn, sino también lo valioso de nuestro continente. Como intérpretes, tenemos el deber de tocar esos temas para que después se graben, se difundan, se expongan en películas”. 

Premio al arte y la pedagogía

Alicia compensa a su piano los años de ausencia dedicándole ahora la mayor parte de su tiempo. No obstante, se rehúsa a alejar por completo de su vida la enseñanza. Por ello está consciente de su situación actual y ofrece sus reflexiones al respecto.

“Indiscutiblemente, ha habido un éxodo de grandes figuras e intelectuales, cabezas pensantes y músicos de valía, pero he participado en la realización de audiciones de los proyectos artísticos en el Centro Nacional de la Música de Concierto y he visto jóvenes con mucho talento. Estuve este año en la graduación de la Escuela Nacional de Música y encontré un altísimo nivel, al igual que en los recientemente finalizados Concurso Internacional de Guitarra, Corahabana y Encuentro de Jóvenes Pianistas. Aunque el talento permanece, sí soy del criterio de que debe aprovecharse la experiencia de todo el que esté fuera y venga, dando clases magistrales o tocando”.

Otra cuestión preocupante para Alicia es el estado de los pianos, los accesorios y la base material de estudios en general, muy costosa a nivel mundial. De ahí que, al verse imposibilitado el país de afrontar dicha inversión en su totalidad, muchos instrumentos deben repararse en aras de garantizar la mayor calidad posible. “Sé que la enseñanza está consciente de esta problemática y se están tomando medidas para solucionarla”.

La entrega que aún mantiene hacia la música y la enseñanza le ha merecido no pocos reconocimientos en los dos ámbitos: la Medalla Alejo Carpentier, la Orden Juan Marinello, la Medalla Rafael María de Mendive, la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Raúl Gómez García y el Premio Especial Cubadisco por su CD Compositores cubanos para piano del siglo XX

A ellos se suma ahora el Premio Nacional de Enseñanza Artística 2013, que le será entregado en la provincia de Camagüey, el 3 de septiembre, en un acto por el inicio del curso escolar. “Allí voy a ofrecer un concierto a los muchachos en las escuelas de arte, donde conversaré con ellos acerca de lo que voy a interpretar, sus características, para situarlos en las obras”.

Sobre el significado de este último galardón en el plano personal y artístico, comenta: “Es un reconocimiento indiscutible que agradezco. Martí decía que el sol tiene manchas: los agradecidos ven la luz y los desagradecidos las manchas. A mí me conmocionó y emocionó, porque independientemente de que ahora estoy tocando, le he dedicado mi vida a la docencia, y que se me reconozca es un honor.

“Quisiera seguir apoyando a la enseñanza en el tiempo que me queda de vida. Quisiera también escribir sobre mis experiencias dentro de ella, porque creo que hace falta un poco de historia. Hay que escribir más de la ENA y de lo que ha hecho la Revolución por la cultura y la enseñanza artística y general”.

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