Cundo Bermúdez, ¿costumbrista?

Virginia Alberdi • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía del Museo Nacional de Bellas Artes y K&K
 

A un siglo de su nacimiento y con una obra legitimada por museos y colecciones, Cundo Bermúdez[1] (La Habana, 1914–Miami, 2008) se ha situado en una perspectiva desde la cual pueden apreciarse con mayor nitidez sus aportaciones.

Imagen: La Jiribilla

Una de las tareas de los historiadores del arte pasa por trascender la mera ubicación del artista dentro de la segunda promoción de la vanguardia cubana del siglo XX y valorar cómo su propuesta estilística dialoga tanto con sus compañeros de generación como con la propia evolución de la pintura en los años subsiguientes a su primera consagración.

Si tomamos como referencia de ese estatus la entrada de Cundo Bermúdez con los cuadros “El balcón” y “La barbería” en la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York, de la mano de una exposición canónica como lo fue la exposición de pintura cubana promovida por el curador de la institución Alfred H. Barr, observaremos dos rasgos que permanecerían visibles, de un modo u otro, en su producción: de una parte, el apego a temas vinculados con la realidad cotidiana de su entorno; de otra, la tensión entre la vocación figurativa y la necesidad de romper amarras con la retórica realista comúnmente asociada a esa filiación.

El primero de dichos rasgos introduce una noción que se ha reiterado en detrimento de la verdadera dimensión de la obra de Cundo Bermúdez: considerarlo como el pintor costumbrista, como si se tratara del Landaluze de la Escuela de La Habana. A esto contribuyó el juicio de Barr al presentarlo en Nueva York y decir que su obra era “humorísticamente arcaica, pero vigorosa y original con sus armonías de color metálico”. Fue evidente el impacto de Bermúdez en la percepción del curador, pero las alusiones a un deliberado humor y a un presunto arcaísmo limitan el sello estilístico del artista.  

Imagen: La Jiribilla
Dos niños, 1941
 

Si Bermúdez se asomó al barrio y sus personajes en la geografía habanera de la época en que vivió en Cuba, lo hizo más como un signo de pertenencia que como fijación ontológica. Su preocupación era y fue siempre más por la forma que por el tema, o mejor dicho, por la manera en que la forma, sin traicionar el tema, podía sugerir un nuevo contenido a los espectadores de sus cuadros.

Es una preocupación compartida por sus compañeros de generación. Sin embargo, a nadie se le ocurre apelar a los gallos de Mariano ni a los interiores del Cerro y las estampas del Carnaval de Portocarrero para calificar de costumbristas a estos dos grandes maestros de la pintura cubana. Tampoco debemos hacerlo con Cundo cuando apunta su mirada a músicos populares, a comadres de vecindad o a las suntuosas mujeres que pintó en su estancia puertorriqueña en los primeros años de su emigración o a las inquietantes figuras de “Club de señoritas”, realizado ya en Miami. Ya fuese inclinándose al abstraccionismo o al cubismo, al simbolismo o al realismo, oscilaciones estilísticas que caracterizaron su devenir, el desafío permanente de Bermúdez consistió en provocar miradas diferentes sobre asuntos tópicamente asumidos por las convenciones de una identidad.

Ello lo advirtió muy temprano Guy Pérez Cisneros, un año antes del suceso del artista en Nueva York: “Cundo ha llevado a lo agresivo las conquistas formales y de color de la nueva generación. Sin embargo, su estridencia agria y ácida es simpática. Como en friso medieval o indígena mexicano, sus personajes, individuos de una sola raza y de una sola forma, van recorriendo en su obra una robusta farándula, rica en simetrías, en paralelismos, en secretas rimas plásticas.

Y luego, en las postrimerías de la vida del artista, lo dijo de otra manera el pintor y crítico Aldo Menéndez: “Si miramos hacia la cubanía de sus hábitats, notaríamos cómo las geometrías estallan en barroquismo, creando un abigarramiento que sugiere un enrejado en el que lo esencial vuelve a ser el ritmo”.

Tanto Pérez Cisneros y Menéndez como Graziella Pogolotti, al reseñar la trayectoria de Bermúdez en 1965 —un texto que cité en la prensa cubana, a propósito de la exposición conmemorativa del centenario del artista, inaugurada en este verano del 2014 en el Museo Nacional de Bellas Artes, de La Habana— ofrecen pautas para una reinterpretación de los aportes de Cundo Bermúdez al desarrollo de un lenguaje pictórico original en la contemporaneidad cubana.



[1] Secundino Bermúdez y Delgado, CUNDO

 

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