Literatura

Primer acercamiento a la obra de Luisa Valenzuela

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba
Fotos: Tomada de Internet y Kike
 

La escritora Luisa Valenzuela, reconocida unánimemente por la crítica como una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana contemporánea, cuyos libros abordan temáticas tan complejas como los conflictos de género, la historia de su país, los misterios del lenguaje, y las consecuencias del empoderamiento masculino, es, además, una fiel amiga de Cuba. A la Casa de las Américas debemos la publicación de su novela Como en la guerra y la celebración dedicada a su figura en la Semana de Autor, en este caso, de Autora, en noviembre de 2001.

Imagen: La Jiribilla

Uno de los rasgos que caracteriza a esta narradora que no se cansa de clamar por un espacio digno para la mujer, es, sin duda, su incesante producción literaria. Es muy prolífica Luisa, que no prolija. No es redundancia sino abundancia, en su mejor sentido, la cualidad que la destaca, entre otras. Así, en un intento por acercarla (solo si es necesario) a nuestro público, diremos de ella que esta escritora, periodista durante largos años, trashumante y viajera, nació en Buenos Aires, Argentina, donde reside en la actualidad.

Sus libros han sido ampliamente traducidos y sus cuentos figuran en innumerables antologías internacionales. Es autora de las novelas Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Realidad nacional desde la cama, Novela negra con argentinos, La travesía, El mañana, Cuidado con el tigre y La máscara sarda, el profundo secreto de Perón. Sus volúmenes de cuentos hasta 1999 fueron reunidos en Cuentos completos y uno más (Editorial Alfaguara). Han aparecido desde entonces Tres por cinco y Generosos inconvenientes y cuatro volúmenes de microrrelatos. Es Doctora Honoris Causa de la Universidad de Knox, Illinois; Miembro Honorario de la American Academy of Arts and Sciences; Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Como resulta imposible en este espacio reseñar toda su obra narrativa, por no mencionar sus ensayos, me limitaré a comentar uno de sus cuentos: Una familia para Clotilde”,  y una de sus novelas: El Mañana. El cuento, perteneciente al libro Los heréticos, reunido en El placer rebelde (Fondo de Cultura Económica, 2007), se introduce en el mundo de la tradicionalidad femenina saltando barreras reales o imaginarias, hasta lograr la construcción de un código nuevo. O de uno viejo, pero ahora puesto en función de un objetivo puramente femenino. La irrupción de una extraña en calidad de alquilada (Clotilde), en un hogar donde conviven una ama de casa (Estela), su marido y su hijo, hace tambalear el supuesto equilibrio de relaciones que no por gastadas dejan de ser sólidas. Estas dos mujeres, Clotilde y Estela, violan cuanto obstáculo existe en términos de moralidad, para alcanzar en el caso de la primera, el puro placer sexual, y en el de la otra, la estabilidad de su hogar, amenazado por un derrumbe inminente. El esposo y el hijo de Estela comparten alternativamente el lecho de la recién llegada, entablando así una especie de sorda competencia que consiste en emular para saber quién resulta mejor en artes amatorias, cuál de los dos resultará seleccionado como el macho alfa de la manada. La mujer y madre de esos varones vegeta en un mar de tedios y de aburridos deberes, mientras finge no estar al tanto de las traiciones que se llevan a cabo frente a sus ojos. Clotilde, la puta (según la catalogan quienes se alternan entre sus piernas), domina la situación tan perfectamente como creen hacerlo los habituales portadores del placer: “El verdadero hombre allí era ella, que los manejaba a los dos como quería y los exacerbaba el uno contra el otro, o el uno a favor del otro según la inspiración del momento. Que ella era el verdadero hombre allí lo sabía muy bien”.

Por insistencia del hijo, Estela accede a conocer a Clotilde, sabiendo que se trata de un acto vengativo entre los rivales, padre e hijo. Surge entre las dos una complicidad no exenta de gozo, para horror y espanto de los machos, de repente desplazados: “Los dos atrapados en la misma trampa, acechando a las mujeres que están adentro dedicadas la una a la otra, sin siquiera pensar en salir”. Lo interesante de la solución es que no se trata de un descubrimiento del placer mediante vínculo lésbico por parte (al menos) de Estela, sino de un ardid casi sacrificial por parte de esa madre y esposa: “Estela, a quien nada le importa la contrición de Clotilde, sonríe porque sabe que al fin ha recuperado a sus hombres”. Excelente recurso narrativo este final, que Luisa Valenzuela utiliza como argumento para lo que realmente le interesa dejar bien claro: si los hombres saben crear trampas, las mujeres también.

Imagen: La Jiribilla

La novela El Mañana, por su parte, sube la parada en cuanto a ese universo poblado por damas siempre en constante acecho por parte del otro planeta, el masculino. Ahora mejor dibujadas ―en tanto profesionalmente activas―, 18 mujeres, específicamente narradoras, deciden encontrarse a bordo de un barco que surca las aguas de un río. Sin que lleguemos a conocer pormenores de ese evento literario (el encuentro pretende tener visos de congreso, de cónclave), un comando de hombres vestidos de negro asalta a El Mañana (nombre del navío), secuestra a las escritoras, y las confina a arresto domiciliario. Peor aún: el grupo de asalto condena a las mujeres al ninguneo, las desaparece del mundo público borrando sus fichas electrónicas, sus publicaciones, sus trabajos, y queda prohibido que se comuniquen entre ellas y con el exterior. Hay que tener en consideración que para un escritor, no existe peor castigo que el silencio, y es justamente esa mordaza la que usan los verdugos, multiplicando así la crueldad, ya que se trata de mujeres que han logrado salir del ostracismo ancestral. A partir de la implantación de ese castigo, una de las narradoras, Elisa Algañaraz, protagoniza una historia de amor gracias a la llegada a su celda de castigo (que es su propio apartamento) de un traductor israelí, Omer Katvani, quien a su vez cumple instrucciones de un hacker, enmaridado con una muchacha encantadora y ciega. Abundan en la novela las alusiones a la historia lejana de un país tan rico como Argentina, puntualmente encarnada en la figura de una legendaria batalladora, la esposa de Manuel Ascencio Padilla, Juana Azurduy. Elisa, la protagonista, se mimetiza con la guerrillera, cuya vida ha estudiado para un futuro libro que por decisión suya no acaba de germinar: “Basta ya de novelas históricas. Como si fuera lo único que podemos escribir las mujeres, no podemos hacer otra cosa más que resucitar heroínas, […] para sentir que pasado y presente son explicables y hasta razonables”. En las más de 370 páginas de El Mañana, una interrogante reiterativa funciona como detonante para las acciones: “¿Por qué?”, lo que puede traducirse no solo como motivo para el secuestro, sino para muchísimo más. Cuando de una forma que no delataré ―para no estropear el disfrute de esta novela― la escritora Elisa logra recuperar la libertad, ya es otra persona, ―incluso responde a otro nombre―, quien sale a enfrentar nuevos desafíos. Además de las múltiples reverencias que Valenzuela va rindiendo a lo largo de la narración (homenajes a Haroldo Conti, a Julio Cortázar, a Ricardo Güiraldes, al poeta indígena Nezahualcóyotl, a la ejemplar Juana Azurduy), es el cuestionamiento el tema que baña las peripecias que, con el tono de un suspense perfectamente elaborado, nos mantiene en vilo hasta el final. El contrapunteo entre lo dicho y lo callado (siempre en boca de mujeres), constituye el nudo principal que, incumpliendo las reglas de una obra policíaca, no encuentra solución que explique el motivo del secuestro, del castigo al cual son sometidas las mujeres que navegaban en aquel barco tan peculiar. No solo porque como dice la famosa canción, la respuesta está en el viento, sino, sobre todo, porque somos nosotros (as) quienes debemos encontrar la explicación lógica al misterio: “Si no existiera el silencio no habría posibilidad de palabra alguna. El silencio le dibuja a la palabra su contorno y viceversa. No fue lo que se dijo sino en lo silenciado que estribó el peligro. El dibujo exacto y ominoso de un vacío que se fue delineando en El Mañana con el correr de las palabras”. A la pregunta de ¿qué habrán dicho estas mujeres para desencadenar semejante represión? , no queda más opción que acatar la sabia reflexión que ofrece uno de los personajes más atractivos de la novela, El Viejo de los Siglos. Con sus palabras, cierro este primer acercamiento a la monumental obra de una de nuestras más lúcidas y valientes narradoras, de la cual queda muchísimo por explorar: “Lo dicho está siempre en relación directa con lo no dicho. Como un faro: destello y silencio”. Efectivamente, cuando de mujeres se trata, es mucho más profundo y doloroso lo que no decimos que aquellos balbuceos que logramos articular. Gracias a narradoras como Luisa Valenzuela, nuestros demonios salen a la luz, y allí se exponen, para que de una vez por todas, sea menor el acallamiento, y mayor nuestra expresividad, conscientes de las reprimendas que se nos vienen encima: “las escritoras (sentencia Elisa), abandonamos el sitio de la no-voz al que se nos había relegado, y si ahora estamos pagando las consecuencias, bienvenidas”.

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