Danza

Luces y sombras de un monte

Mayté Madruga Hernández • La Habana, Cuba
Fotos: Yuris Nórido
“El monte es sagrado porque en él residen, viven, las divinidades.
Los santos están más en el monte que en el cielo
El Monte

 

Adaptar, homenajear, o trasladar de un lenguaje artístico a otro siempre ha sido un trabajo difícil y hartamente juzgado. De los ejemplos más comunes actualmente se encuentra el paso de la literatura al cine. La diferencia de lenguajes impone una labor a los adaptadores compleja y muchas veces criticada por el público, quien espera erróneamente una traslación exacta en vez de la justa apropiación de códigos y esencias. Si esto sucede con el cine y la literatura, aún más difícil se vuelve hacerlo con la literatura y la danza. Una diferencia, aparentemente abismal, se impone entre ambos lenguajes artísticos, y siendo así, no queda otra alternativa que la de interpretar y extraer la esencia del producto “original” para la elaboración de una nueva    propuesta.

En tal sentido se encuentra el último estreno de Rosario Cárdenas y Danza Combinatoria. Tributo a El Monte es una pieza danzaria, que homenajea a Lydia Cabrera, a través de su máxima obra literaria, del mismo nombre. No le queda otra opción viable a la coreógrafa que intentar tomar las esencias e historias del texto para, a partir de ahí proponer una revisitación a Cabrera, a la vez que una creación completamente diferente. Es esa simbiosis que se produce cuando otorgas una ofrenda. Una muestra de homenaje y respeto, que va acompañada de una petición o agradecimiento secreto.

Imagen: La Jiribilla

El Monte literario, para diferenciarlo de su par coreográfico, constituye un texto colosal, no solo por el conocimiento que en él se encierra, sino por el sumo respeto que muestra la autora al tratar aristas de una cultura, un universo vasto, en ocasiones marginado, pero reivindicado oportunamente por intelectuales como la propia Cabrera, Fernando Ortiz y la investigadora Natalia Bolívar, por solo mencionar los pilares más reconocibles dentro del contexto cubano. Representa así el cosmos afrocubano una cultura tan magníficamente organizada y viva como lo es la griega o la egipcia.

Recopila Cabrera en su texto, historias, prácticas y modus vivendi de un grupo de personas que mantienen con fuerza un importante componente de la cultura nacional. Y lo hace a través de las voces de sus protagonistas y en la de ella propia, sin aparente sesgo mediador. Narra desde una interesante primera persona, solo cuando es necesario recordar que su investigación toma como base la oralidad de sus entrevistados.

¿Qué es el monte entonces? ¿Inicio, historia, lugar? Es el comienzo de un universo donde se encuentra gran parte de nuestra historia, es el centro de donde partimos para entender una visión.

Llega así, el monte a la danza

Es práctica común de la coreógrafa y creadora de la técnica combinatoria, rescatar a intelectuales que la historia ha olvidado. Así como sucediera en 1997 cuando Cárdenas llevó a la escena María Viván y con ella a Virgilio Piñera; ocurre en esta ocasión cuando la también bailarina, rescata a través de su pieza homenaje, a Lydia Cabrera, la cual, que a nadie le quepa duda, debe ocupar un lugar cimero en la historia cultural cubana.

Pasado este punto iniciático se adentra Cárdenas en recrear el universo que logra la antropóloga cubana con su texto, intentando aportar una actualización de la esencia del libro, con la intención de atraerlo a una época donde pudiera estar aparentemente olvidado. Y con el uso del vestuario, la música, así como con los personajes que utiliza en la coreografía no deja de proponer y decir cosas.

El primer elemento que destaca es la participación del DJ productor Iván Lejardi. Si bien en los más clásicos ballets, la orquesta sinfónica constituye un elemento fundamental en la puesta en escena, es interesante la propuesta de la coreógrafa para que asumamos esta figura musical como una orquesta, dado que en este siglo parecen ser los DJs productores músicos verdaderamente creativos, quienes a partir de la tecnología intentan reinventar el panorama musical hasta ahora reconocido. El diálogo respetuoso que se produce entre la creación musical del maestro Juan Piñera —músico reincidente en el trabajo con Danza Combinatoria— y Lejardi, pareciera ser una de las primeras propuestas de Cárdenas para la reactualización de El Monte de Lydia Cabrera.

Adentrados en el siglo XXI donde lenguaje y soportes tecnológicos se mezclan entre una supuestamente bien delimitada manifestación artística y otra, esta creación coreográfica también hace uso del audiovisual como elemento discursivo, el cual, en muchas ocasiones, contribuye a la recreación sensorial que intenta hacer Rosario Cárdenas de lo que vendría siendo el monte más físico, del más religioso. Sin embargo, la mezcla de luces en la escena conjuntamente con los bailarines, que en ocasiones, más que recrear en vivo el universo audiovisual que se proyecta lo entorpece, es un recurso del que se abusa y que en varios momentos no aporta nada.

Rosario Cárdenas se destaca en el panorama danzario cubano por provocar situaciones de cierta comicidad al jugar con historias y conocimientos ya sedimentados en el espectador cubano. Su monte no escapa de eso, lo utiliza como elemento importante en los patakines que recrea. También en estas pequeñas leyendas vuelve a proponer elementos importantes la coreógrafa, tales como el rejuego con roles de géneros establecido. Es por esto que resulta interesante su apropiación y recreación de un Elegguá interpretado por una mujer. Para nadie es un secreto que el cosmos religioso afrocubano es de un marcado corte machista, elemento que también expone Lydia Cabrera en su texto. El hecho de que Cárdenas le diera este papel a una bailarina pudiera ser una elección casual más que de construcción de sentido, pero al ver la inversión y el uso casi indefinido que hace del vestuario la coreógrafa, se refuerza la idea de que está proponiendo que pensemos en este tema.

Imagen: La Jiribilla

Establece la coreografía un paralelo singular entre lo sensorial y la construcción de historias en el monte, tal como lo hace Cabrera en su libro. Pretende Cárdenas trasladarnos el misticismo y en ocasiones miedo, que provoca la noche en el monte, lugar de espíritus; lugar donde los santos hacen de las suyas. Es el monte parábola de la cabeza como símbolo que aloja el pensamiento y los sentimientos, así como no siempre queremos estar en el monte, no siempre podemos tener todo en la cabeza. Esta idea que transmite la pieza pudo haber alcanzado un mayor desarrollo, mayor organicidad,  y conexión emocional con el público, el cual muchas veces intenta racionalmente construir sentidos, más que sentir y dejarse provocar.

Esta última intención hacia el final de la coreografía busca concretarse por caminos desacertados, al mostrarse un sinnúmero de elementos, que no logran articularse y aportar al hilo conductor que seguía la pieza. Se produce así una ruptura entre una primera parte del espectáculo y el homenaje a Lydia Cabrera adquiere alusiones forzadas y explícitas.

No abandona la coreografía la propuesta de ideas para lograr el  acercamiento de los más jóvenes a la obra de la intelectual, pero el vestuario recargado, entre lo moderno y lo carnavalesco, la utilización del espacio, más allá del escenario en el que un bailarín y se balancea con una soga, así como el hip hop interpretado de forma impostada por el resto de la compañía, más que incentivar el propósito de rescate de la obra homenajeada, corre el riesgo de banalizar su discurso y no porque los elementos utilizados lo sean, sino por una unión aparentemente apresurada.

Es El Monte un universo simbólico, más que físico, con muchísimas interpretaciones para aquel que se acerque a leerlo, constituye el respeto a una historia milenaria a la vez que a creencias cotidianas. En ese sentido resulta también Tributo a El Monte, nuestro homenaje a Lydia Cabrera, puesta coreográfica de Danza Combinatoria, que por momentos tuvo luces, y muchas sombras.

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