Pasión y lucidez de Cundo Bermúdez

Roberto Méndez Martínez • La Habana, Cuba

Pasión y lucidez es el título de la muestra del artista Cundo Bermúdez (1914-2008) que el Museo Nacional de Bellas Artes ofrece como homenaje por el centenario de su natalicio. Está conformada por 25 piezas, datadas entre 1941 y 1964, es decir, la etapa en que el creador alcanza una temprana madurez, se inserta en la vanguardia artística cubana y produce algunas de sus obras más memorables.

Imagen: La Jiribilla

El conjunto abre con el óleo sobre cartón “Dos niños”, creado en 1941. Es una de las piezas que Bermúdez expuso en el Lyceum en ese año y el primer cuadro que logró vender en su vida. El creador había hecho un reciente viaje a México para aprender los secretos del muralismo. Aunque tal género no llegó a seducirlo, pues prefirió para su obra el formato reducido de las piezas de caballete, se hace evidente que en su dibujo hay huellas notables de esta manifestación, como demuestran los amplios y reposados volúmenes de las dos figuras humanas que son el centro del cuadro. Es una impronta que marcó también a otros artistas cubanos como Mario Carreño, Mariano Rodríguez y Jorge Arche y de la que Cundo se alejó muy pronto.

“Pareja” (óleo sobre cartón, 1942) muestra ya al creador en plena evolución. Su dibujo es más libre y hay en la pieza una especie de horror al vacío que le hace rodear a las figuras humanas de volutas ornamentales a la manera de René Portocarrero.

En 1943, con motivo de la Exposición de Pintura y Escultura Moderna Cubana, organizada por José Gómez Sicre en la Institución Hispano Cubana de Cultura, David Alfaro Siqueiros escribe: "Cundo Bermúdez representa audacia en las artes plásticas. El sabe cómo construir de una manera sincronizada. Con tonos y primeros planos situados en profundidad pictórica, en contraposición, él construye y organiza, a veces de manera casi milagrosa. Yo creo que este artista ha tenido gran importancia en la gama cromática de la pintura moderna cubana".

En 1944 el pintor participa en la Exposición de Pintura Cubana en el Museo de Arte Moderno de New York, su director, Alfred Barr, dice de su obra que es "humorísticamente arcaica, pero vigorosa y original con sus armonías de color metálico". Dos de sus piezas arquetípicas de esos años: “La barbería” y “El balcón” entraron en la colección permanente del MoMA. Edwin Alden, de The New York Times, escribió sobre la segunda de ellas: "Este cuadro demuestra que el color, impulsado hasta un tono abrasador, puede, cuando se controla bien, lograr resultados importantes".

Bermúdez se está forjando una poética personal. Como varios de sus coetáneos ha aprendido las lecciones de Picasso, en su caso, particularmente del cubismo, pero a ello habría que agregar elementos del arte naif, asociados a la elección de asuntos que apuntan a una especie de costumbrismo de nuevo tipo. Su pupila se detiene en esquinas de barrio, en músicos que tocan para el baile, en vendedoras de pescado. El color tiene una particular función expresiva y otorga elocuencia a lo que parecía no rebasar lo cotidiano. Si su “Retrato de Julia Rodríguez Tomeu” todavía está en el ámbito de las búsquedas con su estatismo decorativo, un lustro después verán la luz esas piezas que muestran de modo definitivo una “manera Cundo”: “Quinteto” (1950), “Saltimbanquis” (1951), “Flautista” (1954), “Mujeres con peces” (1954).

Imagen: La Jiribilla
Quinteto, 1950
 

Para entonces ya el artista es un consagrado. Expone sucesivamente en San Francisco, Ciudad México, Buenos Aires, Estocolmo y Munich. El Museo de Arte Moderno de París acoge sus cuadros en 1951. Asiste en 1952 a la XXVI Bienal de Venecia junto a sus amigos y compatriotas Mario Carreño, Víctor Manuel, Luis Martínez Pedro, José Mijares, Felipe Orlando, Amelia Peláez, René Portocarrero y otros. Participa también en la de São Paulo en 1956 y, poco después, recibe un premio en la Exposición Internacional de Arte del Caribe.

Por esos años no puede sustraerse a una influencia tangencial del abstraccionismo, pero jamás sacrifica totalmente la figuración. La sensualidad de las formas, la cualidad musical del color siguen al servicio de un tema, siempre elevado a la categoría del mito, así lo demuestran: “Cuatro figuras” (tempera sobre cartulina, 1950), “Flautista y mujer” (acuarela sobre papel, 195) y “Cuatro músicos” (técnica mixta sobre papel, 195).

Hacia 1958 sus piezas parecen registrar un cambio en su temperatura. Adquieren tintes dramáticos. Lo interesante en que tal cosa no está asociada con la elección de nuevos asuntos, ni con el dibujo que persiste en su filiación cubista, sino en el empleo del color, con el que se ofrecen contrastes marcados hasta lo brutal. Así, en el “Interior con figura femenina y naturaleza muerta” (óleo sobre masonite, 1963) se establece un contrapunto entre la acogedora penumbra interior, donde la mujer parece custodiar el ambiente doméstico, la tradición familiar y de algún modo defenderla de la invasiva luz que viene del exterior, gracias al balcón que sirve de puente entre dos mundos. Todavía más audaz resulta su “Composición en amarillo” (óleo sobre cartón, 1964). Aquí el artista apuesta por otorgar a la pieza una calidez extremada en tanto el amarillo invade el total de la superficie. Es el sol de mediodía que castiga al ojo del espectador y apenas le permite divisar las formas generales de las figuras, privadas de detalles, diluidas en esa atmósfera de desierto, propicia a los espejismos.

Una de las piezas más atractivas de la muestra, es la que viene a cerrar el recorrido: “Músicos” (óleo sobre masonite, 1964), allí el pintor prefiere contrastar colores fríos y cálidos, como para traducir el ambiente y hasta la música que producen esos tocadores. La obra respira equilibrio, armonía, plenitud, nos hace asistir a un auténtico concierto de cámara, aunque la intuición nos diga que los ejecutantes interpretan en realidad un son.

En 1967 el artista salía de Cuba para establecerse en EE.UU., con un breve intervalo en Puerto Rico. Era el remate de una serie de desacuerdos dolorosos, de incomprensiones que nos privaron de su cercanía física. Mientras él confesaba en las entrevistas que en sus sueños se veía caminando por La Habana, en Cuba se le replicaba con el silencio en las exposiciones y en los libros de texto.

Imagen: La Jiribilla

Solo en los últimos años esta actitud iba a modificarse. En el nuevo montaje de las salas de Arte Cubano del Museo Nacional se incluyeron obras suyas. Una de sus piezas se colocó en 2008 en la muestra Cuba y el mar de esa misma institución. Apenas se conoció en la Isla la noticia de su muerte, La Jiribilla le dedicó un pequeño dossier. La muestra que comentamos es otra manera de integrarlo en nuestro panorama plástico, ese que sabemos hoy puede ofrecer su luz en una u otra orilla.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato