Entre nosotros otra vez, el pintor

Toni Piñera • La Habana, Cuba
Fotos: K & K

Qué bueno sumar, unir, reflexionar, abrir puertas (no cerrarlas) y, sobre todo, disfrutar la obra de todos los artistas cubanos. Porque al final es un orgullo poder contar con ellos, son parte nuestra, para el bien de todos…

Estos pensamientos vinieron a la mente cuando caminaba por la exposición Pasión y lucidez, que en homenaje al centenario de Cundo Bermúdez (La Habana, 3 de septiembre, 1914–Miami, 30 de octubre, 2008) ―uno de los grandes de la pintura nuestra―, se inauguró en una de las salas transitorias del Museo Nacional de Bellas Artes (Edificio de Arte Cubano). Hasta el 13 de octubre se podrá visitar la muestra, donde el espectador cubano podrá tener una visión del trabajo del artista en 25 cuadros (óleos/cartón, acuarelas, temperas, óleos/tela, tintas, gouaches…, firmados entre 1941 y 1964), su tiempo cubano. Y, a partir de esas creaciones conocer aún más acerca de la labor de este artista que afirmara siempre: “pintar es el bastón de mi vida. Vivo para pintar”. Pues, como refiere el curador de la excelente muestra, Roberto Cobas, en el catálogo: “fue un artista de extraordinaria fecundidad creativa, se mantuvo pintando hasta sus últimos días. Las enfermedades no pudieron quebrantarlo; no lo forzarían a abandonar los pinceles y los colores…”.

Imagen: La Jiribilla

Esa fuerza y pasión con la que trabajó toda su vida se hace patente, a cada paso por el recorrido. Delante de sus piezas, uno palpa hasta las venas de la creación; puede imaginarse cómo las fue pintando, porque hay en ellas algo vivo, de continuidad en el tiempo. Se puede sentir hasta el deslizar de los pinceles sobre las superficies, el bullir de los colores en la paleta, el latir del pintor en el instante de la creación… Sus obras son como imanes que atrapan. Es una cartografía personal. Uno pasea la vista por el campo creativo y sigue el curso de las líneas, las manchas, se pierde entre los objetos, respira la atmósfera de cada uno de ellos, y hace su historia. Se podría escribir un cuento de cada uno de sus cuadros. ¡Tenía tanta piel adentro! que se le escapaba entre las formas y colores, a partir de un vocabulario sencillo, pero inteligente, escueto y al mismo tiempo abarcador de zonas intrínsecas, adonde llegaba su sentimiento y capacidad de pintor. Lo aprendido en el camino tomaba cuerpo a cada paso. Por eso nos hacen guiños desde el cuadro, las huellas de diversas tendencias, la manera de trabajar, su hálito artístico. Todo vibra en cada rincón de sus obras. Hay que mirar sus trabajos con el corazón, recordando a Saint Exupéry…

Nos abrazaba en su cotidianeidad y allí encontró elementos que hizo suyos, a los que parecía añadir siempre su apellido: Bermúdez. Porque a partir que él lo insinuaba en la cartulina, tela, madera… le ponía un sello que nadie podía borrar.

Historias con óleos, acuarelas…

Ahí están, ante nosotros sus historias para desentrañarlas. Hay de misterio, lejanía, de palpitar bajo las capas de colores: algo que no dice, pero se intuye. Nos lleva a pasear por los campos cubanos y caribeños, inundados de agua y de palmas y vegetación verde (el de la esperanza, el suyo), nos acerca personajes heredados de su afición y amor al muralismo mexicano, como tantos otros artistas de la época que no pudieron estar al margen de una corriente que abrazó como una inmensa ola la creatividad de un tiempo. “Al principio tuve influencia mexicana, porque en el 38 estuve un año en México dibujando con Alfredo Lozano y Mariano, que también tenían esa influencia. Podrá uno después discrepar con ellos, pero tenían técnicos como David Alfaro Siqueiros… Me impresionaron también mucho las cosas de Rufino Tamayo…”, dijo en una ocasión.

Son seres robustos, delineados de una manera sensual como esa “Pescadora” que exhibe su “trofeo” del mar, completamente desnuda, portadora de una fuerza expresiva que baña toda la obra. Parece que habla. O la ternura desplegada en “Mujer con flor”, a pesar de las disonancias del dibujo, la inconmensurable medida de la mano en relación con otras partes de su cuerpo. Nada puede empañar el instinto de creación, el sentir del pintor. La manera en que ella mira la flor da valor al el cuadro…

"Cundo Bermúdez representa audacia en las artes plásticas. El sabe cómo construir de una manera sincronizada. Con tonos y primeros planos situados en profundidad pictórica, en contraposición, él construye y organiza, a veces de manera casi milagrosa. Yo creo que este artista ha tenido gran importancia en la gama cromática de la pintura moderna cubana". No por azar se expresó así David Alfaro Siqueiros luego de asistir a la inauguración de una Exposición de Pintura y Escultura Moderna Cubanas, abierta en la Institución Hispano Cubana de Cultura en La Habana (1943).

Imagen: La Jiribilla
Pescadora, 1944
 

Espacios mágicos y cubanos

En “Retrato de Julia Rodríguez Tomeu”, Cundo diseña a su manera, coloca los objetos donde él prefiere, ¡nos muestra tanto en tan breve espacio! Es como si hablara con pocas palabras, las precisas, desde sus pinceles. Nos presenta la figura, elegante, ataviada con blusa de rombos y circunferencias, manos cruzadas, mirada lejana, coronada por unos medios puntos por donde entra algo de la luz, esa que siempre buscó (en su vida y en su obra) “las cosas grises no me gustan. Será el sol lo que busco…”, solía decir. Hay vestigios de rejas ornamentales muy cubanas, y naturalezas muertas, mesas, y a lo lejos vestigios de la Catedral… El piso, los contrastes geométricos, las luces y las sombras ocupan posiciones en el lienzo que es un espacio mágico donde todo está en el lugar que quiere el artista. El sentido de dramaturgia del quehacer de Cundo Bermúdez lo atrapó el crítico de arte y poeta Ricardo Pau-Llosa quien señaló: “Desde que su obra surgió en el mundo artístico de La Habana a finales de los años 30, las imágenes de Bermúdez han estado arraigadas a aspectos teatrales como el personaje, la narrativa, el simbolismo y la escenografía. Si la Escuela de La Habana tiene un maestro dramaturgo entre sus pintores, este se llama Cundo Bermúdez”.

La música acampa en “Quinteto” donde afloran simpáticos personajes con flautas, tumbadoras, guitarras, violoncelo en forma de mujer que acarician unas manos, guayos… parece uno sentir el ritmo cubano, ese que viene y va en su quehacer pictórico, el que nunca abandonaría a pesar de la distancia, pues respiraba en una isla cercana (Puerto Rico) de la que sentenció: “esto es una parte de Cuba que no conozco…”. Sus dibujos son elaborados, abre detalles, enciende puntos, pero siempre con una constante: la figura humana.

Un amplio dominio de la composición, así como su fuerza, vitalidad y ternura sobresalen en sus creaciones, donde va aflorando desde los primeros instantes un lenguaje plástico renovado, caminando desde la misma dimensión que en aquellos momentos tomaban otros artistas cubanos que realizaban un arte nacional desde la universalidad.

Imagen: La Jiribilla
Retrato de Julia Rodríguez Tomeu, 1949
 

Sombras y recuerdos…

Llega el turno de “Saltimbanquis”, es un carnaval de formas y colorido, de movimiento y acción, juega con los cuerpos en disímiles posiciones, como deudores del arte circense. Su imaginación parece no tener fronteras ni barreras. Y se regodea tanto en ¡los diseños de vestuario! Los trajes únicos, personales, respiran desde lo cubano, de la foresta, los campos, de la luz tropical… Del cubismo hay rasgos en “Flautista”. Elementos geométricos superpuestos y contrastes de tonalidades surgen de esa pieza que semeja también un tótem con rasgos africanos…

Yacen ahí sus intenciones/experiencias/gustos… Tanto en temas como en importancia de la forma. La ejecución facetada de paisajes/figuras, los recursos utilizados para organizar el espacio, y hasta el intento para alcanzar una ciencia para la pintura, son rasgos visibles de su acercamiento o coqueteo con el cubismo. “Mujeres con peces” emergen de un fondo rojo. Ellas son verdes, y blancos los peces, una suerte también de cubismo realzado por sombras y manchas que transpiran geometría. La referencia a los modelos naturales no desaparecen, tan solo sufren una transformación simplificando las formas… (“Picasso fue un genio y fue imposible no tener un salpicado de él… Me vinculo con el cubismo, sobre todo, el que se desprende de Cézanne, de Matisse y Braque…”, expresó el artista en una entrevista). Son personajes o retratos que coloca de frente, uno al lado de otro, algo muy característico de él. En “Mujer desnuda con sombrero” descubre, con escasos recursos: unas pocas líneas y manchas de colores pastel, una fémina voluminosa, sentada. Son ¿sombras o recuerdos?, que cruzaron por su pensamiento en el momento de la creación…

“Interior sobre fondo rosa” es original. Una mujer está apoyada en una mesa decorada con adornos alargados, colocados a la perfección. El espacio lo inunda una “luz tenue”, rojiza, penumbra coloreada que denota soledad, un instante de reflexión, en el que exhala mucho sentimiento. Mientras que en “Interior con naturaleza muerta y figura sentada”, ya de los años 60, se respira un cierto ¿aire oriental? Muy perfecto, todo en su lugar. Destacan, en el fondo, elementos de vegetación pero realizado como los pintores japoneses (por las formas) como sombras en el espacio y escasos recursos… No faltan los contrastes de colores/formas en el piso ni la figura humana. “Composición en amarillo” es un regalo divino, de un día soleado… Un resplandor que ciega. No se pueden distinguir bien las imágenes, es como si el astro rey nos pegara de frente. Un extraordinario maestro de la luz. Si se observa por un tiempo no podríamos distinguir si es realidad o ficción…

“Los músicos” (1964) ponen punto final al recorrido. En un fondo oscuro resaltan manchas de amarillos, naranja y verde, que son los músicos y sus instrumentos. Una orquesta de luces y sombras que mueven brazos y piernas al compás de un contagioso ritmo. Son formas/tonalidades que Cundo esparce aquí y allá transfigurándose en una explosión de color matizando esas figuras tan suyas, inconfundibles, que llevan su marca.

Imagen: La Jiribilla
Los músicos, 1964
 

Las huellas de una larga carrera artística que comienza en 1930 cuando matricula en la Academia de San Alejandro donde estudiaría pintura durante dos años yacen en cada obra expuesta en Pasión y lucidez. Allí respira Cundo Bermúdez quien trae de la mano variados personajes que quizá un día encontró por el camino o retozaban en su imaginación desde experiencias vividas…, resaltan los interiores que con mano maestra y personal diseñó para recordar, algo que tocaron otros contemporáneos suyos en el tiempo, pero sumándole algo diferente, un extra que llega desde adentro; hay pausas de quietud, miradas tiernas y serenas, amor y mucha cubanía en el gesto, alegría en las composiciones y esperanza. El verde en el ambiente rural/natural, azul (del cielo y el mar) que nos rodea, y la gente, lo cubano que siempre respiró a pesar de las distancias.

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