Por un teatro para niños y jóvenes que ría y viva

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Termina la función. Se escuchan los aplausos. Son cumplidos que los artistas del teatro para niños y jóvenes no debiéramos tomar al pie de la letra en demasía, si no tan solo como la muestra efusiva y respetuosa del público hacia la faena cumplida, segmento final del trueque escénico entre el respetable infantil, adolescente o adulto y los teatreros.

Junto a los vítores artísticos se sienten  las risas; otro engañoso medidor en el que muchas veces confiamos, cuando necesitamos saber si nuestra propuesta dramática consiguió o no sus resultados.

Imagen: La Jiribilla

¿De qué ríen los pequeños en la sala? Es una cuestión que junto al enigma de los aplausos, tibios o encomiásticos, sigo atento tras cada representación vencida. Crear para los espectadores en ciernes, acompañados de sus mayores, profesores, asistentes escolares o en solitario, es una de las tareas más comprometedoras en el arte. Arrancar de ellos una sonrisa, se convierte en un sorteo de posibilidades que pasa por el acervo cultural personal, las diferentes edades,  el tono o género del montaje asumido.

Caminar algunas partes del mundo, me ha permitido apreciar direcciones disimiles a la hora de concebir el humor en el teatro, todas válidas en sus respectivos entornos. Cada quien ríe de una manera distinta, no hay una risa igual a otra, lo mismo sucede con el humor. En una región puede ser imprescindible en los teatristas para niños y jóvenes, al potenciar el nivel de adrenalina que precisan la creatividad y la imaginación, y en otra puede estar mal mirado, al considerarse que solo aporta una cuota de simpleza efusiva totalmente innecesaria. Lo he apreciado en otros escenarios mezclado con los grandes temas del ser humano. De una manera u otra, el humor está siempre presente. Por tanto, más allá de esos beneficios sicofísicos, analgésicos, estimulantes y oxigenantes que produce reír a mandíbula batiente, debemos convenir en que el humor posee algo especial.

Personalmente, apuesto por ese controvertido género;  lo cual no quiere decir que recurra a él en mi creación, a toda hora y en todo momento. Los espacios de risa en el teatro solo cumplen su papel, cuando son verdaderamente necesarios. Son excelentes catalizadores de situaciones extremas, ocurran en un drama, una tragedia o una comedia.

Imagen: La Jiribilla

Soy cubano. Los nacidos en islas somos humoristas congénitos. Ya sea por las diversas consecuencias geográficas, culturales y sociales que nos han hecho hacer de la risa un antídoto fiel, o por una disposición genética para reír como vía para exorcizar cualquier angustia o pesar. En Cuba tenemos un teatro que incluye el humor como precisa alternativa mezclada con lo artístico y también ese tipo de teatro que toma el sendero del humor trivial como única meta para armonizar con el público que asiste a un parque o a una sala. El resultado final del segundo es un concierto de risas tontas, vacías, consecuencias del escarnio inútil a nuestros semejantes, que más se parecen a muecas castradoras del pensamiento, que a esa imprescindible contracción sonora que nos hace segregar endorfinas como sedantes naturales del cerebro.

No hay nada más hermoso que cuando un niño o una niña ríe. Ese alborozo parece cubrir el cielo con una sábana cantarina y feliz. Aún no los ha carcomido el pesimismo, la desidia, el sufrimiento. No  tienen conciencia ni sentido del ridículo, de la frustración. No hay derecho a abusar de la inocencia de un pequeño que no se vale de sátiras e  ironías  para enjuiciar la vida cotidiana, que vive ajeno todavía al poder del sarcasmo violento y agresivo.

¿Es fácil hacer reír a un niño? Sí. Una estruendosa e inesperada caída, un tropiezo sorpresivo del pie con una piedra del camino, puede hacerlos lubricar sus ojos, nariz y  oídos con el saludable resultado de una buena risotada. Son sensibles al reino de las palabras, a las situaciones esperpénticas y los  caracteres humanos estrambóticos.  Agradecen un teatro que ría y viva, que estimule la felicidad, esa palabra tan utilizada como maltratada por lo peor de nuestras huestes artísticas y sociales.

Hagamos un teatro que dé acceso a la alegría como símbolo de auténtica diversión, no de fatuidad o crueldad infantil y adolescente. Siempre será mejor reír que estimular la rabia, el miedo o la ansiedad. Reír sin despreciar negativamente, sin subvalorar al otro o rechazarlo por su posible diferencia, puede no solo conseguir una risa limpia,  sino también inteligente. La burla no es risa, es discriminación de algo o de alguien. Hacer reír no debiera ser nunca un ejercicio legal para ofender.

Imagen: La Jiribilla

Ya habrá tiempo para el humor adulto, mordaz y sardónico. No niego la existencia de mil y un caminos para reír a plenitud, pero para hacer reír a los niños, considero que debemos insistir en la calidad del desempeño de nuestros actores, en el desarrollo de su gracia verdadera y transparente. La efectividad de la música y la plástica. Abogar por un texto que vaya de la magia a la poesía, sin falsos e innecesarios vericuetos seudointelectuales. Tras los aplausos finales y las risas, he ahí para mí, la mayor contienda a vencer entre el teatro para niños y jóvenes y el humor.

 

Ponencia leída por el autor en la segunda sesión del 1er Congreso Iberoamericano de Teatro Infantil y Juvenil celebrado en México del 1 al 2 de septiembre del presente año. Teatro de Las Estaciones, la compañía escénica que dirige, participó en la muestra de espectáculos con la puesta en escena Una niña con alas (paseo escénico por la poesía para niños de Dora Alonso).

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