Alcanfor

   Cuando entré, el compartimiento estaba vacío, lo que me hizo pensar que era un tipo con suerte. Una suerte relativa, claro, sin exageraciones: había subido a un tren de medianoche, incómodo y lento —o más bien incómodo por lento, morosidad que más tarde llegaría a convertirse en una conveniencia—, pagando una cantidad casi similar a la del expreso diurno. Pero nunca controlan documentos en la madrugada, y eso lo sabía. Lo mejor, en todo caso, estaba en que viajaría tranquilo, sin nadie saltando continuamente por encima de mis piernas para ir al baño.

    Necesitaba esa tranquilidad y ese intervalo para descansar, unas buenas ocho horas de viaje y de letargo. Los últimos días en Barcelona, con despedida incluida que llegó hasta el mismo andén de Sants, me habían dejado en un estado que bien podría llamar lamentable, y de no reposar llegaría a Madrid a la mañana siguiente, lugar y momento de definiciones, convertido en una desagradable goma pastosa. Por lo que aquellas horas de sueño me vendrían bien. Muy bien. Dormir. Necesitaba dormir.

    Para esa noche estaba anunciada una lluvia de estrellas, las Leónidas, el más importante acontecimiento de su tipo en el siglo que estaba por terminar. Un espectáculo único que solo volvería a repetirse cincuenta y seis años después. Tanto el reposo como la contemplación eran tentaciones muy fuertes, y ambas luchaban por la supremacía sobre mi cuerpo molido. Yo no decidiría nada, dejando que una de ellas se impusiera. Y como también podía darme el lujo de elegir, ocupé un asiento junto a la ventanilla: tal vez la curiosidad sideral triunfara sobre la demanda física. De cualquier manera, siempre me han gustado las ventanillas, aunque viaje de noche.

      Cinco minutos después de la partida, atravesando aún L’Hospitalet, se abrió la puerta del compartimiento y entraron dos jóvenes. Él se sentó a mi lado, ella frente a mí, al otro extremo del cristal; Eva, Hugo. Mucho gusto. Unos minutos más tarde entró Valerio. Venía, al parecer, del coche-restauran, donde había comprado una botella de agua mineral y dos paquetes de cigarrillos negros.  

    (Primera acotación: Un detalle como este —el de los cigarros negros— resultaba interesante, al menos para mí, en esa circunstancia: yo venía del Caribe, de un lugar famoso por su hoja de tabaco, donde casi toda la masa fumadora aspira negros, y eso, estando lejos, inspira confianza, una extraña fraternidad).

    Pidió permiso para colocar su equipaje en la parte superior de su asiento, junto al de Eva. Pidió permiso para fumar: nadie tenía inconvenientes. Una cortesía preocupante, por contagiosa. Compartimento lleno. Adiós ilusión, anhelo de reposo.

   Inclinados hacia adelante, Hugo y Eva conversaban en voz baja, sus caras a un centímetro de distancia, jugando al cíclope. Por muy cansado que esté, no me puedo dormir antes de las dos de la madrugada, vocación de vigilante nocturno decía mi madre. Tampoco poseo una clara propensión a ceder mi lugar en un transporte público, sobre todo si está junto a una ventanilla. Susurren transversal, si quieren, yo voy a leer hasta que llegue el sueño.

   El tren avanzaba lentamente traqueteando. "La caja entera rechinaba con sordos crujidos…". A mi amigo Emilio G.M. le gustaba paladear esta frase cada vez que viajaba en un almendrón por las calles de La Habana. La recordé en el mismo instante en que, al inclinarme sobre mi equipaje, alcé mis ojos con discreción para observar el perfil de Eva. Y esa frase y ese rostro despertaron otra, del mismo relato, donde ella, pese a ser "…de estatura pequeña, mantecosa, galante, con las manos abotagadas y los dedos estrangulados en las falanges —como rosarios de salchichas diminutas—, no dejaba sin embargo de resultar apetitosa, de tal modo complacía su frescura. Su rostro era como una manzana colorada, como un capullo de amapola en el momento de reventar, y en él se abrían, en lo alto, sus ojos negros, magníficos, velados por grandes pestañas; debajo, una boca provocativa, pequeña, húmeda al beso, con unos dientecitos apretados, resplandecientes de blancura". La descripción de la inmolada meretriz encajaba perfectamente con la muchacha sentada frente a mí. En tanto, nuestro coche de seis caballos avanzaba en la noche, moroso y tranquilo, y yo con él y mi salvoconducto caducado. Revolví en la bolsa, que había metido debajo del asiento, y saqué un libro, el primero que mi mano tocó: Historia de las drogas, tomo II, de Escohotado. Lo abrí al azar y comencé a leer.

   Es cierto eso de que uno sabe cuándo lo están mirando. Se siente. Alcé la vista y vi las miradas de Hugo y Valerio, que me observaban a mí y a la cubierta del libro, alternativamente, como buscando una correspondencia entre ambos. Dos caras curiosas, primero, que luego se fueron transformando en rostros donde podía adivinar cierta complicidad.

    —¿Te interesa el tema?— preguntó entonces Hugo, y sus ojos solicitaban el apoyo de su compañera mientras señalaba la tapa del libro. Yo asentí, indiferente, pero ellos, al parecer, no percibieron —no querían percibir— la displicencia que seguramente en ese momento acompañó mi gesto. Actitud, sin embargo, que pareció operar como la señal esperada. Eva se levantó de un salto, tiró su mochila al piso del vagón y sacó de ella un puñado de revistas enrolladas con una liga, que desplegó ante mí y la mirada cómplice y satisfecha de Hugo. Cáñamo. Muy persuasivo, a juzgar por el nombre y las portadas, donde la misma matita parecía repetirse en diferentes variaciones, siempre con alguien orgulloso y sonriente al lado. Seis o siete números, todos de fechas relativamente recientes. “Esta revista es la hostia, aquí puedes encontrar cualquier cosa que te interese. Mira esta..., te la puedo dejar…” Mademoiselle Rousset a mis pies. Ambas compartiendo sus tesoros, aquella su comida y ésta sus revistas, a cien años una de otra con idéntico desenfado.

    Me pregunté enseguida qué les podría hacer pensar que a mí me interesaban sus revistas. Era una lógica deductiva muy elemental; igual hubiesen podido tirar fuera varios ejemplares del National Geografic dedicados a las ballenas si me hubiesen visto leyendo Moby Dick. La caravana de vagones atravesaba ahora la periferia de la ciudad. Mis papeles no estaban en regla y yo no sabía quienes eran ellos. Las luces que llegaban del exterior fueron desapareciendo, hasta convertirse en esporádicos flashazos de resplandor, acompañados por el bamboleo de la carroza a treinta kilómetros por hora, no más. Todo hacía suponer que sería un largo viaje.

   Pensé que tal vez de un momento a otro apagarían las luces centrales de los vagones. Sin ser descortés, esto me permitiría refugiarme tras el leve haz de la bombilla personal, que caería sobre mi libro como un cenital aislante de cualquier intromisión exterior. Hugo continuó repasando las revistas, en su intento por llamar mi atención sobre algunos pormenores de su interés, mientras Eva asentía silenciosa y sonriente. Su énfasis, sin embargo, lejos de ser pedante, tenía un toque de gracia natural. Cerré mi libro y me mostré interesado. Tal vez así, mancomunados los tres en una alianza antiprohibicionista, agotaríamos con mayor rapidez los contenidos de la graciosa y colorida publicación, y yo podría dedicarme a la tranquila contemplación de la nada oscura a través de la ventanilla, pegando mi cara allí con una extraña mueca que mis compañeros de viaje verían refractada en el cristal.

 —Perdón...
     La voz llegó desde el otro extremo del vagón. Sentado junto a la puerta, Valerio se había mantenido en silencio desde la partida del tren, fumando un Gauloises detrás de otro y observando la escena con una leve sonrisa entre los labios, un rictus mal disimulado de amable contubernio. “Puedo contribuir a la causa”, concluyó, luego de carraspear un poco y escupir, puro alquitrán y nicotina antigua, sobre el linóleo del piso.

   —No me vayan a interpretar mal —prosiguió, mientras abría la mochila que llevaba sobre el pecho y sacaba de allí una especie de funda blanca amarrada con un elástico en la parte superior—, creo que hablamos un lenguaje común. Le pidió a Eva una de las Cáñamo, la colocó sobre sus piernas y desparramó sobre ella el contenido de la bolsa. Yo salté en mi asiento, pero nadie pareció darse cuenta de esta reacción.

    (Segunda acotación: reacción lógica, tratándose de alguien que viene de un lugar del Caribe donde, además de famoso por su hoja de tabaco (sic), un suceso como este, cito, más que confianza o una extraña fraternidad, inspira terror: si un simple cigarrito en tu bolsillo puede costar hasta dos años de cárcel, aquella cantidad equivalía a cadena perpetua. Recordemos, además, el estigma de "ilegalidad" que me abrumaba por mi permiso de soggiorno caducado. Me ericé de sólo pensar que de repente irrumpiera en aquél vagón un tropel de agentes uniformados, o incluso de paisano aunque inconfundibles en su operativo antinarcóticos, haciéndome cómplice, trocando mi estatus levemente transgresivo por una gruesa figura delictiva).

   No era necesario ser un entendido para deducir que allí habría, al menos, unas tres onzas de marihuana, si no más. Hugo y Eva abrieron los ojos como dos niños ante una bandeja de merengue.

 —Jamaicana. Yo invito.

   El latigazo de resina pura impregnó el aire ya enrarecido y caliente del vagón. Sentí una cosquilla en las aletas nasales, el tufillo o el aroma conocido y característico de algunos antros del Barrio Gótico donde solía terminar mis madrugadas durante estos últimos meses, de ciertas calles oscuras del Vedado algunos años atrás, de alguna noche remota de la adolescencia. La iluminación del compartimento se había atenuado, efecto que sólo noté al contemplar el tono azul pálido del hilo de humo que escapaba de entre los dedos de Valerio.Estiró los brazos y pasó la revista con la bolsa blanca a Eva, que la recibió con la misma delicadeza y entusiasmo de quien acoge entre sus manos un ramo de tulipanes negros, para luego dejarlo reposar con similar afectación sobre sus piernas. Sus ojos, desmesurados —negros, magníficos, velados por grandes pestañas…— miraron a Hugo, después a mí; no es frecuente toparse convites tan generosos, parecían decir: en los encuentros fortuitos de este género, la solidaridad no suele ir más allá de un par de rondas, tal vez tres según la bizarría del canuto, y luego, con suerte, esperar una próxima tanda, invocar el espíritu dadivoso del proveedor. Valerio hizo una seña para que nos sirviéramos.

    Fue un momento difícil para mí. Quiero decir, me resultaba engorroso explicarles, con un  libro de Escohotado en las manos, mi incapacidad para enrollar uno de aquellos, mi falta de práctica, mi segura torpeza comparada con la agilidad, la alegría y la destreza con que ellos comenzaron a trenzar sus cañoncitos de celofán. Engorroso y lamentable. Mi interés en el tema y mi aire de entendido quedarían reducidos a simple charlatanería; podría, incluso, despertar en ellos alguna sospecha.

    (Tercera acotación: esto último es algo que suele ocurrir con frecuencia cuando uno ha vivido toda su vida en la tierra del mejor tabaco del mundo: el súbito asalto de la paranoia en un contexto y una circunstancia que no justifican tal reacción).

   Pero fue una ansiedad pasajera, pues la generosidad de la Rousset resultó mayor —y más oportuna— que mí mezquindad y mi egoísmo con la ventanilla un rato antes, al ofrecerme uno de sus tres cigarrillos liados como por encanto. El obstáculo más importante, pues, estaba salvado; para el acto inmediato, el de fumar propiamente, estaría protegido por la agradable penumbra que ahora matizaba nuestro compartimento, encargada de atenuar mi poca resistencia para retener el humo en los pulmones y la tornasolada modificación de mis ojos.

   El tren avanzaba lentamente en la madrugada, se movía con letargo en su profundidad, aunque ninguno de los cuatro pasajeros de aquél vagón parecían preocuparse por la parsimoniosa cadencia de los coches. Se movía, podría decirse, con un tempo similar al de nuestra conversación, tranquila y resignada. En la parte superior del portaequipajes, Valerio había descubierto unos botones que servían para regular la luz, y propuso atemperarla un poco más, armonizar la penumbra interior con el matiz de la noche afuera, y de cuya gradación se ocupaba el ancho cristal de la ventanilla.

   —Hoy ha sido un día largo para mí —dijo cuando volvió a sentarse junto a Eva. Un día largo e intenso, y el de mañana lo será aún más.

 “También para mí”, pensé.

   —¿Y por qué, si se puede saber? —preguntó ella, poniendo su mano izquierda sobre el muslo de Valerio.

   Instintivamente miré a Hugo pero este no pareció darle importancia al impulso de su compañera. La contemplaba, simplemente, como había hecho casi todo el tiempo hasta ese momento; la contemplaba con arrobo, con adoración me atrevería a decir, actitud que solo interrumpía para inclinarse hacia adelante y susurrar algo en su oído, algo que siempre provocaba la risa callada de la otra. Un rato antes, Valerio le había propuesto cambiar de asientos, pero él había respondido que prefería observar directamente el rostro de su amada, no atisbarla de perfil.

   —Hay una muestra bastante completa del Bosco en el Prado, no sé si ya lo saben.

   —Ah, eres artista —expresó Eva como quien ofrece una disculpa.

   —No, simplemente me gusta la pintura. Y la del Bosco, en particular, me… gusta mucho. No estoy seguro que gustar sea la palabra adecuada —precisó Valerio luego de un instante de duda—, pero hay algo en su manera de ver el mundo que siempre me ha llamado la atención, como un…,  un desconcierto que me hace bien. No sé si me entiendes…

   —El jardín de las delicias… —murmuró Hugo.

   —No —respondió ella—. Ni tampoco conozco al tal Bosco, pero eso no importa ahora. Lo que importa es que ya sé que ese pintor está en mi ciudad, y que puedo llegarme hasta allí si quiero conocerlo. Luego hizo una pausa, miró a Valerio, y añadió:

  —Sí, iré. Es posible que mañana mismo.

   —No, no irás —dijo Hugo. Pero tal vez quería decir "no, no lo conocerás".

   —Con nuestro caro Valerio en el museo, la fuma estará garantizada. Y contemplar esos cuadros bajo un efecto adicional puede hacer más interesante la visita y la percepción—, dije, intentando mitigar algún indicio de tensión, cualquiera que esta fuese.

     Valerio vino a sentarse en el espacio que quedaba entre los pies de Eva y los míos. Haciendo pantalla con las dos manos a ambos lados de la cabeza, pegó la cara al cristal de la ventanilla, y así estuvo un par de minutos en silencio, mirando la noche. Luego se viró hacia mí y dijo:

   —Estamos llegando a Calabuch

    Cuando me pasó el cigarro que atenazaba entre los dedos, pude ver sus ojos muy abiertos y una sonrisa que parecía cubrirle todo el rostro. Luego miró su reloj, y volvió a pegar la cara al cristal empañado.
    —Aunque sean las tres y media de la madrugada y no haya un alma en ese andén, debían hacer una parada en este pueblucho, una parada simbólica, digamos, como un homenaje. Eso sería bonito.

    —¿Y por qué debería parar aquí a las tres de la madrugada? —preguntó Eva, tímidamente, mirando de soslayo a su novio.

   —Porque aquí nació Buñuel, querida. Sólo por eso.

   (Tercera acotación: recuerdo que en ese momento intenté bromear a propósito de los innumerables homenajes que en cada viaje realizan –o perpetran– con todo rigor los trenes de mi país, peculiaridad que los distingue y que, de acoger la sugerencia de Valerio, haría de nuestro sistema ferroviario uno de los más respetuosos y cultos del mundo. "No es por azar, sino para dar testimonio/que nacemos en un lugar y no en otro", dijo en alguna ocasión Eliseo Diego. Pero, como Bartleby, preferí no hacerlo, pues, como —a su vez— diría Baudelaire, "el verdadero héroe es el que se divierte solo". En última instancia, también, explicar todo esto podría parecer un poco pedante…)

   Una hilera de luces intermitentes corrió de un lado al otro de la ventanilla, indicio de que pasábamos por un lugar habitado, una sucesión que amalgamaba destellos de alumbrado público con parcas iluminaciones interiores. Nuestro homenaje, entonces, instintivo y modesto homenaje de viajeros insomnes, consistió en pegar nuestras narices al cristal en el mismo momento en que el tren pasaba trepidando frente al desolado andén de Calabuch. En ese instante imaginé que una cuchilla gigantesca abría de un tajo nuestros globos oculares, los vaciaba con una incisión fría y perfecta, esparciendo una masa pegajosa de nervios temblorosos, de viscosas secreciones sobre la hoja de acero. Creí sentir la gélida incisión sobre la córnea, el filo punzante que saja el ojo con minuciosa y elegante precisión.

    Aparté la cara del cristal. Mi reacción fue pasar la mano sobre la superficie, un fregado circular y enérgico, intentando despejar la impresión y la nube que el humo y el vaho habían formado sobre él, una neblina que apenas dejaba mirar hacia afuera. Al caer sobre mi asiento, un destello de luz atravesó el redondel de área limpia. En ese momento recordé el pronóstico para esa noche sobre los objetos luminosos en el cielo. "Las Leónidas", murmuré, pero ninguno de ellos pareció escucharme; se miraban entre sí y se reían, pegados al cristal, observando nada, se reían simplemente y de nada, pues salvo el orificio abierto por mí en la niebla, todo el resto seguía cubierto por la nata blanca de la bruma. Y pasado Calabuch, afuera solo había oscuridad tangible.

   "Los tres se lanzaban miradas rápidas y amistosas. Aunque eran de condición diferente, los hermanaba el narcótico porque pertenecían los tres a esa francmasonería de los toxicómanos…", solo que ahora, en vez de hacer sonar el oro, palpan el éxtasis al meter las manos en los bolsillos de sus pantalones. Eso pensé, entonces. He puesto narcótico donde debía decir "dinero", y toxicómanos en lugar de "pudientes" porque, desde mi punto de vista —ofuscado, confuso, fabulado—–, la situación se me antojaba —comenzaba a parecerme— muy similar a aquella, a la que antes brevemente me he referido, aunque ningún caballo tirara de esta diligencia. Soy incorregible: una vez que mi cabeza se dispara, no deja de hacer asociaciones entre ficción y realidad, entre literatura y existencia, y su relación con mis circunstancias inmediatas. Pero tampoco esta vez dije nada. El silencio ha sido siempre mi mejor aliado: elegante, infalible, conveniente. Decidí callar: el brazo derecho de Eva enlazaba la cintura de Valerio, un engarce que rebasaba la simple camaradería, mientras Hugo, siempre pegado al cristal y las manos alrededor de los ojos como un caballo con orejeras, citaba libremente a San Agustín y comentaba que no había lugar, no había ningún lugar, que íbamos hacia adelante y hacia atrás, y no había lugar. Valerio se volvió hacia mí, sonriendo, y señaló hacia donde estaba la bolsa blanca.
    —Cubano, sírvete.

    (Didascalia, cuarta: no tengo que explicar por qué, en esa circunstancia, el apelativo me hizo pensar. Patronímico geográfico más que gentilicio parecía, dicho de esa manera. ¿Dos patrias tengo yo? La noche, seguro. ¿Qué patria tengo yo? ¿Mi tierra, la mía, dónde está? En Europa fui extranjero y soñaba con Cuba. En Cuba me siento extraño y sueño con Europa. ¿Acaso la patria es el lugar donde no se está? ¿O es aquella donde, según Stendhal, encontramos la mayor cantidad de seres que se nos parecen? Será que las patrias no existen, en ninguna parte. Yo siento que pertenezco a un lugar mediante experiencias concretas, lo que hace que esta afinidad específica esté más cerca de personas, ambientes y situaciones determinadas que al nombre de una comarca. En estos casos, esté donde esté, me siento en casa, lejos de nada (¿lejos de dónde?), y ese instante, con su brillantez, puede ser eterno y puede ser la patria. Claudio Magris, erudito y viajero incansable, y también Chatwin en algún momento, intentan explicar este sentimiento a partir de la expresión latina stabilitas loci: el amor intenso y tranquilo por la tierra natal, que permite transcurrir toda la vida en un rincón perdido sintiéndose en casa en cualquier lugar del mundo, y sin el deseo de partir o huir —ver Lezama).

   Inclinado sobre el asiento contiguo, gozaba de una perspectiva ideal para especular sobre el sentido de nuestras cuatro presencias en ese punto móvil del universo, exactamente aquellas tres pegadas al cristal y la mía en una misma tangente diagonal, mirada oblicua que por accidente descubre algo que no le concierne pero le inquieta.

   (Sexto comentario del texto: significación y destino, expresados del modo más claro y preciso posibles. O lo que es lo mismo: decir de la forma más sencilla que haya —que es la más elocuente. Y, jamás, dejar atrás lo que encuentro ante mí. O bien fijarme en lo que tengo muy cerca –como lo que sucedía en ese momento, por ejemplo. Como si en el mundo limitado que tengo ante mis ojos pudiera encontrar una imagen de la vida más allá de mí, o quisiera convencerme de que cada cosa de mi vida está ligada al conjunto de las cosas que a su vez me atan al vasto mundo, al mundo sin límites, que se despierta en la imaginación, tan amenazador y desconocido como el mismísimo deseo. En fin, lo que ahora hago).

    De alguna manera, era Hugo quien mejor me caía, quien desde el principio pareció realmente atraído por mis opiniones, sin preguntarme nada personal y sin usar ningún gentilicio para dirigirse a mí. Podría solidarizarme con su genuino interés por el diluvio de meteoritos, con su inocencia respecto a lo que parecía suceder a sus espaldas, y, con las pruebas irrefutables que me brindaba mi enfoque privilegiado, llamar su atención, discretamente, sobre lo que estaba ocurriendo. Pero la bolsa de nailon blanco adelgazaba aceleradamente; cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa que se dijese a esas alturas parecía ser motivo de risa, y era difícil prever cómo reaccionarían. Aunque fuera plena madrugada, un escándalo llamaría la atención de los controladores, y mis papeles, ya se sabe, no estaban en regla.  “Preferiría no hacerlo”, pensé. En ese preciso momento, Hugo gritó.

   Valerio cayó sobre el asiento, y Eva se volvió, espantada, a mirarlo.

  —Los meteoritos, ahí están… Las Leónidas… Él tenía razón… —dijo, al mismo tiempo que me señalaba con un dedo sin despegar la cara del cristal. Sacó un pañuelo de su pantalón y limpió la ventanilla completa, moviéndose a ambos lados con la emoción de un limpiaparabrisas. El recuadro de cristal se transformó entonces en un retablo alumbrado por luz negra, una gran pantalla panorámica, una pared de vidrio que dejaba ver la cascada de copos luminosos y efímeros en la negra pradera del fondo. Miles de cometas bailaban una danza loca, convulsa, con breves intervalos de quietud que parecían programados con el único propósito de acentuar la oscuridad casi absoluta que en ese instante se producía, opacidad que realzaba la brillantez apenas entrevista, su fugacidad, dejando una estela de resplandor en las pupilas que se difuminaba solo los segundos necesarios para disponerte enseguida a recibir la nueva avalancha refulgente.

    Valerio aprovechó para prepararse otra de sus níveas brevas. Sus modos de hacer activaron una vez más el incorregible comportamiento de mi retentiva literaria para hacerme recordar que Cornudet, el amigo de madeimoselle Rousset, "… tenía una manera especial de descorchar la botella, de contemplarla, inclinando el vaso, y de alzarlo para observar a la luz su transparencia. Cuando bebía, sus largas barbas se estremecían de placer; guiñaba los ojos para no perder su vaso de vista y parecía que aquella fuese la única misión de su vida. Se diría que parangonaba en su espíritu, hermanándolas, confundiéndolas en una, sus dos grandes pasiones: la cerveza y la revolución". Así pues, la manía de Valerio parecía consistir en su excesiva prolijidad al enrollar sus cigarros, al encenderlos, inclinando el pitillo en alto para regodearse en su contemplación. Cuando fumaba, su bigote se estremecía de placer, guiñaba los ojos al concentrar su atención en el cigarro y parecía que aquella fuese su única ocupación en la vida. Aunque no podría decir con qué pudiera parangonarse. Su mirada ahora se movía con insistente cadencia entre mi rostro y las espaldas de Eva, saltaba de un lado al otro como la cabeza de un aficionado en Wimbledon, y sus ojos, cuando me miraba, parecían reclamar una complicidad que yo no estaba dispuesto a compartir. Para entonces, creo que ni siquiera estaba seguro de que esas estrellas movedizas fuesen reales, de que no me lo hubiera inventado todo, de que ese advenimiento estuviese sucediendo.

    Aún así, en un momento determinado tuve la sensación de que una de esas rocas de luz vendría directamente hacia nosotros y reventaría contra la ventanilla, siendo esa frágil amalgama de cristal nuestra única y precaria protección en aquél momento, una sensación muy parecida a la que se puede tener al viajar en avión, cuando, segundos antes de entrar en la densa paranoia —como yo con mis documentos—, descubres que entre tú y la eternidad solo media una delgada capa de aluminio y lignito. Bien mirado —o mirado de la manera en que solo podía hacerlo en ese momento—, parecía un milagro que en aquél caos de fuego continuo no te rozara alguna de aquellas piedras refulgentes. Las veía venir directamente hacia nosotros, y luego pasar raspando el techo del vagón, lamer su capa protectora de acero, provocando fragor y centellas al contacto. Mirada y estatus precarios. La filosa hoja de navaja parecía una caricia comparada con esta posibilidad… Creo que esta sensación tenía algo que ver también con el hecho de que llevaba mucho tiempo viajando, moviéndome incesantemente de un lugar a otro. Probablemente ya era hora de regresar, aun sabiendo que con ello se apagaría el espíritu de aventura que ese momento necesitaba. Sabiendo que el viaje siempre es fuga, pausa, irresponsabilidad, reposo respecto a todo auténtico riesgo: el gran riesgo de la casa, ahí donde de verdad nos jugamos, para bien o para mal, la vida, la felicidad, la infelicidad, la pasión… Probablemente, también comenzaba ya a transitar de la etapa eufórica a la depresiva o temerosa, propiedad característica de la planta jamaiquina. Un temor que llegaba acompañado por una dosis de agradable furor estático y mordaz. El tren parecía haber ralentizado aún más su ya perezosa marcha, cortesía de la empresa ferroviaria para facilitarles a sus pasajeros la contemplación del espectáculo celeste. O era mi cabeza la que se detenía. Me ardían las cejas, sentí un olor a pelo chamuscado, fuertes pisadas en el pasillo del vagón. Habían llegado. Miré a Eva y me pregunté si, de entrar, ella sería capaz de sacrificarse por mí (como un siglo antes la otra lo hizo por todos). Un pensamiento procaz y una visión enaltecedora, adornados por un fondo resplandeciente en el telón oscuro de la madrugada.

Cuando desperté, estábamos en la estación de Atocha. Creo que fue la luz artificial de los andenes lo que me hizo abrir los ojos. Frente, ocupando los dos asientos, Hugo dormía, de espaldas a mí, la cara pegada al respaldar de cuero y sus dos brazos formando una almohada bajo la cabeza. Me quedé mirándolo durante un par de minutos, como si no entendiera qué hacía allí, en aquella posición. A sus pies, en el piso del compartimento, estaba su equipaje. Encima había una hoja de papel doblada en dos, seguramente una nota, con un dibujo infantil el la parte superior que reproducía la clásica cola de un cometa. No había nada más. Ni nadie.

   Tomé el papel y lo abrí. Luego volví a dejarlo en el mismo sitio.

   Sin hacer el menor ruido me levanté y agarré mi mochila del portaequipajes. Todo estaba en calma. Un segundo antes de abrir con cuidado la puerta volví a mirarlo. Recuerdo que en ese momento sentí un olor agradable, delicado aunque penetrante, parecido al que despedían las sábanas guardadas por mi abuela en una de las gavetas de su armario.
 

Atilio Caballero (Cienfuegos, 1959) Licenciado en Teatrología y Dramaturgia por la Facultad de Arte Teatral de la Universidad de las Artes, La Habana. Ha publicado los libros de poesía El sabor del agua y La arena de las plazas (Premio Calendario, 1998); las novelas Naturaleza muerta con abejas, La máquina de Bukowski y La última playa (Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC, 1998); el volumen de ensayos Escribir el teatro (2004) y los libros de relatos Tarántula, El azar y la cuerda (Premio Pinos Nuevos de Narrativa, 2003) y The some remains the same. Obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento 2013 con el libro Rosso lombardo. Ha traducido y publicado a varios escritores italianos, entre ellos Claudio Magris, Valerio Magrelli y Eugenio Montale. Actualmente dirige el grupo Teatro de La Fortaleza, con el que ha llevado a escena, entre otros, los espectáculos Woyzeck, La tentación, Tigre, La alegría de los peces, Antígona —según Watanable y Marca de agua (Premio José Antonio Ramos de Dramaturgia, 2000). Textos suyos han aparecido en diversas antologías de narrativa y poesía en Cuba, España, México, Nicaragua y Chile.

Comentarios

Excelente cuento que me atrapó desde la primera línea, enhora buena para el autor , que siga produciendo con esa misma calidad.

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