DIVERTIMENTO

Julio Cortázar (1914-2014)
Instrucciones para celebrar un centenario...

Fotos: R. A. Hdez

Imagen: La Jiribilla

No se puede estar en Buenos Aires y pasar de lado ante el centenario de un autor como Julio Cortázar. Un escritor que en ese momento de iniciación en su lectura creíamos que podía cambiarnos la vida: “Cambiar la realidad es, en el caso de mis libros, un deseo, una esperanza…”. Al principio, uno se entrega, luego se niega a Cortázar, pero al final llega la aceptación y el convencimiento de que es una voz imprescindible no solo para la literatura, sino para ese territorio personal en el que se entrecruzan lo aprehendido y lo amado. Se comprende de tajo: no es posible ignorar a Cortázar. Por esa razón, durante estos días de agosto, en muchos sitios del mundo se ha celebrado su onomástico, lo mismo con charlas que con exposiciones, muestras cinematográficas o conciertos. Sin contar los homenajes particulares de amigos o de sus fieles −y hasta no tan fieles− lectores.

Se deja escuchar a Louis Armstrong, a Ellington y a Parker, quizá a Miles Davis o a John Coltrane, y degustando un vino o un café cubano, se toma ese ejemplar desvencijado y lleno de anotaciones que nos ha acompañado por varias décadas. Se puede poseer nuevamente a Rayuela, las Historias de cronopios y de famas, El perseguidor y otros relatos o hasta el propio Libro de Manuel que fue proscrito, pero leído a escondidas en la Argentina, por aquellos días en que pensar podía traducirse en sentencia de muerte. Cortázar fue un hombre de palabras y de militancia: “Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor…”1.

Imagen: La Jiribilla
Buenos Aires, 1983. Foto: Dani Yako
 

I

Instrucciones para celebrar un centenario….
 

 No se busque tartas ni velitas, no cante felicidades ni se deje seducir por el deseo de llenar un salón y prepararle una sorpresa, invéntese una autopista al Sur y deje correr sus no-verdades, asuma compromisos. Julio prefiere las soledades y elige jugar a las palabras…

En uno de los bancos de la Plaza del Lector Rayuela, una joven lee un ejemplar de Bestiario (1951), justo donde se alinean los retratos de Pablo Bernasconi, ilustrador y diseñador, que ha preferido componer los rostros de los escritores con ripios de pequeñas “cosas”,  para acompañar algunas frases seleccionadas –no al azar− de estas voces.

Imagen: La Jiribilla

Junto al vinilo de Cortázar conviven la pipa de Neruda, las teclas de la máquina de escribir de Gelman, el lápiz de Fontanarrosa, los recortes de periódicos de García Márquez, el gato de Poe y la fantasía de María Elena Walsh. También aparece una suerte de Maga, a la salida −o la entrada− según se piense, de un locutorio-rayuela. Desde el cartel del pórtico, el escritor nos da la bienvenida, a tamaño gigante, y anuncia que estamos viviendo −más allá de cualquier duda razonable− el Año Cortázar.

Imagen: La Jiribilla

Buenos Aires, donde las celebraciones comenzaron un año atrás a propósito del cincuentenario de la aparición de Rayuela, recibió a más de cuarenta escritores, académicos, periodistas y críticos de la obra cortazariana, convocados por el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, para desde estudios y proyecciones diversas repensar su quehacer literario en lo que se llamó Jornadas Internacionales “Lecturas y relecturas de Julio Cortázar”, del 25 al 27 de agosto, en las que se retomaron los múltiples caminos entrecruzados con su literatura: la música, las artes plásticas, el boxeo, el cine, la fotografía, su militancia en favor de los derechos humanos, Latinoamérica, Cuba, Nicaragua, París, y se convidó a volver a sus escritos con esa mirada otra desde la sinceridad del estudio y/o, la pasión de las lecturas, con una vocación desprejuiciada.

Imagen: La Jiribilla

Desde la reflexión sobre el rol del intelectual hoy, que centró los debates, se transitó por las preocupaciones del escritor y las razones de su obra, así como por su interés sobre la realidad social latinoamericana. No faltaron las anécdotas personales hasta las historias de las distintas etapas de su vida y su paso por esta ciudad. Se recordó que en no pocas ocasiones, a Cortázar se le cuestionó su militancia y su actitud progresistas. Eran momentos de gran controversia: unos alegaban que le dedicaba demasiado tiempo a los temas políticos en detrimento de la obra narrativa y otros esperaban una entrega mayor a ciertas causas. Cuando en 1982, la junta militar argentina trató de desacreditar la lucha de las Madres de Plaza de Mayo e irrespetuosamente las llamó “locas”, el autor de Todos los fuegos el fuego (1966)  escribió desde París su “Nuevo elogio a la locura” para el periódico La República, porque “la locura merece ser elogiada cuando la razón, esa razón que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los dientes contra una realidad que no se deja ni se dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica, la ciencia pura y la tecnología”. Ese fue un período ya de madurez y profundidad ideológica, y no se permitió vacilar: desde la barricada que le pertenecía se posicionó en defensa de esa verdad histórica por la que aclamaban, y siguen aclamando, las madres y abuelas de los 30 mil desparecidos en Argentina: “Sigamos siendo locos, madres y abuelitas de la Plaza de Mayo, gentes de pluma y de palabra, exiliados de dentro y de fuera. Sigamos siendo locos, argentinos: no hay otra manera de acabar con esa razón que vocifera sus slogans de orden, disciplina y patriotismo. Sigamos lanzando las palomas de la verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de todo el mundo”2.

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Escultura ubicada en el Jardín “Plaza Seca Av. Libertador” de la Biblioteca Nacional.
Obra de la artista argentina Yamila Cartannilica.
 

II

Instrucciones para celebrar un centenario… El hombre permanece sentado, las piernas se entrecruzan, los libros deshojados, gruesos, pesados se acumulan al regazo del banco. El hombre se sabe imperfecto, se quiere imperfecto, discontinuo, distante quizá, tiene una frente amplia que mira más allá de ningún lugar. El brazo recogido protege una rosa roja; una flor es lo único real que acumula ahora. Su rostro no recuerda con exactitud al verdadero, le falta el cigarro entre los dedos, pero sabemos que es él, y no se necesitan otras señas.

Buenos Aires se pintó de Rayuelas. La ciudad se ha dejado atrapar por el clásico frío de agosto con Julio por calles, plazas, cafés. En los jardines de la Biblioteca Mariano Moreno se inauguró la estatua del escritor. Resulta confuso imaginarle inmóvil en aquel banco, que da la bienvenida a esos otros escritores y jóvenes lectores que arribarán en lo porvenir al edificio de la Recoleta. Cien años después, el tiempo devuelve a un Cortázar reencontrado, releído, revindicado tal vez. Salda así un país entero una deuda largamente pospuesta de gratitud y pertenencia.

Imagen: La Jiribilla

Una tiza imaginaria traza una ruta desde Banfield al barrio de Once, atraviesa Villa del Parque y Villa Devoto, se detiene en los cafés que frecuentaba en la Paternal y Villa Urquiza y de ahí, al centro. Buenos Aires le rinde honores y cuatro exposiciones se abren como ventanas a los mundos Cortázar en el Museo del Libro y de la Lengua, el Museo Nacional de Bellas Artes, Palais de Glace y la Casa Nacional del Bicentenario, con varias muestras que revelan aspectos poco transitados de la vida del escritor.

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En Bellas Artes se exhibe su colección personal integrada por fotos, documentos, manuscritos y películas junto a la muestra Los fotógrafos: ventanas a Julio Cortázar. Mientras, en el Palais de Glace  y con curaduría de Juan Sasturain sorprende RompeCortázar. Relatos para armar, que se compone de ocho historietas inspiradas en sus cuentos: “La noche boca arriba”, “Carta a una señorita en París", “Reunión”3, “La señorita Cora”, “La autopista al Sur”, “La noche boca arriba”, “Ómnibus” y “Axolotl”, muy conectadas con el espíritu de sus narraciones, porque como dijera Sasturain: “…lo mejor de su literatura consiste en una colección de ejemplos no ejemplares, un diseminado manual de instrucciones transgresoras/recetas anómalas/actitudes alertas contra la rutina, la costumbre, la mecanización de los sentidos, del lenguaje, de los sentimientos.”.

Imagen: La Jiribilla

Mientras, en la Casa Nacional del Bicentenario, Julio Cortázar 1914-2014, recorre su vida y una selección de la producción literaria, a través de fotos realizadas por Sara Facio, Manja Offerhaus, Alicia D'Amico y Dani Yako junto a grabaciones de su voz, fragmentos de algunos de sus textos y datos relevantes de su trayectoria.

Para cerrar el ciclo, Rayuela. Una muestra para armar, en el Museo del Libro y de la Lengua, sobresale la propuesta interactiva y lúdica −aspecto insoslayable en la obra de Cortázar− que parte de una exhaustiva investigación sobre el entorno de la novela: “…este libro es muchos libros” y, a su manera, esta muestra es muchas otras, donde se sugieren distintos circuitos: el que dicta la habitual distribución del espacio, el señalado en un tablero con las estaciones numeradas o el que incita la curiosidad del visitante. Como complemento, "El otro cielo", una exhibición bibliográfica que reúne portadas de sus primeras ediciones y una selección de sus escritos para distintas revistas latinoamericanas y europeas. Allí también nos sorprende el manuscrito original del Cuaderno de bitácora de Rayuela, adquirido por la Biblioteca Nacional, en el año 2000.

Imagen: La Jiribilla

“Escribo en argentino…”, solía repetir. Y así fue desde aquellos días en que borroneaba sonetos a sus maestras o narraba la primera historia a los ocho años de edad que, según recuerda, guardaba su madre a pesar de las ansias de Julio por sacrificarla. La literatura colmaba todo su mundo. Era de naturaleza solitaria y se mantenía ensimismado con los libros por muchas horas. Un día, el médico recomendó a su madre que le prohibieran por un tiempo las lecturas, prescripción que solo logró cumplir por un periodo breve. “Julio Verne lo deslumbraba y Poe lo hechizaba”, contaba María Herminia Descotte, quien aseguraba que su hijo llegó a conocer de memoria casi toda la obra de ambos, y muchos años después, él mismo reconociera que despertó realmente a la literatura cuando descubrió a Poe: “me hizo mucho bien y mucho mal”.  Fue la propia María Herminia quien le introdujo en las lecturas y la fantasía de Verne. Jugaban a construir figuras a partir de las nubes y de ahí a contar historias con aquellos personajes inventados. “Mis amigos no tenían esa suerte. No tenían madres que mirasen las nubes”4. Años después, una tarde, llegó a sus manos Opio. Diario de una intoxicación y, sentado en un café, lo leyó de un tirón, pues no podía desprenderse del libro y fue de los pocos que se llevó a París. “en ese libro, que es un diario de apuntes, Cocteau habla de todo. Habla de Picasso, habla del surrealismo, del cubismo, habla de Raymond Roussel, habla de Buñuel, habla de cine, hace dibujos. Es una especie de fantasmagoría maravillosa en doscientas páginas de todo un mundo que a mí se me había escapado totalmente. En cada página había una especie de revelación, aparecía El acorazado Potemkin, aparecía Rilke y así sucesivamente. (…) Desde ese día leí y escribí de manera diferente, ya con otras ambiciones, con otras visiones". Cocteau, entonces, “me metió de cabeza, no ya en la literatura moderna, sino en el mundo moderno.”5.

III

Instrucciones para celebrar un centenario… Se inventaron un cristal en el que se puede leer, y un espejo en el que se puede reflejar las emociones… Esperamos encontrarle todavía en aquel café del Boulevard Saint Germain, en el rincón donde escribía y leía durante horas, o en las trincheras de mayo del 68; o en Cuba, en Casa de las Américas; en Nicaragua, hojeando algún título de Rubén Darío; en Banfield, en las esquinas que recorrió o en cualquiera de los barrios de Buenos Aires donde habitó…

Imagen: La Jiribilla
Foto: Archivo
 

Julio, como le llaman todos, defendió el “ser argentino” aunque, como dijera, nació en Bruselas por azar, “…como podría haber nacido en cualquier otro lugar”, pero lo cierto es que Cuba significó otro renacer. Sus primeros escritos recorrieron el camino de la ficción casi de manera intuitiva y lúdica, pero su encuentro con la Revolución cubana, y luego con la nicaragüense, le delinearon un universo nuevo, y a partir de entonces literatura y acción anduvieron más juntas:  “…en la medida en que puedo soy un participante intelectual con la única arma que tengo, que es mi capacidad de escritura, para darle a la revolución esos elementos de información por un lado y de comunicación hacia el exterior por el otro, que tanta falta le hace frente a las distorsiones, mentiras y calumnias.”6.

En 1962 había sido invitado a participar como jurado del Premio literario Casa de las Américas. Esa “cita”, como le llamó, le dio un vuelco a su cabeza y a su manera de escribir, y transformó su visión sobre la realidad latinoamericana y sobre sí mismo. Luego de su primer viaje a la Isla escribió a su amigo Arrufat: “Desde que regresamos de Cuba me asaltan enormes bocanadas de irrealidad; aquello era demasiado vivo, demasiado caliente, demasiado intenso, y Europa me parece de golpe como un cubo de cristal, y yo estoy dentro y me muevo penosamente buscando un aire menos geométrico y unas gentes menos cartesianas. (...) Creo haberle dicho a Calvert que me he enfermado incurablemente de Cuba”7.

Imagen: La Jiribilla
Cortázar y Lezama, La Habana, 1962. Foto: Chinolope
 

Como cartas cruzadas,  Rayuela (1963) y Paradiso (1966) ocuparon un espacio casi a la vez en el lector latinoamericano y su relación con José Lezama Lima registró pasajes singulares en el contexto de los 60 cubanos. Cortázar no solo mantuvo una correspondencia con Lezama, sino que se preocupaba por promover su obra y hasta estuvo pendiente de la salud del autor de Oppiano Licario. Sus colegas de generación recuerdan que cuando Lezama recibió el ejemplar de Rayuela que su amigo Julio le enviara desde París, este dio acuse con su ejemplar de Paradiso, legándonos aquella nota autografiada: “Para mi querido amigo Julio Cortázar, el mismo día que recibí su magnífica Rayuela, le envío mi Paradiso. Entre Ud. y yo hay un cariño muy grande, sin habernos casi tratado, a veces se lo atribuyo al común ancestro vasco, pero otras me parece como si los dos hubiéramos estudiado en el mismo colegio, o vivido en el mismo barrio, o a que cuando uno de nosotros dos duerme, el otro vela y lee en la buena estrella. Pronto le escribo sobre su novela. Venga otra vez por La Habana, todos nosotros lo recordamos y lo admiramos. Y lo esperamos siempre.”

Cuba fue ese territorio que le perteneció y del cual una parte de su literaria también es heredera. No solo creó un universo de temas que trascendió lo meramente fantástico, a partir de ese primer encuentro con la Revolución cubana, sino que conquistó entrañables amigos, hermanos, camaradas, como prefería llamarles. Allí dejó una Casa y un árbol: Casa de las Américas fue su “guarida” 8 en La Habana. Amó a Cuba incuso en sus contradicciones. Permanecieron las anécdotas de sus tertulias con Lezama, sus encuentros con Roberto Fernández Retamar o los paseos con Antón Arrufat, así como las fotos de Chinolope y Ernesto Fernández. Quedó también la gratitud de un pueblo que le ha leído y querido, un país que le siente cercano y le cree también suyo.

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En el Malecón, La Habana. Foto: Chinolope
 

Julio Florencio Cortázar (1914-2084) escribió para esa generación que en los ´60 estaba revolucionando el mundo. “He dicho ya muchas veces que la Revolución cubana fue una especie de detonador de conciencia en mi caso. La Revolución cubana me enseñó una cosa que no sabía y es que soy latinoamericano.”9 Cincuenta años después, ya en otro siglo, Julio sigue convocando a generaciones distintas de lectores que se cuestionarán o se deslumbrarán, pero otras serán las interrogantes.

IV

Instrucciones para celebrar un centenario… El 12 de febrero de 1984, en un hospital de París, se despide de la vida Julio Cortázar. Cuentan que por esos días en Buenos Aires hubo una invasión de mariposas, como resultado de una ola de calor. Los cronopios no saben de cumpleaños, viven huyendo de fechas señaladas y por sobre todo VIVEN, viven a lo ancho y extenso, pero si, por mera causalidad, llegan a los 100... “No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.”10.

En sus Historias de cronopios y famas nos deja instrucciones para cantar o llorar,  para subir una escalera y hasta para dar cuerda a un reloj, pero no incluyó aquellas que se necesitan para celebrar su centenario. Leerle otra vez, dudar, pensar, no importan los pretextos, no importa si sirve para conmemorar, pero sirve leer otra vez, dudar y pensar desde la deliberación íntima que provoca nuestro encuentro hoy con Morelli, Talita o Traveler, con Lucía u Horacio, o quizá con Benjamín, o mejor, con la Ludmila de El libro de Manuel. No importa si se decide comenzar por Bestiario, su primer libro de cuentos publicado,  El perseguidor y otros relatos (1967), Divertimento (escrito en 1949, publicado en 1986), 62 Modelo para armar (1968), o por la propia Rayuela (1951).

Bastarán las señales y, también, el legado de recortes, titulares, fragmentos para componer una gran rayuela por donde avanzar y re-pensar no solo el rol del intelectual −como se han propuesto desde las Jornadas celebradas en Buenos Aires−, sino la responsabilidad que nos corresponde como seres humanos, como protagonistas de nuestra propia historia, porque si realidad y ficción se mezclaron en su literatura y nos develaron un mundo más allá de las palabras, fue además para trazarnos esos posibles horizontes que nos emplazan hoy a reestablecer nuestra travesía al Sur en otra “vuelta al día en ochenta mundos”, como  indetenibles “autonautas de la cosmopista”.

Imagen: La Jiribilla

 


Notas:
  1.  “Las Palabras”. Conferencia de Julio Cortázar. Madrid, 1981.
  2. “Nuevo elogio a la locura”. Periódico La República, París, edición del 19 de febrero, 1982.
  3. Cortázar quedó fascinado con la historia de Alegría de Pío y la narración del Che Guevara en su diario de campaña, que rememora los días del desembarco del yate Granma, en 1956, y la continuidad de la acción revolucionaria en Cuba. Su cuento “Reunión”, incluido en el libro Todos los fuegos el fuego (1966), se inspira en ese pasaje de la lucha guerrillera.
  4. Poniatowska, Elena. “La vuelta a Julio Cortázar en (cerca de) 80 preguntas”. Revista Plural, No. 44, mayo de 1975, México.
  5. Cortázar, Julio y Prego Gadea, Omar. La fascinación de las palabras. Buenos Aires, Alfaguara, 1997.
  6. Entrevista concedida a Osvaldo Soriano,  en París, a propósito de su viaje a la Argentina luego de algunos años. Revista Humor, septiembre, 1983. Acababa de salir publicado su libro de relatos Deshoras (1982) en el que incluye  un homenaje a Adolfo Bioy Casares.
  7. Carta de Julio Cortázar al escritor cubano Antón Arrufat, marzo, 1963. Cartas Vol. I (1937-1963), Alfaguara, 2009.
  8. Con el nombre de “la guarida” identificaron al sótano de un bar “La perla de Once”, muy cerca de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde se graduó de Magisterio, en 1932, y de profesor en Letras, en 1935. Iban, a la salida de la escuela, a leer poemas y escuchar tangos.
  9. Entrevista concedida a Alberto M. Perrone. ”La última charla”. Esta fue su última entrevista para la Revista 7 Días, febrero de 1984.
  10. Historias de cronopios y de famas. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1962.

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