Septeto Típico de Sones

Jorge Sariol • La Habana, Cuba

Al ritmo del “…Y un, dos, tres…” arrancan a sonar muchas agrupaciones cubanas de música. Pero otras esperan una señal, a veces solo un ligero cabeceo del director o de uno de sus integrantes en «posición adelantada» y entonces se desgranan los sonidos.

Imagen: La Jiribilla

Una agrupación en particular comienza de este modo. Aún suena y suena bien y es que lleva cumplido los 94 años en el trajín. Claro que no con los mismos integrantes que la fundaron, el 17 de Abril de 1924, en una esquina —San José y Lealtad, Café “La Diana”— del populoso Centro Habana.

Entonces se llamaba Sexteto Típico Cubano. Pero 18 lustros y un poco más, es mucho tiempo y después de un período de silencio se renombra y en 1959 sale a los escenarios como Conjunto Típico Cubano. Se refunda de manera definitiva cinco años después como Septeto Típico de Sones. Y hasta hoy.

El actual director —y además tocador de botija— es Francisco Antonio Bacallao Villaverde, hijo de Antonio Bacallao Alcázar, también tocador de botija, quien fundara junto a Oscar Sotolongo aquella hermandad de músicos.

Por la época de la iniciación eran asiduos a cafés, bares y fiestas populares en la bohemia habanera, plazas que se fueron ampliando a medida que entraban en la liza del complejo y competitivo panorama de la música cubana, rebosada de grupos de igual formato como El Habanero, Nacional, El jorobao Boloña, Lira de Redención, Tunas Liberal, Jabón La Llave, Gloria Matancera, Belén, Sinsonte de Oro, Cuba (de Fernando Collazo), Cubano del 27, Sorpresa, Atenas, Los Siboneyes, Rayo de luz, Cubano, Carabina de ases, Nené Enriso y Orbe.  

Imagen: La Jiribilla

De todos aquellos, hoy es posible ver —y sobre todo oír— al Septeto Típico de Sones en La Habana Vieja, habitualmente en Café-taberna Benny Moré y por estos días ―durante todo septiembre, siempre los jueves— en El Patio Sevillano, del Hotel Sevilla.

Y es curioso el actuar de los siete músicos, tres de los cuales son de “vieja data”: dirige y sopla la botija Bacallao, pellizca la marímbula otro Bacallao, llamado Miguel, Medero de segundo apellido y canta empuñando las maracas el viejo Ernesto Oliva Rodríguez.

El resto lo compone la energía de lo nuevo: José Andrés Fernández García, a la guitarra; Yordán Cuenca Márquez, en el bongó; José Armando León Escobar, en la trompeta y Henry Collazo Macías, el más joven de la nueva promoción, en el tres.

Y naturalmente, para el auditorio ―cualquiera que este sea y donde quiera que esté tocando la agrupación—, “suenan a cubano” el trío botija-marímbula-bongó, más la presencia, un tanto augusta, del cantante.

Imagen: La Jiribilla

Luego de años, a la botija y a la marímbula las sustituyó el contrabajo, potente y abarcador. Pero el Septeto Típico de Sones se empeña aún con ambas, porque suena más auténtico, con sabor a tiempo trascurrido. Junto a la marímbula, la botija “logra un mayor reforzamiento del plano grave (…) con función de bajo armónico, sobre la subdominante, dominante y tónica”, al decir del musicólogo, compositor, etnólogo y pedagogo cubano Argeliers León.

Los “muchachos” del Septeto lo saben. Y saben que ambos instrumentos llaman la atención del público contemporáneo, ya demasiado (mal) habituado a la tecnomúsica y los sintetizadores. Y, claro, es curioso oír el “…tun-pun-dun...tun-pun-dun…” que logra el botijero con la palma de la mano, cuando abre y cierra la boca de la botija, mientras sopla por un agujero practicado en un costado.

Los inventores anónimos de la botija de barro, hechas originalmente para llevar vinos y aceite, no pudieron imaginar destino tan pachanguero.

Ver al otro Bacallao pulsar la marímbula “…Pom-pom…Pom-pom-pom…” es parte del espectáculo, porque es curioso ese cajón, con flejes de metal adosados por debajo de una varilla, entre otras dos que lo levantan, delante de una abertura de resonancia. La maravilla es que si se deslizan los flejes, al variar el espacio entre ellos, modifican la afinación y el marimbero puede “afinar” el instrumento, según el tono de los demás instrumentos.

En el Septeto repica con energía y brillantez el bongó; a veces el viejo Ernesto Oliva necesita de unos segundos para tomar aliento y agarrar el ritmo y el tono, pero su voz aún potente y clara se oye con la gracia que solo tienen los soneros viejos.

La trompeta es tal vez la nota moderna y “arriba”, atemperada por la cadencia del tres y la armonía de la guitarra.

Y suenan bien, porque vienen de una época con Victorino Barroso, Miguelito García, Manuel P. Furé Serquera, Víctor Planché, Alfredo “Ñato” Dufo, René de la Rosa y Mario Alán, entre otros.

Desde 1967 Bacallao Villaverde —ahora asistido por el guitarrista José Andrés Fernández—, conduce el septeto por un ramillete de sones, pregones, guarachas, boleros, rumbas, claves, guajiras y de vez en vez, incluso bossa-nova.

Es posible escucharlos en “A la loma de Belén”; “Cabo de la guardia, siento un tiro”; “Papá Oggún”; “No juegues con los santos” (del gran Ignacio Piñeiro) y del propio Oliva “Dime que sí”,Caramelo a kilo”,Dónde están los tamalitos”, “Magdalena” oLa yerbera”.

Noventa y cuatro años son muchos años, pero el Septeto Típico de Sones aún suena y ya se ha dicho: sin la mano humana nada nace; sin las instituciones, nada perdura.

Comentarios

Señores, me alegré mucho de encontrar gentes que se dedican a la música vieja y típica de la Habana Vieja. Yo he partido aqui en Europa mi vida con Angelo Duarte "El Sinsonte de Oro" de Habana Cuba. Estamos formando una asociación de artistas y músicos aqui en Europa. Será para recordar las obras de los músicos viejos cubanos que andaban por el mundo antes del año 1959. Me gustaria estar en contacto de comunicaciones por el futuro. Deseos artisticos Margarete Duarte "Sinsonte de oro Künstlergemeinschaft"

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