Natalia Bolívar: también con una sensibilidad visual

Manuel López Oliva • La Habana, Cuba

Una llamada telefónica de la amiga periodista Paquita Armas Fonseca me convocaba a participar en la realización de un homenaje en La Jiribilla. Como esta vez yo no tendría que narrar experiencias verídicas vividas en algún país europeo visitado, con lo que eso puede traer de negación de esquemas maniqueos arrastrados, decidí aceptar su invitación. Me pedía entregar algunos párrafos valorativos sobre una personalidad, que a pesar de ser discutible para unos y muy admirada por otros, constituye uno de esos casos imposibles de dejar fuera en cualquier valoración seria sobre la historia política, cultural y religiosa de Cuba transcurrida entre los años 50 y nuestros días. Me refiero a un nombre que por sí solo se explica: Natalia Bolívar Aróstegui.

Imagen: La Jiribilla

De Natalia supe desde que empecé mis tanteos investigativos sobre arte cubano ―en el segundo lustro del 60― destinados a darle sustancia al trabajo de crítico de arte que ya desempeñaba, al encontrarme con una foto en la prensa periódica que desató mi interés por conocer lo que mostraba. Me refiero a una estampa fotográfica donde la Bolívar aparecía en plena juventud, detrás de un escritorio, junto al escultor cubano Eugenio Rodríguez y a la que luego sería persona clave en la conservación del patrimonio cultural nuestro: Marta Arjona. De esa manera quedaba visualizado el momento en el cual se produjo la toma del Palacio Nacional de Bellas Artes, por ese trío designado para ocuparlo. Después los tres llegarían a ser ―Natalia incluida― directores temporales con menor o mayor permanencia en esa institución. No era en ninguno de los casos la designación de un simple funcionario. Los tres habían cursado la Escuela Profesional de Artes Plásticas “San Alejandro”; y los tres, que dentro de posiciones diferentes se opusieron a la satrapía de Batista, eran también partícipes de movimientos culturales que optaban por la utilidad social del arte y su conservación en calidad de expresión identitaria del país.

Pero esa presencia de Natalia Bolívar en la inserción de Bellas Artes dentro de las prácticas fundacionales de la cultura revolucionaria de los 60, no constituye su único contacto con nuestros valores patrimoniales estéticos y documentales. Uno de sus amigos pintores ―porque Natalia ha sido sumamente apreciada por importantes coterráneos figurativos y abstractos ― me dijo una vez algo así como que “en su imagen de mujer fuerte y peleadora se escondía un espíritu cultivado y una intensa sensibilidad visual”. Quien con esas palabras la “retrataba” no era otro que Mariano Rodríguez, que la conocía demasiado bien y confiaba en su sagacidad para apreciar las creaciones artísticas. Aunque no era el único maestro de la plástica que la respetaba, ya que más de una vez la contemplé en cariñosos diálogos con René Portocarrero, Luis Martínez Pedro, Sandú Darié, Tomás Oliva, Ernesto González Puig, Adigio Benítez, Fayad Jamís, Raúl Martínez, Alberto Korda, Jose Antonio Díaz Peláez o Salvador Corratgé.

Imagen: La Jiribilla

Cuando ella irrumpía en las salas de exhibiciones de arte de los 60 y los 70, era común verla abrazarse con los hacedores de plástica, tanto con los ya reconocidos como con quienes entonces éramos aún emergentes: Mendive, Juan Moreira, Mario Gallardo, Juan Vásquez Martín, Santoserpa, Ever Fonseca, Aguedo Alonso, Luis Miguel Valdés, Nelson Domínguez, Flora Fong, Ernesto García Peña, Choco, Tomás Sánchez, Zayda del Río, Roberto Fabelo y quien redacta estas notas…. Siempre hemos tenido con Natalia una singular empatía, una comunicación de artista a artista, posibilitada por su emotiva naturaleza de intelectual y su estilo conversacional transparente.

La dirección del Museo Numismático —que desempeñara por algún tiempo— transformó en entidad dinámica lo que podía haber sido un estático almacén de monedas. Era frecuente que invitara a los productores de artes visuales (en primer lugar) junto a otros artistas, escritores y científicos, a  exhibiciones cuya curaduría integraba —en una suerte de “cultura visual bancaria”— la historia del dinero con la historia social y las implicaciones de diseño que genéricamente le corresponden. Y  es que por haberse movido en diversos campos, Natalia Bolívar ha desarrollado una concepción integradora de la existencia, que le ha permitido sumar operativamente  las oscilaciones entre lo imaginativo y lo científico, el saber y la intuición, la tarea administrativa y el comportamiento más popular y cotidiano. Con semejante variedad de dimensiones entrelazadas, armó su natural capacidad para sentir y proyectar sus improntas.

No pocas veces estuvo Natalia en el edificio de Mercaderes y Empedrado donde tuve el  anterior taller, porque al lado de mi espacio de creación vivía el matrimonio de restauradores de grabado y pintura Nelson Castro y María López Núñez, que la  conocían desde los estudios en la Academia. Ambos vecinos sentían por ella una admiración que compartían conmigo, y que reafirmaba el amplio espectro de intercambio humano que ha caracterizado a quien a la larga retomó el ejercicio pictórico, aunque un poco como complemento de su obra folclorista  y  empujada por  necesidades del espíritu y del cuerpo. Así, esa “sensibilidad visual” detectada por Mariano se proyecta mediante sus personales configuraciones de la cosmología sincrética que profesa.

El último encuentro “en vivo” con Natalia Bolívar lo tuve en el año 2009, cuando hablamos bastante de temas afines a ambos, mientras se grababa un programa sobre la fe de El triángulo de la  confianza, donde ambos participamos. Lo que ella expresó entonces delante de las cámaras, aunque en sentido filosófico resultara diferente a mi apreciación y a la del teólogo católico que también intervino allí, armonizaba perfectamente con nuestros dos enfoques, por  coincidir  en el  definido alcance cultural, circunstancial y humanista. Allí comprobé que esa abarcadora mujer seguía siendo la misma: apasionada e inconforme, exigente y cargada de interrogantes, sensible y culta, mística y realista, expresiva y auténtica.

Comentarios

Hola, soy hijo de Aguedo Alonso, pintor cubano fallecido recientemente y que mencionas en uno de tus articulos haciendo referencia a ese periodo de los años 60-70, en ese entonces yo no habia nacido o estaba muy pequeño. Ever, Nelson, Aldo, Fabelo y otros muchos que desde entonces suenan en mi casa, creci con todo eso ahora con este comentario me lo traes a la memoria. Muchas gracias. Alberto

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