Hermandad profunda que nos une

Zoila Lapique • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía de Paquita Armas Fonseca

Creo que no me encuentro en condición sentimental para hacer unas líneas sobre Natalia Bolívar y Aróstegui, esa excelente mujer, objeto de merecidísimo homenaje, a pesar de que ambas hemos escrito mucho sobre nosotras. Dije sentimental por las relaciones de hermandad profunda que me unen a ella desde hace muchísimos años. Debo aclarar, que primero fue mi hermana Rosa Lapique la que estaba a su lado, como un ángel guardián, acompañándola en los momentos difíciles de la clandestinidad, y después entré yo para ambas mitigarnos un tanto los problemas. Así fue de simple que la heredé a plenitud.

Imagen: La Jiribilla

Esa hermandad se solidificó aún más en los años difíciles de la dictadura de Batista, cuando Natalia y un grupo del Directorio 13 de Marzo, organizaron el ataque a la 15  Estación de Policía, de Playa. En esos momentos Natalia se encontraba clandestina en una casa del reparto Orfila y arrendaba en otros locales cercanos a mi casa. Nos visitaba diariamente, solicitaba recursos para los muchachos que estaban con ella, y así atenuaba, la vida tan dura que llevaban… y así, nos acostumbramos a almorzar juntas a diario y de paso, asegurábamos su bienestar. En nuestra casa organizó reuniones clandestinas, algunas de ellas muy peligrosas y escabrosas por las diferencias que había entre algunos complotados.

Llegado al final de ese difícil camino, en 1959, Natalia fue elegida como subdirectora del Museo Nacional de Bellas Artes, misión que con placer y conocimientos realizó a conciencia. Trabajó al lado de la prestigiosa etnóloga Lydia Cabrera, amiga de la familia y creadora de la sala especializada; y antes, ambas teníamos un amigo común, “el niño” Santos Ramírez, fundador de la comparsa El alacrán, en el Cerro.

También conocía de Nena Aróstegui González de Mendoza, su querida madre, personaje inolvidable, digna figura en el imaginario habanero de su época, al igual que su hermana Natalia Aróstegui, querida tía de nuestra Natalia, protagonista un tanto olvidada de nuestro pasado cultural, pues se ignora que ella recitaba en las esferas sociales y artísticas más exclusivas, la poesía negra de autores latinoamericanos y cubanos, vedados en esos lugares.

Imagen: La Jiribilla

Natalia Bolívar, hereda de la otra Natalia su gusto por el arte afrocubano, al igual que hereda de su familia el buen gusto por las artes y el buen yantar, de ahí que conserva como un tesoro las recetas familiares que se han trasmitido de generación en generación. Nena, era una gran repostera, especialista en elaborar el llamado Coquimol que años después, en plena revolución triunfante, un queridísimo e importante personaje, iba a paladearlos directamente a la cocina, sin ningún protocolo, ni custodios, aunque estos sí podían comerlos hasta saciarse porque antes les había tocado rayar los cocos…

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado… y nuestra amistad se continúa incrementando, extendiéndose a sus hijas y nietos.

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