Doblar, subtitular, traducir, traicionar

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Sin lugar a duda, una de las experiencias más inquietantes que pueda tener cualquier cubano impenitente consumidor de  producciones audiovisuales pase por asistir a la proyección de un filme japonés en una sala española.

El más pavoroso efecto de extrañamiento crea un abismo entre la realidad de la pantalla y la psiquis del espectador que nunca entenderá cómo es posible que la geisha suelte zetas a borbotones y el samurái se dirija a otro con un confianzudo: “tío, ya os la veréis conmigo”.

Esta es una de las consecuencias de una práctica adoptada en España desde la misma irrupción del cine sonoro y oficializada en los albores de la dictadura franquista por motivos ideológicos más que funcionales: al Caudillo le interesaba no solo reforzar la imagen de una España monolítica y castiza, sino también ejercer el más férreo control sobre las ideas.

En Cuba, sin embargo, el subtitulaje es la norma más frecuente. Tiene la ventaja de conservar la versión original de las producciones y la desventaja de seccionar la atención visual de los espectadores, acentuada mucho más con el formato reducido de las pantallas de los televisores, así sean los actuales de gran formato. Otra desventaja adicional es percibida por quienes poseen conocimientos del idioma original al advertir diferencias entre lo que se dice y lo que se escribe, por efecto de traducciones traicionadas. Algo mucho peor sucede en casos recientes, con series de televisión y películas subtituladas por empresas estandarizadas que poca o ninguna atención prestan al uso correcto del idioma. Por mucho que pongan en pantalla un cartel de disculpas por los errores de la traducción, se ven disparates que dan miedo.  

De todos modos entre nosotros parece existir una convención de acuerdo con el tipo de material de que se trate: los filmes en lenguas foráneas van con  subtitulaje; las telenovelas, dobladas.

Estas últimas llegan a inducir estereotipos en la recepción. En un país donde la telenovela brasileña de turno es una de las opciones principales de entretenimiento, se ha hecho hábito identificar a actores y actrices por voces prestadas.

No hay problemas cuando se reitera la relación entre el actor y su doble de voz, aspecto sumamente cuidado por las operaciones comerciales internacionales de Rede Globo en tiempos pretéritos. Antonio Fagundes, Gloria Pires, Lima Duarte, Tony Ramos, Regina Duarte y Maite Proenca tuvieron casi siempre voces fijas —y en la mayoría de los casos con timbres parecidos—, mientras la casa de doblaje fue la empresa venezolana Etcétera. Luego la brújula se orientó hacia dobles de voz mexicanos, que por más que traten de ser neutros en la entonación, filtran de vez en cuando su origen y ocasionan cierto disturbio en el espectador avisado. Sobre todo cuando se impone el grito pelado.

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