La edad del oro del doblaje cubano
o memorias de un niño de otro siglo

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Imágenes: Cortesía del autor

 

Fui niño en una época casi antediluviana, justo en los años previos al tsunami de las tecnologías de la información y la comunicación, que hace alrededor de una década arrasó en Cuba con las tradicionales formas de recepción y preceptiva audiovisuales, sumiendo a los públicos, aluvión tras aluvión (CD, VCD, DVD, Flash, el «Paquete»…), en un perenne e inabarcable torbellino de propuestas. Yo fui niño en un tiempo en que los únicos canales de información audiovisual eran precisamente los dos «canales» de la TV Cubana: el 6, luego Cubavisión y el 2 o Tele Rebelde, además de la programación del circuito cinematográfico nacional. Era una época en que los cubanos veíamos prácticamente lo mismo, comentábamos sobre lo mismo, soñábamos con lo mismo, con la rara presencia en nuestras vidas de una reproductora de casetes BETAMAX o VHS, que alguien poseía como un raro tesoro, una caja mágica, donde se disfrutaba alternativamente de algunos productos no incluidos en las agendas del ICRT y el ICAIC.

No estaban exentas estas magras programaciones dedicadas a la zona infanto-juvenil, de producciones foráneas con las cuales casi todos los niños cubanos remontábamos el firmamento en las espaldas de gigantescos robots japoneses de combate como Mazinger Z, Gran Mazinger, Voltus V y Yaltus, a la par de versiones también niponas de Esopo, Aladino, El Rey Arturo, El lago de los cisnes, y también íbamos a la aventura junto a personajes como Doraemon, Taro, el niño dragón o las valientes duplas agente-androide de Tecnopolicía en acción. Pero todas estas verdaderas experiencias de vida, que marcaron mi generación de treintones ya nostálgicos, no llegaron a nosotros en su idioma original, si no que junto a sus efigies, están prendidas a la memoria las voces de Frank González, Eddy Vidal, Manolo Mesa, Ulises González, Cruz Pérez, Sarita Malberti, Coralia Veloz, Luis Alberto Casanova, Manuel Marín y tantos otros actores cubanos de voz que rehúyen el recuerdo, más allá de sus inolvidables identidades vocales.

Imagen: La Jiribilla

Concentrábanse sobre todo en la zona de las primeras edades, por la consabida costumbre del cubano de leer subtítulos, contrario a casi todo el resto de los públicos iberoamericanos. Además de las calidades histriónicas de estos profesionales de los departamentos de doblaje del ICRT y el ICAIC, quienes conseguían aprehender las esencias dramáticas y expresivas de estos dibujos animados, no disminuían un ápice las intensidades requeridas en tantas escenas y secuencias que nos cobraban altas cotas de adrenalina a los concentrados espectadores. Todo lo contrario, muchas veces alcanzaban niveles expresivos más altos que las voces originales, al menos para los públicos cubanos, quienes, latinos al fin, requeríamos de mayores realces de los tonos, de modulaciones más variadas y descomedidas. Eso lo he podido comprobar en la actualidad, donde es posible obtener muchas de estas obras, tanto con las voces originales como con los doblajes cubanos (¡Así he conseguido Yaltus, Tecnopolicía en acción y varios capítulos de Gran Mazinger!). La cinta inglesa El último unicornio es también un argumento a favor de esta aseveración, pues nunca fueron más terriblemente shakespeareano el Rey Haggard y enervante el esqueleto tomador de vino sobre el reloj, que cuando sus voces fueron asumidas por los cubanos.  

Descollaban estos actores también por la alucinante versatilidad de varios de ellos, quienes muchas veces se bastaban solos para doblar a todos los personajes de una producción. No pocos eran los largometrajes en que los créditos de doblaje incluían apenas tres nombres. Y esto creo que es un rasgo que distinguía a esta trouppé de los estudios de otras naciones, donde cada personaje tocaba a una sola voz por actor. Sí, los EE.UU. tuvieron al prolífico Mel Blanc, el «hombre de las mil voces» y a otros como el maravilloso Robin Williams (E.P.D), pero Cuba se puede jactar de otros hombres de mil voces como Frank González, Manuel Marín, Eddy Vidal, Manolo Mesa…   

Ahora, «los muñequitos japoneses» no mantuvieron la hegemonía de los estudios cubanos de doblaje en las décadas de 1970 y 1980, si no que animados de otras naciones también llegaron a mí con voces cubanas, a veces sin contrapartida original, pues producciones de la entonces socialista Europa del Este como el Maxiperro Fix, Los muñequitos de nieve y Los Hermanos Mirlo (sospecho que también el inolvidable para muchos Polly y Molly en la Vía Láctea) eran mudos, apostaban por la mímica. Pero Cuba le puso voces, quizá para hacerlos más asequibles a los públicos, ¿menos aburridos? Aunque muchas veces no engarzaba todo lo orgánicamente necesario con lo audiovisual, empezando por las bocas eternamente cerradas de los personajes… No quiero obliterar de este texto otros recuerdos como el robot Mikrobi y la Muñequita Polonia, con sus graciosos secuaces-pretendientes Bakuli y Plejachi.

Imagen: La Jiribilla

Las productoras Disney y Warner Bros tampoco escaparon a los estudios criollos, donde se emprendió el doblaje de largometrajes como La Cenincienta, La Bella Durmiente y La espada en la piedra, o se pusieron voces y efectos de sonido a no pocos Looney Tunes. Sí, porque resulta que muchas veces, no se contaba con las pistas de sonido independientes (voz, efectos, banda sonora) como para sustraer la voz, insertar el doblaje cubano y mantener el resto del sonido y la música originales; y entonces, todo se iba de un manotazo, y todo el sonido era Made in Cuba.

Ahí está La Cenicienta, producida en 1950, en cuyo doblaje criollo resulta no menos que incordiante y de una bizarría tan singular que no permite fustigar, la banda sonora a base del más puro y anacrónicamente contrastante sintetizador además de las voces de los ratoncillos concebidas por iguales métodos…, mérito apreciable fue arriesgarse, quizá por única vez, a la adaptación de las canciones originales, poniéndolas en voz de Maribel Rodríguez y el resto del elenco. Quizá esto fue fruto de la menos afortunada experiencia previa con La Bella Durmiente, donde los temas musicales permanecían en el inglés original, mientras los actores de voz cubanos literalmente «recitaban» la letra.

Entre estas opciones extremas, como todo en la vida, también se podían  encontrar «términos medios», donde se mantenían las pistas originales mientras no hablaba nadie y cuando empezaba el diálogo, hasta se escuchaba el ¡clic! de la conmutación a la voz cubana, rodeada del silencio más absoluto…, ingenuidades artesanales todas, que ya aparecen revestidas por la benevolencia de la nostalgia.

En esta época secular no solo los dibujos animados foráneos fueron doblados, sino también muchos seriales televisivos de «acción real», donde casi era una constante la voz de Ana Nora Calaza en los roles de niños y niñas, con su vocecilla inmediatamente identificable. También llegaron a nosotros desde las voces de esta y los demás actores, personajes inefables e inolvidables como el mismísimo delfín Flipper, el ya añejo cangurito Skippy y el inteligentísimo perro Vagabundo, seguidos o simultaneados por el desgreñado poodle Boomer, Rin Tin Tin y la Brigada Canina, los menos exitosos Lassie y Colmillo Blanco; junto a otros tan populares seriados de Europa del Este, como las aventuras de ciencia ficción de El electrónico, y las peripecias fantásticas de la princesa Arabella y del muy peregrino Brontobigote y sus amigos, y el brasilero El rancho del Pájaro Amarillo.

Imagen: La Jiribilla

En la constante alternancia con Frank González (además de Elpidio Valdés, no olvidar que fue el Esteban de Voltus V) en los roles de galán y de héroe, uno de los trabajos más recordados de Manuel Marín es como Diego de la Vega/Zorro, en el seriado televisivo de 1990, omnipresente en la parrilla del Canal 6 (Cubavisión), muchas veces como «relleno», entre fisuras de días o semanas que surgían ante el retraso del estreno de otro seriado cubano o extranjero en el entonces sacrosanto horario de las 7:30 p.m., dedicado a «las aventuras». Héroes menos glamorosos pero igualmente esforzados dobló Marín, como el Rey Mono (Sun Wukong), en la peculiar versión seriada china, de llamativa factura, y el más universal galo Asterix, en no pocas de sus películas animadas transmitidas en Cuba.  

Uno de los últimos y más grandes golpes en el clavo de los estudios cubanos de doblaje, que todavía aprecié en la tardía niñez que fue mi adolescencia, ya entrados los años 90, fue el otro serial brasilero Castillo Rá-Tim-Bum, precedente no confeso (y evidente) de La Sombrilla Amarilla, donde nuevos potenciales demostraron actores como Frank González, irreconocible como el protagónico Nino, de voz temblorosa.

Todo tiempo pasado fue mejor, reza el conocido proverbio, y mientras más uno se lo cree, más avanza la vejez en su vida; más busco refugio en el niño de otra época, de otro siglo, que fui, a la búsqueda cada vez más desesperada de los retazos pretéritos que regresan a mis manos en copias digitalizadas. Ahora revive una y otra vez ante mí el descomunal mandoble de Voltus V, siempre acompañado de la igualmente inolvidable voz de Frank González cuando gritaba junto a todos los niños cubanos de otro siglo: ¡Espadaaaaa Láaaaser!

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