Anales de tránsito

El hotel tenía el nombre de un país extranjero y una placa que anunciaba que Hemingway se hospedó ahí alguna vez. Creo que Hemingway se ha hospedado en la mitad de los hoteles del mundo.

La habitación era grande y mal amueblada, pero, en cambio, tenía montones de espejos para mirarse. Me desnudé y me dediqué a pasearme mirándome en los espejos. Luego comencé a ordenar mis cosas. Saqué todas las ropas y las colgué en el closet, los libros y los papeles los acomodé sobre el escritorio, prendí el televisor y en lo que se llenaba la bañera, me puse a cambiar los canales, sin ver nada realmente.

Más tarde me sumergí en el agua tibia. Pensé en que por una semana esta sería mi casa y que no estaba nada mal. Había montones de toallas en el toallero, me sequé con cualquiera, me tumbé desnuda en la cama, me masturbé y me dormí.

***

El bar se llamaba “La Chueca” y estaba casi vacío. Entramos, pedimos cervezas. “Cañas”, las llamó Orlando que llevaba ya un tiempo viviendo en España. Una pareja de lesbianas se besaban en la esquina más oscura, junto a la escalera del lavabo. “Este es un bar de chicas” —comentó Roberto con una sonrisa de medio lado. “¿Y eso qué?” —Orlando repartió las “cañas” y le extendió a Julio Cesar su eterna cocacola. Las dos dueñas tras la barra no nos prestaban atención, cómo si todos los días un grupo de cubanos visitaran su establecimiento. La flaca fregaba las copas y la gorda andaba en el equipo de música. Roberto y Orlando se pusieron a tirar dardos en el blanco electrónico. Julio Cesar y yo los observamos un rato, luego él me invitó a bailar. En realidad, me estaba dando clases, yo lo hacía muy mal y él muy bien. Entonces entró ella, toda vestida de negro, con el pelo negro y esmalte negro en las uñas, pidió un gin tonic y se sentó a la mesa pegada a la pared, en una silla alta. Julio Cesar comenzó a bailar más provocativamente, guiándome poco a poco hasta quedar frente a ella. Ella no se dio por enterada, bebía ausente su trago como un ángel oscuro. Orlando se nos acercó y pasé a bailar con él. Julio Cesar invitó a bailar a la mujer de negro. Ella sin responder dejó el trago a medias y se marchó. Las de la barra se rieron y las que se besaban al lado de la escalera nos miraron con curiosidad.

***

Todos estábamos muy borrachos. Yo, además de borracha, había fumado haschích, que Marcos preparaba con una risita entre cínica y tonta. Nos metimos en un bar repleto de homosexuales que bailaban convulsamente, comenzamos a movernos entre los cuerpos que desprendían sudor y hormonas. María Elena se puso a conversar con dos lesbianas de aspecto tétrico en medio de la música estridente. Julio Cesar, como siempre danzaba como un joven dios, mirándose en el ancho espejo y agitando hacia arriba sus brazos musculosos. Carmen, con la mirada perdida parecía sufrir de fuego uterino, meneando las caderas y tocándose los pechos, ora delante de Julio Cesar, ora delante de Roberto. Marcos intentaba acariciarme sin mucha insistencia y yo se lo permitía a medias. Una de las mujeres que hablaban con María Elena se me acercó por el otro lado y se puso a sonreír, mientras bailaba incitante. Tenía un cuerpo gordo y espejuelos gordos y sonrisa gorda. Aproveché que Julio Cesar estaba cerca y le murmuré: “Por favor, no me dejes sola”... Él era el único que no había bebido ni un trago. Era abstemio. “No te dejaré” —contestó muy dulcemente. Me hizo sentir segura. Ya en el siguiente instante, el pobre sufrió otro ataque de Carmen que se le arrimó con cara de vieja prostituta. Me pareció que María Elena me miraba profundamente, la mujer a mi lado sonreía cada vez más cerca, Marcos tenía la mano en mi cintura, la música era estruendosa y el ambiente sofocante. Montones de mujeres se abrazaban y se besaban y también montones de hombres que se sucedían alrededor como en un calidoscopio dañado. Una mujer bailaba a mis espaldas, pegando sus nalgas contra las mías. En el espejo vi sus hombros cubiertos por un suéter a rallas y el corto pelo teñido de verde. No me importaba volverme, me tenía sin cuidado conocer su cara, así estaba mejor. Sentía su carne desplazarse contra mi piel y sabía que ella también me sentía. Estaba mareada. Sin dudas, María Elena me miraba. La mano de la mujer gorda rozó mi mano como por casualidad. Cada vez estaba más mareada. “Salgamos a fumar” –murmuró Marcos en mi oreja. Asentí. Desde el espejo capté la mirada preocupada de Julio Cesar que sostenía con discreción a la enloquecida Carmen.

Afuera nos sentamos en los escalones entre unos pocos jóvenes. Marcos comenzó a calentar la piedra. “Fumabas unos chinos en Madrid —canté con una voz que no reconocí— Te vi, te vi, te vi...” Marcos rió y me extendió el cigarro que chupé con ansias. Dos mujeres salieron del bar discutiendo algo que yo no podía oír. Sus cuerpos se veían tensos, parecían ser movidas con cuerdas invisibles. De pronto una abofeteó a la otra. “Mira —dije— le dio una galleta”... Marcos siguió fumando con su sonrisita estúpida. Una de las muchachas que hasta ese momento se abrazaban a mi lado en la escalera, se levantó. Las mujeres junto al bar se abofeteaban sucesivamente, pero sin demasiado afán, según me pareció. La que se había levantado se les acercó para intentar separarlas. Otras lesbianas y maricones le ayudaban. “Quieres fumar?” —le extendí mi cigarro a la que quedó a mi lado. Me pareció preciosa con el pelo lacio hasta los hombros y la saya corta y unas piernas muy sensuales envueltas en medias de malla. “Gracias”  —sonrió— “¿De dónde eres?” Tenía una voz muy baja, como la de algunas cantantes francesas. “Soy cubana”. Las dos que estuvieron peleando ahora lloraban abrazadas. Los que las separaban, se dispersaban despacio. “¡Cubana!” —exclamó la muchacha, como si fuera algo extraordinario. Su amiga se nos acercó y la tomó del brazo. “Fuma” —le extendí mi pito a la amiga. “Ella es cubana”  —anunció la de mi lado. “Vamos” —dijo la otra ignorándome— “Estás pasada”... Marcos nos miraba sin parar de sonreír. Las mujeres se fueron. La de las piernas bonitas (de pie las pude apreciar mejor) se volvió un par de veces sonriéndome, pero la otra la llevaba a gran velocidad. “¿Quieres entrar?” —preguntó Marcos. Asentí totalmente mareada.

Respiré el aire espeso del bar. Marcos me dejó en la entrada y bajó al baño. En el espejo descubrí a María Elena pegada a Roberto en un beso interminable, Carmen, dando giros perdida sin retorno, la mujer de la soledad gorda en una esquina moviéndose con pereza. “Esas cosas pasan” —oí la voz de Julio Cesar en la oreja. Busqué sus ojos en el espejo y le dediqué mi más cándida sonrisa. “Me voy” —le anuncié sonriendo para no mostrar mi desaliento, fatiga y aversión. “Nos vamos todos” —respondió. Tomó a Carmen por la cintura y le dio un golpecito a Roberto en la espalda. “Nos vamos” —dijo. Roberto y María Elena nos miraron como si no supieran quienes somos o quienes son ellos.
    Salimos a la calle dando tumbos. Unos hombres estaban lavando el pavimento con mangueras. Descubrí que la gorda nos seguía a pocos pasos. Carmen cantando con voz de vieja borracha (que era lo que era, en realidad), colgaba del brazo derecho de Julio Cesar. Yo lo agarré del izquierdo. María Elena y Roberto se detuvieron en una esquina y nos dijeron que siguiéramos solos. Nos hicieron un adiós con las manos y se perdieron. De pura borrachera y asco me puse a hablar con la gorda que no se movía de mi lado. Era ecuatoriana. En pocos minutos me contó su vida. Estaba enamorada de otra ecuatoriana que se casó con un español. Carmen tropezó y se sentó sin fuerzas en el borde de la acera. La ecuatoriana se agachó ante ella. “¿Por qué no las dejamos?  le dije a Julio Cesar —dejémoslas a ellas solas y huyamos”... El me miró con reproche —“Eso no se hace”... Buscó un taxi y metió a Carmen dentro. Ella intentó darle un beso, pero él la esquivó delicadamente. La ecuatoriana nos acompañó hasta el hotel. “¿Nos vemos mañana?” —preguntó débilmente. Entramos sin responderle. Dentro del elevador le dije a Julio Cesar: “Gracias”... El sonrió y se bajó en su piso. Abrí la ventana de mi habitación y me puse a mirar el amanecer gris y malva sobre Madrid.

***

En casa de María Elena había mucha gente. Mucha más gente de la que debió haber. Era una linda casa, repleta de adornos y artesanías de todos los rincones del mundo. Ahora, además, estaba repleta de personas, repartidas por los espacios. Todos bebíamos como si hubiéramos pasado medio siglo de sequía. De pronto tocaron en la puerta y acto seguido entraron Julio Cesar y Liliana. Liliana se me tiró en el cuello, nos habíamos visto medio año atrás y habíamos pasado una noche alucinante en la Habana, con mucho ron, muchos chistes de doble sentido y mucha proximidad. Nos pusimos a fumar chinos que preparaba Marcos y a conversar sobre mil cosas de modo atropellado. “Estoy enamorada”  —dijo Liliana mirando a Julio Cesar que bebía cocacola en el otro extremo de la habitación. Vi sus ojos y sentí que se me removía algo dentro en un presentimiento velado. Apreté ligeramente sus dedos. “¿Te sientes feliz?” —pregunté. “Sí” —dijo y por sus ojos supe que no mentía.

Como a la hora todos comenzaron a irse y decidimos trasladarnos a una discoteca de nombre árabe y ambiente cargado. Julio Cesar se puso a bailar con una española flaca de mirada voraz y Liliana bailó con Antoine, un cubano de cuerpo flexible. Yo bebía con Marcos. En algún momento salí a tomar aire y Liliana salió tras mí casi llorando. La abracé, pero sabía que no tenía consuelo. “Yo sé que él me ama” —me dijo. No supe qué responder. Adentro Julio Cesar y la española hambrienta bailaban cada vez más enajenados. Liliana se perdió entre la gente. “¿Todavía te queda de esa cosa que hace olvidar y recordar con mucho humo?” —le pregunté a Marcos. “Vamos” —dijo él. Lo seguí. “¿Dónde lo prefieres, en tu casa o en la mía?” —preguntó. Me encogí de hombros. Fuimos a mi hotel, fumamos. Me puse a leerle un cuento mío hasta que se durmió, entonces lo desperté y lo despedí.
Al otro día me enteré de que Julio Cesar había llevado a la española ávida a la casa que Liliana estaba alquilando y se la templó, mientras Liliana daba vueltas por los alrededores y lloraba. Más tarde la española saciada se marchó y mi amiga se arregló con el novio. Miré sus ojos con gran tristeza, mientras bebíamos cerveza negra y roja en un bar irlandés. Sus ojos irradiaban dicha. Julio Cesar a su lado sorbía una cocacola, mientras le acariciaba la pierna por debajo de la mesa.

   “¿Y tú, porque te fuiste?” —preguntó de pronto. Le quedó en un tono de “porque- llegas- tarde- a- casa- con- quien- andabas- cómete- toda- la- comida- o- si- no-...” —“Yo no me fui  —respondí— simplemente no regresé”...

***

Fuimos a Toledo, Julio Cesar, Liliana, Tina, Gertrudis y yo. A Tina la conocí del modo más loco que uno pueda imaginar. Entré en la universidad y de pronto ella se me acercó y comenzó a hablar rápido y febrilmente sobre una amiga que se iba a casar con un mulato cubano dentro de quince días y quería que yo conversara con la amiga y la persuadiera de ese paso fatal. “Está loca” —pensé. La miraba riéndome para mis adentros. ¡Vaya suerte la mía! Todos los locos del mundo me identifican al instante. Tengo un imán dentro que los atrae. “Cálmate” —le dije—. Espera un momento, ya hablaremos”... Esa misma noche conocí a la amiga, Gertrudis, una criatura tierna y crédula. Nos pasamos toda la madrugada bebiendo y charlando, luego vinieron Julio Cesar y Liliana y entre todos le caímos arriba para que no se casara con el mulato. Tina sonreía satisfecha y en gesto de gratitud nos invitó a Toledo al día siguiente.

Caminamos y bebimos mucho y conversamos mucho sobre sexo y soledad. Las españolas se quejaban de sentirse solas y de que los españoles no tiemplan bien, no son cariñosos, por eso todas enloquecen con los cubanos. Julio Cesar y Liliana no paraban de acariciarse y, por lo visto a ellas les daban envidia. En un momento Julio le cantó a la novia una estrofa de una canción de amor. “¿Tu ves? —le dijo Gertrudis a Tina —ellos no nos cantan canciones”... Me daban mucha lástima las españolas. Me pareció que lo confundían todo. Un juego afectuoso con la vida, la vida con la soledad, la soledad con las carencias sexuales, el sexo con el amor. Tenían un rollo en la cabeza, las pobres, y creo que las dos anhelaban ser estafadas por tres o cuatro mulatos a cambio de un instante de placer.

***

Caminábamos por el sendero ascendente entre lápidas y flores de papel, marchitas por tanta muerte. A las espaldas respiraba el mar como un perro azul muy viejo. “Mira” —dijo él. Ante nosotros se abría una pradera de hierba salvaje rodeada por columnas de piedra. Al fondo se veían unas pocas tumbas (de judíos —explicó mi amigo), dos o tres árboles torcidos acompañaban las tumbas. Casi a la entrada una pareja de jóvenes se besaban acostados sobre la hierba. Les pasamos por el lado y nos acercamos a uno de los árboles para sentarnos a su sombra, sacamos nuestros cigarros y fumamos mirando a los jóvenes revolcarse entre caricias. “Me gusta este lugar  —dijo él— hay tanta paz...” Los jóvenes comenzaron a templar con la ropa puesta. A nuestra izquierda un arrollo artificial caía en la laguna artificial donde reposaban los restos de no sé quién muy famoso, según mi acompañante. Las columnas alrededor del terreno le daban cierto aire de teatro antiguo. Miramos el espectáculo de la fornicación, gratuito y ordinario, hasta que los actores se marcharon arreglándose el vestuario, dándolo por acabado. “Sí —le respondí a mi amigo— este sitio es muy tranquilo”.

***

En el “Pastis” ponían música francesa y había montones de cuadros y fotos en las paredes, todo muy parisino. Olía a anís, a papel húmedo, a cierta dejadez. Un travestí bebía junto a la barra. Tenía manos de camionero con uñas largas pintadas de rojo chillón. Un par de obreros andaban en el panel de electricidad, hasta que de repente se cortó la luz. “Disculpen —dijo el camarero, un hombre flaco y pálido— tenemos un pequeño problema...” Hubo unos instantes de intenso silencio. De pronto escuchamos al travestí. “Así es más romántico” —dijo con su voz falsa y nos miró. En realidad, sólo miró a mi amigo. Bebió un buche de su trago y pasó la lengua por sus labios pintados del mismo tono que las uñas. Mantuvo su lengua mucho tiempo fuera. Demasiado. Mi amigo puso una cara rara, desvió los ojos de la lengua, me atrajo con un gesto y me besó.

***

Andrés pasa las noches quejándose de las españolas. Según él, todas son unas tontas, superficiales e interesadas. Recuerdo a mis amigas Tina y Gertrudis, que no me parecieron para nada ninguna de las tres cosas. Más bien, al igual que Andrés, muy solas, decepcionadas y faltas de afecto. ¿Tal vez no saben atraer y prodigar el cariño? —me pregunto. Le repito la pregunta a Andrés en términos más delicados. Me mira como si no comprendiera de qué le hablo. Intento explicarme, comento sobre la amabilidad, ternura, caricias, en fin, los juegos usuales entre parejas, y de pronto recibo una petición insólita: “Enséñame... la ternura...”

***

Me llevan a un sex- shop. Nos metemos los cuatro en la cabina, echamos el dinero, se abre la pantalla y vemos una cama redonda que gira con una mulata gorda y fea encima. La mulata lame perezosamente un consolador en forma de pene, se lo pasa por el cuerpo y pone de vez en cuando cara de gozo. Lo que se supone ser cara de gozo. Parece morirse de aburrimiento. Andrés y otra pareja de amigos catalanes intercambian comentarios y chistes. Les resulta muy graciosa la mujer que no hace otra cosa que girar lentamente con el trozo de plástico disimulando el hastío. Me fijo en la papelera llena de kleenex que está a mis pies y pienso en los que pasaron por aquí antes de nosotros. Hombres que logran excitarse con la gorda del consolador u otra por el estilo. Españoles solitarios masturbándose mientras dejan caer monedas en el traganíqueles para que no se les cierre la pantalla. Nos cansamos de reír y echamos el dinero que nos queda en silencio, hasta que baja la placa que separa ambos mundos. Salimos con un sentimiento entre vergüenza y fastidio. Como si alguien nos hubiese estafado.

***

Julio Cesar me muestra montones de fotos. Fotos de Madrid, de Toledo, algunas de Roma, unas pocas fotos eróticas de él y Liliana. Ella me las arrebata de pronto y se le abraza, temblando de vergüenza. “Yo no sabía que eso estaba ahí” —dice. “Deberías déjame terminar de verlas” —bromeo. “¡No!” —Liliana no separa la cara del pecho de Julio Cesar a modo de avestruz. “Total —comenta él— si yo las voy a pegar encima de mi cama”... Cualquiera que visite a Julio Cesar en La Habana las verá.

***

Caminamos por una zona de Ostia que parece un decorado para una película bucólica. Las casas con sus matas de geranios en los balcones, los perros, las calles empedradas, la iglesia, el castillo tras el muro de roca. Entramos al patio de la iglesia y vemos mesas sobre la hierba cegada. El cura nos trae el menú, comida italiana tradicional. En las otras mesas cenan familias enteras, con sus niños y sus ancianos. Me tomo una foto con el cura y el castillo de fondo. Temo que si no conservo la imagen, comenzaré a confundir ficciones.

***

María Elena me lavó la ropa, me cortó el cerquillo y me dice “nena”. A su lado me siento más joven y delicada. Me lavó la ropa, la dobló y la puso encima de la cama. Me pongo una camisa limpia, meto la mano en el bolsillo y encuentro una bolita de papel deshecho. Era la nota que me había escrito Andrés, mi “aprendiz de ternura”. No recuerdo lo que decía el mensaje, pero lamento que sus palabras, torpes, ridículas y muy afectuosas, se hayan perdido. “¿Qué es? “ —pregunta María Elena. Echo la bola de papel en el cenicero. “Era  —respondo— un intento de amor”.

***

Paso el último día antes del regreso con María Elena. “¿Qué tú crees de lo que sucedió entre tú y yo?” —me pregunta. Entre ella y yo ha sucedido que nos hemos acostado un par de veces, eso es todo. Pero busco palabras, las palabras más bonitas que conozco, para ser amable. Las personas necesitan de palabras. De canciones, caricias, besos, acciones tiernas y efímeras. Le cuento lo importante que es para mí  “lo nuestro” y lo lindo que ha sido. Ninguna de las dos nos tomamos demasiado en serio el juego, pero es tan agradable. La abrazo, le hablo, y mientras le hablo, pienso en que tal vez de todo el viaje sea eso lo que perdure: un puñado de palabras cursi. Después ni eso.

 

Anna Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968). Su obra narrativa y poética abarca una docena de títulos — muchos de ellos premiados—, entre los que se destacan Bad painting (cuentos, Unión1998), Catálogo de mascotas (cuentos, Letras Cubanas, 1999); Limpiando ventanas y espejos (cuentos, Letras Cubanas, 2001), Noche de ronda (novela,  Editorial Baile del Sol, España, 2002), Retazos de las hormigas para los malos tiempos (poesía, Vigía, 2004), Imperio doméstico (cuentos, Letras Cubanas, 2005), Legión de sombras miserables ( cuentos, Extramuros, 2005), El día de cada día, (cuentos, Unión, 2006), Adiós, cuento triste, (noveleta infantil, Gente Nueva, 2006), Ánima fatua (novela, Letras Cubanas, 2007), Mirada de reojo ( Viñetas, Unión, 2010) y otros.

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