La crónica de Teniente Rey
y su farmacia habanera

David López Ximeno • La Habana, Cuba
Fotos del Autor

A Mónica, a Martha y a Norberto Ximeno de Armas

Como una mítica anaconda que en postura recta descansa sobre la tierra, desde las inmediaciones de la segunda portada del Convento de San Francisco de Asís hasta la escalinata del Capitolio Nacional, se extiende la calle Teniente Rey, una de las antiguas arterias de la ciudad intramural. Aún cuando el sol resulte abrasador y el bullicio cotidiano no desaparezca, es hermoso sin paso apresurado recorrerla en las tardes. La calle es angosta, poblada de edificios que no rebasan las tres plantas, construcciones añejas, de uso doméstico en su gran mayoría, aunque también sobresalen en su trazado los imponentes muros del antiguo Convento de Santa Teresa de Jesús. Costumbre habanera resulta caminar por las calles desafiando el intenso calor hasta llegar a alguna plaza y guarecerse en los portales donde la brisa convertida en torrente refresca al transeúnte. Cuando el sol proyecta la silueta de los edificios sobre el empolvado pavimento, entonces la gente cobija su andar, y a lo lejos observo la nube de polvo desplegarse sobre el suelo e impactar a los caminantes, mezclados con el quehacer de los obreros de overoles azules. Ellos son los responsables de tanto desorden. Pasan cargando materiales de construcción e instrumentos de trabajo. Gritan, introducen los martillos neumáticos en el suelo, y se desata un ruido ensordecedor. Es la restauración, que en poco tiempo convertirá a Teniente Rey en uno de los más hermoso bulevares del Centro Histórico de La Habana.

Imagen: La Jiribilla

Mis andanzas por esta zona de la ciudad se remontan a la adolescencia. Por aquella época llegaron a mis manos los tomos de La Arquitectura Colonial Cubana, obra insigne del profesor Joaquín E. Weiss. El regalo de mi padre, quien ya conocía mi incipiente afición por la arquitectura y el urbanismo, de súbito me sumió ante la belleza de las plazas habaneras, y en la historia y estilos arquitectónicos de sus palacetes y casonas señoriales. No existió impedimento para no hojear o releer las extensas explicaciones de Weiss, sus regodeos y derroches de erudición al hablar de los valores de un mundo que prácticamente estaba desapareciendo. Después de leer aquellos libros, resultaba imprescindible recorrer La Habana y descubrir los lugares que el profesor describía. Teniente Rey era una de mis rutas predilectas. Disfrutaba el encuentro con lo que antaño fuera la Plaza del Mercado hoy Plaza Vieja, entonces convertida en un ruinoso parque con farolas destrozadas a golpe de pelotazos y desidia. Era hermoso concentrar mis pupilas en la observación de las formas y colorido del gigantesco vitral de medio punto con motivos florales de la casa de los Condes de Jaruco. También palpar la madera de los viejos portones,  penetrar en los zaguanes donde respiraba olores indescriptibles, era una experiencia diferente. Con tantas intervenciones lamentables justificadas bajo el falso concepto de la modernidad, la Plaza Vieja, ya no lucia su esplendor de antaño, de forma que mis ojos nunca hallaron sobre el maltrecho rectángulo, la romántica atmósfera  del grabado de Hipólito Garnerey, donde la fuente de mármol, ubicada en el centro, ejercía el protagonismo. Este grabado del año 1807, muestra el peculiar aspecto de una plaza repleta de vendedores, caleceros, pregoneros y todo tipo de personajes pintorescos, de los que ahora solo quedan espectros. En el grabado de Elías Durnford, más antiguo que el de Garnerey, por ser de 1762, se aprecia con claridad la evolución general del espacio urbano. En el lugar de la majestuosa fuente de mármol de Carrara, se levantaba una pileta vecinal, a la usanza de las ciudades medievales europeas, que servía para surtir del líquido vital a vecinos y caminantes. Cuando observamos algunos de los antiguos planos de la ciudad, salta a la vista que en su trayectoria la calle Teniente Rey atraviesa dos importantes plazas habaneras. La primera, la Plaza Vieja, diseñada para una función de carácter doméstico como lo fue el mercado. La segunda, la Plaza del Cristo, tiene una función puramente religiosa pues alberga en su seno a la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje. Esta plaza también fue víctima de transformaciones que cercenaron su fisonomía original. Para suerte de los habaneros quedó incólume la iglesia con su peculiar portada y sus torres gemelas de baja estatura, a las que precede la nave central con sus techos de madera artesonada, que están entre los mejores conservados de la ciudad.

Imagen: La Jiribilla

Luego del recorrido casi obligatorio por el lúgubre sitio que fuera  la Plaza Vieja, volvía a encaminar mis pasos por  mi calle fetiche hasta detenerme frente a las puertas de una farmacia derruida a la que denominaban "La Reunión", que aún conservaba en su interior los elegantes mostradores y estantes de caoba y algunas vidrieras decoradas con motivos florales pintados a mano. El lujo de la botica francesa fue introducido en La Habana, allá por la década del 50 del siglo XIX. Al Dr. Lobé, cubano que estudiaba la ciencia farmacéutica en París, le debemos la idea. Así, La Habana de la época se hizo famosa por sus lujosas boticas decoradas al estilo francés, donde se exhibían como gran trofeo los albarelos, frascos de porcelana importados de Europa. Específicamente desde París.

La más famosa de estas boticas fue la San José, de la que ya no se conserva nada. Además de comprar sus productos y sustancias curativas, en las boticas, era común que el público asistiera a observar los grandes estantes decorados por blancos pomos fileteados en polvo de oro y colores brillantes, donde relucían inscripciones como Res: De: Guayac:, Raíz de Eled: Bl:, Res: De: Jalapa, Ung: Blanco, entre otros.  La decoración de cada pomo de farmacia, resulta en sí misma una obra de arte. Los hay finamente decorados con flores, hierbas aromáticas y vainas.  Otros muestran ramas de laurel entrelazadas, recreando las coronas de los césares romanos. También tenían motivos marinos como anclas, cuerdas y timones de barcos. En algunos relucían las esfinges de animales míticos, y los más sencillos tenían guirnaldas y cintas. Todo este decorado cumple la finalidad de resguardar la inscripción o nombre de la sustancia o medicamento para el cual el pomo resultaría destinado. La farmacia que en mi adolescencia contemplara, ya no tenía el esplendor de antaño. Nadie sabía explicarme porqué desaparecieron los pomos de porcelana, ni las sillas de espera, estilo colonial americano, como comúnmente se les denominaba. La imagen que reclamaba solo se mantenía viva dentro de los límites de una antigua fotografía descubierta por azar.

Afortunada resulta esta calle por poseer dentro de su trama urbana edificaciones de diferentes épocas, que independientemente de su grado de conservación, lograron sobrevivir al paso del tiempo, a los cambios de uso y a las caprichosas transformaciones realizadas por inquilinos y propietarios aferrados al criterio de modernizarlo todo. Con perfecta armonía se integran inmuebles de los siglos XVII, XVIII, XIX y XX, algunos de gran relevancia histórico-cultural como el Colegio "El Salvador", fundado en 1853 por el pedagogo cubano José de la Luz y Caballero. Se destacan numerosos estilos arquitectónicos pasando por la vivienda de arquitectura vernácula con reminiscencia mudéjar sin mayores pretensiones estéticas, hasta el neoclásico más refinado, el art decó con fines industriales, y el eclecticismo  republicano.

Imagen: La Jiribilla

Donde convergen Teniente Rey y San Ignacio, todavía se alza la casa de González Larrinaga, después Colegio "Santo Ángel", fundado por la señora doña Susana Benítez de Parejo en 1866. El inmueble fue rescatado de las ruinas en que lo sumiera un terrible huracán, la restauración lo trasformó en hermoso restaurante y hostal. En tiempos de mis viajes juveniles, la vivienda se hallaba convertida en casa de vecindad como casi todas las mansiones del sitio. Aún así dominaba mi curiosidad el tratar de explicarme cómo sobrevivía la extensa baranda del balcón superior, hecha de hierro fundido. Desde abajo simulaba un largo encaje adosado a una fachada lisa donde los elementos predominantes eran el largo balcón, su baranda interrumpida a retazos, y las delgadas columnas con arcos de medio punto.  En la esquina que conforman Teniente Rey y Aguiar también me detenía ante la casa del balconcillo, como ingenuamente bauticé a la casa Pratt Puig, pues su elemento sobresaliente es el balcón techado y en forma de ele, que domina todo el nivel superior de su fachada. Por su estructura y diseño interior, trazado alrededor de un patio de rectas galerías, al que se accede desde un pórtico donde también predominan las líneas rectas, imagino que sea una de las viviendas más primitivas.

El paseo por intramuros siempre te sorprende. Ahora que la restauración ha ganado terreno la ciudad y sus calles conforman un mosaico de colores y de gente interesada por descubrir algo nuevo. Las lecciones extraídas de las páginas de Weiss, multiplicaron mi interés por el patrimonio habanero, y me incitan a conocer otras áreas de la ciudad. Mas a pesar de todo, vuelvo a los derroteros de mi adolescencia, a la estrecha calle ahora adoquinada a intervalos. Vuelvo a la Plaza Vieja, a los portales embebidos de silencio o brutal algarabía según sea la época del año. Sin duda, continúo prefiriendo las tardes de septiembre para recorrerlos. Mi viaje resulta más placentero si me detengo a saborear un capuchino en el Café "Escorial" despejado de turistas, para después acudir al encuentro con la vieja botica ahora reluciente para bien nuestro.

Los orígenes de las farmacias habaneras se remontan al temprano año de 1598, cuando solo existían en la ciudad dos boticas con productos españoles que alternaban con remedios criollos. Ya en 1634 se funda el Real Protomedicato, que declara la legalidad de los títulos de barberos, sangradores, cirujanos, parteras y medicamentos de las droguerías. Llegado el siglo XIX, específicamente en el año 1844, en La Habana existían 50 de estos establecimientos que introdujeron el lujo de la porcelana francesa y el cristal para uso de almacenamiento de sus productos. En 1861 se funda la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, dentro de la cual se conformó una sección de farmacia, que contribuyó a dar un notable impulso a esta actividad profesional. En 1880 se funda el Colegio Farmacéutico, cuyo primer presidente fue el Dr. José Sarrá. Cinco años más tarde La Habana ya tenía 68 boticas donde se vendían medicamentos con patentes nacionales y extranjeras. 

Imagen: La Jiribilla

"La Reunión", también es conocida por los habaneros con el nombre de Farmacia Sarrá, pues así se apellidaban sus dueños y fundadores. El 20 de mayo de 1853, la Sociedad Catalá, Sarrá y Co, establece en ese lugar la farmacia más elegante de La Habana. La droguería y farmacia recién fundada comercializaba drogas, productos químicos y farmacéuticos, reactivos, productos para fotógrafos, barnices, pinturas, tenía especialidades en aguas medicinales, perfumería, aparatos para farmacias y laboratorios además de instrumental de cirugía, material antiséptico y jeringas. En 1865 la Sociedad Catalá, Sarrá y Co, es disuelta y creada en su lugar la Sociedad Sarrá y Co, que adquiere mediante acto de compraventa algunos inmuebles de la calle Compostela donde ubica sus almacenes.  Al morir en Barcelona en 1877 don José Sarrá  y Catalá, lo sustituye su sobrino don José Sarrá y Valldejuli, quien continuó extendiendo el emporio farmacéutico hacia las áreas restantes de la manzana donde se había ubicado la farmacia.

La fachada de "La Reunión", tampoco escapó a sucesivas transformaciones. El edificio como hoy lo conocemos muestra un estilo ecléctico, pues fue remodelado en la década del 20 del pasado siglo. Por fortuna su interior se conservó intacto. El primer salón, conocido como la antigua droguería por ser el espacio fundacional de la botica,  data del año 1853, y es de un exquisito estilo neoclásico. En la actualidad en él se comercializan plantas medicinales y especias. El segundo salón y el tercero, de estilo neoclásico y neogótico, respectivamente, datan de la década del 80 del siglo XIX. El diseño del tercer salón es algo inusual para un establecimiento de este tipo en la ciudad. Como elemento identitario, en sus anaqueles sobresalen las vidrieras decoradas con motivos florales pintados a mano. De entre los motivos florales en las dos vidrieras, se resalta una medalla dorada, en alusión a la presea que obtuviera Sarrá en la Feria de Matanzas, celebrada en el año 1881. De la ampliación realizada en los años 80 del siglo XIX, es el dispensario, que ahora produce fórmulas oficinales como tintura de manzanilla o salvia y melito de ajo, entre otros.  Desde el punto de vista artístico "La Reunión", no es una botica puramente francesa, tiene influencias catalanas, pues de aquella región eran sus fundadores. En cuanto a su forma de funcionamiento, tenía influencia norteamericana.  

La Farmacia Sarrá, ya no luce su orfandad, hoy es un museo donde se atesora una importante colección farmacéutica de mediados del siglo XIX, compuesta por objetos originales y arqueológicos, además de reproducciones de pomos de farmacia, de un alto valor estético.  La antigua botica es un lugar increíble donde se respira el exquisito aroma de las especias y plantas medicinales. Es un íntimo rincón habanero frente al que continúan pasando los transeúntes que tratan de escabullirse de la nube de polvo que flota en Teniente Rey.   

Nota:
Agradecimientos especiales a la amiga Lisset González Navarro, por su colaboración.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato