Buster Keaton volverá a pasear por Cuba 50 años después

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba
He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.*

I

Tras las huellas de Buster Keaton en el retablo cubano

En el  mes de octubre del año 1964, el Teatro Nacional de Guiñol, la mítica compañía que lideraron los hermanos  Camejo y Pepe Carril, en La Habana, Cuba, entre 1963 y 1971, estrenó bajo el título Teatro Breve de García Lorca, su segundo acercamiento al imaginario lorquiano (Ya habían llevado al retablo, con inmenso éxito, El maleficio de la mariposa, en 1962). El paseo de Buster Keaton, La doncella, el marinero y el estudiante y el Retablillo de Don Cristóbal, en ese orden, conformaron la nueva y osada propuesta. En el caso de El paseo…, acorde con la filiación de la obra con el séptimo arte, acudieron al uso de proyecciones cinematográficas, con la imprescindible colaboración del ICAIC [1]. El actor y director Luis Brunet interpretó al cómico norteamericano, nombrado al nacer el 4 de octubre de 1895,  como Joseph Francis Keaton. Ulises García y Pepe Carril alternaron en la narración, recordar que este es un guion contentivo de hermosísimas didascalias; el Gallo y el Búho estuvieron a cargo del virtuoso titiritero Ernesto Briel, la Americana fue compartida por Dania Miró y Regina Rossié, mientras la Joven con cabeza de ruiseñor fue defendida por Mabel Rivero. Laura Zarrabeitía tuvo a su cargo el diseño de los muñecos.

Imagen: La Jiribilla
Teatro de García Lorca, TNG, 1964
 

El éxito de Teatro Breve… fue mediano, no se encuentra este montaje entre los principales hitos del Guiñol Nacional, incluso algunas críticas de la época  se mostraron moderadamente halagadoras y manejaron criterios como que las dos piezas primeras eran simples bocetos del autor, publicadas en revistas que el mismo Federico fundó y mantuvo; tacharon de débil y verboso el texto, salvado por el atractivo visual y el interés experimental del colectivo cubano. No viví esos momentos, pero conozco por el testimonio oral de Carucha Camejo, que ellos siempre enfrentaron el peligro del riesgo creativo con la frente en alto, conscientes de que el camino hacia un teatro de arte está erizado de dificultades objetivas y subjetivas.

El paseo de Buster Keaton, escrito en 1928, y resultado de la fascinación que ejercieron las nuevas salas de cine en España y sus protagonistas (Ben Turpin, Harold Lloyd, Charles Chaplin, Keaton…), sobre los estudiantes de la Residencia Universitaria de Madrid, e incluso en aquellos que como Rafael Alberti no pertenecían a ella, forma parte de una serie de diálogos irrepresentables o teatro imposible, como le llamó el propio dramaturgo, que integran además Quimera, La doncella, el marinero y el estudiante, Diálogo mudo de los cartujos y Diálogo de los caracoles, entre otros. El paseo…, pieza aparentemente rara en el cuerpo dramatúrgico del poeta granadino, expone su propio yo trasmutado en el cómico norteamericano, plasma en palabras e imágenes caprichosas, su concepto sobre la libertad personal y artística, la expresión de sus ansiedades, las pasiones más íntimas y una marcada filiación con el arte del surrealismo.

II

Buster Keaton, un actor por encima de la realidadTú eres un genio y lo que se lleva ahora es la poesía surrealista. Así que no pierdas tu talento con pintoresquismos
(Palabras de Salvador Dalí a Federico García Lorca)

En 1925, Buster Keaton, con su rostro impasible y sus acrobacias fílmicas, era ya motivo de creación para Salvador Dalí, quien de regalo le envía a Federico, con quien disfrutaba entonces de una estrecha amistad, un collage llamado El matrimonio de Buster Keaton. En 1927, es el joven Luis Buñuel, quien publica en Cahiers du´art un artículo titulado Contra toda infección sentimental, donde elogia el estilo del gran cómico, justa expresión de las teorías que apoyaba sobre lo putrefacto, metáfora utilizada entre los estudiantes de la residencia madrileña para referirse a lo que era para ellos arcaico, inactual, conservador, tradicional, sentimentaloide, tópico y retórico.

La sensibilidad, el conocimiento, la creatividad y la imaginación no serán nunca putrefactos, venga de cualquier tendencia estética. La batalla juvenil que libraban los estudiantes universitarios amigos de Federico contra lo que ellos consideraban fuera de sus parámetros, se deshace ante el poderío del  imaginario lorquiano, que cubre un amplio espectro cultural y social, con zonas para todas las criaturas posibles. La asepsia, frialdad y serenidad que contraponían algunos de sus colegas a la llamada Putrefacción, no le daba derecho a Salvador Dalí a reprocharle al granadino, por ejemplo, su libro Canciones, y mucho menos el Romancero gitano, esa especie de cofre literario donde reinventa a Andalucía toda, para hacerla  emerger al mundo en una especial dimensión. Del ataque estudiantil no escaparon ni el poeta y prosista Juan Ramón Jiménez, ni el poeta modernista nicaragüense Rubén Darío, ambos fueron tildados de puercos y vulgares y sus obras calificadas de repugnantes, inmorales, histéricas, arbitrarias y cadavéricas.

La respuesta de García Lorca a esos ataques se halla de forma primigenia en El paseo de Buster Keaton, una obra corta que contiene abundante reservorio de símbolos, y es antesala de su posterior guion para cine Viaje a la luna, contestación de altos quilates creativos a filmes como Un perro andaluz y La Edad de Oro, realizadas por el dúo Dalí-Buñuel en 1929, el mismo año en que Rafael Alberti escribe su poema “Buster Keaton busca por el bosque a su novia que es una verdadera vaca”. Las etiquetas, definiciones y exclusiones en el arte, siguen siendo una aberración humana llena de subjetividad a la que no escaparon los llamados surrealistas. La frustración en el enfrentamiento conflictivo con la sexualidad femenina es algo que está presente desde 1928 en el breve guion de El paseo…, también la presencia de la bicicleta, artefacto utilizado con frecuencia en las películas mudas de los años 20. Todo ese discurso enigmático, inconexo, irracional e inexplicable, presentes en Un perro…y La Edad de Oro,  fue precedido por la pequeña y prometedora obra del poeta español.

Imagen: La Jiribilla

André Bretón, personalidad fundamental en la corriente surrealista dijo que Buster era una brisa fresca, ecuánime y desinfectada. Sus apariciones en la pantalla grande, bañada siempre de un aura subconsciente, casi sonámbula, como la que concibe el poeta para su concentrado libreto, convierten al cómico no solo en un marginado de la sociedad, sino también de la realidad, cuya relación extraña y absurda con las personas, objetos y animales, tiene fuertes vínculos con el sistema de creación surrealista.

El aire andrógino de Keaton, su melancolía perenne, tiende un puente, repito, con la existencia del propio Federico, algo muy evidente en El paseo…, cuyas escenas inconexas, trasmiten la angustia del amor imposible y una profunda melancolía.

III

Un nuevo paseo para Buster Keaton

“(…) Para mí, la imagen más fuerte es aquella que contiene el más alto grado de arbitrariedad, aquella que más tiempo tardamos en traducir al lenguaje práctico…”
André Breton

Es 2014,  Teatro de Las Estaciones cumple su 20 aniversario. De una manera u otra, durante todos estos años, hemos ido juntando las diferentes artes en los espectáculos de nuestro repertorio. Cada nueva propuesta es un camino a seguir, acompañado  de interrogantes y deseos. Eso es en definitiva la creación, escudriñar en el alma de una historia, un tema, un sentimiento, una persona, un país.

Los títeres han sido nuestra principal vía de expresión, una ruta que hemos andado alejados de cualquier purismo, de cualquier criterio absoluto e inamovible. Lorca y su teatro, que es a la vez el espejo de su propia vida, junto a sus elucubraciones titiriteras, ha estado siempre en nuestra frecuencia creativa. Por eso sentimos tanto beneplácito en redescubrir El paseo y convertirlo en El irrepresentable paseo de Buster Keaton, con todos los valores y características de obra que sabemos mezclada con recursos cinematográficos, un aliento poético y dramático que raya con lo irreverente,  una marcada tendencia hacia la vanguardia de su tiempo y a la de este tiempo, ambos tan parecidos en temores, absurdos e incomprensiones. En este nuevo laboratorio  nos hemos divertido  tanto como sufrido, pero nunca hemos cejado en el empeño de pasear junto a Buster, de acompañarlo cómplices en su desazón amorosa.

Imagen: La Jiribilla

Interesantísimo fue nuestro encuentro con las palabras del poeta Guillaume Apollinaire, escritas en 1917 para el musical Parade, el cual definió como “…una alianza entre la pintura y la danza, entre las artes plásticas y las miméticas, que es el heraldo de un arte más amplio aún por venir. (...)”. El estudio del teatro de vanguardia que marcó los inicios del pasado siglo XX,  con una línea de representación que clamaba por el abandono de la psicología como resorte escénico, del realismo cotidiano con sus personajes y diálogos perfectamente caracterizados, en pos de abrir puertas a un entorno de pesadilla, ilógico y disparatado.  Esos vasos comunicantes con el  futurismo, el surrealismo, la abstracción y el minimalismo latentes en El paseo…, entroncan con nuestra concepción escénica multidisciplinaria, que pretende un teatro de títeres con lenguajes cruzados, que intenta sorprender al espectador para arrastrarlo hacia sus propios límites.

Buster Keaton, como alegoría del propio Lorca en su búsqueda de la libertad, no es un personaje cómodo, es alguien que se enfrenta a un mundo complejo, al cual intenta adaptarse. Por eso su comunicación dramática, y la nuestra al asumir la pieza irrepresentable del poeta, está marcada por la aparente falta de sentido, la existencia de personajes que se mueven en un contexto arbitrario que hablan de represión sexual, soledad, miedo, incomprensión, aspiraciones y verdades humanas.

Los actores están empujados a comportarse ante el espectador con osadía, proceder que para algunos podrá ser chocante, pero que nunca debe dejarlos indiferentes. Los reflejos del disparate actual en que vivimos, entre seres víctimas del desamor, más una marcada y creciente ausencia de sentimientos y valores de todo tipo, buscarán en nuestro montaje un resquicio para ser; en ardua conversación con una banda sonora compuesta por temas musicales del pasado y el presente. Habrá danza y teatro de objetos junto a poemas de Alberti, Neruda, del propio Federico, sacados de su imprescindible libro Poeta en Nueva York (1929-1930, Cuba mezclada entre esas imágenes encabalgadas e imposibles), textos de Buñuel, la impronta de las estremecedoras imágenes de la pintura de Dalí.

Trabajamos en un proyecto que quiere dialogar con el concepto lorquiano de lo irrepresentable, traducido por nosotros en performance, juego, fuga de la realidad, laboratorio con figuras y entes nacidos del cerebro y el talento alucinado de un poeta eterno. Tal vez sea una advertencia ante nuestra inquebrantable fe en el teatro, ese fragmento que tanto me gusta del poema “Paisaje de la multitud que orina” [2]

“…Se quedaron solos:
aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas”.

 

Notas del proceso de montaje de El irrepresentable paseo de Buster Keaton, por Teatro de Las Estaciones
 
*  Fragmento del poema 1910, del libro Poeta en Nueva York
 
[1] Instituto Cubano de Artes e Industrias Cinematográficas
[2] Poema del libro Poeta en Nueva York

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