El sonido de nuestros padres

Antonio Enrique González • La Habana, Cuba
Fotos: Tomada de Internet y de Yander Zamora
 

xl´2 (por el dos), una de las dos muestras principales del 6to. Salón de Arte Cubano Contemporáneo (SACC), expuesta en espacios del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, en La Habana Vieja, del 12 de septiembre al 18 de octubre, incluyó en su curaduría la pieza El sonido de nuestros padres, de Milton Raggi. Este artista se apropia de una pieza del compositor cubano Juan Blanco (1919-2008) como motivo, eje, núcleo intangible de un espacio donde estructuró una suerte de enviroment minimalista, dígase una caja de vacío, tal vez un trozo de nada, una esfera de vacío objetual y hasta corporal, donde las sonoridades protagonizan.

Imagen: La Jiribilla

Se busca propiciar para los espectadores las condiciones de recepción “pura” más óptimas posibles de los sonidos armonizados, a partir de la propia disolución, en esta negrura “absoluta” (no olvidar que el negro es la ausencia de los colores, y por ende, es la noción más cercana que se pudiera tener de la nada) de la corporeidad y la conciencia, en comunión, quizá nirvánica, con el Todo vibrátil que envuelve al ser.

En estas condiciones, los sentidos físicos convencionales se anulan, aguzándose esos sentidos otros, no muy bien localizados por la fisiología, pero más listos para esta música generada con máquinas, que por más que se le escuche, siempre va a suscitar una inquietante sensación de extrañeza, de enigma insoluble. Algo que no deja de guardar una rara ironía, ya que la música electrónica es como “más humana” que la producida por los convencionales instrumentos cordófonos, aerófonos, membranófonos e idiófonos, de factura más artesanal y en diálogo con fuerzas naturales; en tanto la electrónica es urdida ciento por ciento por complejos ingenios, como voz e himno de la tecnología, una de las magnas creaciones de reafirmación antropocéntrica, en su brega eterna contra la Naturaleza o Dios (cómo quiera) que lo engendró. Ahora, el músico electrónico, una vez más envestido de Prometeo, robó los sonidos del tímpano sagrado y buscó sublimar en arte su creatura: la tecnología, y la más compleja, la más cercana a imitar la perfección aún incógnita de la mecánica natural.

Imagen: La Jiribilla

Sin embargo, su propia obra sólo le depara más misterio, el golem se rebela contra el cabalista, el monstruo atemoriza a Víctor Frankenstein. La música electrónica, en vez de crear una atmósfera de confianza, remite con sus sonoridades a sensaciones, espacios, formas y dimensiones más ajenas aún. Al cantar las máquinas, la electricidad, los diodos, los transistores, los capacitores, y todos los demás homúnculos gestados con la alquimia técnica, el receptor casi palpa lo ignoto. Los sonidos parecen emitidos desde otro mundo, cuando realmente provienen de un mundo otro: la esfera de objetos y sentidos, creada por el ser humano paralelo a la Naturaleza y sus vibraciones. Si no, ¿por qué piezas como el arreglo de Isao Tomita a la suite Los planetas de Gustav Holst, remite a una proyección astral por el espacio sideral, a la sonoridad de estos mundos carentes de vida tal como la conocemos?

El sonido…, más allá del homenaje a Juan Blanco que válidamente implica, busca revelar potenciales ocultos en un tema musical de 34 minutos y 32 segundos  ideado originalmente para escuchar de manera indirecta en el lobby del hospital habanero Hermanos Ameijeiras. Su originario rol secundario, dizque accesorio, para ser percibido más bien por el subconsciente de la población flotante del espacio referido, es redimensionado hacia, más que un protagonismo, a una totalidad; no sólo sonora, sino perceptual y preceptiva, en esta dimensión alterna construida por Raggi en uno de los vericuetos del Centro de Desarrollo.

Al sumergirse en esta esfera paradimensional, el subconsciente relevará al común estado consciente en la primacía, cual ensoñación en vigilia, como trance chamánico, y el convencional diálogo receptor-mensaje se transmutará en comunión, fusión, disolución de ambas individualidades, de toda individualidad («Lo que está más abajo es como lo que está arriba, y lo que está arriba es como lo que está abajo», Hermes Trismegisto dixit). Es esta una psicodelia no asistida químicamente, sino provocada por algo tan sano como la conjugación de circunstancias propicias, dígase la anulación de todo. Tal vez por esto resulta un tanto incordiante la inmiscusión de la pieza aneja, Sala de navegación (José Eduardo Yaque) en el perfecto aislamiento. Quizá la museografía buscó articular cierta relación entre el vacío y el caos, la desolación, que sugiere esta obra; o sólo se pudieron montar de esta manera en el espacio disponible. Acaso se pretendió mantener un asidero disonante, para el retorno seguro al cuerpo, a la individuación, tras el periplo por el absoluto…

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