Artes Plásticas

Libros sobre artes plásticas, una necesidad

Estrella Díaz • La Habana, Cuba
Fotos: Cortesía de la autora, Alexis Rodríguez y K&K

Jorge Bermúdez —doctor en ciencias de la información, profesor de arte y comunicación de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana— está inmerso en estos momentos en cuatro proyectos editoriales que tienen que ver con el mundo de las artes visuales.

Imagen: La Jiribilla

Con el también crítico conversamos recientemente sobre cada uno de esos trabajos: el primero editado por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas y la revista Arte Cubano, y que forma parte de la Colección Espiral dedicada por entero a los Premios Nacionales de Artes Plásticas.  

“Hace unos dos años se convocó a un grupo de críticos de arte para que cada uno escogiera  el autor que le interesaba desarrollar y yo seleccioné  a Raúl Martínez por varios motivos; en primer lugar porque fue mi profesor  en los años 60 en la Escuela Nacional de Arte y desde entonces establecimos una relación de amistad.

“También porque con anterioridad había hecho un libro titulado La imagen constante: el cartel cubano del siglo XX y para ese empeño Raúl Martínez me ofreció una serie de testimonios muy interesantes; pero la razón principal es porque lo considero una gran maestro de las artes plásticas cubanas que ha tenido la particularidad de fusionar mejor que otros la gráfica con la plástica. En él, gráfica y plástica hacen un todo  indisoluble y se puede, perfectamente, reconocer una obra no solo gráfica sino también plástica”.

Ese es, justamente, uno de los grandes aportes de Raúl Martínez: erigir a rango de arte a la gráfica, que aún hoy no ha sido suficientemente reconocida.

Sí, porque en el caso de la gráfica no rigen las mismas leyes que para la pintura: si es válido para un pintor ser reconocido por su poética, por su estilo, en el caso del gráfico no necesariamente tiene que ser así.

Sin embargo, en Cuba tenemos una tradición muy interesante en éste sentido. Por ejemplo, otra figura puede ser Eduardo Muñoz Bach porque todo el mundo lo identifica con el cartel —para mí el mejor cartelista que tuvo este país en el siglo pasado—, pero muchos desconocen que él fue un gran ilustrador y también ahí se da una fusión interesante entre la obra ilustrativa de Bach y la cartelística.

¿Esa tendencia es absolutamente típica del quehacer cubano o se extiende a creadores de otras latitudes?

Últimamente en la plástica las fronteras entre géneros se han borrado. Pero lo interesante es que esto ocurre antes de que estas fronteras se diluyeran. Para decirlo en un sentido mucho más directo: ya ellos la venían suprimiendo antes de que eso se convirtiera en una tendencia dentro de la posmodernidad.

Fueron transgresores…

Totalmente; se anticiparon e hicieron unas líneas de interpretación de la realidad. Hay algo cierto: la gráfica tiene los recursos expresivos y conceptuales necesarios para expresar el mundo que nos rodea independientemente de las condicionantes que impone la parte económica y tecnológica.

¿Cuál fue la satisfacción mayor que le dio ese trabajo dedicado a los Premios Nacionales que, sin duda, es una gran idea?    

Recordar los contactos que a través de los años tuve con Raúl Martínez en la línea profesional porque después de la etapa estudiantil de vez en cuando nos encontrábamos; él fue una persona —no solo conmigo sino con todo el mundo— muy directa, honesta y franca. Muchas de las anécdotas que aparecen en su autobiografía me las contó antes; problemas de la cultura y desacuerdos que tuvo con personalidades que regían, en ese momento, la esfera ideológica.

Hay otro libro terminado que es una selección de críticas de arte titulado Lo eterno de todos los días.

El título del libro lo tomo de uno de los artículos que corresponde a Alberto Díaz Korda, que por cierto fue publicado en la revista Casa de las Américas. Es una selección de aquellos trabajos sobre crítica de arte que he  realizado por más de 30 años; traté que esa selección siguiera cierto ordenamiento cronológico en cuanto a las figuras y temas que iba  abordando. Al recopilarlos me percaté que hay toda una continuidad histórica y que hace muy orgánico el discurso textual de esta obra.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué período abarcan estos trabajos? 

Empieza con un trabajo sobre Bernardo G. Barros, el crítico de arte de inicios de la República, y termina con una visión panorámica del paisaje desde los orígenes hasta la actualidad. El libro se estructura en cuatro partes: una primera que comprende la gráfica, la segunda el arte digital, la tercera el quehacer de cinco pintores que he tratado con más asiduidad (Ángel Ramírez, Gilberto Frómeta, Sandra Ramos y Cosme Proenza) y por último el paisaje, que es una panorámica que va desde los orígenes y las primeras manifestaciones grabadas sobre la imagen de Cuba, hasta el paisaje contemporáneo.

Un libro múltiple y difícil a la hora de estructurarlo; es como un ajiaco…

Exactamente ¡y como ajiaco sabe bien!; sinceramente el primer sorprendido he sido yo. Cuando me pidieron que hiciera una selección de todo mi trabajo crítico me percaté que había todo un ordenamiento. Creo que lo más interesante es que cuando uno termina de leer esos textos alguien puede pensar que están puestos ahí sin ton ni son, pero uno se da cuenta de que hay toda una historia lógica que fluye perfectamente aunque hay artículos que tienen diferencias en el tiempo. Lo que se va escribiendo diariamente lo convierte a uno —sin darse cuenta— en cronista de otros cronistas que tienen otra forma de expresar su mundo.

Antología visual del béisbol, que está en fase de edición, es una mirada a nuestro deporte nacional visto desde las artes plásticas.

El doctor Félix Julio Alfonso, uno de nuestros más importantes historiadores, parece que se contagió un poco con las otras antologías que había hecho sobre José Martí, el Che Guevara y José Lezama Lima  —que por cierto están todas agotadas—; cada vez que me encontraba con Félix Julio me preguntaba, “¿cuándo va a hacer una antología del béisbol?”.

Como casi todos los cubanos jugué pelota, pero confieso que tenía cierto prejuicio hacia el béisbol en cuanto a que diera una proyección realmente literaria y de interés artístico. Un día, finalmente, me decidí y desde el primer momento me di cuenta de que estaba entrando en un tema fascinante no solo desde el punto de vista histórico —que es lo que menos toco— sino porque hay toda una serie de trabajos importantes sobre la historia del béisbol y también mucha polémica y datos imprecisos. Detrás del béisbol había toda una problemática social, ideológica que vinculaba este deporte con todo el proceso de concienciación de la sociedad cubana en el período colonial e incluso después con las guerras de independencia.

Lo que rige el libro es el cómo nuestros creadores —me refiero a fotógrafos, diseñadores gráficos, ilustradores y pintores— han ido reflejando a través de los años con sus propias poéticas el béisbol. Hay un hecho interesante y es que cuando nuestro béisbol ha entrado en crisis —a principios de los años 90, al no ser los que damos palos sino que nos lo dan a nosotros—, es cuando más el béisbol ha sido abordado por los artistas plásticos. Incluso se han organizado varias exposiciones sobre este deporte —algo que no era común; las principales imágenes que tenemos del béisbol durante la República responden, esencialmente, al mundo gráfico que viene del periodismo, pero no de la pintura.

Hay que esperar una obra como La muerte en pelota, de Antonia Eiriz, para encontrar en la plástica cubana una pieza de peso. Me parece que después de La anunciación, La muerte en pelota es otra de las piezas emblemáticas de Antonia.

Todo esto ha ofrecido una visión totalizadora y muy orgánica de la propia producción de la plástica y la gráfica nuestras, o sea, a través del tema de la pelota tenemos, también, una historia del arte referida a este deporte; algo que por lo general siempre ha sido un poco evasivo en relación con el interés de los artistas para abordar este tema, independientemente de que algunos son verdaderos fanáticos.ç

Imagen: La Jiribilla

Diario de una imagen, de Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau es el cuarto proyecto en que ha trabajado.

El director del Centro Pablo, Víctor Casaus, me solicitó hacer una antología visual de Pablo, pero finalmente desarrollé un texto titulado Diario de una imagen en el que se hace una especie de historia de vida de Pablo a partir de aquellas fotografías que tienen un valor histórico y estético fundamental.

Relaciono estas imágenes con otras de figuras históricas como Rubén Martínez Villena, Julio Antonio Mella —a partir de las fotos de Tina Modotti—  y las de Miguel Hernández, el poeta español, quien fuera amigo de Pablo. Hay una segunda parte que contempla todas las exposiciones de pintura, de arte digital, de re-fotografías que ha hecho el Centro durante una década sobre la figura de Pablo; quisimos dar un Pablo más real en el sentido de que no está idealizado ni detenido en su tiempo: es un luchador social que puede ser un joven de esta época y que por determinadas razones puede llegar a ser una figura de relieve histórico.

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