Selección de poemas

Festejos para el dolor

¡Allí —el martillo
golpea con furia
a través de los aposentos del cuerpo,
y entra en el temor de Dios
como el clavo del crucificado
en la madera del infinito!
La música de las lágrimas
procede de su diamante,
de la claridad sombría
del encendido carbón
de pinturas y barnices.

¿Quién se detiene a amar
el paisaje de un golpe?
¿Ni el encallecido lugar eterno?

El humo denso va aclarando
el utensilio de los signos.
Y el voraz incendio de su paladar
insiste en decorar sus llagas
para el infinito goce.

Sabed que sus reflejos todavía obedecen
los oscuros puntos
del largo río de la sangre,
y su penumbra a su penumbra.
Que la herencia de la piel
es ajena a su herencia,
y los labios no pueden pronunciar
el nombre de sus labios,
porque sus címbalos descansan
en los intermedios de la muerte,
y sus narcisos duermen paradisíacos
separados del cuerpo.

Entonces si la luz desciende
para mirarnos por fuera,
y él es el corazón de la luz;
si su carbón realiza los dibujos
de las hojas y el silencio,
el mar sufre también.
Y el cuerpo de la luz
quema sus vestidos en la zarza de su vigilia.

Porque siempre la flauta será
la tristeza de la melodía
para ser flauta.
       Y el aire helado
la sustancia sin nombre de la nada,
o el descender de un niño bajo tierra.
Pero ¿quién amanece
en sus puertas
y festeja sus tapices
con abejas y heliotropos?
¡Ni el antiguo clavo de su cabeza,
machacado,
sosteniendo la viga de la eternidad!

¿Quién aprecia el oficio de su teatro,
encendido por bermejos quinqués
y azules mariposas heladas,
y el verde ladrido de los perros
llenando el vino de sus bodegas?
¡Sabed cómo su fuerza
es el reino desconocido!

¡Cómo el dibujo de una rosa
expresa su primera caída,
y el agua se enciende
en su medida de cifra incalculable
bajo su vibradora
fuerza pulsadora!

Vigilia

¡Hasta qué punto su solemnidad no es comprendida,
y la mortaja de su oscuridad
inconsciente los hace venerables!
¡Hasta qué punto es la más delicada
esta actitud de viajar las formas vaciadas
y devolver las vasijas llenas de sombra!

Porque el tiempo brevemente herido
comienza a estar allí
donde era Nemosine.
Ya el rostro ha quedado lejos
aunque está guardado en su presencia.
El frío sube
para sus ceremonias traslúcidas
y los va afilando
como una adolescencia de la muerte,
y el temor no se alimenta de sus inquietudes
y está echado como un perro detrás de las facciones.

Es entonces que los remotos jacintos comienzan a cantar
y van a hacerse grávidos,
y una flauta de orquestado silencio
arde debajo del cristal!
Y Ella está allí.
                         Ella.
                                 La única que sabe
macerarlos, y hacerlos absolutos!

La luz ya no tiene sentido
para esos párpados tranquilos,
ni esas cortinas que se mecen
como neblinas aturdidas.

¡Qué importa que el mediodía sea joven
y una música lejos
tenga una vida tan perfecta y fugaz!
Actores de otro escenario debajo de los pies:
ya no se sabe de sus triunfos!

Y he aquí la demacrada fuga precipitada y súbita.
Como la luz de la rosa
comienza a latir
y no agoniza la piel, y sigue su aventura!

Ya la corneta es vacía
porque la música cambia de posada.
Y el pelo rueda, rueda por el tiempo.
El pelo se incorpora a toneladas de vidrios.
Va borrando la música de sus miradas
y la seducción de sus manos!

Y es el frío el carpintero de oficios invisibles!
Zafa las cerraduras apagadas
y los echa a andar a oscuras
por las heladas calles tumecientes,
heladas calles de muros macilentos,
para ser los ignorados héroes
que viven en las agujas de las aguas verdinegras
y el musgo adherido de sus calaveras!

¡Ah! ¡Horror de esas alcantarillas
que estrenan sus flautas en la primavera!
De toda esa melodía estallante
como reses destilando sangre
en los crepúsculos de las tardes felices!
Y el sueño sigue.
El sueño de la piel por la piel,
del humo indeciso en el aire,
desintegrándose en tantas partículas
como la última función del árbol!

¡Oh, címbalos que nadie oye en la noche,
sordos gemidos, cantos breves
que a medir no alcanzan la esencia humana
que sorbo a sorbo el tiempo satisfizo.
Venero puro, sopor inaugurándose.
Dicha que debe ser recreo o justo lugar
de algún otro deseo más alto.

Porque el cielo habla
y la tierra escucha el latín azul que nadie entiende.
Después, después,
dudo que Dios pueda mejorar a la rosa,
ni el pliegue más fino de un sonido.
Que haya lugar para más misterio,
si el misterio es el cuerpo de Dios
y no es vacío el abismo!

Porque ya la doradilla y la hipomea
son el arco de los muertos
en nuestros violines.
Y cae el tiempo, goteando su vapor neblinoso
y su duda por los espejos!
Y la blancura más perfecta
se mira, y no es nada,
y siempre permanece
y no se le pone atención.
Que sus recuerdos son nuestros rehenes
y su triunfo
el haber perdido la categoría de las formas!

Porque somos nosotros los sin patria,
los extranjeros de nosotros mismos.
Nuestra patria es la circunstancia feliz, el azar.
Y puede la caída de una hoja
cambiar el curso de sus ruidos secretos,
pero no puede nadie ponerlos limpios,
porque su carroña es la luz de la sombra,
el cuerpo de la sombra.

Ahora se alimentan de la espera.
Y van marchando grises e indecisos,
en su oficio de repetir las hojas
y los ojos son carámbanos somnolientos,
apagado ruido que ha caído, y todavía
el eco del cuerpo tiene prendas hermosas
guardadas en los armarios.

 

Cleva Solís (Cienfuegos, Las Villas, 14. 8. 1926-La Habana, 1997). En 1929 se trasladó con su familia a La Habana, donde cursó la primera enseñanza y el bachillerato. Fue correctora de pruebas del Diario de Sesiones del Senado (1950-1959). Siguió la carrera publicitaria en la Universidad Masónica José Martí (1951-1955). Cursó estudios de Biblioteconomía en la Sociedad Económica de Amigos del País (1957-1959) y en la Universidad de La Habana (1960). Después pasó a la Biblioteca Nacional, donde trabajó en el departamento de selección de libros y en el departamento metódico. Colaboró en Orígenes, Lunes de Revolución, Islas. Algunos de sus poemarios son: Vigilia (Úcar, García, La Habana, 1956); A nadie espera el tiempo (Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961) y Las mágicas distancias (Imprenta Nacional de Cuba, La Habana, 1961).

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