Literatura

La literatura y el arte pueden salvar al hombre (I)

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Fotos: Cortesía del autor

Tiene aspecto de princesa y una melena leonada que hiende el viento. Es, sin embargo, una cubana cuando le escuchas hablar y disfrutas su presencia en la escena. Ama los niños y ama el amor. Escritora prolífera pese (o gracias) a su juventud. Se lamenta de las pérdidas de una era globalizada y afirma que su esencia es la del árbol. Le hubiera gustado ser muchas cosas, quizá viajante en el Tiempo, aunque de algún modo la literatura le da ese permiso. Mujer comprometida con su época, que es, inevitablemente, momento de mejoramiento humano para redimir a la especie. Mirándose frente al espejo mágico de su vida y obra, Elaine Vilar conversa hoy para destejernos su quimera existencial, como un personaje más de aquellos que tanto admira o de esos, que a diario, sus afanes de diosa-araña, tejen frente a la insondable página en blanco…

Imagen: La Jiribilla

El último año ha significado para ti una verdadera cosecha literaria pues salieron casi al mismo tiempo cuatro libros tuyos, evidencia de la variedad de registros en que te mueves. La hembra Alfa (Premio Pinos Nuevos), Promesas de la Tierra Rota (por la colección Ámbar de Gente Nueva) y los dos Premios Abril, uno juvenil: Dime bruja que destellas, que tuve el gusto de premiar, y ese libro tan provocador que se llama Salomé. ¿A qué atribuyes un año de tanta presencia editorial? ¿Al trabajo, la casualidad, la suerte?

Pienso que es una confluencia de todo. No creo mucho en la casualidad, sino en la causalidad, donde el oficio —quién lo duda— ha de jugar el más importante papel. Sin pretender ser un “escritor monje” —encerrado en una cúpula de cristal o nácar, según las fuentes que sea preciso citar—, pienso que solo el trabajo constante sobre el papel (escritura-reescritura-escritura, etc.) es el que puede marcar una real diferencia entre la mal llamada “farándula” de los premios literarios (obtenidos, deseados, soñados por cualquier escritor) y el trabajo verdadero: el de la entrega, el de escribir porque se necesita, reclamo del cuerpo creador y creativo. Deseo entender que este año de presencia editorial se debe, fundamentalmente, a esos otros años que entregué a la escritura sin obtener premios ni reconocimientos, acumulando libro tras libro, a veces en un silencio desesperado porque… quien no publica, no es visibilizado; por tanto, no es escritor.

Ahora, ¿para qué negar la presencia de la suerte? El escritor establece un pacto con una determinada casualidad —lo niegue o no— cuando decide enviar a un concurso. Las variables que se desprenden de ahí son múltiples y apenas vale discutirlas: ¿qué jurado premiará, qué propuesta estética se validará?, y otras muchísimas incógnitas en las que prefiero no pensar cuando presento mis trabajos a cualquier certamen. Así que pienso que la suerte puede ser otra de las cartas de la baraja que se manejan en el avatar del escritor y su obra. Utópicamente, o quizá no tanto, espero que siempre el oficio prime por encima de la casualidad.

Revisando webs para entrevistarte, veo que escribes desde apenas adolescente, casi niña, y que te has movido en diversos géneros. ¿Qué te motivó a escribir? ¿Creciste en el seno de una familia que te llevó a ello? ¿Inclinación vocacional?

Desde niña escribo por necesidad. Necesidad de decir. De ser escuchada. Que es casi como gritar de una manera distinta, con luz, con pasión, con voluntad en el grito. Conmigo nació la vocación para la escritura. Primero fue la lectura, por supuesto; y con ella, el deseo de contar mis propias historias.

Mi familia ha jugado —y juega aún— el más importante papel. No solo en el sentido de la cooperación y comprensión, o en ayudarme a disponer mi tiempo y liberarme de la desidia y la mediocridad que muchas veces está presente en las diferentes facetas de la vida… incluso en el arte; también son pilares. Piedras angulares de mi creación. Críticos y tolerantes. Que supieron ver e incentivar esa primera chispa de la escritura cuando la descubrieron (tendría entonces unos siete, ocho años) y la guiaron a través del juego y el amor, la luz y la constancia.

Ninguno de ellos es artista, pero todas las mujeres de mi línea materna tocaban piano de oído, cantaban y hasta componían versos. Mi mamá tiene una veta poética que nunca ha desarrollado más allá de una sensibilidad maravillosa hacia todo lo relacionado con el arte. Creo que la confluencia de una determinada vocación o gusto por la escritura se conjugó con el impulso familiar… y hasta con el deseo que tenían todos ellos de tener una artista en el clan (porque el arte subsana heridas, también, o al menos debería intentarlo). Recuerdo así mi infancia privilegiada en amor y tiempo (que no recursos materiales, pues soy hija del Período Especial y la necesidad); los cuentos que nunca me fueron escatimados, los esfuerzos que realizaron mamá y abuela para hacerme estudiar en una escuela de música porque pensaban que sería un paso decisivo en mi formación, los regalos de cumpleaños que siempre incluían libros, las tantas agendas que me entregaron para que pudiera escribir mis “primeros grandes” cuentos y poemas…

…En un universo donde muchas veces el escritor se precia —o se falsea en la fama— de ser inadaptado, sufrido o rechazado, yo tuve todo lo contrario.

Hace poco, uno de mis editores se sorprendía que las dedicatorias de mis libros fueran siempre tan extensas, que abarcaran a tantas personas: es porque tengo mucho que agradecer, y la escritura es el mejor —si no el único— método que conozco para hacerlo.

¿En qué género te sientes más cómoda?

En todos. Depende de lo que escribo y el estado en que lo hago. Amo al fantástico por una fe de vida, porque sé que cuando lo escribo algo dentro de mí se exorciza y regenera. Es el género en el que, tal vez, encuentro mejores motivos para la catarsis y una determinada “descarga” emocional. Además, ¡me apasiona! Leerlo, compartirlo, criticarlo y, por supuesto, más que nada: escribirlo.

Sin embargo, no puedo decir que todas mis necesidades como escritora aparezcan cubiertas por el fantástico. A veces necesito buscar esa otra cara realista (fundamentalmente aparece en mi teatro y poesía) que permite la comunicación con un aquí y ahora inmediatos. Lo que no quiere decir, necesariamente, que la ciencia-ficción o la fantasía no sean capaces de dialogar con la realidad, ¡vade retro si afirmo eso! Pero creo que el realismo es más un juego de fuerzas, deseo de imponerme otros escaños en la escritura.

Pero, como dije: depende, depende de muchas cosas. Si escribiera en estado de incomodidad u obligación, entonces no tendría nada que decir, o construiría castillos verbales en el metafórico aire de la literatura. Prefiero la visceralidad, la necesidad, y el género que me la proporcione —sea ese cual sea— es entonces el que más se acomoda a mí… o yo a él.

Sé que también estudiaste música, eres actriz, coordinaste un grupo infantil de guitarra y hasta escribiste una pieza teatral, entonces ¿podría decirse que lo artístico —englobando en ello lo literario, claro— es consustancial a tu persona?

Creo que el arte está presente en cada ser humano, sea este actor o dramaturgo, tenga o no contacto directo con la creación. El arte existe en cada cosa viva, en todo lo que respira y crece, y hasta en lo que muere… En lo ordinario y lo extraordinario. La vida, y cada uno de sus recodos y vericuetos, es eso: arte puro, arte en construcción, arte (re)generado. Y si un escritor —o cualquier otro creador— no entiende esa máxima, creo que podrá ser muy ganador de premios, muy publicado, muy (auto) vanagloriado, pero nunca llegará a ser artista. Sin embargo, existe gente de todo tipo que anda por las calles realizando una creación que jamás se recogerá en los libros (porque los libros, lamentablemente, parecen al margen de esa otra manera del arte) o en las crónicas: pregoneras con la voz de la Lupe, dementes que recitan versos de Neruda junto a fragmentos de sus divagaciones, o simples personas que ponen amor hasta en el acto de recoger un papel de la calle.

Si el artista no tiene la humildad para descubrir el arte en la belleza de lo ordinario… entonces, ¿de qué hablamos? De parafernalia verbal. De rejuegos con el lenguaje. Y mucha, mucha hojarasca.

En mi condición como ser humano, pienso que el arte es la sustancia de mi vida. Disfruto la pedagogía de la guitarra, un buen concierto u obra… casi tanto como la escritura, a la que me entrego un poco más. Pero siempre creeré que el arte existe más allá de esos gestos o acciones aisladas, y que respira con independencia del que crea, en otro plano del que apenas somos conscientes.

Imagen: La Jiribilla

¿Es posible llamarse Elaine, tener aspecto de princesa y vivir hoy en una ciudad como la nuestra? ¿Hubieras preferido nacer en otra época o lugar?

La maldición del escritor es querer nacer en todos los lugares y épocas que pasaron o que existirán cuando nosotros ya no estemos. El concepto del tiempo es algo que, particularmente, me agobia… porque la vida humana, por más extensa que sea, no cubre ni siquiera la mitad de la existencia de una secuoya o una ceiba. Así que, si pudiera, si se me permitiera el capricho de la elección, me encantaría ser un viajante del tiempo. Remontarme en las olas del pasado y el futuro para mitigar un poco la angustia de lo que se pierde para siempre en cada hora que pasa.

Pero esta Elaine (cuya madre eligió el nombre porque le recordaba el sonido de las campanitas y por la ascendencia literaria que veía en él), una habanera que ha tenido el privilegio de conocer dos siglos (los convulsos finales del XX y los no menos arremetedores del XXI), mantiene también otra dualidad: a esa potencial viajera del tiempo siempre le gustaría tener una casa a la cual volver. “Cuba es mi espacio de creación. Mi síntesis. Mi antítesis. Por lo que vivo y el espejo en el que me confronto. Y también eso: mi hogar, donde tengo las raíces de la secuoya que me habría gustado ser y donde pienso sembrar las de mis hijos.

“Porque el país donde me ha tocado nacer es quizá, de todos los mundos y reinos posibles, el más hermoso.

En una ocasión dijiste que escribes aquello que te gustaría leer, lo cual es algo que nos ocurre a muchos, pero ¿podrías definir la esencia de lo que te gusta leer? ¿Prefieres un tipo de género? ¿Eres abierta en tus lecturas?

Prefiero la buena escritura y, por supuesto, la buena lectura. En estos momentos de mi vida, el tiempo —como ya dije— no solo me angustia sino que se escapa de mis manos como metafórica agua. Y, como la creación ocupa el eje central de lo que soy o pretendo ser, la lectura le ha cedido un vital y necesario espacio. Actualmente, solo consumo aquello que me apasiona mucho (y no solo en material literario, sino también audiovisual) o que encuentro me habla directa, visceralmente, sin detenerse en maniobras de estilos que ocultan una falta vital de sensibilidad o poder de la palabra desnuda.

No prefiero géneros pero sí algunos escritores, en los que coloco mi fe porque sé que son renovaciones para mi escritura y existencia, porque son capaces de transmitirme mensajes de mejoramiento y no bazofia camuflada en versos o prosa. Creo que esa capacidad de selección es la que separa a un escritor tolerante de uno exigente, y que puede también definir la elección de un determinado patrón estético a seguir o con el cual romper (siempre que se posea un aparato de conocimiento y apreciación lo suficientemente verdadero como para establecer una diferencia con lo ya existente). Así que la esencia de lo que me gusta leer pienso que es, sobre todo, un libro que hable por sí solo desde los primeros párrafos, que te vincule y atrape, un libro que enseñe y haga crecer. Lo demás… bueno, para gustos se han hecho los colores, y para lecturas…

¿Qué solías leer de niña?

Primero, tengo una fuerte influencia de la oralidad. Repito, las mejores cuentacuentos del mundo viven junto a mí (mamá, abuela). Ellas reescribían (¿o narraban, cómo decir?) los cuentos de hadas con visos humorísticos y siempre apostando por lo nuevo, pero también me hicieron conocer pasajes de la historia cubana y universal, de los mitos y algunos cuentos clásicos a través de esa oralidad prolífera, siempre necesaria para los niños con deseos creativos y aspiraciones de sueños.

De pequeña, leía casi todo lo que llegaba a mis manos. Desde los bellísimos libros rusos que escaparon de la debacle de las bibliotecas municipales en mi infancia hasta llegar al Drácula, de Stoker (que consumí a escondidas). De igual manera, un día conocí a Ende y quedé enamorada de su literatura (hasta hoy), el José Martí tierno de los cuentos y poemas que escribió para los niños con un criterio de eternidad en sus palabras… Y me permitirás decir —eso lo sabes, porque una vez te lo confesé— que también sentí un amor platónico por los personajes de Escuelita de los horrores. Luego, también llegué a Daína Chaviano (ya entonces quedé atrapada por el oficio de la escritura para siempre), Andersen, los hermanos Grimm, Herminio Almendros, Mark Twain, Salgari, Tolkien, Ray Bradbury (que no es precisamente un autor juvenil, pero…) Todavía en mis primeros años de vida se solía encontrar mucho libro de manufactura rusa, hermosos, casi artesanales, cuyos diseños y personajes parecían atravesar la página y tocarte las manos… Pero el oficio de la memoria es ingrato: ¡he olvidado algunos títulos!

Sea como sea, leí mucho… muchísimo… Ahora contemplo esos años con un poco de envidia por el tiempo que disponía para leer lo de otros y recrearme solo en placer de escuchar o vivir las historias que —estaba segura, y aún casi lo estoy— fueron escritas solo para mí.

Imagen: La Jiribilla

¿Consideras que hoy los niños leen tanto como debieran y aquello que les haga mejores seres humanos?

Creo que el papel que antes jugaba la lectura en los niños —en su formación, mejoramiento y hasta en la recreación— ha pasado a un segundo plano de importancia, tanto para ellos como para —lo que es peor— los padres y las familias. Parece más simple comprarle al niño un disco del cantante de moda o conectarlo a series de factura comercial. No sé si es esta otra de las caras de la crisis espiritual por la que atraviesa nuestra nación, o si ocurre por la desidia en el fomento de los valores que deberían incentivarse en los niños desde las edades más tempranas, o porque los padres parecen cada vez menos comprometidos en la formación de los pequeños mientras apuestan por la conformidad — ¡oh, peligro!— de enseñarle “a luchar” la vida.

Los niños requieren de un tiempo que la sociedad —ni siquiera la escuela, en ocasiones cantera de problemas más que de virtudes— no parece del todo dispuesta a ofrecerle. Entonces, ¿adónde se nos ha ido la aspiración del mejor ser humano, del hombre del mañana, de la criatura de luz? Como otros tantos proyectos, por el caño. Ojalá —lo deseo con todo mi corazón— esa desidia de los últimos años pueda revertirse a través de la lectura. Incorporar un libro a la vida de un niño es un acto de amor y altruismo: se le entrega el reinado de un mundo, se le entrega la demiurgia, se le abre las puertas a la inteligencia, la razón y la luz. Por la carencia de esto es que cada vez nos sorprende más cuando un niño da las gracias o dice permiso, por favor, o te brinda una flor o te ofrece el asiento en una guagua.

Yo, como Martí, creo en el mejoramiento humano y en la virtud. Por eso también creo en la lectura, y espero que pueda revertir el deterioro humano; que los valores que son universales y eternos dejen de verse como antivalores, y que la bondad sea acto de bien: lo que ha de ser, sea. Y ojalá también que nuestros niños y las familias cubanas dediquen ese tiempo vital a la lectura, a despertar el potencial que duerme en cada pequeño porque, ¿acaso un libro no nos obliga o mueve a perseguir nuestros sueños?

Sin exigir generalizaciones, parece ser que sí nos encontramos en un punto de crisis —o quizá punto de no retorno— con relación a muchas de las cosas que definen nuestras esencias humanas: la lectura es una de ellas y los esfuerzos para incentivarla nunca serán suficientes. Sí, porque en la actualidad, el niño carece de referencias, de libros indispensables, de autores, y eso no se solventa —ni lo hará nunca— si el padre cree realizar su “buena obra” comprándole una carpetica con pegatinas de Hannah Montana. Ese mismo niño será, entonces, el universitario fallido, el falso intelectual, el hombre al que le falta virtud y luz.

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