Juan Blanco y Carlos Fariñas; memorias cruzadas

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba
Fotos de Internet

Al Laboratorio Nacional de Música Electroacústica, criatura que llevó desde el inicio su marca personal, Juan Blanco acudió puntualmente cada mañana mientras la salud se lo permitió y tuvo la certeza de que su hijo Enmanuel continuaría desarrollando ese proyecto auténticamente revolucionario.

Imagen: La Jiribilla

Cada vez que lo encontré allí, al pie del cañón, en el cruce de los años 80 a los 90, con un humor envidiable y unas ganas tremendas de hacer, me dio una lección de optimismo y lucidez.

Juan era pequeño de estatura, dinámico con unos ojos azules brillantes, catador de la belleza femenina. Contaba vida y milagros de tiempos pasados y retadores. Alguna vez habrá que recuperar su memoria de los días de fundación de la Sociedad Nuestro Tiempo, de la filmación de la película El Mégano, en plena dictadura batistiana, de La Habana de noche y sus personajes legendarios, de su conocimiento del business y la arrogancia de los empresarios norteamericanos para los que trabajó, de su trato con Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante y de su trabajo con arquitectos e ingenieros en la construcción de sonoridades utópicas.

He dicho un nombre, el de Alejo Carpentier, y ese debe ser el punto de partida  para explicar cómo y por qué Juan se implicó a fondo en la creación musical electroacústica.

Para Juan resultaron providenciales los encuentros sostenidos con Carpentier en los tempranos años 60. El novelista y musicólogo le hizo escuchar discos de música concreta que había comprado en París.

Sin embargo, ya Juan, en 1942, había presentado en el Registro de Marcas y Patentes la memoria descriptiva y la información gráfica de un instrumento de su inventiva al que denominó multiórgano, algo así como una versión criolla del theremin. Con Alejo comprendió, como también Leo Brouwer y casi de inmediato Carlos Fariñas, que la música electroacústica abría posibilidades insospechadas para la ampliación del espectro sonoro.

Fue entonces que decidió pasar del dicho al hecho: valiéndose de tres magnetófonos de uso doméstico y un oscilador de audio creó en 1961 Música para danza, la primera pieza electroacústica cubana. Tres años más tarde, en la sede de la UNEAC, organizaría el primer concierto electroacústico entre nosotros donde estrenó Estudios I y II y Ensemble V, para cinta magnetofónica.

Imagen: La Jiribilla

A Carlos Fariñas también debe honrársele como uno de los máximos promotores del movimiento cubano de música electroacústica. No se trata únicamente de la paternidad del Estudio de Música Electrónica y por Computación (EMEC) en el Instituto Superior de Arte —hoy lleva su nombre esa entidad—,sino por las definiciones y prácticas estéticas aportadas desde mucho antes.

El carácter de Carlos difería diametralmente de Juan, mas no por ello había distancia en el trato y en los objetivos comunes. La primera impresión del maestro era la de un individuo ríspido, seco, con un rostro impenetrable detrás de la cortina de humo de los cigarrillos que fumaba sin cesar. Si Juan, hablando en criollo, no solía coger lucha, Carlos era la lucha misma. Bastaba, sin embargo, romper el hielo para descubrir a un conversador infatigable, un ameno interlocutor, un cubanazo de pies a cabeza.

Imagen: La Jiribilla

También a diferencia de Juan, Carlos nunca abandonó la composición para instrumentos convencionales, o sea, que llevó la creación electroacústica de modo paralelo. En todo caso, el trabajo con la electrónica y los medios informáticos eran concebidos por él como herramientas expresivas tan legítimas de su universo creador tanto como podría ser un laúd —su concierto para ese instrumento es memorable— o una orquesta de cuerdas.

En 1976 una obra suya, Corales, fue la primera realización cubana seleccionada para participar en el Festival Internacional de Bourges, Francia, célebre por la promoción de la música electroacústica.

Todavía lo recuerdo en los predios de su estudio en Cubanacán en medio de la elaboración de Fractales, obra en la que enlazó los modelos matemáticos más avanzados con la creación de la belleza.

Imagen: La Jiribilla

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